El Molino aguarda su rescate

En la Legislatura hay tres proyectos para recuperar el célebre edificio de la ex confitería, que cerró en 1997.

Los festejos por los 200 años de la Revolución de Mayo logró que se posara la mirada sobre algunos de los íconos arquitectónicos más representativos de nuestro país, como el Teatro Colón y el Palacio de Correos.

Pero no todos los emblemas edilicios que presenciaron buena parte de los dos siglos de la historia nacional tuvieron la misma suerte. Tal es el caso de la centenaria Confitería del Molino, ubicada en la tradicional esquina de las avenidas Rivadavia y Callao, a pocos metros del Congreso de la Nación.

Actualmente, en la Legislatura de la ciudad tienen estado parlamentario tres proyectos que piden lo mismo: expropiar el edificio de la ex confitería, aunque con fines diferentes que van desde recuperar el mítico café hasta crear un museo o centro cultural al que pretenden llamar Raúl Alfonsín.

El primero de los proyectos, por orden cronológico, es el que presentó el año pasado la legisladora mandato cumplido Teresa de Anchorena, que solicitaba la expropiación del 45% del inmueble, que incluye los subsuelos, planta baja y primer piso, para que luego se llame a licitación para que una empresa vuelva a instalar allí una confitería, restaurante, salón de fiesta y panificadora, tal como funcionaba el Molino antes de cerrar.

El segundo proyecto es el del radical Claudio Damián Presman, quien solicita la expropiación total del inmueble para destinarlo a la creación del Centro Cultural Museo de la Democracia Presidente Raúl Alfonsín. El proyecto, además, establece que «las áreas vinculadas históricamente con la Confitería del Molino sean concesionadas para su uso exclusivo como confitería y restaurante».

El proyecto restante es el que presentó el ibarrista Eduardo Epszteyn, que también plantea la expropiación de todo el inmueble pero con la siguiente finalidad: los subsuelos, planta baja y primer piso para la restauración de una confitería, restaurante y panadería, mientras que los pisos restantes se deberían destinar para abrir un hotel cuatro estrellas u oficinas administrativas que serán concesionadas junto o separado de la confitería.

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Algo de historia

La historia de la Confitería del Molino comenzó en 1848 y a 100 metros de su última ubicación, en Federación y Garantías, actuales Rivadavia y Rodríguez Peña. Por aquellos años, los reposteros italianos Constantino Rossi y Cayetano Brenna compraron la Confitería del Centro y una década después la rebautizaron como Antigua Confitería del Molino, su cercanía al Molino Lorea, primer molino harinero de Buenos Aires situado en uno de los ángulos de la Plaza del Congreso.

En los primeros cincuenta años, la fama y el prestigio de la confitería crecieron gracias a su distinguida atención y las exquisiteces que elaboran allí, entre las que se destacaban el marron glacé , el panettone de castañas, el merengue y un postre creado por Cayetano Brenna en 1917 llamado imperial ruso, con el que quiso expresar su solidaridad con la monarquía zarista que había sufrido el asalto del Palacio de Invierno por parte de los bolcheviques. El naciente plato cruzó el océano y en el Viejo Mundo fue rebautizado como «postre argentino´´.

En 1904, Brenna compró la esquina de Callao y Rivadavia, y en años posteriores los edificios linderos de Callao 32 y Rivadavia 1815. Luego, le encargó al arquitecto Francisco Terencio Gianotti la construcción de un edificio único que fusionara las tres propiedades existentes, que fue inaugurado en 1917 tal como se lo conoce en la actualidad.

La construcción fue de un edificio de seis pisos y tres subsuelos. Los tres pisos superiores se destinaron a inmuebles para la renta y en las dos primeras plantas, más los subsuelos, funcionaron, durante ocho décadas, la confitería y dos salones de fiestas, el Versalles y el Gran Molino.

La confitería y los salones cerraron sus puertas en enero de 1997 «por vacaciones». El descanso ya lleva más de 13 años.

