Esa constante aventura de inventar

Dos veces su padre hizo volar la casa. La primera explosión, con los choclos por todos lados, tuvo tanta fuerza que destrozó un cristal irrompible de la cocina. La segunda fue un reventón que hizo estallar parte del techo de una habitación, por donde comenzó a filtrarse la luz de la luna, mientras los bomberos -viejos amigos- verificaban que todo estuviera bajo control.

Pero ella no se sorprendió: era normal que su padre provocara “daños colaterales” con sus inventos y experimentos, como ése de intentar fabricar plástico con marlos, y en la cuadra del barrio de Belgrano, donde vivían todos, sabían el origen de los ruidos y la identidad del científico sin título, pero que era una celebridad y un orgullo para todos.

Mariana Biro, hija de Ladislao José, el inventor, entre otras cosas, de la birome, cuenta pormenores de las explosiones entre risas cortadas, señala que su primer recuerdo de la vida es una casa llena de tubos de goma, tanques y cosas que hervían, y ver a su padre inclinado sobre algún elemento que luego sería revolucionario, como el lavarropas automático, el termógrafo, la caja automática de los autos, una cerradura inviolable o uno de los principios termomagnéticos que hoy utiliza el más avanzado de los trenes bala japonés.

Hija única del húngaro naturalizado argentino, inventor a tiempo completo, padre amoroso y despistado, fumador empedernido, hipnotista, profesor de esgrima, deportista, periodista y otras yerbas, Mariana habla sobre la aventura de inventar, de la vida diaria junto a un creador, de las vicisitudes de tener como padre a un hombre que le hablaba de enriquecer el uranio, cuando la niña recién despuntaba su adolescencia y lo miraba extrañado, o de la distracción permanente de Lazlo que, por “estar en otra cosa” le dio permiso a los 14 años para que recorriera sola y a su gusto la isla de Manhattan, en Estados Unidos, sin reparar en el peligro que pudiera correr.

Mariana Biró

Mariana tiene los ojos de su padre, celestes, ojos de cielo líquido, un humor adorable y salidas graciosas para cada tema, como esa con la que convida a pasar: “Nadie en su sano juicio habla húngaro, porque es un idioma que viene de Mongolia y que se mezcló con el magiar, lo que es curioso, porque a mí me asustaban cuando era chica diciéndome que me iban a llevar los gitanos, que son los que le aportaron mucho a la lengua. Te imaginás que cuando llegué al país hablaba húngaro y francés, pero de español ni mu. Mi madre me mandó a una escuela bilingüe y yo miraba la hora: si eran las 12 del mediodía sabía que había pasado del castellano al inglés, porque seguía sin entender nada”.

Entre mangueras y máquinas
Mariana Biro nació en 1932, en Budapest, y en su primera memoria hay equipos de laboratorio, mangueras negras, máquinas extrañas desparramadas en cualquier ambiente de sus sucesivas moradas. Están también su madre que cocina exquisiteces, su abuela haciendo algún tipo de labor, los amigos de la familia que aparecían con increíbles aparatos para que su padre los examinara como si se tratara de un diamante.

Y como todo eso le fue siempre sumamente natural, ella decidió estudiar para ser docente, una de las mejoras formas de crear y de inventar. Para eso y gracias a la porfía de su padre y al amor incondicional de su marido, fundó y dirige hasta la fecha la Escuela del Sol, un establecimiento de enseñanza primaria y secundaria donde, además, los chicos pueden hacer sus comienzos en el oficio de inventar.

Los Biro, cuenta Mariana, eran todos médicos, pero su padre, Lazlo, prefirió no seguir con la tradición familiar basándose en un principio al que no renunciaría a lo largo de toda su vida: “Una vez que aprendés algo es difícil deshacerse de la idea”, decía.

Cosa, por otra parte, que él sabía por experiencia: Juana, su madre, puso a Lazlo cuando nació bajo una lámpara para que recibiera calor, porque los médicos diagnosticaron que con el bajo peso que tenía era casi imposible la supervivencia. Pero Juana, terca como buena húngara, pensó que si el pequeño recibía una temperatura similar a la del útero por un tiempo más, el niño mejoraría. Y fue así como lo instaló bajo una lámpara todo el tiempo posible y logró su objetivo por partida doble: le salvó la vida a su hijo Lazlo al aplicar las bases de lo que después se conocería como incubadora.

