En la ciudad de los siete museos

Fundada el 24 de septiembre de 1882, Pringles tiene 23 mil habitantes y siete museos, lo que lleva a una relación de uno por cada 3800 personas. Desde un Museo de la Ciudad hasta el de Arqueología o el del Carruaje y un Anti-Museo.

Coronel Pringles cumple hoy 130 años y puede afirmarse que su historia está bien preservada. Ubicada 512 kilómetros al sudoeste de Buenos Aires, la llaman la ciudad de los museos porque quizá tenga la mayor cantidad de esos espacios por habitante de la Argentina. Con una población de 22.898 personas según el censo de 2010, cuenta con seis museos y proyecta el séptimo, lo que arroja uno por cada 3816 habitantes. La Capital Federal, con la oferta cultural más abundante del país, registra una población de 2.891.082. Si se analiza que en la Noche de los Museos de 2011 abrieron sus puertas 174 (entre ellos varios centros culturales) cuenta con uno cada 16.615 habitantes. El complejo museográfico de la localidad bonaerense es una rareza, sólo comparable con la apreciable cantidad de obras art déco creadas por el famoso arquitecto ítalo-argentino Francisco Salamone entre 1936 y 1940, como el edificio de la municipalidad y el matadero. Todos los años esas majestuosas construcciones son visitadas por turistas extranjeros que también se levantan en localidades como Azul, Laprida, Pigué, Guaminí y Saldungaray, entre otras. Los museos que hacen trascender a esta ciudad más allá de su perfil agropecuario son: el de la Ciudad, el de Arqueología e Historia (los dos más visitados), Bellas Artes, el del primer maestro del pueblo, Miguel Gioffredo Flesia; el del Carruaje y Transporte y el Anti-Museo Pillahuincó. Además, se proyecta un séptimo que será un EcoMuseo. La infraestructura que resguarda la historia del lugar puede mostrar otra perla: la sala de megafauna para no videntes Emilio Paoletti, única en toda la provincia de Buenos Aires. Una buena cantidad de las piezas que contiene el complejo son restos fósiles hallados en las proximidades de Pringles, vecina a las sierras de Pillahuincó y al río Quequén Salado, un paraíso natural para arqueólogos, antropólogos, geólogos, paleontólogos y aficionados a la búsqueda de objetos milenarios. En el corredor del Quequén, que separa a los partidos de Pringles y Tres Arroyos, se descubrió uno de los más grandes megaterios de Sudamérica a mediados de la década del ’80. El hallazgo fue obra de Oscar Villar, un agricultor aficionado a la paleontología, quien fundó el complejo de museos entre 1986 y 1990. “Lo interesante es que Villar, con veinte estudiantes de 17 o 18 años, divididos en cinco o seis grupos, hacían trabajos diferentes. Uno se encargaba de la taxidermia, otro grupo hacía paleontología y otro, arqueología. La palma del megaterio que encontraron en el ’86 fue la primera hallada en el mundo”, explica Lucas Tobio, encargado del complejo. Hoy el Museo de la Ciudad conserva ese megaterio que los paleontólogos armaron apoyado en cuatro patas. Los que se encuentran en los museos Bernardino Rivadavia del Parque Centenario y el de Ciencias Naturales de La Plata aparecen en dos patas. Una diferencia peculiar que los especialistas como Tobio se encargan de resaltar. Este año, un grupo de pescadores halló otro megaterio muy cerca de la localidad de Indio Rico, en el partido de Pringles, dio aviso del hallazgo y ahora se espera que el Centro de Registro del Patrimonio Arqueológico y Paleontológico bonaerense que conduce el arqueólogo Fernando Oliva extraiga sus restos en la zona del Quequén. El destino final de ese animal sería, por supuesto, el complejo de seis museos. Los fósiles no son el único patrimonio histórico que puede mostrar con orgullo la ciudad. Tobio destaca como pieza única una ametralladora fabricada en 1915 en Nuremberg, Alemania. “No se sabe cómo llegó a Pringles. Una teoría dice que fue utilizada en Malvinas y otra que llegó por los exiliados alemanes. Pero la realidad es que la ametralladora es refrigerada a agua y está en el Museo de la Ciudad.” También ahí se pueden observar dos urnas funerarias de la cultura Santamaría, de 300 o 400 años antes de Cristo. Fueron donadas por un vecino que las compró en el norte y las llevó a la ciudad. En el Miguel Gioffredo Flesia, que lleva el nombre de un maestro italiano y funciona en la que fue su casa –la más antigua de Pringles, construida en 1886– hay un libro editado en 1768 que le pertenecía al docente. En el Museo del Carruaje y Transporte, que momentáneamente cerró porque carecía de baños que ahora se están construyendo, hay más de quince vehículos antiguos como un carro fúnebre que data de 1890. En el de Arqueología e Historia se exponen armas, vestimentas y boleadoras de la Campaña del Desierto. Y desde el original Anti-Museo –el único que se encuentra al aire libre– se intenta crear conciencia sobre el resguardo del patrimonio histórico. Por eso se exhiben objetos incendiados o destruidos como un piano que se quemó por viejo, libros que sufrieron la misma suerte y hasta un tronco milenario que fue cortado para hacer leña. por Gustavo Veiga Fuente: 

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 Diario Página/12 24/9/2012

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