¿Cómo editar un diario con poco papel? Ese fue el gran desafío al que se vieron enfrentados los contados periódicos que pudieron evitar ser succionados por la gran aspiradora que pasó el primer peronismo por el ámbito de las comunicaciones a mediados del siglo pasado para acallar a la mayoría de las voces disidentes.

Cuenta Hugo Gambini en su Historia del peronismo que de los seis matutinos que se editaban en la Capital Federal en 1945, únicamente dos ( Democracia y El Laborista ) fueron favorables a la fórmula Perón-Quijano, en tanto que La Prensa , LA NACION, El Mundo y Clarín la criticaban. A la tarde pasaba otro tanto: de los cuatro vespertinos que los canillitas porteños vendían de viva voz ( La Razón , Crítica , Noticias Gráficas y La Epoca ), sólo el último se inclinaba por el “coronel del pueblo”.

“Al terminar los primeros seis años de gobierno -contabiliza Gambini-, el peronismo ya dominaba una poderosa organización periodística, que le adjudicaba prácticamente el monopolio de la información. De los diez diarios mencionados, sólo dos, LA NACION y Clarín , no integraban el coro oficialista”. No había por aquella época fábrica local alguna de papel para diario. Se lo importaba todo.

Antes de pasarle la posta a Juan Domingo Perón elecciones mediante, el presidente de facto, Edelmiro J. Farrel, implementó a pedido del mandatario entrante una serie de medidas dirigistas, entre las que se encontraba la posibilidad del gobierno de intervenir para evitar el acaparamiento del papel para periódicos. En marzo de 1946, a tres meses de que Perón comenzase su primer mandato, los militares nacionalistas del golpe del 43, a cuyo calor el presidente electo se transformó en un indiscutible líder de la clase obrera, dispusieron la expropiación de algunas bobinas de diarios como La Prensa para “satisfacer necesidades oficiales de orden educativo, cultural e informativo, pudiéndose distribuir los remanentes sobre la base de un prorrateo a efectuarse entre las empresas periodísticas que carezcan de papel”.

En julio de 1947, con Perón ya en el poder desde un año antes y poco después de haber propiciado la destitución de varios miembros de la Corte Suprema de Justicia, el Banco Central decidió “suspender el otorgamiento de permisos de cambio para la importación de papel de diario”.

Un burocrático megaorganismo estatal llamado Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI) ya monopolizaba todas las exportaciones y las importaciones del país. Se afirmaba que el mundo de la posguerra tenía otras prioridades antes que la producción de papel prensa y que esto evidentemente comenzaba a repercutir en el abastecimiento de algunas naciones.

Hay quienes pensaban que detrás de esa excusa se escondía la verdadera intención del gobierno peronista: limitar las publicaciones poco dóciles. Esto pareció corroborarse un año más tarde, en 1948, cuando la administración resolvió determinar el volumen de cada publicación con una importante salvedad. “A los efectos de la limitación de páginas dispuesta -decía el nuevo bando gubernamental con pasmosa sinceridad- no se tendrán en cuenta los espacios destinados a la publicación de noticias, comunicados, gráficos y fotografías provenientes de organismos del Estado.”

Los diarios, en involuntaria dieta, comenzaron a adelgazar de manera preocupante y sin parar: en octubre de 1948 bajaron a 16 páginas y luego a 12, en abril de 1949, hasta llegar a escuálidas 6 páginas en 1950. En el 49, una durísima huelga de gráficos vació los quioscos de publicaciones adictas e independientes durante varios días.

“LA NACION -contaba este diario en el número aniversario de su centenario, el 4 de enero de 1970- conoció formas curiosas de comercialización de sus ediciones. En las casas de pisos, los «canillitas» se ingeniaron para «alquilar» cada ejemplar por horas y llevarlos paulatinamente de un departamento a otro.”

Y frente a las pizarras de la casa central de LA NACION, en la calle Florida, la gente se arremolinaba a leer de ojito los ejemplares colgados, en tanto que los lectores más fieles hacían cola para ver si podían tener el raro privilegio de llevarse uno a su casa. Los diarios reducían sus tipografías, márgenes y número de líneas de sus clasificados con tal de ahorrar espacio. Pero nada era suficiente, porque cada vez contaban con menos papel. “Reducido a seis el número de sus páginas, impedida toda posibilidad de renovación de su planta impresora, el diario quiso y pudo, empero, mantenerse firme en sus postulaciones doctrinarias, sin ceder en la línea de conducta trazada por el fundador”, rememoraba el mencionado número conmemorativo.

