«Fue un crimen de lesa humanidad»

El juez Ariel Lijo archivó la causa por el asesinato de José Ignacio Rucci, en 1973. Consideró que todo apunta a que fue un acto de los Montoneros y no es un crimen imprescriptible. Su hija afirma que la familia apelará, porque cree que el grupo se valió del apoyo del Estado a través del entonces funcionario Ernesto Jauretche.

Muerte.»Fue un asesinato en democracia, porque en 1973 el grupo Montoneros formaba parte del gobierno nacional. Usaron recursos del Estado. De hecho, las armas fueron trasladadas desde la provincia de Buenos Aires en autos oficiales.» Diluvia sobre Buenos Aires. Los porteños hemos vuelto a los subtes. Creo que todos buscamos retomar cierta rutina. Mientras tanto, una mujer joven y dolida, la diputada Claudia Rucci, se apresta a enfrentar las circunstancias que rodean el asesinato de su padre (el entonces secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci) y una incógnita judicial: —¿Cierra la causa de su padre, diputada? —En realidad no se cierra la causa sino que se archiva. El juez Lijo, en su escrito de más de 130 páginas, dice aproximadamente que “como todos los caminos conducen a Roma”, los Montoneros fueron los asesinos de mi padre pero que, justamente como fueron los Montoneros, ¿para qué seguir investigando si, en realidad, todos los asesinatos del grupo Montoneros no son crímenes de lesa humanidad? El juez Lijo se basa fundamentalmente en el caso Salgado (el atentado perpetrado en 1976 en la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal) por considerárselo prescripto y tampoco un crimen de lesa humanidad. Y lo que nosotros (la familia) le decimos al juez es que, precisamente, no estamos hablando de los asesinatos del grupo Montoneros sino del asesinato de José Ignacio Rucci, que marca una diferencia con los demás asesinatos. Le explico: en 1976, el grupo Montoneros ya actuaba en la clandestinidad, por lo cual era imposible que usara recursos del Estado para cometer un crimen. Y esto es fundamental para calificarlo o no como delito de lesa humanidad. Así lo dice el Tratado de Roma. En cambio, cuando asesinan a Rucci (1973), está más que comprobado que Montoneros tenía cargos en el Poder. Intendentes, gobernadores, diputados nacionales. Precisamente, añade la diputada Rucci, en el último escrito que yo le presenté al juez Lijo un año atrás (en septiembre 2011), estaba incluida una lista con 16 nombres. Personalmente, y a través del escrito, le dije al juez que para mí resultaba fundamental citar a Ernesto Jauretche porque Jauretche formaba parte del gobierno de la provincia de Buenos Aires como subsecretario de Asuntos Municipales, y yo estoy convencida de que él fue el informante de Ceferino Reato que aparece en su libro sobre el crimen de mi padre. Reato no lo quiere decir, pero yo estoy convencida de que fue él y que facilitó su departamento en la calle Avellaneda y Artigas. Ese departamento sirvió como base de operaciones para el crimen de Rucci. Está ubicado a tres cuadras del lugar del asesinato, y era propiedad de Jauretche. Yo, incluso, le pedí al juez en su momento que citara a Chacho Alvarez (ex vicepresidente de la Nación), puesto que en un libro dice haber estado en ese departamento. Le pedí entonces simplemente al juez que lo citara para que corroborara que ese departamento era de Jauretche. —Yo recuerdo, de un reportaje anterior, que tanto Bonasso como Firmenich habían comentado en público que la autoría era de Montoneros. —En realidad, en estos 16 nombres –entre los cuales pido que se cite a Firmenich por ser secretario nacional del grupo y también a Perdía– quizás también haya nombres que no participaron activamente del atentado sino que oficialmente (en publicaciones como El Descamisado) han reconocido que, en aquel momento, Montoneros se hacía cargo del atentado a Rucci. Pero lo cierto es que el juez no citó a nadie. —¿El juez le brindó alguna explicación sobre este hecho de no haber citado a nadie? —El miércoles próximo voy a estar con el juez cuando presentemos la apelación, pero si uno lee lo que el juez escribe, en realidad lo que dice es “¿por qué voy a seguir investigando si total este crimen prescribió?”