El «Petiso Orejudo», el mito de un asesino

Hijo de inmigrantes italianos creció entre la pobreza de los conventillos porteños. En su infancia fue golpeado por su padre, un alcohólico empedernido. A los ochos años inició sus crímenes. Cayetano Santos Godinos entró en la historia policial argentina por asesinar a tres niños.

Desde pequeño Cayetano Santos Godinos tenía varias costumbres. Una de ellas era romper los vidrios de las casas vecinas. Otra, provocar incendios en los baldíos y galpones que rodeaban los conventillos de la calle 24 de Noviembre, del barrio de Once. También se divertía pegándole a los chicos o cazando canarios. Hijo de dos inmigrantes italianos que huían de la miseria, Cayetano, apodado como el Petiso Orejudo, tuvo una infancia complicada. No solo sufría de la enteritis sino también de los golpes que su padre alcohólico le propinaba cada tanto. Rodeado por la violencia y la pobreza, a los ocho años comenzó su trajín; golpeó brutalmente con una piedra a un niño en un baldío. Un policía de guardia lo detuvo y lo llevó por primera vez a la comisaría. El hecho pasó como un altercado entre dos jóvenes. Meses después, era el propio padre quien se entrometía en la comisaría para que los vigilantes lo ayudasen a controlar a su hijo. La policía actuó: le propinaron unos cuantos golpes y en 1908 encerraron a Cayetano durante tres años en el reformatorio de Marcos Paz. Una vez en libertad, en1912, el «Petiso Orejudo» comenzó su raid delictivo; las víctimas fueron tres. A Arturo Laurora, de 13 años, lo encontraron en un descampado del sur de Capital Federal. Estaba atado, golpeado y con muestras de estrangulación. La niña de 5 años se llamaba Reina Bonita Vainicoff, y mientras miraba las vidrieras de la Avenida Entre Rios, su vestido ardió en cuestión de segundos. Los policías al oír los gritos de la chica se le tiraron encima para atenuar el fuego; quince días después moría en el hospital. Un fósforo encendido por el Petiso había sido el origen. En julio del mismo año, Cayetano incendió dos corralones, la estación de un tranvía y hasta acuchilló a un caballo. Su aventura siguió; un policía descubrió, en dos ocasiones, a niños de 2 años maniatados en un baldío. Pero, el Petiso Orejudo, trazaría su ocaso en los conventillos de la calle Progreso. El 3 de Diciembre de 1912 un niño llamado Jesualdo, de tres años, fue encontrado en una fábrica de ladrillos abandonada devenida en basural. El informe policial fue concreto: había sido estrangulado tres veces con una soga de piolín, y un clavo de cuatro pulgadas atravesaba la sien derecha. «El orejudo», vivió sus últimos días de libertad con sencillez. En la pericia de su último crimen, se mostró entre la gente, y hasta concurrió al velorio, donde algunos sostienen que se acercó al féretro y acarició la cabeza del niño. Los vecinos que declararon en la causa lo acusaron de matar a «Jesualdito». Los testimonios coincidieron en que Cayetano Santos Godinos caminó de la mano con su víctima antes del suceso. Fue arrestado el 5 de diciembre de 1912 y horas después confesaría sus crímenes. LA CONDENA Después de estar encerrado dos años en el Hospicios de las Mercedes, Cayetano Santos Godinos fue condenado, en 1914, a cadena perpetua por tres homicidios probados y once agresiones. El juez lo derivó a la Penitenciaria Nacional de la ciudad de Buenos Aires, donde lo introdujeron en una celda aislada del resto de los convictos. El doctor Domingo Cabred, director del lugar, fue uno de los primeros que entrevistó el Petiso Orejudo. – ¿No siente usted remordimientos por lo que ha hecho? –No entiendo. – ¿Piensa que será castigado por sus delitos? –He oído que me condenarán a veinte años de cárcel y que si no fuera menor me pegarían un tiro. – ¿Por qué incendiaba las casas? –Porque me gusta ver trabajar a los bomberos. Cuando ellos llegaban, yo colaboraba trayéndoles baldes de agua. Domingo Cabred también declaró que «El Orejudo» era un «imbécil o más bien un loco moral con conciencia y memoria de impulso destructor». Y agregó que era «un degenerado masivo con una dosis de sadismo». EN USHUAIA En 1923, Santos Godinos fue trasladado a un penal de máxima seguridad, denominado «la cárcel del fin del mundo». Este lugar no tenía buena reputación. Los guardias, hombres duros, castigaban a los internos hasta el límite de la supervivencia. Los reos que trabajan «poco» en el bosque eran encadenados, mojados y encerrados por semanas enteras; en tanto que a otros los hacían talar árboles descalzos. En 1935, el diputado socialista, Manuel Rodríguez realizó un informe de la cárcel en el que subrayaba: «El preso era sacado de su celda a medianoche y se le obligaba a desfilar entre dos hileras compactas de guardianes armados con cachiporras y palos». Y agrega: «Provistos de cachiporras, confeccionadas con alambre trenzado y una bola de plomo en los extremos, los guardianes aplicaban bestiales palizas a los convictos». La cárcel del fin del mundo no solo era un conglomerado de criminales, también había lugar para los presos políticos enemistados con el régimen de José Félix Uriburu. Por un lado estaban los intelectuales opositores y por el otro, los anarquistas y socialistas que realizaban huelgas y sabotajes al poder estatal. Bajo todas estas circunstancias, Santos Godinos, fue sometido a una intervención estética en la que le redujeron el tamaño de sus orejas. Por entonces, predominaba la teoría del médico italiano, César Lombroso, quien asociaba los rasgos físicos con la criminalidad. La gente creía que el tamaño de estas era el origen de tanta crueldad. La operación, auspiciada por el gobierno y realizada por cirujanos uruguayos fue catalogada de «exitosa». A pesar de la cirugía, el Petiso Orejudo no había perdido la maña de matar animalitos. En 1945 llevó a su celda los gatos de la prisión; les quitó los ojos con un elemento penetrante y los arrojó al horno donde hacían el pan. Los presos no lo perdonaron y le propinaron una paliza que le causó la muerte. El certificado de defunción, con fecha el 15 de noviembre de 1944, dice que Cayetano Santos Godinos falleció por una efusión interna causada por una gastritis. Otros médicos atribuían el derrame interno a la golpiza. El penal fue clausurado por el gobierno peronista en 1947, y los restos del Orejudo nunca fueron hallados. LO QUE DEJÓ EL PETISO OREJUDO Fue hallado sin vida en su celda, la nº 90, el 15 de noviembre de 1944. Y se llevó tras él la curiosidad de su sórdida historia, quedaron el mito, el paradigma y unas preguntas que tal vez hoy tengan una adecuada respuesta. ¿Era imputable? ¿Se hizo Justicia?», se pregunta el profesor de Criminalista, Raúl Torre. El periodista y escritor, Álvaro Abós, sostiene que su historia, además de comportar una tragedia humana, desnudó «las caras de la Argentina de entonces, el régimen conservador y el país de la inmigración». También aclara que «los crímenes de Godino se convirtieron en un relato incesantemente repetido y dramatizado por la prensa». por Martín Luengo Fuente: 

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 www.reporteplatense.com.ar 30/10/2012

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