El Sistema Alumni, en vivo y en directo

Con una década del siglo XXI ya sobre nuestras espaldas, los humanos vivimos a tal velocidad que los avances tecnológicos ya no son capaces de sorprendernos. Así, usar un minúsculo celular para sacar fotos, navegar por Internet, escuchar música, mandar mensajes, escribir mails, hablar por teléfono con alguien que vive en Finlandia mientras viajamos en el subte o ver los goles de Carlitos Tevez en directo, nos resulta tan natural como esquivar los abundantes baches porteños cuando andamos con el auto. Pero, en términos futbolísticos, no hace falta irse muy atrás en la historia para saber que esto no era así ni por aproximación.

En la ciudad, por ejemplo, durante los años 40, 50 o 60, ir a cumplir con el rito sagrado de convertirse en hincha era algo muy diferente. Y no sólo porque a la cancha se iba sólo los domingos. Para empezar, la mayoría de los estadios tenían las tribunas hechas con gruesos tablones de madera apoyados sobre estructuras de hierro. Inclusive, desde arriba y por los huecos, podían verse hasta las calles de los alrededores.

Pero aquello no era lo único distinto, porque la ceremonia futbolera comenzaba bien temprano para conseguir un buen lugar en la tribuna. Entonces, aunque el partido de Primera empezara a las 15, había que llegar antes del mediodía y ver también a la Tercera y a la Reserva. Por supuesto que se iba de saco y corbata, con elegante sombrero y, si hacía mucho frío, con un buen sobretodo. Entonces, después del consabido choripán, venía el forcejeo frente a una pequeña ventanita para sacar la entrada y llegar al tablón.

De todas maneras, lo más sorprendente de aquellos años (cuando si su piloto no era Aguamar no era impermeable “le puedo asegurar”, como martillaba la musical publicidad por los altoparlantes) era el Sistema Alumni. Creado por la revista del mismo nombre, el sistema de divulgación de resultados debutó en mayo de 1932. Como todos los partidos se jugaban en forma simultánea, y no existían los transistores, en las cabeceras de los estadios se habían instalado unas estructuras con un tablero donde se iban colocando los datos de lo que pasaba en otras canchas. El nombre de cada equipo equivalía a una letra. Desde una central, el tablerista recibía la información por teléfono y junto a la letra ponía la chapa con números para que todos la vieran.

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Cada semana, las claves cambiaban. Y para saberlas y poder seguir los otros resultados, antes de entrar al estadio había que comprar la revista. Con los años, aquellos tableros fueron agregando información y, además del resultado, se revelaba si había jugadores lesionados, expulsados y hasta los autores de los goles. Hacia fines de los años 50, el sistema empezó a hacer agua: habían aparecido las radios portátiles y escuchar a los relatores mirando el partido en la tribuna se convirtió en costumbre. La revista Alumni llegó hasta 1968, pero el sistema de los tableros ya había desaparecido.

Setenta y ocho años después de esa creación original e innovadora, el cambio fue tan grande que el recuerdo puede generar más de una sonrisa. Con la tevé en directo y poniendo en el living hasta cuando los jugadores recuerdan a la mamá de algún árbitro, aquello pierde todo sentido. Sin embargo, en el mismo año de su instalación, el uso de los tableros provocó que tras la última fecha del campeonato dos equipos tuvieran que jugar una final de desempate porque un tablerista manipuló los datos de un resultado. Pero esa es otra historia.

por Eduardo Parise

Fuente: 

Diario Clarín 8/11/2010

Informacion Adicional: 

Alumni, la radio de papel

Se cumple hoy un nuevo aniversario de la fundación de una revista pionera, una publicación que, en la cancha, te permitía enterarte del resultado de los partidos de la fecha cuando la radio portátil, el cable y los celulares no existían…

