El retorno del peronismo al poder y la inocencia perdida

El 11 de marzo de 1973 marcó un hito en una época compleja, esperanzadora y trágica. Fue una débil llama de esperanza, en un país que ardía en llamas.

Y ocurrió hace hoy cuarenta años, en 1973, el año que dio vuelta para siempre la historia argentina contemporánea. Alguna vez habrá que estudiar a 1973 no como un año calendario, sino como un actor político de aquella época compleja, esperanzadora y trágica. El 11 de marzo de 1973, el peronismo proscripto desde 1955, arrasó en las elecciones presidenciales convocadas por la que iba a ser la última dictadura militar, comandada por el general Alejandro Lanuse, y consagró Presidente a Héctor J. Cámpora, delegado personal de Perón, ídolo político de los entonces jóvenes peronistas y ejemplo de la condición insoslayable que la época pedía para ser un peronista perfecto: lealtad al General. Los jóvenes entusiastas que hoy invocan su nombre, imposibilitados de repetir su conducta, la han enmascarado con una pátina de obsecuencia y sumisión que mitigue, o al menos disimule, sus propias incapacidades. Cámpora era un soldado de Perón y de Eva Perón desde que presidió la Cámara de Diputados en el primer gobierno feliz del general, entre 1946 y 1952. Nunca fue otra cosa. Y esa lealtad casi le cuesta la vida. Nada de todo esto estaba en la mente de los argentinos aquel domingo soleado de finales del verano. Volvían el peronismo y Perón; todos los males iban a terminar; el país, sacudido por una ola de violencia protagonizada por los grupos guerrilleros del peronismo, por la guerrilla trotskista del ERP y por los primeros grupos parapoliciales y militares, responsables de las primeras “desapariciones”, ese país castigado y expectante, iba por fin a recuperar la paz. Perón, inhabilitado para ser candidato por una chicana de los dictadores, había regresado a la Argentina en noviembre de 1972, con lo que habían terminado casi dieciocho años de exilio personal y de ostracismo político de sus partidarios en la Argentina. El eslogan de acero de aquellos meses turbulentos proclamaba: “Cámpora al gobierno, Perón al poder”. ¿Qué podía salir mal? Perón estaba enfermo, sabía que le quedaba poca vida si asumía el poder que prometía aquel eslogan; la Juventud Peronista, que había ganado las calles en los últimos tres años, se disponía a disputarle el poder del eslogan y la herencia de su movimiento. Perón los había elogiado: “O la juventud toma esto en sus manos y lo arregla, aunque sea a las patadas, pero lo arregla, o no lo va a arreglar nadie (…) Es un mundo que cambia y los muchachos tienen razón. Y si tienen razón hay que dársela y hay que darles el gobierno”. Pero pronto iba a defenestrarlos, iba “depurar” su movimiento de díscolos y desobedientes, a endurecer las leyes represivas de la dictadura en retirada y a fortalecer a la que juzgaba, con razón, la columna vertebral del peronismo: el movimiento obrero. Nada de eso estaba tampoco en los planes de los catorce millones de argentinos que votaron ese domingo. El país todavía no había perdido del todo su inocencia. El gran secreto consistía en saber si Cámpora iba o no a ganar por el cincuenta por ciento de los votos. Otra chicana militar exigía esa cifra para que no hubiera una segunda vuelta electoral. Los rivales de Cámpora y de su compañero de fórmula, el conservador Vicente Solano Lima, eran Ricardo Balbín y Eduardo Gammond, por la UCR, el rival más fuerte del Frejuli que era la alianza de partidos con nombre de antibióticos que impulsaba el PJ. Detrás estaban la Alianza Popular Federalista de Francisco Manrique, un ex ministro de Lanusse, ex jefe de la Casa Militar de la Revolución Libertadora e inventor del Prode, junto a Rafael Martínez Raymonda y la Alianza Popular Revolucionaria de Oscar Alende y Horacio Sueldo. Competía, sin chances, el brigadier Ezequiel Martínez, un militar que aspiraba a ser le herencia de la dictadura. Y mucho más atrás y con menos chances todavía, la Nueva