Historia del crimen

Con foco en los detalles, los periodistas Javier Sinay y Norberto Chab repasan y actualizan en su nuevo libro el inventario local de crímenes políticos y domésticos, inscriptos en la tradición de la novela negra. “Son 100 historias que hablan de la sociedad en la que ocurrieron y de la condición humana”, reflexiona Sinay en esta entrevista.

Casos emblemáticos: Walsh, Aramburu, Mugica, María Soledad y Cabezas son algunos de los casos tratados – Foto Revista Ñ

A pesar de que pasaron más de 50 años, el cronista asegura que la escena del crimen todavía tiene indicios que mostrar. “Sin duda, los fantasmas están ahí”, dice Javier Sinay, el periodista que acaba de pasar por la casa donde en 1955 Jorge Eduardo Burgos, “el descuartizador de Barracas”, mató a su amada Alcira Metygher. “Te impregnás de una energía que te sirve para contar el relato”, afirma el autor de 100 crímenes resonantes que conmovieron a la sociedad argentina, la edición de bolsillo que realizó junto a Norberto Chab para la editorial Blooklet (Planeta) y que funciona como un libro de referencia de la historial criminal nacional.

El autor, ganador del Premio Rodolfo Walsh en la Semana Negra de Gijón por Sangre joven. Matar y morir antes de la adultez, también por estos días actualiza El Identikit, su propia web de historias policiales y género negro que realiza junto a su colega Rodolfo Palacios, autor de El Angel negro, la biografía de Robledo Puch. 

El caso del «Monstruo» (el otro alias de Burgos) es apenas uno entre 100 historias de crímenes domésticos y políticos que están contados en dos páginas, con habilidad narrativa; que no están ordenados cronológicamente pero tienen un índice completo y hasta referencias bibliográficas para ampliar la investigación. En cualquier caso, el libro se lee de corrido con el ingrediente de las novelas policiales y llama a la polémica, como toda antología, con una selección de crímenes que plantea sus propios dilemas a la hora de las versiones encontradas: cuál quedará en las bibliotecas como válida para las próximas generaciones.

¿Qué necesita un crimen para ser resonante?
Hay muchos libros del estilo “los 100 crímenes más famosos” que conforman un corpus de crímenes canónicos hasta la década del 60: del petiso orejudo a Francisco Farbós, un cartero que descuartizan en 1894. Se le suman los políticos, caso Facundo Quiroga o Urquiza. De 1960 en adelante, en cambio, los casos ya no son tan paradigmáticos y no es tan fácil decir cuál es resonante y cuál no, excepto los de Shocklender o Yiya Murano. Finalmente, es un trabajo de apreciación crítica.

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¿Qué fuentes consultaron?
Cada vez hay menos libros que hablan de esos crímenes, y desde los 90 el registro está en Internet, pero las huellas eran más difíciles de encontrar en el 60 y 70, entonces recurrimos a hemerotecas, libros de historia y de política, a algunos expedientes de fácil acceso y casos que trabajamos en nuestras carreras. Un poco la función del libro es actualizar la historia del crimen nacional.

Con lo importantes que son los detalles en la investigación policial, ¿fue difícil llegar a la síntesis?
Muy difícil. En el caso Cabezas, por ejemplo, hay libros enteros, y tenía una pila enorme de recortes de prensa.

¿Qué buscaban?
Buscábamos contar la historia a través de los detalles. Muchas de las historias son conocidas, y si tenía que contar algo novedoso, diferente, «entretenido», tenía que ser un detalle. Por ejemplo, en el caso de Urquiza está contado a partir de una dentadura de porcelana que costaba el sueldo de uno de los peones de su estancia.

En el libro también hay espacio para los cronistas del crimen.
Ellos también son personajes en la historia del crimen, los que la cuentan. GGG (Gustavo Germán González), del primer diario Crítica, contó muchos, Enrique Sdrech también, y aparecen como en un pequeño homenaje. Pero ya no hay tanta conmoción con los crímenes, la cobertura que hacían en otra época era espectacular: faltaban las luces.

