El hombre que llovía demasiado

Si se fijan –como hice yo– en el calendario de efemérides del día de la fecha, verán que en la ciudad y el condado de San Diego, California, en 1916 y en un día como hoy –27 de enero, allá de invierno– tras varias semanas de lluvia, hubo tremendas inundaciones con el desborde del río homónimo, la rotura de un par de represas, daños incalculables (o sí) y casi dos docenas de muertos. Un auténtico desastre. Bien: créase o no, hubo alguien que fue acusado de ser el responsable directo de la catástrofe. El episodio es una cosa extraordinaria, el avatar más vistoso de una auténtica leyenda: la historia de Charles Mallory Hatfield, un vendedor de máquinas de coser que se convirtió en el “fabricante de lluvias” más famoso del Medio Oeste norteamericano y de algún modo del mundo entero. Hay una película de 1956 con Burt Lancaster, The Rainmaker (El farsante, en castellano), que lo toma por protagonista; hay una novela satírica de Saúl Bellow, Henderson, rey de la lluvia (1959), libremente inspirada, que traslada la acción a Africa. Hatfield vio la película cuando su estreno en Hollywood, pero no leyó el libro del Premio Nobel: murió un año antes. Según la información que cualquiera puede recoger –y los invito– en múltiples sitios de Internet, Hatfield tuvo una vida signada por el movimiento continuo. Nacido en Fort Scott, Kansas, en 1875, su familia cuáquera se mudó al sur de California en algún momento en los ochenta. En 1890 estaban viviendo en un ranch de Oceanside. Fue entonces que el inquieto Charles abandonó la secundaria para ir a vender máquinas de coser por los pueblos como salesman de la New Home Sewing Machine Company; esas mismas hermosas New Home negras, a pedal, que tenían nuestras madres, con su tapa de madera rebatible. Joyitas. Pero en algún momento cayó en manos del joven Hatfield el libro que iba a cambiar su vida: La ciencia de la pluvicultura, de Edward Powers (1871), una obra sobre métodos pseudocientíficos para la producción artificial de precipitaciones que se convirtió a la vez en compendio y manual de los más grandes rainmakers –personajes dignos de Mark Twain o Bret Harte– que recorrieron el Oeste norteamericano durante las grandes sequías de la época. Tal vez la génesis del problema estuviera en el desaprensivo exterminio de los pieles rojas que –como se sabe y tiene visto largamente en el cine– sabían cómo convocar, vía la danza, la húmeda respuesta de manitú. Pero no parece que esa fuera una variante interpretativa a considerar. Por su parte, Charles Hatfield fue buscando su propia fórmula química, sin mediar ni necesitar explosiones celestes, y empezó a experimentar utilizando como plataforma elevada el molino de viento de su propiedad. Su técnica consistía en la evaporación masiva de una mezcla secreta de 23 sustancias químicas (incluido el hidrógeno y polvo de zinc) con agua y ácido, expuesta al aire en grandes tanques galvanizados a cinco metros de altura. El efluvio resultante operaba sobre la humedad ambiental existente, provocando la precipitación. Fue un genuino vendedor de humo. El primer trabajo que obtuvo Charles fue en 1903, bajo el mecenazgo del rápido promotor Fred Binney, que creyó en él –o vio el negocio– y puso en los diarios avisos en que ofrecía sus servicios de sabio llovedor. El contrato inicial fue el compromiso de provocar la lluvia para un pequeño grupo de ganaderos de Los Angeles. Por sólo 50 dólares Charles y su hermano Paul levantaron una torre con su tanque para provocar la evaporación de sus químicos. Tras dos jornadas de sequía, la lluvia comenzó a caer. Los satisfechos ganaderos doblaron el pago a los Hatfield y sus comentarios inauguraron el camino del mito. Aunque la oficina estatal de meteorología describió a “la lluvia de Hatfield” sólo como parte de una gran tormenta que se avecinaba, el efecto de credibilidad sobre la opinión pública ya se había logrado. El dato fehaciente lo da el hecho de que al año siguiente, en 1904, ya contratado por la compañía estatal de aguas, su intervención consiguiera incrementar el nivel del embalse del lago Hemet en siete metros, tras “producir” 12 cm de lluvia. Y posteriormente le cobraría 1000 dólares a la Cámara de Comercio de Los Angeles por la “producción” prospectiva