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Más tarde, y como si no le faltaran responsabilidades, Juana se puso a estudiar medicina con su otro hijo, Jorge, mientras su nieta, Mariana, se las veía cara a cara con el idioma español.

Se las apañó para sobrevivir sin saber el idioma, ¿no debe de haber sido fácil?

?Es que el principio de todo no es enseñar, sino que el chico aprenda, y mi padre hizo eso conmigo. Mirá, yo no recuerdo nunca qué comía cuando era chica, porque mi padre llegaba a almorzar y empezaba a contar detalles sobre las miles de cosas que estaba haciendo y era maravilloso escucharlo y uno se olvidaba de la comida. Por suerte estaba mi mamá, Isabel, era un cable a tierra y lo bajaba un poco.

Usted nació en 1932 y sólo vino a la Argentina en 1941. ¿Cómo era vivir en Hungría?

Allá el clima manda. Todo el mundo trabaja. Y, como era chica, a mí me tocó la escoba. Recuerdo que mi madre se enfermó de tuberculosis y todos pensaron que se iba a morir. Pero tuvo un médico que se sentó al lado de ella y le preguntó si quería vivir. Y sentenció: “Si quiere vivir, va a vivir”. Y se curó. Para él y para mi madre estar enfermos era un inconveniente momentáneo. Y eso te enseña mucho en la vida, así aprendés a no claudicar, aun cuando todo es adverso.

Usted no salió inventora.

No. Me salvé por ser mujer (y se ríe a carcajadas). Porque lo veía a mi papá y pensaba: “¡Si soy como él voy a quedar pelada!” Porque yo pensaba que todos los papás eran como él, inventores y pelados.

¿Cómo era Biro?

Interesante, muy afectuoso, hablando siempre de cosas extrañas y sumamente distraído, pero práctico. Yo tenía 14 años cuando me llevó a los Estados Unidos por primera vez y le dije que quería conocer la ciudad de Nueva York. Fue un reclamo, en realidad, porque estaba ocupadísimo y yo me aburría. Me dijo: “Andá, andá”, y le respondí: “Pero me voy a perder”. Entonces me enseñó que las calles estaban numeradas y que el secreto era saber en qué esquina estaba parada y así orientarme. Desde entonces, cada vez que voy, me fijo dónde estoy.

La vida de Mariana Biro es fascinante por donde se la mire. Ella cuenta todo como si inventar la palanca de cambios automática para los autos, o intentar enriquecer el uranio fuera tan natural como tomar agua, como si ese enorme hombre que fue su padre, creador de la mundialmente conocida birome, que marcó un antes y un después en la escritura, no fuera bien común y bien corriente.

Mis padres, la pareja perfecta
“Nunca me inculcaron nada mis padres ?dice Mariana? y se llevaban bien porque eran lo opuesto y se complementaban perfectamente. Mi mamá, Isabel, se dedicaba a la casa y él se pasaba el día inventando miles de cosas, distraído de lo que pasaba alrededor del mundo. Mi mamá le tenía que pedir por favor que corriera los libros para poner los platos y los cubiertos y él siempre decía que sí y siempre estaba de buen humor.”

Experimentos
Y de pronto, como movida por un rayo imperceptible, recuerda la anécdota que revolucionó al mundo y empieza a contarla. “Cuando íbamos al colegio teníamos tinteros en los pupitres y había un hombre que pasaba todas las mañanas para llenarlos, porque escribíamos con pluma, mojándola en el tintero. Los chicos, para burlarse de mí, ponían las puntas de mis trenzas dentro del tintero y yo volvía a mi casa despotricando porque estaba toda manchada (acá aclara que ella era muy brava). Entonces mi papá me miraba y decía: Todo esto va a pasar muy pronto, y me pagaba 10 centavos para que yo probara lo que estaba ideando, que no era otra cosa que la famosa birome”.