Era un clásico del domingo escuchar a los canillitas de aquella época pegar el alarido. “Alumni con la clave, Alumni con la clave”, gritaban afuera de los estadios para dar paso a que la gente parase la oreja y se arrimara a comprar la revistita que tenía el poder de develar lo que sucedía en las otras canchas y tan sólo valía 20 centavos. Claro, había de aquellos vivos, esos que nunca desaparecerán, que se llevaban una birome y se anotaban los códigos. El semanario nació justo después del profesionalismo (principios de 1931) y, desde el 29 de mayo de 1932 hasta fines de 1968, esta invención de Lorenzo Traverso, con el mismo nombre que el más emblemático equipo del amateurismo nacional, formó parte del folklore de la pelota en la Argentina.

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La estructura del producto era simple. La revista, en sus páginas centrales, tenía una grilla en la que adjudicaba una letra a cada equipo del torneo (se cambiaban todas las fechas para que no fuera posible utilizar ediciones anteriores) y los goles eran indicados con números. Cada estadio estaba equipado con un tablero grande en alguna parte visible de su estructura y a medida que trascendían hechos en otros encuentros, un operador, llamado tablerista, cambiaba las chapas de los números del armazón. De manera que el espectador revisaba Alumni, pispeaba el tablero de la cancha y descifraba lo que sucedía en los partidos simultáneos. Todo un hallazgo criollo en estos tiempos que aún no existía la radio portátil.

El elegido para manejar la información del casillero, que era un solo hombre por estadio, recibía los datos por teléfono, desde la central de redacción, e iba colgando las placas correspondientes. En aquella época, los rústicos aparatos con manivela de hierro, eran la única manera de tener la data y los scores al instante. El pibe recibía el tubazo y se disponía a subir a la tarima de modo inmediato. Sin embargo Alumni no se quedó en eso. Fue evolucionando con el tiempo y estos hombres cada vez tuvieron más trabajo. Se agregaron claves para el reemplazo de jugadores, amonestados, expulsados, autores de los tantos y hasta lesionados. Además también se publicaban estadísticas de fútbol, notas y alguna que otra publicidad.

Hasta los jugadores que estaban dentro del campo miraban de reojo, luego de aprenderse parte de las claves, lo que se exhibía en el tablero del estadio. Una historia se remonta al campeonato de 1932 que ganó River. En la última fecha, Independiente, que venía como único puntero y era seguido por el Millo a sólo un punto, recibía a Racing de local. El Rojo quedó en desventaja rápidamente, pero los jugadores se despreocuparon puesto que, según las chapas, River iba perdiendo con San Lorenzo. Pero la realidad era otra, hacía rato que River había empatado. El tablerista que estaba en el clásico de Avellaneda inesperadamente era hincha del club del Núñez y ocultó la verdad en las placas. Al finalizar el partido, los jugadores e hinchas de Independiente se abrazaron, pero justo en ese momento el encargado de Alumni puso a la vista el verdadero resultado. Los festejos habían sido en vano y se tuvo que jugar un desempate, puesto que ambos quedaron con 50 puntos. River lo ganó 3 a 0 y se coronó campeón.

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Esta era la movida de Alumni, que fue perdiendo protagonismo en los brazos domingueros de la gente cuando la radio portátil Spika hizo su aparición a fines de la década del ’50. Los relatos del místico Fioravanti, de Lalo Pelliciari y, más tarde, los de José María Muñoz terminaron por dejar a esta revista en el offside del mercado. Las tribunas se alimentaban de la Spika, más tecnológica, más rápida y con menos especulaciones, y dejaban al clásico semanario redundante en el margen del olvido. Desde el descubrimiento del fuego que el ser humano no para de avanzar. Fue esto lo que mató a la antigua, pero por mucho tiempo eficaz, radio de papel. En un futuro no muy lejano aparecerá algo nuevo y las telefonías móviles deberán estar despiertas para contrarrestarlo. Alumni, en aquellos años, se durmió…

por John Jones – Revista Olé – 29/5/2009

 

 

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