El último día de una patriota

Era 19 de mayo de 1947 y la muerte se acercaba con su paso breve —como dijera ese gran avileño, Reynaldo González—, a una casa situada en la calle Maceo No.12, entre Libertad e Independencia, en la ciudad de Ciego de Ávila.

Demasiado simbólica tal dirección, de modo que, quien esperaba en ella a la parca había vivido siempre batiendo cual ángel sus dos alas: la de la libertad y la de la independencia, y era mulata como Maceo e igual a él, también había amado a ese precursor que la historia sembró como el Apóstol, el Maestro, luego el Héroe Nacional de un país lleno de héroes.  Esa tarde, una anciana de 75 años, en la mencionada vivienda de la calle Maceo, no estaba triste porque la muerte llegaría al día siguiente, sino porque en su memoria anclaba esa fecha con cierta nostalgia: un día como ese había caído José Martí y ella recordaba los momentos luminosos en los que aquel soñador visitaba su casa, entonces en Veracruz, México, y hablaba de Cuba, la Patria lejana, en un tono, a veces, de chelo en la menor y otras como una corneta llamando al combate. Recordaba a Martí, vestido de negro, en pura complicidad con sus ojos pequeños y profundos, pedirle que confeccionara 50 escarapelas y una Bandera cubana que luego se convirtió en ícono cuando fue izada en el teatro Principal de Veracruz, a solo unos días de la caída en Dos Ríos del Delegado del Partido Revolucionario Cubano. Esa noche —recuerda la anciana con la nitidez de una fotografía— la solemnidad colmó la sala cuando varios patriotas cubanos y mexicanos tomaron la bandera que ella había cosido para Martí, y mientras se escuchaban los acordes del himno México y Cuba, compuesto expresamente para la ocasión por el azteca Pedro Ojeda, la envolvieron con la enseña mexicana y se la enviaron a Máximo Gómez, quien la usó durante toda la Invasión a Occidente. La noche del 19 de mayo, la muerte ya estaba junto a su lecho, pero ella seguía pensando en aquel Martí que había conocido en el exilio; en el que era capaz de convertir los desengaños en nuevas ilusiones; en Gómez con sus cargas al machete, cabalgando en la primera línea con la bandera que ella había cosido. ¡¿Cuántos cubanos de los que cayeron en el campo de batalla no llevarían las escarapelas bordadas con sus manos mágicas y juveniles en su casa de Veracruz?! Dicen que cuando uno va a morir ve su vida pasar como si fuera un filme. Eso fue lo que le ocurrió a ella, que unas horas antes vio los fonogramas de su existencia y unas lágrimas rodaron hasta la almohada, pero ninguno de los que la acompañaban supo que cada lágrima pertenecía a una etapa de su fecunda vida. Por su mente pasaron raudas las imágenes de su natal Caibarién, México, La Habana, Placetas, Jatibonico, Colorado, Céspedes, Majagua y, por último, de Ciego de Ávila, porque fueron lugares en los cuales dejó su impronta como maestra, sitios que conformaron la geografía de su mapa existencial y sentimental. También recordó los honores que alguna vez le habían rendido por su patriotismo y consagrada labor magisterial, la Orden Nacional de Mérito Carlos Manuel de Céspedes… y hubo un momento en que le dio envidia a la propia muerte. Había llegado la medianoche. La anciana disfrutaba de sus últimos recuerdos. La cinta fílmica que pasaba por su mente se detuvo en Ciego de Ávila. Veintitrés años de vida en esta ciudad apenas fueron un destello en su subconsciente, pero enceguecedor del que surgieron raíces que la hicieron avileña para todos los tiempos. La medianoche iba a escurrirse entre las paredes de su morada, pero esa iba a ser la hora precisa de su muerte y ella no podía permitir se le escapara, de manera que, antes de que el reloj marcara la 1:00 de la madrugada, el corazón de Clotilde Agüero Cepeda dejó de latir. por Larry Morales y Angel Cabrera Sánchez Fuente: 

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 www.invasor.cu 30/5/2012

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