Habla el Schindler italiano que salvó a 300 argentinos

Era el cónsul de Italia cuando se produjo el golpe del 24 de marzo de 1976. Rápidamente, comprendió el horror que se vivía y ayudó a salir del país a cientos de personas, no todas descendientes de italianos. Desafió la complicidad y el silencio de las autoridades de Roma, que no querían irritar a los militares ante las grandes inversiones peninsulares aquí. Llegó a alojar perseguidos en sus oficinas del Consulado. En 2004, fue condecorado con la Cruz de la Orden del Libertador.

Desconocido para los italianos y vecino ignoto del bullicioso casco histórico de Roma, Enrico Calamai, a sus 65 años, advierte que hablar de la Argentina es “exhumar recuerdos, darle corriente a una pantalla borrosa que lentamente vuelve a producir resplandores”.

El tono sereno de sus palabras disimula la trascendencia de su tarea como cónsul en la Buenos Aires de la dictadura.

No quiere mencionar cifras, pero quienes le profesan gratitud enumeran unos 300 argentinos e italianos que sobrevivieron gracias a este diplomático hoy jubilado.

Calamai escondió perseguidos políticos en conventos, en el Consulado y hasta en su casa. Visitó cárceles, presentó recursos de hábeas corpus, cambió identidades, emitió pasaportes falsos y acompañó a exiliados hasta el aeropuerto.

“Tengo recuerdos visuales de hombres, de mujeres, de parejas con hijos que continuamente se presentaban en el Consulado pidiendo ayuda, pero jamás se me ocurrió contabilizar la gente que pasaba por mi oficina”, cuenta Calamai, que recibió a PERFIL en su modesto departamento romano, donde conserva la Cruz de la Orden del Libertador San Martín con que el Estado argentino lo condecoró hace seis años.

Corría 1972 cuando este romano desembarcó en una Buenos Aires industrial y europea. La Cancillería italiana le había ofrecido viajar en avión, pero el flamante diplomático de 27 años prefirió 18 días en barco.

—¿Cómo hacía para sacar a la gente del país en plena dictadura argentina?

—Bastaba que quien escapaba nos dijera que era descendiente de italianos y enseguida le dábamos un pasaporte. Pero en algunos casos, por el apuro de escapar, llegaban al Consulado sin siquiera un documento argentino, imprescindible para identificarse en Aeroparque, desde donde los hacíamos salir. Recuerdo el caso de un hombre de 50 años que vino con sus dos hijos adolescentes. En espera de gestionar su cédula de identidad, lo escondimos en un convento italiano cercano al puerto de Buenos Aires. Pero mientras estaban refugiados allí, fue la matanza de los Palotinos. Montamos entonces una habitación precaria en una oficina del Consulado y los trasladamos.

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—¿Cuánto tiempo solían pasar escondidos allí?

—Se quedaban hasta que, tarde o temprano, tenían que presentarse ante la Policía Federal para tramitar la cédula de identidad. Pero eso era como meterlos en la boca del lobo. Así que yo mismo encontraba una solución en común acuerdo con la Cancillería argentina. Tenía contacto con un tal capitán Seisdedos. Como la dictadura quería evitar escándalos internacionales, yo iba a ver a este funcionario con la excusa de que en Italia estaban al tanto del ciudadano alojado en el Consulado. Le explicaba que desde Roma me habían señalado el nombre de un hijo de italianos que había cometido algunas “estupideces” y que, en beneficio de las buenas relaciones entre ambas naciones, había que dejarlo salir del país. Pasaban algunos meses hasta que mi contacto me llamaba para decirme que estaba todo listo y que la persona debía pasar por la calle Moreno con dos fotos carné. Yo mismo acompañaba al interesado y hacía la cola con él. Algunos se rehusaron a ir, así que nosotros mismos tuvimos que falsificar los documentos argentinos.

—¿Cómo eludían luego los controles aeroportuarios?

—En varios casos tuve que acompañarlos hasta el mismo check-in del aeropuerto. En la fila para el control de pasaportes se vivían momentos de terror. Algunos llevaban consigo cápsulas de cianuro para tragarlas en caso de ser detenidos. Como el control en Ezeiza era muy duro, decidimos que muchos salieran desde Aeroparque hacia Montevideo. Embarcaban con documentación argentina sin que les dijeran nada, porque los militares sabían que del otro lado, en Uruguay, podían atraparlos cuando quisieran, gracias al Plan Cóndor. Para evitar esto, una vez que aterrizaban en Uruguay, estos argentinos sacaban el pasaporte italiano que les habíamos emitido en el Consulado. En la Embajada italiana en Uruguay ya los estaba esperando un funcionario que yo había contactado previamente. Este empleado les entregaba un pasaje de avión Montevideo-Roma que yo reservaba desde Buenos Aires. Ese era el modus operandi más frecuente. Luego, Uruguay se volvió muy riesgoso y empezamos a mandarlos vía Brasil. En febrero de 1977 acompañé a una pareja de jóvenes argentinos hasta el aeropuerto de Río de Janeiro, porque el ambiente ya era muy peligroso.

