Esa Gesta improvisada

 Hace hoy treinta y un años, los periodistas de medios nacionales llegábamos a las Islas Malvinas. Fuimos testigos de esa gesta improvisada. Finalizando noviembre de 1981, el periodista del diario Convicción, Julio Macchi, contó en la redacción que le habían asegurado que en poco tiempo la Argentina invadiría las Malvinas, con componentes de fuerzas militares. 

Cuando aclaró que su fuente de información era el partido Comunista, no le creímos. Sin embargo preguntamos a los contactos de rutina. Nadie sabía nada. En la embajada de Estados Unidos calificaron la especie de disparate de la URSS. Walter Mannoni, Héctor H. Rodríguez Souza y Jorge Gonella – Gentileza Rodríguez Souza Cuando en marzo de 1982 el comprador de chatarra Costantin Davidof  fue expulsado por un buque de guerra británico de las islas Georgias (San Pedro), la información de Julio Macchi empezaba a cobrar sentido. Comenzaron las guardias periodísticas. Me tocó Cancillería. Empezaron a llegar periodistas del exterior y corresponsales de guerra (olían el conflicto y traían noticias de sus países de origen).  Los diplomáticos se mezclaban con los periodistas tratando de obtener información. Tal vez por primera vez en el Palacio San Martín entraban choripanes y pizza que comíamos (todos juntos) sentados en el suelo del fantástico edificio de prolongada prosapia. En ningún momento hubo  información oficial ni se atendió a los extranjeros de forma alguna. Todo improvisado. Entre extranjeros y nativos analizábamos las posibles causas que llevaron a ese nivel de conflicto, cuáles serían los intereses manifiestos y ocultos. Los uniformados argentinos, tremendamente desgastados aun para sus partidarios, buscaban a toda costa estirar la permanencia en el poder y quedar en la historia. Pero un motivo que en el momento pasaba casi desapercibido, era las gestiones que José Alfredo Martínez de Hoz había estado realizando en Londres. Según un informe de la consultora Source Petroconsult SA Geneva para el Foreing Office, conocido en octubre de 1979 (y luego ratificado por la CIA), la cuenca petrolera de Malvinas se conectaba con la neuquina, exponiendo tanta cantidad de crudo que se podía calcular en cinco veces la del Mar del Norte y superior en mucho a la de Arabia Saudita. Los británicos buscaban el dominio de la pesca, el petróleo, una base nuclear en el Atlántico Sur y una llegada fácil a la reserva de agua dulce más grande del mundo: la Antártida. Hoy tienen todo eso. Cuando el 2 de abril de l982 se produjo el desembarco argentino, pocos periodistas conseguimos pasajes para Comodoro Rivadavia (lo más cercano a Malvinas) y los vuelos privados eran impensables. El primer equipo en salir de Buenos Aires fue el de canal 11, que integré junto con los camarógrafos Jorge Gonella y  Walter Mannoni. Al otro día, 3 de abril, hace hoy 31 años, ya estaban en las islas Miguel Angel Ochoa, del canal fueguino, que había viajado, sin cámaras, con las tropas de desembarco y un fotógrafo “free lance” que “casualmente” estaba en Gran Malvina. Miguel Angel Ochoa, antiguo compañero mío en radio Mitre y amigo, sacó la foto que ilustra este relato. Por supuesto le retribuí el gesto y en su casa está la foto que le saqué.  Después llegaron a las islas canal 13 (Daniel Mendoza), canal 7 (Nicolás Casanzew) y otros colegas. A la improvisación se sumó el absurdo: el jefe del aeropuerto de Comodoro Rivadavia, un  comodoro de  apellido Mendiverri, dijo que “solamente podrían cruzar a Malvinas desde ahí, los periodistas de la Aeronáutica”, esto es, los de los medios intervenidos por esa fuerza. “El Ejército y la Marina que se hagan cargo de su gente. Los civiles (refiriéndose a medios privados), que se arreglen por su cuenta”. Cabe recordar que los canales  y radios estaban intervenidos por las fuerzas armadas: canal 7 ,la agencia de noticias Telam y canal 9 por el Ejército. Canal 13 por la Marina y canal 11 por Fuerza Aérea. Ante los impedimentos para viajar todos nos movimos y con nuestros  contactos logramos que ese 3 de abril, en un avión militar, un F-28, viajamos varios. Cuando llegamos un mayor del Ejército nos impidió avanzar, incluyendo al Brigadier Crespo, Jefe de Base de Comodoro Rivadavia, quien se quedó callado y esperando. Se repitió el absurdo: nos pegó un reto increíble  y agregó que para él, solamente podrían moverse los periodistas del Ejército. Al rato presenciamos como comenzaban las luchas internas: el general García decía que el puerto y la capital isleña debían llamarse “Gaucho Rivero”. El contralmirante Busser que debía ser “Capitan Giachino”, en homenaje al único muerto en la toma de las islas. El Ejército insistía en que el gobernador debía ser delegado directo del presidente y obviamente de su fuerza. Los marinos amenazaron con retirarse. A la tarde los anfibios navales que se usaron para desembarcar las tropas que