El infierno de las mujeres

 De la época de la conquista es el nombre de Lucía Miranda, una de las primeras mujeres cautivas que llegaron a las páginas de un libro. Desde entonces y hasta hoy, la literatura argentina retrató –y en ese acto denunció– el secuestro femenino. La tragedia de Marita Verón acaba de poner de relieve la actualidad de un tema que recorre secularmente nuestra historia y nuestra literatura: el secuestro de mujeres, como botín de guerra (en las últimas décadas, también como presas del terrorismo de Estado), o mercancía de organizaciones mafiosas. Mucho antes del clásico poema La cautiva (1837), de Esteban Echeverría, de la desdichada prisionera que retrata el Martín Fierro (1872) y de que el país fuera una nación independiente, la cuestión aparece en La Argentina manuscrita (1612). Su autor, Ruy Díaz de Guzmán (c. 1558-1629), militar y funcionario de la Corona española, había nacido en la actual ciudad de Asunción y era mestizo, descendiente de hidalgos, pero también de una de las concubinas guaraníes de su abuelo Domingo de Irala. La imaginación literaria del cronista, entretejiendo la memoria y la leyenda, forjó un episodio destinado a sobrevivirlo largamente: el de Lucía Miranda. 

Los hechos habrían sucedido entre 1527 y 1529, en el Fuerte Sancti Spiritu, primer asentamiento español en tierras rioplatenses, fundado por el marino veneciano y piloto del rey, Sebastián Caboto. Aunque, fuera de Caboto, ninguno de los nombres de sus protagonistas figura en los documentos oficiales de la expedición, el relato se impuso con la fuerza de los mitos de origen. Lucía Miranda, esposa del militar Sebastián Hurtado, se erige aquí como la primera cautiva de la guerra entre los pueblos originarios y los conquistadores. El cacique Mangoré, prendado de ella, ingresa en el Fuerte con un “presente griego” (esta vez, regalo de víveres), para luego abrirles las puertas a sus hombres y exterminar a los españoles. Su objetivo personal es apoderarse de Lucía (“inocente Elena” la llamará alguno de los siguientes historiadores jesuitas). Mangoré muere en la batalla, pero su hermano Siripo hereda, tanto el cacicazgo, como la pasión por la dama. A cambio de perdonar la vida de Sebastián, Siripo, que ya ha tomado por esposa a su cautiva, exige que los antiguos cónyuges no vuelvan a verse y le da a Hurtado otra mujer dentro de la comunidad indígena. El incumplimiento del pacto motiva la condena de ambos a muerte: Lucía en la hoguera, Sebastián asaeteado como el santo de su nombre.  En el episodio no se hace mención a otros cautiverios, que seguramente ocurrieron en primer lugar, y que seguirían ocurriendo: los de las mujeres aborígenes arrebatadas por los conquistadores o entregadas por los suyos como prenda de alianza. Aunque se apele al tópico de Elena de Troya para justificar el inicio de las hostilidades por parte de los timbúes, se dejan oír antes, desde la misma voz de Mangoré, los genuinos motivos: los españoles eran “tan señores y absolutos en sus cosas” que, si se toleraba su avance, pronto ellos, los naturales, “quedarían sujetos a perpetua servidumbre”.  Por otra parte, cabe señalar que, en la historia de Ruy Díaz de Guzmán, si bien Lucía Miranda es forzada al matrimonio con Siripo, no queda sujeta a una situación humillante: no será esclava, sino amada reina, aunque “la violencia del amor” –auténtico y también legítimo– preexistente entre los esposos españoles, impide que respeten el convenio concertado con el cacique. No obstante, queda implícita una posibilidad que tanto las futuras ficciones como la Historia convalidarán a veces: la transculturación de la cautiva y su paulatino ingreso voluntario, como esposa, a la sociedad captora, por eventual amor al nuevo marido, o a los hijos concebidos con él. Las funciones y los valores de los personajes (indios y cristianos) varían durante los casi cinco siglos en que el episodio de Lucía Miranda se reescribe (en el Río de la Plata y aun fuera de él) de todas las formas posibles (crónica histórica jesuítica, teatro, poesía, novela). Los aborígenes llegan a ser, incluso, víctimas, o hasta proto patriotas independentistas, en épocas