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Cuenta Mariana Biro que durante ese tiempo su padre contrató a un relojero que vivía en la ciudad de Bernal para que hiciera las bolitas de las primeras lapiceras a mano y las colocaba una a una. Llegó a poner 500 en un día. Sin embargo, no terminaba de salirle bien, hasta que inventó la máquina que producía esas bolitas. Impresionante el relato. Miro lo que escribí con una lapicera que todos llamamos “birome” por Lazlo y pienso que estoy frente a la persona que más conoció al inventor. Se lo digo, Mariana sonríe, y sigue relatando, siempre con esos ojos sin nubes y la sonrisa perfecta.

¿Y probaba los inventos con ustedes?

Sí, a él le encantaba. Por ejemplo, cuando voló nuestra casa, estaba trabajando en la separación de gases livianos y pesados para el enriquecimiento de uranio. O también cuando hizo el termógrafo: nos hizo poner una especie de reloj con un rodillo con papel, donde se marcaba constantemente la temperatura.

¿Y hay algún otro invento de los que no sepamos que sea suyo?

Bueno, el tren bala japonés tiene un principio electromagnético que es un invento de papá. Me acuerdo de una vez que estaba leyendo el diario, vio una publicidad y dijo: “Me parece que esto lo inventé yo”.

¿Y qué hacía con el dinero que ganaba?

Lo reinvertía en nuevos inventos.

Mariana Biro pone los ojos soñadores cuando recuerda a su padre, especialmente la parte en que rememora lo generoso que era. “La cerradura inviolable es un invento de papá y finalmente se la regaló a Scotland Yard”.

La hija del húngaro más argentino asegura que su padre no era político, pero de haberlo sido, seguramente se habría unido al socialismo. Porque, entre otras cosas, Biro añoraba que sus inventos tuvieran alcance masivo. Eso es lo que él logró con el bolígrafo, que todos lo pudieran usar. Por eso siempre protestaba contra la idiotez.

El gran Biro nunca dejó de asombrar a su hija. Ya era madre, Mariana, cuando entró en la casa de sus padres a buscar a su nena y se quedó petrificada: la nena estaba tendida en el piso y Lazlo la pisaba, pasaba sobre ella y la pisaba. Mariana le preguntó qué hacía, y el le contó que había logrado transmitir la energía, lo que le permitía pisar a la nena sin hacerle nada. Ese experimento, hizo, además, que Mariana se haya transformado en una especie de fenómeno: la transmisión de energía le permite abrir cualquier frasco sin utilizar la fuerza bruta.

¿Y cuándo explotó la casa?

Dos veces. La primera, cuando intentaba sacar plástico del marlo del choclo. Lo hacía en ollas a presión y se olvidó una en el fuego, que salió volando y rompió un mamparo de vidrio. La otra vez separaba, como te decía, unas sustancias y voló el techo e hizo un agujero grande.

Hoy en día, Mariana tiene a su cargo más de 400 alumnos en la Escuela del Sol, donde algunos geniecitos inventan cosas. Y concluye: “Para mí todo lo que hizo mi padre merece mi amor y mi respeto, tanto que ahora intento formar a chicos y jóvenes que tengan ganas de crecer intelectualmente. A ellos les quiero transmitir dos mensajes: que no hay que tenerle miedo a lo desconocido y que en la vida no hay fracasos, sino inconvenientes.”

EL PERSONAJE
MARIANA BIRO
docente y directora de una escuela

Quién es : nació en Budapest, capital de Hungría, y es la única hija de Lazlo Biro, el inventor del bolígrafo. Cuando llegó a la Argentina sólo hablaba húngaro y debió aprender a hablar y a escribir en castellano. Su abuela, la madre de su padre, por casualidad, fue la precursora de lo que luego se dio en llamar incubadora.
Qué hace : en la actualidad es directora de la Escuela del Sol, que fundó junto con su marido, norteamericano, también docente. En esa escuela los chicos aprenden a crear y a inventar, además de todas las materias obligatorias.
Su padre : además de inventar el conocido bolígrafo, también creó la caja de cambios automática para vehículos, cuya patente fue comprada por la General Motors Company, un dispositivo para obtener energía de las olas marinas y un termógrafo clínico, entre muchas otros inventos. Además sostiene que era muy amoroso, despistado, fumador empedernido, hipnotista, profesor de esgrima, deportista y periodista, entre otras cosas.
Recuerdos : sostiene que su padre todo el tiempo estaba inventando cosas. Cuando era adolescente, su casa siempre estaba repleta de tubos de ensayo y gomas negras.

