General Mabragaña: El ejemplo del «Moncho»

El pasado 20 de abril falleció, a los 83 años el General Juan Ramón MABRAGAÑA, quien con el grado de coronel, combatió en Malvinas al frente del Regimiento de Infantería 5 (RI 5) de Paso De los Libres. A continuación, el recuerdo de un veterano, integrante de esa unidad militar. 

Cuesta mucho sentarse a escribir acerca de un grande porque uno sabe a conciencia que todo lo que escriba o deje de escribir adolecerá de fallas. No obstante ello, creo que lo peor sería el silencio. Cuando hablo de un Grande, no estoy hablando de alguien que haya realizado un hecho importante sino de quien a lo largo de toda su vida profesional y personal desarrolló una serie de virtudes en forma homogénea y constante. Así era el General Juan Ramón Mabragaña, el querido «Moncho», para todo aquel que lo hubiese conocido al menos una sola vez. Oriundo de Entre Ríos, sólo hace muy pocos años me enteré de su boca que descendía de una familia de pioneros, de allí la famosa Colonia Mabragaña, la cual muchos que pasaban por ella yendo de Buenos Aires a Paso de los Libres, decían jocosamente la «Colonia del Moncho», suponiendo que era sólo una casualidad. Pero no, era del Moncho nomás.  Y es que la humildad es la puerta de todas las otras virtudes y el Moncho se caracterizaba por ello. Era extremadamente amable al trato y muy predispuesto a la conversación, pero nunca pude escucharle una autoalabanza. Sin embargo eso no impedía que describiera claramente los aciertos y desaciertos de su vida, pero con una transparencia importante, y si bien su larga vida estuvo llena de vicisitudes y anécdotas, su corazón se transformaba recordando los hechos de su querido y glorioso Regimiento 5 en Malvinas. Si una virtud lo caracterizaba, era la cordialidad. El sólo hecho de conocerlo hacía que uno se sintiera bien y a gusto con él. Sin embargo no hay que confundir con la simple característica de las personas de temperamento sociable que resultan amables por una necesidad de mero acercamiento. Por el contrario, el Moncho era una persona de carácter firme y de muchas convicciones. Quien así habla, puede dar fe de que en algunas cuestiones podría estar en desacuerdo con él, sin embargo su capacidad de diálogo, su preclara inteligencia y su amabilidad, permitía apreciarlo no sólo por lo que uno estaba de acuerdo sino aún en lo que se estaba en desacuerdo, porque por encima de ello uno encontraba en él a un caballero franco sincero y sin reveses. Y eso era lo bueno. No hay ningún soldado que yo haya conocido y son muchísimos que no llamara y considerara como un padre (y no sólo los de Malvinas sino hasta los que hicieron la «colimba» con él como subteniente y que eran mayores en edad que él y que tantas reuniones y festejos le hicieran en vida). Pero debe destacarse que el término de padre era entendido en la clara acepción del término. El Moncho no era paternalista, sino padre. Aquel que está con uno cuando uno más lo necesita, pero que está para orientar, para corregir, para mandar. Por eso cuando uno debe definirlo, habría que definirlo como el arquetipo del Jefe por antonomasia. El Moncho demostró toda su vida ser un soldado valiente y cabal. Su figura pequeña, su pelo rubio y sus ojos inquietos propios de una gran inteligencia, no pasaban desapercibidos para quien era conducido por él. Era todo un soldado y ejercía el mando en plenitud, pero el criterio y equilibrio con el cual lo hacía permitía dejarse conducir hacia el cumplimiento de la misión. Ya anciano, cada dos de abril se transformaba y delante de su querido Regimiento 5 retiraba el casco que uso en la guerra y que estaba en el museo y pasaba revista a las tropas con una gallardía y un orgullo que emocionaba a todos los presentes. Su voz ya gastada seguía mandando con el gusto de quien sabe mandar y se sabe obedecido. Hubo circunstancias de la vida en las cuales debió ejercer el mando firmemente hasta el extremo y lo hizo eficientemente, pero con una humildad y sin estridencias que sus actos pasaban desapercibidos. Ciertos actos había que sacárselos con tirabuzón. Otra virtud que lo caracterizaba era la prudencia (la madre de todas las virtudes), la cual indica cuándo y cómo obrar el bien. El Moncho era claramente prudente.  