El portón perdido de Parque Lezama

Muchas veces, un periodista está todo el tiempo buscando una noticia. Otras veces, la noticia te encuentra a vos. Como ocurrió el viernes, cuando me llamó mi cuñada Marina para decirme que un amigo suyo había encontrado “algo muy importante y no sabía cómo darlo a conocer”. “Te parece que le diga que te llame”, me preguntó. “¡Y dale!”, pensé yo, uno nunca sabe de dónde surge una noticia. Así es que me reúno con Gustavo Raik, arquitecto, fanático de la historia viva de la ciudad y con un ojo clínico envidiable. “Encontré el portón perdido del Parque Lezama”, me dice antes de pedir dos cafés (uno cortado) en el bar que está a media cuadra de la redacción. Me sorprende la revelación porque yo no sabía que había un portón, ni que se había perdido.

–Eran tres los portones del viejo Parque Lezama, creo que eran originales de la quinta. Porque el Parque era una quinta, en realidad una especie de botánico privado con plantas exóticas que había construido Gregorio Lezama, un hacendado salteño con mucha plata. Su viuda, Angela Álzaga, le vendió el terreno en 1894 a la Municipalidad por poca plata, a condición de que lo conservara como espacio verde y llevara el apellido de su marido. –¿Y el portón?– pregunto. –A los portones y a las rejas los sacaron en 1938, durante la presidencia de general Agustín P. Justo, para dar una idea de mayor ‘apertura’”, me dice haciendo comillas con las manos. Los dos entendemos lo irónico que podía ser un gesto “democratizador” en plena Década Infame. –¿Cómo encontraste el portón?– insisto. –El otro día, la avenida Amancio Alcorta estaba tan embotellada que tomé por una calle lateral. Cuando doy la vuelta, veo algo raro, algo que no encajaba –le pone suspenso–. Ahí estaba, un portón enorme, claramente antiguo, muy trabajado, amurado a la tapia media derruida de un depósito municipal. El ojo clínico de Raik detectó la anomalía y mientras se alejaba con el coche, el disco rígido de su mente puso toda la memoria RAM disponible a encontrarle una ubicación espacio temporal. –Siempre fui fanático de las cosas de la ciudad, de mi barrio, Barracas, y de todo el Sur. Lo conozco muy bien y recuerdo todas las historias que me contaban mi viejo y mi tío, siempre tuve buena memoria. Me cuenta que es coleccionista de postales antiguas y que recorre el Sur todos los días porque trabaja en una empresa de mantenimiento de parques. “Pero el Lezama no nos tocó, quedó afuera de nuestra zona de influencia”, se lamenta. –¿Y el portón?– inquiero. –El portón está ahí, en Montesquieu al 400, a dos cuadras de la cancha de Huracán. Para mi no encajaba. Me decía: tiene que ser de algún lugar cercano, porque es enorme Al día siguiente pasé de nuevo y no lo encontré. Como toda esa zona de Parque Patricios está cambiando, con demoliciones y nuevos edificios, pensé: ‘Ya fue, se lo llevaron’. ¡Pero no, a 50 metros lo vi, me estaba esperando! –¿Cómo te diste cuenta que era el portón del Parque Lezama? –Atando cabos–, me dice, y ahí saca la caja en la que tiene su colección de postales. Me muestra la foto del hallazgo y una postal litografiada de fines del siglo XIX. “¿Ves el portón? Es el mismo, yo creo que es el más grande de los tres que había, por la proporción. Debe tener como tres metros de alto”, me explica. Allí está. Un trabajo de herrería singular, dos hojas de cinco barrotes cada una, con adornos y unos flejes de un cuarto de círculo que cerraban la trama. Raik se siente feliz de que exista la posibilidad de recuperar el portón original ahora que están remodelando el parque. por Miguel Jurado, Editor adjunto ARQ Fuente: 

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Diario Clarín 24/9/2014

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