El legado de un gran científico

Los que alguna vez escucharon hablar de él, saben que es el nombre de un hospital porteño. Para otros, ni siquiera eso. Y, salvo en los círculos científicos de la Argentina y el mundo, el nombre de Angel Honorio Roffo no significa demasiado. Sin embargo este médico, que nació en Buenos Aires el 30 de diciembre de 1882, es mucho más: su investigación y su lucha contra una enfermedad cruel como el cáncer todavía hacen que esté en un lugar destacado entre los hombres de ciencia.

Después de sobresalir como estudiante secundario (su apego por la investigación lo hizo figurar siempre en el cuadro de honor), en 1902 Roffo entró a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Ocho años después, el 10 de enero de 1910, su tesis “El cáncer, contribución a su estudio”, le valió el diploma de honor y la medalla de oro. Tal fue el impacto de su trabajo que, por sugerencia de los profesores que integraron la comisión examinadora, se decidió que fuera impreso y distribuido en la comunidad científica. Dicen que marcó el comienzo de una etapa nueva en la lucha contra esa enfermedad. Y afirman que, un siglo después, es una referencia en este tema. De allí en adelante, la vida de Roffo estuvo dedicada a estudiar y divulgar teorías inéditas sobre el cáncer. Fue uno de los primeros en demostrar la influencia de los alquitranes del tabaco en el desarrollo de tumores, vínculo que, a fines de la década del ’20, estaba totalmente confirmado. Claro que aquello no le generó simpatías en la industria dedicada al rubro tabaco. Pero igual no se cansó de cosechar premios nacionales e internacionales que siempre incluían la medalla de oro. Inclusive, en 1939, Francia lo distinguió con la Orden de Caballero de la Legión de Honor, por sus investigaciones sobre la existencia de sustancias cancerígenas en algunos alimentos. Además de aquella tesis universitaria, otro trabajo de Roffo había sido clave en su carrera de científico. Un estudio, que él tituló “Cáncer experimental”, fue el argumento que otro médico (Daniel Juan Cranwell) presentó ante la Academia Nacional de Medicina para que se considerara la creación de un instituto especializado en el estudio y tratamiento de la enfermedad. La propuesta se hizo en 1912 y se concretó en 1922 con la creación de lo que hoy es el “Instituto de Oncología Angel H. Roffo”, que depende de la UBA y que ocupa un predio de casi 4 hectáreas en la zona de Agronomía. Se lo considera el primer establecimiento oncológico creado en América. El dicho popular sostiene que junto a todo gran hombre siempre hay una gran mujer. Y el caso de Roffo no fue la excepción. Su esposa Helena Larroque, entrerriana nacida también en 1882, resultó un apoyo importante. Había estudiado Medicina (de hecho la pareja se conoció en la Facultad) y, a pesar de no haberse recibido, colaboró en las investigaciones de su marido. En su corta vida (murió en febrero de 1924 con sólo 42 años), ella también fue la impulsora para la creación, en 1922, de la Liga Argentina de Lucha contra el Cáncer (Lalcec) y una escuela de enfermería. El doctor Angel Honorio Roffo murió en Buenos Aires el 23 de julio de 1947. Y aunque ya pasaron 66 años, sus trabajos marcan senda en la Medicina de aquí y del mundo. También se mantiene vigente algo que surgió del esfuerzo de su esposa y que él sostuvo: la Asociación Cultural de Villa del Parque, Villa Devoto y Villa Talar. Algunos ya se estarán preguntando qué es eso de Villa Talar. Es un área comprendida entre las avenidas San Martín, Beiró, Constituyentes y Mosconi que, al hacerse la división oficial de los barrios porteños, no se incluyó y quedó como un barrio no oficial de Buenos Aires. Villa Talar también es parte del pasado y el presente de la Ciudad. Pero esa es otra historia. por Eduardo Parise Fuente: 

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Diario Clarín 12/8/2013

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