revolucionarias. El sucesivo amor de los caciques por Lucía siempre termina, eso sí, en tragedia, aunque alguna versión juegue con los indecisos sentimientos de la dama cortejada, quien –en la novela Lucía Miranda (1860) de Rosa Guerra– llega a musitar que hubiera sido la esposa de Mangora si no contase ya con un marido, y que –convenientemente desmayada– recibe un beso de su enamorado timbú. En la homónima y contemporánea novela de Eduarda Mansilla, Lucía Miranda (definida por su función de intérprete y educadora) no cae en esas vacilaciones, pero abre una mirada antropológica (curiosa y no siempre adversa) sobre la cultura nativa, basada en las lecturas de esta autora erudita. La novela contempla la posibilidad del mestizaje consentido, fuera del cautiverio, en la timbú Anté (discípula de Lucía) y el soldado español Alejo, sobrevivientes a la destrucción del Fuerte y fundadores de una nueva sociedad.   Podría decirse que en estas dos obras se encuentra el germen de dos líneas visibles en el reciente tratamiento novelístico del cautiverio femenino durante la época de las guerras de frontera. Una es la que privilegia el descubrimiento de nuevas posibilidades sentimentales y eróticas en el otro entorno cultural, exploradas en textos que van desde la llamada novela rosa (Florencia Bonelli, entre otras) a la experimentación literaria y el cruce con la política, como en la nouvelle El placer de la cautiva (2001), de Leopoldo Brizuela, La casa de Myra (2001), de Aurora Alonso, o La lengua del malón (2003), de Guillermo Saccomanno. Otra línea es la que trabaja sobre la desconstrucción de los estereotipos culturales de la “barbarie”, y la posibilidad de adquirir saberes diferentes, complementarios de la visión occidental, así como la reformulación de la propia identidad. Textos diversos, desde la fantasía lúdica e irónica de La liebre (Aira, 1991), hasta Finisterre (Lojo, 2005) en una propuesta más existencial y antropológica, toman este camino. El año del desierto (2005), de Pedro Mairal, plantea otro escenario. Su heroína, llamada María, como la cautiva echeverriana, protagoniza un viaje retrospectivo, a medida que el desierto avanza sobre la ciudad, corroyéndola, devolviéndola a estadios primitivos. En su periplo atraviesa diversos tipos de cautiverio: uno de ellos en una sociedad seudoranquel, en realidad no integrada por aborígenes sino por tribus urbanas degradadas cuyo idioma, al principio incomprensible, es una parodia del habla de las clases bajas, y de sectores asociados a la marginalidad y la delincuencia. El maltrato del que es objeto en este entorno, donde se la somete a esclavitud, se compensa entre los Ú (descritos con rasgos afines a los guaraníes). Allí  tiene una relación amorosa voluntaria y experiencias que enriquecen su percepción del mundo.  Menos productiva, literariamente hablando, ha sido la situación inversa: el cautiverio de las mujeres aborígenes en la sociedad blanca, aunque las figuras tristes de indígenas sirviendo en casas de familia después de la Campaña al Desierto cruzan Quilito (1891), de Carlos María Ocantos y otras novelas. Las esclavas africanas y afrodescendientes, con diversos matices de integración e influencia en sus entornos, tienen una fuerte presencia que ameritaría otro ensayo: desde Eduarda Mansilla y Juana Manuela Gorriti hasta Manuel Mujica Lainez, Pedro Orgambide, Cristina Bajo. Prostituidas La prostituta es también una figura recurrente en la literatura nacional, donde aparece como parte de los “bajos fondos”. Tanto los escritores confesionales (Manuel Gálvez) como los socialistas (Castelnuovo, Stanchina) enfatizan sobre todo su condición de víctima y consideran necesario erradicar el comercio sexual. Roberto Arlt, por su parte, se apoya en prostitutas y rufianes para desplegar una mirada heterodoxa sobre la sociedad de su tiempo.  