Pero hay que hacer un paréntesis y aclarar qué es la virtud de la prudencia. Muchas veces hoy en día se confunde prudencia con inacción o cobardía y es todo lo contrario. La prudencia intima a la acción, dice Santo Tomás, y peca más contra la virtud de la prudencia quien sabiendo que debe actuar no actúa que aquel que obra demás. Y así ejercía la prudencia el Moncho. Algunos pocos que lo conocieron, a veces supusieron una cierta inacción o lentitud de reacción ante los hechos, tanto en la guerra como en la paz. Sin embargo, con el tiempo y enterados de su ejercicio del mando, reconocían claramente que su accionar era un entramado de órdenes y resoluciones acertadas en fin de lograr de la mejor forma el objetivo. No andaba a los gritos ni era estentóreo en el mando. El se acercaba a cada uno y en forma personal se dirigía a cada hombre como debía dirigirse. Hoy podría decirse que ejercía un mando personalizado. Asimismo, la virtud de la prudencia consta de tres pasos, memoria y experiencia del pasado, visión real del presente y apreciación del futuro previsible. El más difícil es la apreciación real del presente y precisamente eso es lo que lo caracterizaba. Siempre veía la realidad tal como era, sin engañarse, tal la condición de los hombres sencillos y honestos que no le temen ni a la luz ni a la oscuridad. Desde el primer día en que lo conocí, pude apreciar un mando suave y enérgico a la vez que me llamó tanto la atención que me preguntaba si en la guerra este hombre sería igual y se mantendría igual o si cambiaría. El tiempo me demostró que no cambió en nada y puede decirse que fue la Divina Providencia quien designó a este hombre para estar al mando de «la unidad más aislada de los aislados.» La virtud de la fortaleza, enseña Santo Tomás, es aquella que nos lleva a obrar el bien sobrepasando aquellas dificultades y miedos que se nos interponen en el camino. Esta virtud consta de dos acciones, el acometer (la lucha, la fuerza, la acción) y el resistir (el aguantar, el sufrir, el sobrevivir). De estas dos acciones, enseña el aquinate (Santo Tomas), la del resistir es la más heroica y la que más exige al alma. Y precisamente, es el regimiento de Infantería 5, quien se destaca de las otras dignas unidades de Malvinas, por haber podido desarrollar estas dos acciones en forma superlativa. Porque no sólo acometió al enemigo siendo la única unidad que hiciera prisioneros ingleses después de los hechos del 2 de abril y combatiera con los poquísimos medios a mano, debido al aislamiento, sino que por sobre todo se irguió valerosa en el resistir. Sometido a un aislamiento absoluto de víveres como consecuencia de la lejanía de Puerto Argentino y por sobre todo por la acción del enemigo quien hundiera en dos oportunidades distintas los dos barcos que acudían en ayuda con los abastecimientos logísticos para la tropa, el 5 elevó su estatura de gigante sobrellevando sobre sus hombros la pesada carga del aislamiento total, tantas veces destacada en la historia de la guerra. Y lo hizo como pudo con total entereza. Allí es donde se resalta la entereza de un jefe, cuya personalidad era la ideal para esas circunstancias. Manejándose con prudencia, fue llevando el día a día de las acciones. No sólo había que prever los bombazos, la atención de los heridos sin medios, sino la administración perfecta y detallada de cada uno de los pocos abastecimientos.  En cuanto al acometer, cabe expresar que como jefe de Unidad, recorría la primera línea hablando con la tropa y tratando de interpretar el sentir y las necesidades de la misma. La concreción de los sectores de responsabilidad y el análisis de la defensa en 360 grados fue su prioridad.  En cuanto al resistir, he tenido oportunidad de observar la permanente preocupación y la constante imaginación e inventiva puesta en marcha junto con sus auxiliares directos y con el personal de especialistas médicos para sortear cada una de las dificultades. Se ha puesto de moda actualmente el término resiliencia para expresar la fortaleza que queda en un ser que ha sorteado una dura prueba. Lo mismo puede decirse de aquellos países que han tenido que enfrentar las guerras ya que la imaginación, la inteligencia y el esfuerzo se incentivan hasta el infinito. Eso mismo es lo que pudo observarse en Puerto Yapeyú. Precisamente el control de la primera línea por parte del jefe junto con los médicos, permitió ordenar un repliegue de primera línea de aquellos hombres cuya situación de debilidad provocada por el aislamiento, se encontraba al límite. Aproximadamente medio centenar de ellos fueron evacuados al puesto socorro (precario por cierto, porque otra cosa no había), a fin de mitigar su situación. Gracias a Dios, casi todos lograron sobrevivir. Sin embargo, uno de ellos, Remigio Fernandez no lo logró a pesar de los