Fuerza, un partido inventado por el ingeniero Álvaro Alsogaray, que impulsaba a un desconocido Julio Chamizo. Aquel día luminoso de hace cuarenta años fue también el día de la primera vez en el cuarto oscuro para muchos jóvenes veinteañeros que ya habían cumplido con el servicio militar sin poder elegir jamás ni a un intendente. Se cumplió el designio de Perón: “La primera elección la gané con los hombres, la segunda con las mujeres y la tercera la voy a ganar con los jóvenes”. Amén. Cámpora se llevó a la bolsa el cuarenta y nueve por ciento de los votos y la presidencia, sin segunda vuelta. Asumió en mayo y renunció cuarenta y nueve días después, acusado poco menos que de pretender convertir al peronismo en un partido marxista. Soplaban otros vientos, augurio de peores tempestades. En la noche del 11 de marzo de 1973, la gente en las calles celebraba la elección, la libertad, el final de una pesadilla y, sin saberlo, la imposibilidad de entrever un destino trágico que muchos ya planeaban. Si hasta teníamos el lujo del humor. La revista Satiricon , una humorada talentosa e irreverente, sintetizó esos días de alegría con la caricatura umbría de Lanusse y una frase que empezaba como empezaba este militar todos sus discursos: “Hombres y mujeres de mi patria: ¿por qué son todos peronistas?” El genio de Tato Bores iluminó la noche el domingo siguiente de la elección. En su ronda postelectoral, Tato se había encontrado al ignoto Chamizo haciendo la V de la victoria con el índice y el mayor de la mano derecha. -¿Qué hace Don Chamizo … ¿Se volvió peronista?  -¡No, Tato! ¡Son los votos que sacamos!  Una elección que honró a la democracia por Fabián Bosoer Fue una fiesta de la democracia, la primera elección libre en más de veinte años y el final de otra dictadura. Estaban todos: peronistas, radicales, izquierdas y derechas. Se presentaron nueve fórmulas presidenciales, partidos populares de larga tradición y sellos partidarios creados de apuro, coaliciones y frentes que movilizaron a cientos de miles en una campaña corta pero intensa. El escenario multicolor resultó tapado por un torrente que arrastró multitudes y le dio el triunfo a la fórmula del Frente Justicialista de Liberación que integraban Héctor J. Cámpora y el conservador popular Vicente Solano Lima. Era el final de la proscripción del peronismo y el líder regresaba del exilio aupado por jóvenes y viejos, seguidores de la comunidad organizada y soñadores de una patria socialista. El movimiento estudiantil y las luchas sindicales le daban a la vida política una renovada intensidad y las expectativas de transformación social coexistían con enfrentamientos y luchas sin cuartel, mientras los militares se retiraban del poder pero se preparaban para “combatir a la subversión”, a la que veían asomando por doquier, en un espectro mucho más amplio que el de las organizaciones armadas que actuaban en nombre de “la revolución”. En aquel entonces el vocero de la Juventud Peronista, Juan Manuel Abal Medina (padre del actual Jefe de Gabinete) señalaba: “Una cosa son las elecciones como medio para llegar a tomar el gobierno y otro es el poder revolucionario que se va a querer ejercer a posteriori”. Esta conjura de fuerzas terminó llevándose puesta aquella “primavera camporista” que apenas si fue verdaderamente democrática en toda su magnitud en esas breves semanas previas y posteriores a las elecciones del 11 de marzo de 1973. ¿Qué fue entonces, antes que nada, aquel 11 de marzo que se evoca hoy? ¿El día en que volvió la democracia o el día en que volvió el peronismo al poder? La distinción no es menor, en este año en que se celebran los 40 del ‘73 y los 30 del ‘83, momento éste último en el que el peronismo dejó de ser el protagonista excluyente de la democracia para pasar a ser un habitante más; una de sus opciones predominantes, pero no su destino ineluctable. 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Diario Clarín 11/3/2013

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