Francia pomposa, pero natural

Muy cerca de las casas de piedra en donde Rousseau, Collet y Millet dieron las primeras pinceladas del naturalismo francés, la monarquía francesa se recluía aquí, a 55 kilómetros de la chusma parisina.

Al salirme del camino y subir por una de esas formaciones de granito del tamaño de una casa que emergen del piso de aguja de pino del bosque de Fontainebleau, me encontré cara a cara con dos pintores franceses que dieron a los paisajes locales fama internacional con sus lienzos: Theodore Rousseau y Jean-Francois Millet. Las figuras de ambos pintores de vanguardia, ambos pertenecientes a la colonia de artistas pre-impresionistas de la aldea local llamada Barbizon, estaban esculpidas en relieve al costado de una protuberancia rocosa al estilo de Henry Moore.

Este monumento histórico es uno de tantos con los que uno puede toparse en este inmenso bosque. Algunos kilómetros al sur, en una intersección aislada del bosque, mis compañeros y yo nos encontramos con una cruz de piedra de gran altura que conmemora el lugar en el que Napoleón se encontró con el papa Pío VII en 1804 de camino a París, a donde se dirigía a fin de bendecir la coronación de Napoleón como emperador de Francia. Esto, claro está, fue antes de que Napoleón decidiera meter preso a Pío en los lujosos apartamentos del chateau de Fontaineableau.

Anteriormente, habíamos manejado alrededor de un altísimo obelisco que está en medio de una rotonda. El obelisco es un homenaje a Maria Antonieta, quien, a juzgar por las habitaciones suntuosas y refinadas que diseñó para su propio uso en el chateau, no la pasaba nada mal cuando la corte real se trasladaba aquí en el otoño para la temporada de caza. En otra rotonda algo oculta cerca de la autopista A6 que va a París, nos encontramos con un espectáculo más moderno: una prostituta de aspecto demacrado, esperando pacientemente la llegada de algún cliente junto a su diminuto Fiat de color rojo.

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Una de mis compañeras, Natalie Degans, que solía vivir en la zona, comentó: “Fontainebleau es una parte fundamental del imaginario francés. Está llena de historia, de leyendas y de cosas extrañas”.

El bosque de Fontainebleau, una franja boscosa tres veces más grande que Manhattan (160 kilómetros cuadrados versus 62), con sus misteriosas formaciones rocosas y cañones, ha mantenido al menos durante ocho siglos un lugar especial en la cultura e historia francesas. Cada domingo, hordas de parisinos agarran el auto o se toman el tren que tarda 40 minutos para retozar por los caminos peatonales derechos como una regla que parecen extenderse eternamente a través de los árboles. Aquí, uno tiene la sensación de percibir la presencia de fantasmas entre la vegetación en donde generaciones enteras de monarcas franceses tenían sus cotos de caza preferidos y en donde los dramas más íntimos de Napoleón tuvieron lugar. Fue también aquí donde se pintaron los lienzos bucólicos de la Escuela de Barbizon que cumplieron un rol fundamental en el viraje de las sensibilidades artísticas francesas hacia un naturalismo que encontró su máxima expresión en la corriente impresionista. Fue aquí también donde grandes pensadores como el místico oriental G.I. Gurdjieff y el artista Jean Cocteau cosechaban seguidores lejos del bullicio de París.

Casi medio siglo después de su muerte, en 1963, Cocteau aún sigue causando admiración en la minúscula capilla de piedra del siglo XII, St. Blaise des Simples, cerca de su antigua casa en la antigua aldea medieval de Milly-la-Foret. Durante nuestra visita hace algunos meses, un grupo continuo de visitantes se detenía para contemplar los impactantes murales modernos de la crucifixión y resurrección al estilo de Picasso, rodeados de hierbas medicinales según indica la tradición. St. Blaise era un doctor. Cocteau está enterrado en el centro de la capilla debajo de una inscripción tallada en su propia letra que dice: “Je reste avec vous” (Permanezco entre ustedes).

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Después de manejar por 20 minutos a través del bosque llegamos a la famosa aldea de Barbizon. Aún sigue siendo un lugar increíblemente pintoresco. Las antiguas casas de piedra en las que Mollet, Rousseau y su grupo solían beber, charlar y pintar son ahora galerías de arte, cafés y hospedajes bajo la sombra de pinos y olmos gigantes. Durante el fin de semana, las angostas callejuelas se colman de parisinos comprando, paseando y usando la aldea como base para hacer caminatas por el bosque.

Todos los caminos y calles parecen conducir al chateau de Fontainebleau, que se encuentra al borde del pueblo de su mismo nombre en el centro del inmenso bosque. El chateau está a 15 minutos de caminata de la estación ferroviaria a la que llega un tren por hora proveniente de la Gare de Lyon, en París. Caminando por la agradable Rue Grande por la que alguna vez desfilaran los ejércitos cuando la corte real se encontraba en residencia, nos encontramos con familias parisinas retozando en los inmaculados jardines simétricos que rodean al chateau como si fueran papel de envolver.

El chateau en sí mismo, con sus habitaciones de tono íntimo y excéntrico, da la impresión de que los aristócratas competían con sus antecesores en lo que a tamaño y ornamentación respecta. Es la antítesis de la acartonada pompa y simetría de Versailles. Podíamos casi sentir la presencia de los antiguos aristócratas haciendo fiestas y relajándose en estos salones y corredores, decorados con motivos de caza y mapas del bosque. La sensación de jolgorio y de juego continúa hasta el presente. Por la Rue Royale, el edificio escultural que pertenece a Insead, una de las mejores escuelas de negocios de Europa, se abre hacia un costado del bosque. Mientras caminaba por el parque de la escuela, agarré de casualidad un frisbee que alguien había arrojado. Poco después, nuestro grupo se unió al de unos amigables estudiantes extranjeros de MBA en un juego frenético de frisbee entre los árboles. Otro recordatorio de que estas últimas tierras salvajes que preceden a París no se quedaron estancadas en su rica historia sino que siguen vibrando al compás de los tiempos modernos.

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por Finn Olaf Jones*The New York Times / Travel.

Traducción: Paula Natalia García
 

Fuente: 

Diario Perfil 19/2/2011

Informacion Adicional: 

El Castillo de Fontainebleau se sitúa en el sudeste de París. Testigo de la historia francesa desde la Edad Media, el Castillo de Fontainebleau fue una de las residencias de los reyes franceses desde François 1er hasta Napoléon III. Esos reyes dejarón impronta en la historia y contrucción del castillo. Rodeado de un amplio parque, el castillo se marca por una grande herencia cultural. Su arquitectura y decoración interior es una mezcla del arte italianio y francés. Desde 1981, el castillo hace parte del patrimonio mundial del UNESCO. El Castillo de Fontainebleau se aprecia hoydía por la belleza de las habitaciones de Napoléon III, recientemente renovadas.

 

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