. Entonces, uno se pregunta: ¿para qué reabrió la causa? Claudia Rucci se detiene en silencio, y luego: —Lo que sí hace el juez es darnos una posibilidad porque archiva la causa. No la cierra tampoco, y creo que esto es entonces una posibilidad para que podamos apelar a la Cámara y brindar todos los elementos y fundamentos que creemos que convierten este acto de Montoneros en un crimen de lesa humanidad. Y aquí insisto: en este asesinato en particular. Repito: un asesinato en democracia cuando el grupo Montoneros formaba parte del Gobierno nacional. Usaron recursos del Estado: de hecho, las armas para cometer el crimen fueron trasladadas desde la provincia de Buenos Aires en autos oficiales. —¿Cómo se explica esto? —Fíjese que el juez, en algún momento, se acerca a la verdad porque cita a (Manuel) Urriza, que actualmente es miembro del Consejo de la Magistratura y en ese entonces era ministro en el gobierno del gobernador Bidegain, vinculado a Montoneros. Y a Urriza le pregunta si Ernesto Jauretche era funcionario y él responde que sí. Y le pregunta a la vez si conocía a Ernesto Gómez (era el nombre clandestino de Norberto Habbeger, comisario político de Montoneros) y él contesta también que sí, que lo conoce y que lo veía en ese ámbito. Y Lijo se lo pregunta, con lo cual el juez está a punto de acercarse a la verdad. Pero después no lo cita a Jauretche. —Me imagino que todo esto se lo va a preguntar al juez Lijo el miércoles próximo, cuando presente la apelación. —Por supuesto. La verdad es que estuve dos veces con el juez Lijo: cuando se abrió la causa y cuando le presenté estos 16 nombres porque sospechaba que iba a cerrar la causa. Le llevé entonces más elementos, porque una de las cosas que dijo el juez fue que “el libro de Reato no es fiel a la Justicia… los datos no son fieles”. Pero, por supuesto, es un libro. Y no es Ceferino Reato el que tiene que hacer una investigación judicial. Es el juez quien debe hacerla. El juez me dijo que la dirección del departamento que figura en el libro de Reato no es una dirección real, pero ¡por supuesto, que no lo es! Ernesto Jauretche no iba a darle su dirección real porque entonces quedaba implicado hasta las manos. Pero yo sí averigüé la dirección real, y le dije: “Doctor, ésta es la dirección real. Y éstas son personas que fueron a ese departamento convocadas por Jauretche en otras ocasiones. Sólo cítelos para que den fe de que ese departamento era de Jauretche. —¿Y entonces…? —Nunca los citó. —Pero cuando usted le decía todo esto, ¿qué respondía el juez? —Nada. Me escuchaba. Siempre fue muy amable con nosotros. Cada vez que le pedí hablar con él, me recibió. Pero bueno, lo cierto es que llegamos a esta instancia. Yo creo que él se basó en el caso Salgado (que le mencionaba antes), que se conoció hace un mes, y decidió montarse sobre esta resolución diciendo: ¿para qué seguir investigando si ya hubo esta resolución? Y esta resolución, de alguna manera, afecta jurisprudencia. Pero el juez confunde la época: insisto en que no es lo mismo un asesinato de Montoneros en 1973, cuando formaban parte del poder y estábamos en democracia, que en 1976, cuando ellos ya actuaban en la clandestinidad. Nuestro fundamento va a ser ése. Incluso, uno de mis colaboradores me trajo un video en el que el actual gobierno premia a Jauretche con la Estrella Federal (símbolo de Montoneros) mientras que la locutora, al presentarlo, dice, mencionando su currículum: “En 1973, el señor Jauretche fue subsecretario de Asuntos Municipales en el gobierno de la provincia de Buenos Aires”. Tras esto, habla Jauretche y dice: “Fui Montonero, soy