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por Alejandra Rey

Fuente: 

Diario La Nación 12/6/2010

Informacion Adicional: 

Quién fue Ladislao José Biró:

Nació en Budapest, Hungría, en el año 1899. Este hombre, en su país natal, desarrolló variados oficios debido a su carácter inquieto: fue despachante de aduana, corredor de automóviles, vendedor, agente de bolsa, escultor, pintor e inventor.
Lázló Biró creó el primer bolígrafo, que patentó en 1938.

Sin embargo el origen del bolígrafo se remonta al año 1888, cuando el americano John J. Loud registró la patente de un invento para marcar el cuero. Su diseño presentó una serie de fallos y no fue comercializado.

Durante la década de 1930, Biró descubrió una tinta de imprenta que se secaba rápidamente sin dejar manchas y decidió crear un bolígrafo que pudiera utilizarla.
Como la espesa tinta no funcionaba con la punta de un bolígrafo normal, Biró inventó una punta introduciendo una diminuta bola en el extremo de su bolígrafo. La bola giraba cuando el bolígrafo se movía sobre el papel y depositaba la tinta en él.

En 1940, Biró, ferviente comunista, abandonó Hungría cuando se alió con la Alemania nazi y se fue a vivir a Argentina.
La principal razón por la que eligió este país fue que en 1938, Agustín Pedro Justo, que en ese momento era presidente de la Argentina, lo había invitado a radicarse en ese país cuando de casualidad lo conoció en momentos en que Biró estaba en Yugoslavia haciendo notas para un periódico hungaro.
Agustín Justo lo vió llenando un telegrama con un prototipo del bolígrafo y maravillado por esa forma de escribir se puso a charlar con él.
Biro le habló de la dificultad para conseguir una visa y Justo, que no le había dicho aún quien era, le dijo que en Argentina su invento tendría grandes posibilidades de fabricarse a escala.
Se nacionalizó en este país junto con su familia, su esposa y su hija, y españolizó su nombre como Ladislao José Biró.

En 1942, su bolígrafo se perfeccionó con la invención de una tinta especial cuya fórmula creó su hermano Georg, que era químico.

Tras registrar una nueva patente en 1943, Biró aumentó la autorización para fabricar su bolígrafo en serie a 80.000 dólares.

En 1944 Henry George Martin, un contable inglés que había invertido una importante suma en la compañía de Biró (Eterpen Co.) llevó los bolígrafos a Inglaterra y se los ofreció a las fuerzas armadas de su país.
Los bolígrafos de Biró fueron muy útiles en los aviones, pues su tinta no se derramaba.

La Miles Martin Pen Company fabricó mas de 30.000 bolígrafos para la RAF y una cifra aún mayor para las fuerzas de Estados Unidos.
Tras la guerra, el innovador y robusto bolígrafo se comercializó para el público en general en todo el mundo.

Al principio fu un símbolo de categoría social, sin duda por su alto precio, pero en el año 1949 el experto en la manipulación a maquina de plásticos Marcel Bich perfeccionó el bolígrafo que hizo mas que asequible y lo comercializó con el nombre de BIC Point, versión abreviada de su nombre original.

Respaldado por una innovadora campaña publicitaria, esta nueva empresa vendió muchísimas unidades.
Hoy en día, Bic vende unos 20 objetos descendientes del bolígrafo de Biró.

Esta claro que este hombre fue un genio de su época, dueño intelectual de un objeto de uso común que hoy en día es conocido mundialmente y accesible para todos, pero lo más importante: es un objeto de suma utilidad.
 

Fuente: www.biografias.es

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