esfuerzo sobre humanos realizados por todo el personal de la Unidad. Su bloqueo psicofísico fue muy grande y prácticamente no ingería alimentos. Fue el jefe de Unidad quien dispuso que su propio ayudante el teniente Santiago Cadelago, fuese todos los días al puesto de socorro para alimentarlo directamente en la boca con los pocos víveres que quedaban. Desde zondas con leche y otras actividades, los médicos se desvivieron por salvarlo a él, como a tantos otros. Lamentablemente, su propia contextura física no resistió, falleciendo a los pocos días. Fue enterrado con los honores que correspondían y quiso Dios que lo hiciera el mismo día en que se enterró también con honores al Capitán británico Hamilton, muerto en Yapeyú por una patrulla de comandos argentinos. Cabe destacar, los conocimientos legales y reglamentarios del Moncho. Todo lo que hacia se movía guiado por la experiencia del que sabe. Conocía de la guerra, como también de todos aquellos aspectos administrativos. El médico de la unidad llevaba el archivo correspondiente a cada uno de los muertos y heridos. Lo mismo el del puesto socorro. Todo quedaba registrado y escrito, como el libro histórico, etc. Era interesante verlo ingeniándose todos los días para mejorar la forma de cocinar, como administrar los medicamentos, como hacer agua, como logar romper el cerco, qué informes pasar, etc. Pero lo notable, es que todo esto, en el puesto socorro, se hacía bajo el fuego enemigo. Las bombas inglesas no distinguían bien la cruz roja del techo y no pocas veces los esquirlazos atravesaban las paredes al rojo vivo y prendían fuego parte de las instalaciones de madera. Sin embargo, nunca nadie vio al jefe ni desesperado, ni inquieto, ni mucho menos nervioso. Seguramente lo estaría, pero era asombroso verlo. Por eso su presencia animaba y alegraba. Algunos se preguntarán, cómo el pudo aguantar tanto, y seguramente fuera por su espíritu. Regreso al continente con una anemia galopante que lo tuvo en un tratamiento continuo de más de dos años. Hace como tres años, fui testigo de algo que nunca se me había ocurrido. Fuimos con el Moncho a Baradero a visitar a un soldado veterano del 5, junto con varios soldados. Junto con la guitarreada y el asado bien regado, en la entremesa, el Moncho con su singular sonrisa les preguntó con energía a sus soldados si estábamos dispuestos a volver a pelear a Malvinas. Todos por su puesto gritaron que sí, pero enseguida comenzaron las naturales cargadas de que ya estábamos mas gordos y pelados. Yo mismo sentía a mis 52 años de que no era el mismo. Y entonces con una inmensa sonrisa el Moncho nos dijo: -muchachos, que no se diga, yo cuando fui a la guerra tenía la edad que ustedes tienen ahora.- Las carcajadas fueron muchas, pero también la reflexión de haber tenido un Jefe con mayúscula. Algunas anécdotas Cuando el Moncho volvió fue uno de los primeros en tratar de juntar a los veteranos. Fue presidente de la Comisión de Veteranos y los ayudó muchísimo cuando nadie los ayudaba. Fue quien organizó las maravillosas juntadas a las 2400 horas del 1 de abril de cada año, cuando todavía no existía el feriado del 2 de abril, para recordar a nuestros muertos porque decía que teníamos que hacer un sacrificio por ellos. En esas juntadas que se realizaban en la Plaza San Martín, lo único que se hacía era tocar un minuto de silencio y cantar el himno a capela. Nada mas era un acto muy sublime, supremo de seriedad y respeto. Una noche, en que los veteranos estaban reunidos con sus familiares y amigos aparecieron exactamente diez personajes de aspecto típico de barrabravas con un banco de madera ante la mirada atónita de todos los presentes. Se subieron al banco cinco de ellos y los otros cinco abajo como para sacarse una foto. De pronto, en medio de la oscuridad se encendió un foco poderoso y una filmadora los empezó a filmar mientras gritaban insultos al ejército y al General Mabragaña. No hubo ninguna reacción porque todo habrá durado no más de un minuto de reloj. Se levantaron y se fueron sin antes cobrar un dinero que un señor les entregaba en la esquina que da al Libertador. Al día siguiente, el noticiero de un canal sacaba el titulo bajo la filmación diciendo que veteranos de Malvinas habían insultado al general Mabragaña.. El no se perturbó porque la realidad de su excelencia como superior le bastaba. No necesitaba probar nada.  