—¿Tuvo que actuar sin el consenso de sus superiores?

—No me quedaba otra opción. La gente seguía viniendo directamente al Consulado porque la Embajada había cerrado literalmente sus accesos. Colocaron un vallado. Pero ni el embajador, ni el cónsul general podían sancionarme porque yo me limitaba a cumplir mi tarea, que era tutelar a los italianos. Querían colocarme en un rincón y bloquearme. El interés principal era mantener buenas relaciones con los militares. El día del golpe, el cónsul general, mi superior inmediato, mandó un comunicado a Italia explicando que la situación en la Argentina era tranquila, y que la colectividad italiana no había demostrado sorpresa ni oposición a la toma del poder por parte de los militares.

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—Pero si conseguía pasajes de avión, era porque alguien de la Cancillería en Roma le habilitaba los fondos.

—Yo tenía contactos con los partidos de izquierda en el Parlamento italiano. Mi hermano trabajaba en una de las revistas del Partido Comunista. A través de él, informaba de lo que sucedía. Me escuchaban cada vez que yo avisaba de un ciudadano que se presentaba en el Consulado pidiendo ayuda. Entonces, uno de los sindicatos de la izquierda, CGL, llamaba por teléfono a la Cancillería italiana y la situación se destrababa. Así puenteaba al embajador.

—¿Cuánto duró esta estrategia?

—Poco. En 1977 dejaron de sostenerme. Con miras al histórico acuerdo bipartidario italiano, los comunistas comenzaron su diálogo con la Democracia Cristiana y no quisieron saber más nada con lo que pasaba en Argentina. Dijeron que no iban a comprometer el futuro de los acuerdos en política exterior por ayudar a los que llamaban “cuatro guerrilleros”. Encima, desde la Rusia soviética había llegado la orden a todos los partidos comunistas del mundo de no criticar a Videla.

—¿El gobierno italiano no pagaba costos por ignorar la situación argentina?

—El gobierno italiano sabía todo lo que pasaba, pero mientras la modalidad de acción de la dictadura permitiese que todo quedase en las sombras, Roma no tenía necesidad de tomar una posición clara. Italia se limitó a cerrar los ojos. Esto facilitó la penetración económica. Además, la prensa gráfica y televisiva estaba en manos de la logia masónica P2, que controlaba desde las sombras las relaciones bilaterales entre la Argentina e Italia.

—¿Cómo se las ingenió frente a un pacto de silencio tan grande?

—Tuve que armar una red de colaboración con otros dos italianos que estaban en Buenos Aires. Eran Gian Giacomo Foa, corresponsal del diario Corriere della Sera, y el sindicalista Filippo di Benedetto. Foa fue el primero en ponerme al tanto de los vuelos de la muerte cuando me contó que sobre la orilla uruguaya del Río de la Plata aparecían cadáveres con signos de tortura e hinchados, lo que indicaba que habían sido lanzados vivos.

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—Al comienzo, usted me dijo que al llegar a Buenos Aires comprendió la amoralidad de la política, pero parece que ésta no era sólo una característica rioplatense.

—Por supuesto que no. Al momento de elegir entre intereses económicos y derechos humanos, Italia no dudó ni un solo momento. Priorizó sus intereses incluso frente a un país como la Argentina, donde la mitad de los habitantes era de origen italiano. El jefe de Estado Sandro Pertini fue el único político italiano que recibió a las Madres de Plaza de Mayo y se pronunció públicamente.

—¿Cuándo supo que se le acababa el tiempo como cónsul en Buenos Aires?

—En 1977, cuando el Partido Comunista también hizo la vista gorda sobre los perseguidos argentinos. Ahí perdí el único apoyo político que tenía. Ya no me quedaba libertad de acción. Podían matarme no sólo a mí, sino a cualquiera de los argentinos que a diario venían a verme al Consulado. Cuando desde Italia ya nadie se ocupaba de mi suerte, en la Argentina podía pasarme cualquier cosa. Entendí que para mí era el fin y tenía que irme. Estaba quemado. Entonces, pedí con anticipación mi transferencia a Roma para mayo de 1977. Pensé que teniendo una fecha de partida preestablecida los militares me concederían mayor margen de maniobra. De vuelta en Roma, la Cancillería me mandó a Afganistán y a Nepal. Opté por jubilarme temprano.

—¿Fue un alivio dejar la Argentina?

—Todo lo contrario. Fue un trauma para mí. Antes de dejar el país entré en una fortísima crisis personal. De regreso en Italia, encontré una indiferencia total. Me sentía tan mal que hasta pensé que lo vivido en la Argentina era una especie de delirio individual mío. No encontraba a nadie con quien hablar de eso. Quedé fuera de todo. Fue una desestabilización que aún llevo dentro. Una devastación psicológica. A pesar de los años, es una herida que no me cicatriza. Siento una gran amargura por los que dejé. Por lo que el Estado italiano debió haber hecho, aunque más no sea por sus ciudadanos; en lugar de aferrarse al dividendo de lo que ya es definido como un genocidio.

por Matías Marini, desde Roma.
 

Fuente: 

Diario Perfil 5/6/2010

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