El Papa que evitó la guerra con Chile y oró por la paz durante la de Malvinas

No fue en su Polonia natal, aplastada por entonces por el imperio soviético, donde surgió el primer desafío de Juan Pablo II apenas llegado al trono de Pedro, sino a miles de kilómetros. Corría diciembre de 1978 y la dictadura que gobernaba la Argentina había decidido ir a la guerra con Chile luego de un laudo de la corona británica por un viejo diferendo limítrofe en la zona austral que le dio la razón al país trasandino. El comienzo de la conflagración era imparable, salvo un “milagro”. Y ese “milagro” se produjo: fue la intervención del nuevo pontífice que evitó “sobre la hora” un desastre de consecuencias imprevisibles.

En los meses previos, la dinámica belicista había cobrado un vértigo estremecedor. Figuras de la Iglesia como el cardenal Raúl Primatesta y el nuncio apostólico Pío Laghi, y diplomáticas como el embajador de EE.UU. Raúl Castro, eran conscientes de que no estaban en presencia de bravuconadas, sino que la guerra estaba a la vuelta de la esquina. Fue así que comenzó a considerarse, como último recurso, en una intervención papal. Pero el Vaticano se mostraba renuente. Entre otras cosas, porque no creía que la situación era tan grave. Y porque no quería involucrar tan directamente a un Papa que, por lo demás, llevaba tan solo dos meses de pontificado. Fueron frenéticas las gestiones de Primatesta (que inició en Roma) y de Laghi para convencer a la curia romana de que no quedaba otro recurso. El nuncio llegó a pedirle a Castro que el entonces presidente James Carter le transmitiera al Papa la gravedad de la situación. Pero el tiempo se acababa. Y, en cierta forma, se acabó, de no ser por la “mano de Dios”: cuando el 20 de diciembre las tropas argentinas se aprestaban a atacar una fuerte tormenta detuvo las acciones. El “milagro” empezaba a concretarse. Se ganaban así las horas que a la postre permitieron que el Papa, en un gesto audaz, decidiera intervenir. En la Nochebuena emprendía el viaje a la Argentina y Chile un enviado papal, el cardenal Antonio Samoré, con la ardua misión de detener la guerra. Los dos pueblos –que venían de meses de angustia- lo recibieron con expectación. El purpurado, de voz y mirada serena, iba y venía de un lado y otro de la cordillera. Su famosa frase “hay una lucecita de esperanza” era más una expresión de deseo. Finalmente, en enero, en Montevideo, ambos países se comprometieron a renunciar a la guerra. Y pidieron la mediación papal. Muchos años después, uno de los acompañantes de Samoré en aquel histórico viaje, monseñor Faustino Sainz Muñoz, dijo que el enviado papal venía también con el fin de convencer a las partes de no pedir la mediación del Papa, pero que los gobiernos la pusieron como condición para renunciar a las armas. Así, empezaron las negociaciones en el Vaticano que acabaron con una propuesta papal que la dictadura argentina no aceptó. Recién con la vuelta a la democracia –consulta popular de por medio- se la aprobó. La Argentina volvería a sobresaltar a Juan Pablo II en 1982 y a convertirlo otra vez en heraldo de la paz ante el estallido de la guerra de Malvinas. En aquel entonces, el Papa –como parte de sus viajes por el mundo- tenía programada una visita a Gran Bretaña. Pero consideró que ello lo obligaba –en una situación tan dramática- a estar también cerca de los argentinos. De un día para el otro, decidió venir al país para rezar por la paz en una misa multitudinaria junto al Monumento de los Españoles. Al grito de ¡Queremos la paz!, aquella cita obró como un bálsamo cuando la derrota argentina era ya inevitable y cientos de argentinos dejaban sus vidas en las islas, víctimas de otro desvarío de la dictadura. ¿Qué hubiese pasado si Juan Pablo II no habría intervenido en el conflicto con Chile? La tragedia habría sido inmensamente mayor. El país tiene una deuda de gratitud con el nuevo santo. por Sergio Rubín Fuente: 

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Diario Clarín 27/4/2014

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