El poeta de la zurda

El Chueco García, un wing zurdo fenomenal. A mediados de los ‘40, el Rojo lo buscaba con fruición, pero recaló en Racing: jugó 233 partidos consecutivos. Cuando hacía un gol, luego borraba las pisadas. Para que no se lo copien…

Ponciano Souto había sido wing izquierdo de El Porvenir durante el amateurismo y en los primeros años del profesionalismo. Fue, más tarde, entre 1934 y 1944, el masajista de Racing. O lo que es lo mismo: el facultado para frotar las piernas de Enrique García.  Cuando Souto le metía las palmas de las manos en la pierna derecha, el Chueco le chistaba: “Pará, pará… Esa no, dejala así nomás, que la tengo de palo.” Era, en definitiva, el Poeta de la Zurda, y así cuidaba el pie izquierdo: como la pluma preferida para escribir gambetas, desbordes, centros, diagonales, toques y goles. Enrique García, acaso el mejor de la historia del fútbol argentino en esa posición en peligro de extinción. Era el Chueco, apodado así por un periodista del diario El Litoral de Santa Fe, la ciudad en la que nació el 20 de noviembre de 1912. Era el Poeta de la Zurda, el  ídolo del Che Guevara cuando Ernestito admiraba con ojos futboleros a su Rosario Central. En su tierra, escala previa en los potreros, jugó en los clubes Las Rosas, Brown y Gimnasia y Esgrima. De ahí a Central. Corría 1933. Ya por entonces lo deseaba Independiente. Pero Avellaneda le guardaba otro destino. En el Canaya integró la delantera Cagnotti, Gómez, Guzmán, Potro y García. Con esa camiseta  ganó el torneo Preparación. Y en enero de 1936, el Rojo volvió a la carga. Con un plus: quería al quinteto. Pero por ellos le pidieron 100 mil pesos. Imposible. Entonces apareció Racing, que venía de un 1935 muy malo, y ofreció 38.931 pesos a cambio del Chueco.  En los ocho años en los que el Chueco recaló en las filas de la Academia le cayeron más motes como El Imparable o El Mago. E incluso el Sarmiento del fútbol, más que justificado, ya que participó de 233 partidos consecutivos. Cerró la cuenta en el club con un total de 234 partidos disputados y 78 goles convertidos. Causaba tal sensación que una multitud iba especialmente a verlo a él. El 17 de septiembre de 1944, un 0-0 ante San Lorenzo, fue su último partido con la blanca y celeste a listones. Las razones del retiro: golpes y lesiones, la preeminencia de la táctica por sobre la técnica. “La marcación y otras yerbas son inventos de los técnicos –supo decir–. Soy enemigo de todos los sistemas. Ellos atentan contra la belleza del fútbol. No hay con ellos preciosismo ni improvisación. Todo está sujeto a la disciplina, a las órdenes, y las figuras desaparecen”. Una definición concluyente que lo pinta entero. Alejado del fútbol, finalmente atendió su bombonería ubicada en la porteña Avenida Entre Ríos. Era una figura. Era un wing y vivía situaciones marginales. Se reía de sí mismo y con los demás. Le gustaba el humor negro. Mordaz. A veces, dicen, jugaba para el Sportivo Chueco García.  Además, completó 35 partidos en la Selección Argentina y obtuvo un par de títulos: los torneos Sudamericanos de 1937 y de 1941. Van seguiditas tres anécdotas finales. Una: en la final de 1937, en el Gasómetro, le dijo lo siguiente al brasileño Brandão: “Si tuvieras ruedas, serías un carro.” Dos: Fioravanti, relatando al borde del césped durante un partido de la Copa Roca 1940, le pidió que le hiciera hacer un gol a Fabio Juan Cassán, el goleador de Chacarita. Fue el 5-1 ante Brasil. “¿Y ahora? ¿A quién?”, lo apuró luego. Tres: cuando Racing se paraba para defender un tiro de esquina, el Chueco gritaba: “¡Marquen a los nuestros, marquen a los nuestros!” En la actualidad, la empresa de remeras Centrojás ofrece vía Internet, una con una imagen suya voleando una pelota. “¡Qué piruetas las del Chueco, qué maravilloso trazado de curvas y talonazos, qué paradas en seco!”, exclamó en una de las contratapas de Página/12 el escritor Osvaldo Bayer, rosarino de Central.  García anotó sólo un gol con el pie derecho, el último de su trayectoria, ante Tigre, y solía actuar de esta manera después de hamacarse, eludir y convertir un golazo: regresaba y limpiaba el camino con el pie. “¿Qué estás haciendo?”, en una ocasión le preguntó, ya harto, un compañero. Respondió: “Borrando la jugada, no sea cosa que alguno me la copie.” por Roberto Parrotino Fuente: 

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 Diario Tiempo Argentino 1/11/2012

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