Montonero y me siento orgulloso de haberlo sido”. Se refiere a aquella época y a la actual. Bueno, cada uno maneja el orgullo como quiere, pero este video también va a ser presentado a la Cámara, porque no lo decimos nosotros. Lo dicen ellos mismos: no sólo eran Montoneros, sino que formaban parte del gobierno. —¿Usted es optimista con respecto a las pruebas que van a presentar? —Sí, yo tengo fe porque no cabe mucha interpretación al respecto. Dos más dos son cuatro. Las épocas están muy claras. La acción del grupo Montoneros está dividida en dos partes: antes y después de la pelea con Perón. Alguna respuesta tendrán que darnos. Si no, apelaremos a la Corte, y si esto no es suficiente, acudiremos a los fueros internacionales. Lo único que estamos pidiendo es que se diga la verdad histórica. No es forma de cerrar una causa incluso diciendo “¡sí, fueron ellos!”. Fueron ellos, ¿y qué? ¿En qué país vivimos? Si así son las cosas, digamos entonces, a partir de ahora, que lo que pasó fue obra de Montoneros y que no hay pena para ellos.El enojo y la pena traen un temblor en la voz de Claudia Rucci. —Recuerdo que, luego del asesinato, se supo que ustedes se mudaban constantemente de casa. Su padre estaba, obviamente, muy amenazado.  —Sí, sí. Sobre todo en los últimos años. Creo que a partir del 71 nos cambiábamos todo el tiempo de domicilio porque mi papá recibía amenazas constantemente. Tanto en la CGT como en casa. No se olvide de que él asume como secretario general con el único compromiso de trabajar por el regreso del general Perón a la Argentina. Y esto parece que le molestaba a mucha gente. Sí –recuerda–, nos mudábamos todo el tiempo. Incluso la casa en la que lo matan no era nuestra casa sino de un amigo, que se la había prestado en estas circunstancias. Nosotros vivimos siempre en la provincia de Buenos Aires, y cuando este amigo vino un día a visitarnos, en Ramos Mejía, dijo: “Esta casa es muy peligrosa. Tiene un baldío al lado. Yo tengo un PH en Avellaneda. Te lo presto para que vayas ahí con tu familia hasta que se venda esta casa y te puedas comprar otra”. Bueno, ahí estábamos. Cuando lo mataron, hacía menos de seis meses que vivíamos en ese PH. Posiblemente, hoy día, nadie con tantas amenazas se mudaría a un PH con una casa desocupada al lado. Eran otras épocas… Y le digo algo más, porque realmente lo creo: me parece que mi papá era demasiado ingenuo en este aspecto. Si bien hacía declaraciones, cuando la revista Gente le preguntó si tenía miedo de que lo mataran, él contestó que no tenía miedo de que lo mataran, sino que lo atemorizaba que lo mataran por la espalda. No poder verles la cara a sus asesinos. En el fondo, yo creo que él sabía que su vida estaba en riesgo pero, para decirlo de alguna manera, era bastante dejado al respecto. Hoy por hoy, el secretario general de la CGT no saldría sin una fuerte protección. Al lado del PH había una cochera, y como vivíamos en el departamento del fondo y la cochera lindaba, él le había propuesto al propietario que le permitiera abrir una puertita para poder dejar el auto en esa cochera y no en la calle. Pero bueno, esto desde ya no se cumplió. —Efectivamente, lo matan en la vereda. Usted contó en una oportunidad que justo llegaban de la escuela con su hermano. —Sí. El asesinato fue alrededor de las 12 y cuarto del mediodía, y por ese tema de mudarnos todo el tiempo veníamos desde Haedo, porque mis padres habían decidido que por lo menos no nos mudáramos de colegio. Llegábamos entonces aquel día de la escuela y vimos mucha gente en la calle. Policía, gendarmería en la esquina. El chofer paró el auto y se bajó para preguntar qué había pasado. Mi hermano (que tenía 15 años) también bajó del coche, y luego supe que llegó a ver el cuerpo de mi padre tendido en la vereda. El chofer nos dijo que había ocurrido un accidente y que iríamos “a la casa de Elsa”. Era un matrimonio amigo de mis padres y