Resulta llamativo que en la obra de Borges, donde son escasas las mujeres, dos de ellas ejerzan la prostitución, en los cuentos “La intrusa” y “Emma Zunz”. Sus personalidades y sus motivos no pueden ser más opuestos. En el primero, Juliana, una joven iletrada y sumisa, ha sido siempre tratada como un objeto. Comprada y vendida en burdeles, termina en manos de los hermanos Nilsen, que la sacrifican cuando su apego por ella comienza a deteriorar su relación mutua, tanto más valorada. Otro es el caso de Emma Zunz, que se vale deliberadamente de su cuerpo (el único instrumento que posee) para vengar la muerte de su padre. Pero cuando logra completar su coartada, no solo mata a Loewenthal en el nombre del padre, sino para “castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra”. Leopoldo Marechal en su Adán Buenosayres (1948) incluye la prostitución como parte del paisaje urbano de los años 20 y las excursiones “higiénicas” de la juventud masculina. La imagen de la prostituta adquiere dimensiones simbólicas extraordinarias en Megafón o la Guerra (1970), su última novela. Lucía Febrero, la Novia Olvidada, está presa en la última espiral del Caracol de Venus, burdel regenteado por Diógenes Tifoneades, y la gran misión –a la vez mística y terrena– del héroe es acudir a su rescate.     Aunque algún autor imagina prostitutas dueñas de sí, que se manejan con autonomía (Frontera Sur, 1994, de Horacio Vázquez Rial), la prostitución, como esclavitud sexual de mujeres realmente secuestradas aparece con renovada fuerza en novelas actuales, sobre todo en dos que se ocupan de la mafia de la Zwi Migdal y sus redes cómplices en la Policía y la Justicia locales. La Polaca. Inmigración, rufianes, y esclavas a comienzos del siglo XX (2003), de Myrtha Schalom, es la biografía novelesca de una de sus víctimas, Raquel Liberman. El Infierno prometido (2006), de Elsa Drucaroff, crea un personaje literario atrapado por la misma mafia.  Por último, Gabriela Cabezón Cámara narra el suplicio y la fuga de una muchacha de clase media secuestrada en nuestros días, en Le viste la cara a Dios (2012). Esta nouvelle entrama los tormentos físicos y psicológicos con la imaginería mística, en un lenguaje metafórico irreverente, de revulsiva intensidad.   Torturadas La última dictadura militar generó su propia literatura de cautiverio femenino, en la que el sometimiento sexual de las víctimas secuestradas fue una de las formas de la tortura, ejercida incluso sobre los cuerpos de mujeres gestantes cuyos hijos fueron apropiados por los represores. Por aquí pasa el eje de Dos veces junio (2002) de Martín Kohan. La crueldad de todos los actos practicados contrasta con la voz impasible del narrador que, por otro lado, cita, aprobatoriamente, las atroces reflexiones de su superior. Por ejemplo, que el cuerpo de las putas, del que éstas no son dueñas, puede ser usado en la guerra como instrumento mortal, si está contaminado con una enfermedad que envenene al enemigo.  La cautiva de esta novela lucha hasta el final, aunque en vano, por lograr algún tipo de comunicación salvadora con el mundo externo a través del narrador. No padece el “síndrome de Estocolmo”, no hay ambigüedad en el vínculo con los feroces represores. Pero esta tensión sí impregna textos de potente ambivalencia, como Cambio de armas (1982) de Luisa Valenzuela, donde la víctima (aturdida por la droga que le administra el secuestrador) no puede acceder a su identidad oculta en zonas borradas de la memoria. Distinto es el caso del inquietante personaje de Leonora en la novela El fin de la historia (1996), de Liliana Heker. Esta mujer, mirada por la narradora con “rechazo y fascinación”, privilegia en cambio la voluntad de supervivencia, e incluso de poder, que la lleva a colaborar con los jefes militares.  Vemos al fin, en esta breve revisión de un vasto panorama, cómo el relato de la cautividad femenina se relaciona siempre estrechamente con la posibilidad de uso sexual y/o reproductivo de sus cuerpos. La condición social subalterna de las mujeres ha “naturalizado” esta posición vulnerable que la literatura pone en evidencia, en diversos contextos histórico sociales, desde los orígenes hasta nuestros días, narrando el horror de la sumisión, pero también la pugna por transformarla y trascenderla. por María Rosa Lojo Fuente: 

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Revista Ñ 13/2/2013

El infierno de las mujeres
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