¿Y qué cambió?
Creo que la gente antes era más ingenua, y especialmente en el siglo XIX. El caso de Francisco Farbós, un descuartizado de 1894, lo fotocopié de unos diarios La Nación que encontré en la Biblioteca del Congreso y son varias páginas de crónicas muy atractivas. En otra columna hay un periodismo súper arcaico y aburrido, pero ese crimen está contado en primera persona que hacía que los lectores quedaran encantados con el relato. Igual era violenta la sociedad, siempre hubo violencia, pero quizás no estaba tan expuesta en los medios la violencia cotidiana, y cuando aparecía, la contaban a todo título.

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¿Qué casos fue difícil dejar afuera?
En realidad pocos, porque 100 son muchos. Son 100 novelitas negras de dos páginas y creí que tenían que estar bien contadas. Uno que dejé afuera, que fui postergando y que nunca lo hice fue el de Jimena Hernández, la chica encontrada en la pileta. Y tuve otro dilema con los desaparecidos.

¿Qué criterio aplicaron con los desaparecidos?
El espíritu de este libro son crímenes de una botella de veneno con una calavera: policiales, misteriosos, o que hacen referencia a la tradición del género negro. El de los desaparecidos fue un crimen pero masivo, político, moderno. Al final, elegí algunos paradigmáticos, como Felipe Vallese y Rodolfo Walsh. También de esa época están la diplomática Elena Holmberg, que encontraron su cuerpo pero supuestamente la mataron los de la ESMA; y está Marcelo Dupont, que es un caso relacionado con el de Holmberg. También Jorge Dubchak, que sí está desaparecido pero que supuestamente lo mataron adentro de la UOM patoteros de la Triple A, a la que tal vez él también pertenecía.
 
¿Son los casos de los que hay más información disponible?
Para mí eran los casos paradigmáticos, aunque hay un montón de casos famosos de esa época, como Paco Urondo… Pero Vallese y Walsh son dos casos muy importantes que podían representar a los desaparecidos. Puse, además, muchas víctimas de la Triple A: Julio Troxler, el padre Mugica… y a Rucci, que supuestamente lo mataron los Montoneros.

¿Y cómo definías cuando tenías que adoptar o cuestionar versiones de la historia…?
A veces era una voz contra ocho, pero cuando estaban empatadas, una de las cosas ricas de la historia es contar las dos. Me gustan las historias en las que la duda hace a una verdad más general, que está en las versiones, en los grises. Más cuando son casos tan complejos como el de Vandor.

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¿Cuál era el dilema Vandor?
Dicen que fueron los Descamisados, un grupo proto-montonero antes de Montoneros, y dicen que también lo planeó Rodolfo Walsh, que había denunciado a Vandor en su libro ¿Quién mató a Rosendo? Al final terminás retratando el clima de la época.

¿Por qué que vale la pena contar estas historias?
Porque son parte de la Historia argentina. En el caso del descuartizador, cuando la policía lo descubre y resuelve el crimen, tengo ahí una fotocopia de la carta de felicitación que Perón le manda al jefe de la Policía. Cada crimen habla de la sociedad en la que ocurre. En los crímenes políticos es más obvio, pero todos los crímenes, por más domésticos que sean, pueden aportar un poco al contexto que lo rodeaba.

Esta apuesta de revelar parte de la historia tiene lugar primero en la prensa amarilla, que tiene otra misión, ¿cómo te llevás con eso?
La prensa amarilla tiene una finalidad inmediata que es entretener y vender e informar. Pero cuando envejece pasa a ser un relato histórico. Y muchas veces la información de la prensa amarilla no está en otros diarios, y los que finalmente dejan testimonio para la historia son los diarios amarillos. Después está en el investigador, que debe saber cuándo es información verídica y cuando están mintiendo.

¿Qué es lo que te atrae de un caso?
Dos cosas me interesan como periodista: por un lado, la investigación me apasiona, es un desafío interesante. Por otro lado, las historias policiales tienen al ser humano en su máximo esplendor: está el hombre que mata, el que muere, el que traiciona, el que persigue justicia, el hombre acorralado… todos arquetipos que están desde que el mundo existe. Las conductas humanas llevadas al límite hablan de nosotros, y muchas veces lo que me interesa es traspasar la barrera de los medios como consumidor, leerla y meterme con la realidad, con las fuentes directas: preguntarle yo mismo a una persona por qué mató.

por Marcela Mazzei

Fuente: 

Revista Ñ 23/12/2010

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