quedaba muy cerca de allí. Ahí fuimos, y más tarde me enteré de casualidad (mi hermano ya lo sabía) de que algo raro estaba pasando. Pedí permiso para ir al baño porque quería pasar por el living, donde la TV estaba prendida, y cuando abrí la puerta del living vi en la pantalla la placa que decía “Asesinaron a José Ignacio Rucci”. —Claro, tenía nueve años, ¿no? Y como a veces ocurre con los chicos, usted no dijo nada. —No. Pero me puse a llorar y me llevaron al dormitorio de uno de los chicos del matrimonio amigo. Ahí tengo una especie de niebla. Sin otros registros. Como si hubiera bloqueado esas horas. —¿Se acuerda de Perón? —Sí, cuando tenía reuniones de trabajo, papá nos llevaba con él a la quinta de Olivos. Creo que fueron dos o tres ocasiones. Lo que yo percibía, además por charlas en casa, es que con Perón tenían una relación de mucho afecto mutuo. Yo siempre digo que me ha quedado grabada esa imagen de Perón llorando al lado del cajón. Para mí fue algo muy fuerte, porque era un hombre grande, poderoso. —Y los poderosos no lloran, menos delante de un chico. —Claro. Lo vi quebrado. Fue cuando dijo que le habían cortado las piernas con ese asesinato. Bueno, para la familia naturalmente fue un momento durísimo. A veces, algún tonto dice cosas como “ah, ¡pero cobraron la indemnización!”. Y yo pienso que es muy loco que en un país donde costó tanto, tanto, vivir en democracia, donde hubo tanta muerte, tanta sangre derramada… La verdad es que mi mamá fue una mujer que quedó viuda a los 42 años, con dos chicos menores, una casa hipotecada, no tenía ni terrenos en El Calafate ni plazos fijos en dólares. No tenía nada. Tuvo que salir literalmente a trabajar en el Policlínico de la UOM, donde cumplía un horario como una empleada más. Cuando oigo gente que dice “bueno, no se lo merecía. Porque, en realidad, no lo mató la izquierda. Lo mató la derecha”, yo me pregunto: ¿qué es esto? ¿En qué país estamos viviendo? Los crímenes son crímenes y deben ser juzgados vengan de donde vengan. Pero bueno, todavía en Argentina hay gente que piensa así. ¡Como si, además, a nosotros nos importara esa indemnización! Si el juez me dice que hay que devolverla, bueno, se devuelve. Es lo que menos nos preocupa. Creemos que fue justa. Que también fue justo recompensar a una mujer veinte años después del crimen. Una ayuda económica que no fueron 200 mil dólares, como se dijo por ahí. Era muchísimo menos, y en pesos. Que alguien crea que mi madre no se lo merece porque lo mataron los Montoneros y que si, en cambio, lo hubieran matado los militares, lo habría merecido… este pensamiento pertenece a un país retrógrado. —¿Como legisladora tuvo algún contacto con la Presidenta? —Como diputada nacional, no. Fuimos con mi mamá y mi hermano a hablar con ella cuando decidimos reabrir la causa. Bah, probar si la causa se podía reabrir a partir del libro de Reato, y la verdad es que la Presidenta se ha portado muy bien con nosotros. Ha hablado maravillas de mi padre. Ha dicho que era justo que se supiera quiénes lo habían matado y que ella se comprometía, de alguna manera, a que se supiera la verdad. Después de esto, nunca más volvimos a hablar con ella y me parece que no tiene sentido hacerlo, ya que el tema está en manos de la Justicia, que sí debe darnos una respuesta. No solamente a la familia, sino una respuesta a los argentinos. Esta es una causa en la que, si no se sabe nada, es porque no se ha querido investigar. Esta es la realidad. Y, mirándolo a los ojos, le voy a preguntar al juez por qué no se citó a la gente a declarar tal como lo hemos pedido los querellantes. Yo no soy abogada pero el juez, si quiere, puede desestimar esa declaración. Lo que no puede hacer es negarse a acercarse a la verdad. por Magdalena Ruiz Guiñazú Fuente: 

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 Diario Perfil 17/8/2012

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