La tristemente célebre Subsecretaría de Informaciones, que comandaba el zar peronista de las comunicaciones Raúl Apold, obligó entonces a los medios a armar un fondo común con el papel prensa importado, que sería administrado en cuotas por ese organismo.

El estado de progresivo acorralamiento del periodismo argentino por aquella época es rememorado por Ricardo de Titto en su Breve historia de la política argentina . “Apold -apunta De Titto- articula un sistema de control y censura de los medios. El aparato propagandístico oficial monta un gran trust periodístico, la cadena ALEA, que incluye siete diarios en la Capital y sesenta y tres en el interior, la editorial Haynes, que publica doce revistas; quince radios que emiten en las principales ciudades del país, y dispone, además, de ocho talleres gráficos. A principios de 1951, el diario La Prensa fue, primero, paralizado por una serie de huelgas y luego, expropiado, para reaparecer como órgano periodístico oficial de la CGT.”

Un ex periodista, renegado de su profesión, fue el candidato ideal para convertirse en el terror del periodismo. Peronista pertinaz con pasado conservador, se volvió un cruzado de la causa del matrimonio gobernante. Era el inefable Emilio Visca, un antiguo referente del Partido Demócrata, que tenía varios confusos negocios en el rubro automotor en su haber y que había dirigido en Zárate El Debate y La Tribuna .

Su presencia era más bien gris en la tumultuosa Cámara de Diputados que presidía el odontólogo de San Andrés de Giles Héctor J. Cámpora, hasta que el destino lo tocó con una tarea impensada: presidir la Comisión Bicameral Investigadora de Actividades Antiargentinas, pomposo título que parecía anunciar que prestaría atención a los supuestos agresores de la patria, pero que en verdad buscaba enemigos fronteras adentro. Pensada también, en principio, para investigar excesos del gobierno, su función se desnaturalizó antes de empezar y se volvió un poderoso Exocet teledirigido del gobierno para hostilizar a los medios que no simpatizaban con la “nueva Argentina” de Perón y Evita. “Resulta incomprensible -eleva la voz Visca en el recinto de la Cámara baja- que se pretenda privar a la Cámara de Diputados de la facultad de investigar de dónde provienen los fondos de todos los diarios.”

Visca y su fiel ladero Rodolfo Decker se habían propuesto ser mucho más orgánicos y sistemáticos que la Policía Federal, que ya había allanado locales o secuestrado ediciones, y que el Correo, que se negaba a repartir determinadas publicaciones o cuyos envíos se perdían antes de llegar al destinatario. Se había acabado también la época en que discretos personeros gubernamentales visitaban a empresarios mediáticos para emplazarlos a la venta de sus empresas a cambio de dinero y hasta de algún cargo gerencial, como le pasó al pope de la radiofonía argentina, Jaime Yankelevich, que terminó vendiendo al Estado su exitosa Radio Belgrano sin dejar por ello de seguir siendo su director y hasta pudo, con el aliento inclaudicable de la activa primera dama, Eva Perón, darse el lujo de pasar a la historia como el fundador de la TV argentina.

Los díscolos que todavía se empecinaban en contradecir al gobierno peronista ahora se la tendrían que ver con la tromba Visca-Decker. Sobrevivir a esa dupla no era tarea fácil sino más bien un milagro, porque los diputados se presentaban sin previo aviso y no les temblaba el pulso para clausurar medios con las excusas más insignificantes o esgrimiendo “razones de seguridad, higiene y moralidad”. Y luego les gustaba mucho husmear en los números de las empresas visitadas, sin desmedro, al mismo tiempo, de que un baño en malas condiciones fuese suficiente causa para decretar ipso facto una clausura. Si acaso alguno se soliviantaba frente a los inquisitivos legisladores, éstos estaban prestos a asestar causas por desacato a los atrevidos.

Todos estos hechos sucedieron hace 60 años. Según como se vea, hace mucho o hace no tanto.

por Pablo Sirvén.

 

Fuente: 

Diario La Nación 27/8/2010

Informacion Adicional: 

Carlos Ulanovsky – Paren las rotativas. Historia de los grandes diarios, revistas y periodistas argentinos – Espasa – Buenos Aires, 1997.

El papel del peronismo
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