Al poco tiempo de esa circunstancia  sus exsoldados lo invitaron a festejar sus 80 años y habiendo terminado de comer todos juntos en una pizzería muy grande, cuando el Moncho ya se iba tenía que cruzar la avenida Maipú, y viendo sus soldados que el Moncho caminaba despacio lo levantaron en andas y lo cruzaron entre la algarabía y los gritos de todos. Quien pensó en atacar a la Institución Ejercito en la figura del Moncho se equivocó gravemente. El Moncho se casó de bastante grande. Siendo ya jefe de Unidad como teniente Coronel en Comodoro Rivadavia, entra a su despacho un subteniente recién llegado y muy serio el Moncho le dice: usted subteniente va a llevar a pasear a mi hija al cine. El subteniente no supo qué responder, pero se pasó varias días pensando qué pasaría hasta que se enteró que la hija del Moncho era una beba de un año y medio. En plena guerra, se juntó en forma parcial al Regimiento para cantar el himno. Parcialmente para no ofrecer un blanco rentable al enemigo. Cuando estábamos cantando, una avutarda (ave salvaje de la zona) se posó sobre la cabeza de un soldado. Rápidamente, terminado el himno, el Moncho gritó: “Fíjense ustedes, que hasta la naturaleza está con nosotros! El subteniente Miñones, quien perdiera heroicamente una pierna en pleno combate, estaba preparando posiciones nuevas cuando vio llegar al jefe de unidad. Se le presenta pensando que querría controlar la posición, pero el Moncho, con una sonrisa, empieza a cantar en inglés el cumpleaños feliz, para estar acorde con las circunstancias enemigas. El subteniente se había olvidado que era su cumpleaños, pero su jefe de unidad no. Una vez, el Buque Hospital Bahía Paraíso logró romper el cerco por razones humanitarias. La alegría inmensa que tenían los médicos y el Moncho de poder evacuar al personal fue mucha. Los trabajos constantes que realizaron para resgurdar la vida de los heridos es algo inextricable (imposible de narrar). Muchos fueron operados bajo el fuego enemigo, se intentó todo tipo de acciones para mejorar la salud y curar las heridas como se pudo con lo que se tenía. Fue un alivio la llegada del buque. Uno de los soldados fue Vargas, quien cayera herido en el frente de combate junto con su jefe de sección , otro suboficial, un soldado y dos más que murieron. Este soldado, por demás valiente, sigue siendo hoy un ejemplo de alegría y entusiasmo para todos, rescatando con su entereza a muchos otros a pesar de haber perdido una pierna. Se trató hasta el último momento de conservarla pero no se pudo. Tiempo después perdería también su pierna un oficial que estaba en la camilla de al lado en el puesto socorro. El subteniente herido con Vargas, quería darle la noticia de que debían amputarle la pierna, pero se le adelantó el Moncho, quien le dijo: – Soldado Vargas, usted va a volver al continente pero tengo la triste noticia que darle de que no podremos salvar su pierna. Sacó uno de los poquísimos caramelos que quedaban en la posición, se lo ofreció y sacando otro, le dijo, – Vamos a comer juntos un caramelo. El espíritu del jefe se contagió del soldado que al poco tiempo gritando de una camilla a la otra, pidió parte para el subteniente jefe de sección y con vos bien fuerte le dijo: -Mi subteniente, tengo una novedad para darle, me falta una pierna. La entereza de ese hombre emocionó a todos los presentes, enfermos y médicos llenando el puesto socorro de una alegría y esperanza superior solo explicada sobrenaturalmente. Hasta el día de hoy ese soldado recuerda  con afecto a quien, como él dice, era su padre, el Moncho Mabragaña,  enviándole una flor para su tumba con una tarjeta emocionante. Cuando el buque evacuó a todos los heridos, habiendo un oficial que si bien no podía caminar, no tenía heridas graves el Jefe de unidad decidió no evacuarlo ante la posibilidad de que al prolongarse la guerra pudiera al menos controlar un puesto de comunicaciones. Esta circunstancia, agradecida por el oficial el cual si bien no se sentía útil, por lo menos le permitía estar cerca, al menos espiritualmente de su gente, demuestra que el Moncho no era un paternalista. Muy por el contrario, era un jefe que al obrar siempre en cumplimiento de la misión no descuidaba el bienestar ni el sentir de su gente. En definitiva, el Moncho no hizo otra cosa que cumplir acabadamente con su deber, pero lo hizo de tal manera que grabó en el corazón de todos los que  los que lo conocieron un respeto y amor tan grande que cumplió maravillosamente el lema escrito en el escudo de su Regimiento de Infantería 5: «Velar se debe la vida de tal suerte, que viva quede en la muerte.» Por Emilio José Samyn Ducó   

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