Historia de los mineros que rescataron el mayor tesoro nazi

En 1943, jerarcas del Tercer Reich escondieron miles de pinturas y obras de Rembrandt y Da Vinci en una mina de los Alpes para protegerlas de los bombardeos. Un pequeño equipo evitó que sean destruidas.

Últimos días de la II Guerra Mundial: el dictador Adolf Hitler se ha suicidado en su búnker, pero un fanático jerarca nazi aún quiere destruir el mayor tesoro artístico robado en Europa. Un grupo de mineros, y no los “Monuments men” que inspiran la película de George Clooney, lograron evitarlo. Un libro reciente del escritor y periodista austríaco Konrad Kramar arroja nueva luz sobre lo que sucedió con el inmenso tesoro artístico que los nazis expoliaron para el proyectado Museo del Führer, en la ciudad austríaca de Linz, cuyo valor se estima en 6.750 millones de dólares. Kramar reconstruye con fuentes históricas y documentales en Misión Miguel Ángel lo sucedido con ese tesoro escondido en una mina en los días finales del III Reich, hasta la llegada de las primeras tropas de EEUU el 9 de mayo de 1945. Los “Monuments men”, los expertos estadounidenses y británicos en arte que inspiran el film que se estrenará en la Berlinale, llegaron tiempo después, cuando el peligro había pasado, según el autor. También en el libro Monuments men, de Robert M. Edsel, en el que se basa la película homónima de Clooney, se indica que llegaron tarde y deja abierta la incógnita de quién salvó las obras. Kramar responde a esa cuestión en un libro elogiado por la crítica en lengua alemana. A finales de 1943, alrededor de 7.000 pinturas y cientos de otras obras de genios como Rembrandt, Rubens, Vermeer y Leonardo da Vinci fueron trasladadas por los nazis a la mina de sal de Altaussee, en los Alpes austríacos, para protegerlas de los bombardeos. Entre esas obras se destacaban dos de incalculable valor: la Madonna de Brujas, esculpida en mármol por Miguel Ángel, y el retablo de La Adoración del Cordero Místico, de Jan van Eyck. En marzo de 1945, Hitler decretó destruir todas las infraestructuras que pudieran aprovechar los ejércitos aliados en su avance hacia el corazón de Alemania. Aunque más tarde especificó que las obras de arte para su museo -una de sus obsesiones- no debían destruirse, el jerarca regional nazi August Eigruber, gobernador de Alta Austria, decidió volar ese inmenso tesoro para que no cayera en manos “bolcheviques”. Para ello, Eigruber ordenó a las SS colocar ocho cajas cargadas cada una con media tonelada de explosivos dentro de la excavación. Los mineros pronto empezaron a sospechar de aquellas cajas y decidieron tomar cartas en el asunto, porque temían la inminente llegada de los artificieros que armarían y detonarían las bombas. Pero salvar las obras de arte era, en realidad, lo que menos les preocupaba: lo que deseaban evitar era la destrucción de la mina que desde hacía siglos suponía el sustento de la comarca. Mientras el director de la mina, Emmerich Pöchmüller, trataba sin éxito de convencer a Eigruber de que era una locura volar la excavación, los propios trabajadores idearon un plan. Dos fueron los protagonistas: Hermann König, que tenía un hijo desertor en la Resistencia, y Alois Raudaschl, un afiliado al partido nazi, relata el autor. Alrededor de la mitad de los mineros tenía alguna simpatía nazi, mientras que otros apoyaban a la Resistencia, pero en la mina la política se dejaba de lado. “La amistad y las relaciones personales eran más importantes que la política”, explica a EFE el autor. Raudaschl pensó que la única forma de detener a Eigruber era solicitando ayuda a Ernst Kaltenbrunner, jefe de la temida Gestapo y el segundo en la jerarquía de las brutales SS, quien se guareció en la región al final de la guerra. Esa zona, llamada “fortaleza alpina” por los nazis, sirvió de refugio a numerosos jerarcas del régimen, y las tropas aliadas sólo entraron allí tras capitular Alemania, porque temían una lucha de guerrillas de las SS en las montañas. Raudaschl se entrevistó, a principios de mayo, con Kaltenbrunner y le pidió ayuda, un paso peligroso que le pudo haber costado la vida si lo hubiesen considerado un “saboteador”. Kaltenbrunner, un despiadado criminal de guerra ahorcado -al igual que Eigruber- tras los juicios de Nuremberg, decidió de forma sorpresiva ayudarlos y les dio permiso para retirar las bombas. El 3 y 4 de mayo una docena de mineros sacó todos los explosivos, después de convencer a los soldados alemanes que vigilaban la mina de que tenían el visto bueno de Kaltenbrunner. Los soldados de la Wehrmacht, menos fanatizados que las SS y hartos de la guerra, entregaron incluso sus armas y se fueron. Los mineros dinamitaron las entradas y dispusieron una guardia armada para vigilar la mina, con lo que desanimaron a unos SS que trataron por última vez de llegar a las obras de arte. Cuando llegaron los aliados, varios oportunistas se adjudicaron la salvación del tesoro como una acción de la Resistencia, una mentira aceptada por las autoridades austríacas para reforzar la idea de que el país fue víctima y no colaborador de los nazis, según Kramar. Y lo más sorprendente para el autor: “Los descendientes del auténtico héroe, Alois Raudaschl, ni siquiera saben lo que hizo. Los nietos me contaron que su abuelo no habló mucho de la guerra”. Fuente: 

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www.infobae.com 6/2/2014

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