En las últimas dos décadas diferentes iniciativas públicas y privadas buscaron que el Molino fuera expropiado a fin de recuperar y preservar una esquina emblemática que fue testigo de la vida política del país desde el siglo XIX y durante el siglo XX.

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Planteos en la Cámara baja

Este año también llegó la inquietud por la Confitería del Molino a la Cámara de Diputados de la Nación, donde legisladores de la Coalición Cívica presentaron un proyecto de ley de expropiación para que la lleve a cabo el gobierno nacional. En este proyecto se amalgaman las ideas de los tres proyectos presentados en la Legislatura porteña.

La iniciativa, que lleva la firma de Horacio Piemonte, Elisa Carrió y Fernanda Gil Lozano, entre otros, propone la expropiación del 45% del inmueble. En los subsuelos y planta baja volvería a funcionar la confitería y el primer piso se podría destinar a actividades culturales, la creación de un centro cultural o un museo.

«Es un caso emblemático del estado del patrimonio»
Quejas del director de la ONG Basta de Demoler

«La asociación internacional World Monuments Fund incluyó en 2010 el centro de Buenos Aires en su listado de 100 sitios culturales en peligro.» Es lo primero que, en diálogo con LA NACION, enfatizó Santiago Pusso, presidente de la asociación civil Basta de Demoler, que el 11 de mayo realizó un té en la puerta de la Confitería del Molino como excusa para pedir la recuperación y el cuidado del emblemático edificio.

Pusso explicó las acciones que en el futuro realizará Basta de Demoler.

-¿Qué significa para los vecinos que un lugar con tanta historia tenga sus puertas cerradas?

-La respuesta de los ciudadanos en el té que organizamos fue de gran repercusión. La gente no se acostumbra a ver el estado de abandono de semejante edificio y se pregunta cómo es posible que esta situación continúe. El comentario más frecuente fue la tristeza que provoca pasar diariamente por el Molino y ver que está cada vez más deteriorado; cada día hay un ornamento menos y desaparece un poco más de su maravillosa arquitectura.

Que el Molino esté cerrado es impedir que los ciudadanos tengamos acceso a uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, por su arquitectura extraordinaria y porque en sus mesas discutieron, café de por medio, las personalidades que, de uno u otro modo, construyeron y llevaron los destinos de nuestro país. Se impide que accedamos a nuestro pasado. Es un caso emblemático del estado de nuestro patrimonio: un monumento histórico nacional y edificio protegido por la ciudad que, sin embargo, está en estado total de abandono.

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-¿Cuáles son los riesgos que corre al estar cerrado durante tanto tiempo?

-Los edificios necesitan mantenimiento; mientras se lo deje como está, el deterioro continuará y cada vez se hará más complicada y costosa su restauración. Hoy vemos: la desaparición de una estatua en la fachada (primer piso) y de ornamentos de bronce de la fachada (planta baja); la destrucción de vitrales (las lámparas) y otros ornamentos del exterior; vitrales rotos en la cúpula; debilitamiento del material en general; eliminación y desaparición de molduras; la media sombra que protege a los peatones de desprendimientos está en mal estado, y de las letras de «Confitería del Molino», la «o» se está desprendiendo.

-¿Habría que darle al edificio la misma función, u otra?

-Debería conservarse su uso como confitería en planta baja, primer subsuelo y primer piso (plantas necesarias para su funcionamiento); el resto, para un uso compatible con la confitería: oficinas, hotel, etc.

-¿Qué acciones realizará desde ahora su asociación?

-Haremos un seguimiento de los proyectos existentes y presión para que no queden «cajoneados»; es habitual que los legisladores presenten proyectos, pero de ahí a que la Legislatura los trate, hay un largo trecho.

El Bicentenario nos encuentra con una gran deuda con nuestro patrimonio y, más allá de alguna acción puntual que se ha realizado, la situación general es gravísima, porque los gobiernos no ven la gravedad de la situación y no se actúa en consecuencia.

por José María Costa

Fuente: 

Diario La Nación 14/6/2010

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