tomaron Malvinas, fueron embarcados en el buque San Antonio y regresaron al continente, mientras todos hablaban de hermandad y unidad. No lo sabíamos aun, pero debió preverse, que estábamos por enfrentar a la primera flota naval del mundo. Las comunicaciones en una guerra hoy son primordiales, casi la garantía de triunfo o fracaso, si no, véase la guerra del Golfo, Afganistán e Irak, que fueron escenificadas para la televisión (se asegura que hubo directores de cine en puestos claves). Las primeras imágenes de Malvinas liberada fueron emitidas por Daniel Mendoza en canal 13, con quien compartimos equipos y hasta el secuestro de un jeep del Almirante Busser. Usamos como base de transmisión al canal de Comodoro Rivadavia, para lo cual volvimos en el mismo avión  que nos llevó a Malvinas. Con la misma imagen de la bandera Argentina con que cerró Mendoza su transmisión, abrió canal 11. El material estaba en crudo, es decir sin editar. Desde el noticiero en Buenos Aires el conductor Víctor Sueiro daba pie a los comentarios y puesta en escena de lo grabado. Desde un teléfono en la dirección del canal de Comodoro Rivadavia, a no menos de 20 metros del estudio, el camarógrafo Walter Manonni escuchaba lo que decía Sueiro y lo repetía en vos alta. El camarógrafo Jorge Gonella, a mitad de distancia repetía lo que oía y Nicolás Casanzew (a pesar de ser de otro canal colaboraba con esa transmisión), a un costado de la cámara, repetía. Yo fingía que se oía mal a Sueiro, me tomaba un poco de tiempo y le contestaba o ponía en el aire el material, que era video. Así fuimos a la guerra, todo improvisado. En esos momentos los satélites norteamericanos viraban su orientación y nos espiaban. De todos modos la BBC desde hacía una semana alertaba a los isleños del desembarco. No hubo sorpresas. Volvimos a cruzar varias veces, aunque el canal designado oficialmente para la cobertura fue el 7 (Casanzew-Lamela). En una de las bases la cámara de canal 11 sirvió para probar la altura de vuelo de los aviones “Canberra”. Manonni parado, filmaba los aviones que pasaban a poca altura y que casi lo rozaban. Los pilotos veían el video y hacían sus cálculos. Luego, sobre el mar, repitieron la maniobra aprendida y así lograron evitar los radares enemigos.  Con una “Pastalinda” casera se cortaron tiras de papel metálico. Con sendas tijeras escolares hacíamos ( los tres de canal 11 y dos pilotos) pedazos de pocos centímetros. Cuando ya en combate le tiraban misiles a los aviones argentinos, por la ventanilla los aviadores arrojaban un puñado de esos papeles para armar una suerte de cortina de atracción magnética y así distraer las cabezas buscadoras de los misiles, que se “volvían locas” y seguían a los señuelos salvando a los aviones. Para los misiles con cabezas “térmicas”, que buscaban el calor de las turbinas de los aviones, improvisamos unos paracaídas chiquitos con una bengala atada. Cuando les tiraban un misil, los acompañantes de vuelo la encendían y el paracaídas la hacía flotar lejos del avión. Así fuimos a la guerra.  Sabiendo esto y participando, como hicieron otros periodistas, médicos, enfermeras, cuando hablábamos con combatientes “en serio” quedábamos destrozados. También ayudamos a construir aviones de cartón que desde el aire debían parecer verdaderos. En tanto otros hacían de la guerra su negocio. Mucho tiempo después vi en un video de la BBC, que aun se consigue, un despegue de un avión A-4 B relatado por mí. No salió por televisión  nunca, por lo que denunciamos que se había vendido o regalado al enemigo. No pasó nada. El 14 de junio de 1982 el Jefe de la Fuerza Aérea, Lami Dozo, salió a recorrer bases en operaciones (verdaderos héroes). Integrábamos la comitiva periodística Faustino Altamirano (La Razón), Luis Garasino (Clarín), Jose Ignacio López (La Nación) y me tocó a mí por canal 11. A poco más de medio día en Puerto de Santa Cruz nos esperaba el gobernador, Brigadier López. Todos nos enteramos en ese momento y ese lugar que las islas se habían rendido por la mañana.    Cuando volvieron los soldados al continente lo hicieron de noche y a escondidas. Solamente los del Regimiento 3 de Tablada llegaron a media mañana y allí estaba canal 11. Colectivos de diferentes líneas traían a nuestros combatientes de vuelta desde el puerto de Buenos Aires a casa. Uno de los soldados comentó en vos alta:  ¡ Está la madre de fulano!… y se hizo un grave silencio. Fulano había muerto partido por una bomba y a su madre, quien fue a recibirlo, olvidaron avisarle. En la foto de tapa publicada en el diario Convicción del 4 de abril de 1982, que ilustra una nota, se puede ver la improvisación. Las cocinas que se cruzaron a las islas para alimentar a las tropas eran a leña. En las Malvinas no hay árboles, ni una sola astilla para producir fuego. por Héctor H. Rodríguez Souza  

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