El pequeño libro negro del siglo XIX

De espíritu enciclopédico pero lo suficientemente compacto para constituir la guía de bolsillo de un caballero del siglo XIX, el libro era un elemento clave en Manhattan, algo que pod{ia conseguirse con facilidad en un puesto de diarios antes de pasar una noche en la ciudad, como hacen muchos turistas.

Pero ese pequeño libro, que se publicó en 1870 y estuvo mucho tiempo oculto en la Sociedad Histórica de Nueva York, no limitaba su crítica anónima a la calidad de los vinos ni al ambiente de los 150 establecimientos que enumeraba en sus páginas. Lo que hacía era definir el papel de proporcionar información sobre la gente cuyos actos están ocultos a la vista del público.
El libro, que es especialmente frágil, se guarda bajo siete llaves. A pedido del New York Times, sin embargo, la Sociedad Histórica lo expuso en febrero para que los lectores pudieran experimentar una de las guías más coloridas y detalladas de las intimidades de los prostíbulos de Nueva York.

Los lectores del libro “La guía del caballero” se enteran de que “la forma más placentera de pasar el tiempo” se encontraba en el 25 East Houston Street, en el establecimiento de Harry Hill, así como de que Ada Blashfield, de 44 West Houston Street tenía diez anfitrionas –rubias y morochas- que recibían a “algunos de nuestros ciudadanos más conspicuos”. El libro también divulga que el local de la señora Wright, ubicado en el 61 Elizabeth Street, tenía “todo lo que contribuye a pasar el tiempo de forma agradable”, así como que, en el 17 Amity Street, la señorita Jennie Creagh no había “reparado en gastos ni en trabajo” para crear un “palacio de la belleza” con espejos franceses, muebles de palisandro y ropa de cama de primera calidad.
Así como algún día los historiadores podrían consultar las guías de cenas Zagat para ver cómo comía y vivía nuestra generación, “La guía del caballero” ofrece la posibilidad de ver la ciudad al mismo tiempo libertina y puritana que la precedió. La prostitución era ilegal, pero los prostíbulos abundaban después de la Guerra Civil, y funcionaban ante las narices de la policía.

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Timothy J. Gilfoyle, un profesor de historia de la Universidad Loyola de Chicago, estimó que la cantidad de prostíbulos ascendía en Manhattan a cerca de quinientos en 1870, según su libro “Ciudad de Eros: Nueva York prostitución y comercialización del sexo, 1790-1920”, de 1992. los nueve prostíbulos que se enumeran en el libro eran “de primera calidad”.

Se elogia a por los menos otros cincuenta negocios. Se recomienda a los deportistas visitar el local de 25 Houston Street. Las personas nerviosas podían descansar con facilidad en el 128 West 27th Street, donde había un médico esperándolas. Los que tuvieran el fetiche del mobiliario podían pasar por el 108 West 27th Street y echar una mirada. Por su parte, todo el que quisiera conversación podría haberse entretenido con las “siete bellas académicas” del “Seminario de damas”, de 123 WEst 27th  Street.
Uno de los puntos más raros era el de 127 West 26th Street, que tenía a su cargo madame Buemont. “Se dice que hay un oso en el sótano, pero no se establece por qué motivo”, señala el libro.

El sexo seguro se aboradaba de forma delicada en la última página del libro, en un aviso que recomendaba a todo el que necesitara preservativos franceses que consultara al doctor Charles Manches en cualquier momento hasta las nueve de la noche. Otro avisador era John  F. Murray, de 57 West Houston Street, que ofrecía ejemplares de la guía a un dólar o la “Guía del matrimonio del Dr. Groves” a 50 centavos. Había para elegir.

Por Alison Leigh Cowan
 

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Diario The New York Times 26/2/2011

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