El testimonio de un médico revive el horror de la dictadura en Tucumán

Los guardias del Arsenal Miguel de Azcuénaga repetían para justificar sus crueldades con los cautivos en ese centro clandestino de detención de la última dictadura una frase que decían haber aprendido del general Antonio Bussi, entonces gobernador de facto de la provincia: “Es preferible matar a un inocente a que se escape un subversivo”.

Así lo cuenta un sobreviviente de ese campo, el médico Alberto Augier, en un escrito titulado “Mi purgatorio o el infierno”, que años atrás entregó al declarar como testigo ante la Justicia. Dado que él ya falleció, ayer su testimonio fue incorporado por lectura en una nueva audiencia del juicio oral de la megacausa por crímenes de lesa humanidad de la Jefatura II-Arsenales II que se lleva adelante en Tucumán. El proceso judicial –que comenzó en noviembre de 2012 y cumplió ya 36 jornadas de audiencia– tiene 41 imputados, 8 de los cuales siguen el debate por videoconferencia a kilómetros de Tucumán y desde el Hospital Penitenciario de Ezeiza. El resto de los acusados está presente en la sala judicial tucumana. En el banquillo hay 15 ex militares, 6 ex gendarmes y 16 ex policías provinciales. A ellos se suman un ex personal civil del Ejército, un escribano y un sacerdote católico. Con el de Augier, el tribunal comenzó ayer a escuchar los testimonios referidos al “centro de exterminio” que funcionó en un sector de las instalaciones de la Compañía de Arsenales “Miguel de Azcuénaga” del Ejército, dependiente de la Quinta Brigada de Infantería, con asiento en Tucumán. Hasta ahora, la mayoría de los cerca de doscientos testigos que ya desfilaron ante los jueces se habían referido a víctimas y hechos relacionados con la otra cárcel clandestina materia de este juicio: la que funcionó en los fondos de la Jefatura de Policía de la provincia, en la capital tucumana. El relato que se leyó de Alberto Augier –quien era director del Colegio Nacional de la ciudad de Aguilares, en el sur de la provincia de Tucumán–, menciona las circunstancias de su secuestro el 29 de noviembre de 1976 y las espantosas torturas a que fueron sometidos él y otros prisioneros en el Arsenal, cuya infraestructura, organización y funcionamiento describe con detalle en su escrito. Los tormentos, dice Augier, incluían la picana eléctrica, el “submarino” o inmersión del prisionero en un tanque de agua, el “colgamiento” de las extremidades con alambres atados a clavos en las paredes, el “enterramiento” que sólo dejaba afuera la cabeza, el “arrastre” de los cuerpos con un tractor por terreno pedregoso y horrendas torturas psicológicas como la amenaza de asesinar a familiares de los prisioneros si estos no colaboraban. La narración de Augier nombra a muchos cautivos que conoció o reconoció durante los cinco meses que permaneció en ese campo de exterminio, la mayoría de los cuales siguen desaparecidos, entre ellos el senador provincial peronista Damián Márquez; los sindicalistas azucareros Leandro Fote y César Correa; el estudiante Luis Falú y el profesor santiagueño Armando Archetti. Un episodio estremecedor que relata Augier es el de un prisionero que fue torturado delante de su hijo de 11 años y que se escuchó en la sala del tribunal de la megacausa.Llorando, éste le pedía: “Papá, contestá”. El hombre le decía: “Hijo, no sé nada”. Al cabo de una hora, lo mataron delante del chico de un tiro en la cabeza. por Rubén Elsinger Fuente: 

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Diario Clarín 4/5/2013

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