de 45 cm de lluvia durante los cuatro primeros meses de 1905. Al final no le dieron los números, por lo que cobró sólo una parte. Un maestro. A lo largo de la costa Oeste de Estados Unidos, Canadá, y Alaska, Charles Hatfield seguía construyendo sus torres y mezclando sus químicos alternando –dicen– los éxitos con los fracasos. Hay un pintoresco episodio largamente documentado por esos años 1905 y 1906 en el Klondike –más precisamente en la zona del mítico Yukón que nos contó tan bien Jack London– en el que su oneroso contrato con los necesitados mineros fue desechado por la intervención oficiosa de hechiceros nativos que hicieron el trabajo mejor y más barato. Así, si una región lo condenaba y expulsaba en caso de no producir lluvia, su reputación permanecía intacta por los éxitos cosechados en otras. Se habla de 500 contratos. Hasta que llegó el episodio central. Dice la crónica detallada: “En diciembre de 1915 la ciudad y el condado de San Diego padecían de una pertinaz sequía que se prolongaba desde mayo y la reserva de agua del lago Morena se encontraba a un tercio de su capacidad”. Ante este escenario, el ayuntamiento de San Diego, presionado por las fuerzas vivas del Wide Awake Improvement Club (concentración de intereses comerciales y políticos) decidió aceptar la oferta enviada por el sagaz mediador Fred Binney para “crear 100 cm de lluvia en las proximidades del lago Morena sin afectar a la ciudad”. El desmañado pero inteligente presupuesto presentado para su aprobación al Consejo, decía y dice aún, increíblemente: “Charles Mallory Hatfield se compromete a llenar el embalse Morena hasta rebosar, antes del mes de diciembre del año entrante, por la suma de diez mil dólares, o en su defecto entrego al embalse treinta pulgadas de lluvia de forma gratuita, siempre y cuando se me abone quinientos dólares por pulgada a partir de la trigésima y hasta la quincuagésima, a más tardar el 1 de junio de 1916. O, también, puedo conseguir cuarenta pulgadas (sic) durante los próximos doce meses, de forma gratuita, siempre y cuando me abonen mil dólares por pulgada entre las cuarenta y cincuenta pulgadas, por encima de las cuales estarían libres de carga”. Y lo aprobaron. Acá empieza la maravillosa, tragicómica cuestión central, ya que podemos suponer que el trabajo de los Hatfield sólo –o nada menos– condensó la gota que colmó el vaso de las precipitaciones sin prever, ciegamente, la complicidad de Arriba. Así fue que los acontecimientos y la lluvia se precipitaron: el 5 de enero de 1916 empezaron a caer las primeras gotas. Nada despertaba sin embargo la curiosidad de los que visitaron el sitio de los experimentos de Hatfield, ni nadie los alentó al respecto: no hubo explosiones ni grandes nubes de humo sobre los tanques elevados. El viernes 14 de enero comenzó a llover firme y parejo, y continuó el sábado, y el domingo 16 pasó a ser un diluvio. Fue entonces cuando la ciudad, de repente, más inquieta que agradecida, empezó a pensar en Charles Hatfield. Porque ya a la mañana del 17 la situación era grave. El río San Diego comenzó a desbordarse y rompió más de cien de sus puentes. Siguieron la pérdida de ganado, la caída de cables de alta tensión incluso, paradójicamente, la rotura de canalizaciones que desabasteció de agua a la ciudad. Hasta que en la noche del 27 de enero –hace exactamente 98 años– la represa de Sweetwater y la presa de Baja Otay se derrumbaron, liberando una descomunal masa de agua que mató a 22 personas durante su recorrido a lo largo del valle de Otay. La ciudad quedó completamente aislada durante una semana. Y seguía lloviendo. Fue entonces cuando –dicen las crónicas– por la ciudad se empezó a escuchar el pedido, la plegaria irónica en alusión a los vapores químicos: “¡Qué les paguen a los Hatfield 100.000 dólares para que dejen de fumar!”. Unos días más tarde, cuando los impávidos hermanos decidieron acercarse al ayuntamiento a cobrar, lo hicieron discretamente a pie y disfrazados para evitar su linchamiento por los sacados rancheros. Una vez ante las autoridades, se declararon orgullosos y convencidos de su logro, reclamando los pagos acordados por el saturado del embalse Morena aunque al final su contenido se hubiese vertido valle abajo. Charles Hatfield aprovechó para esclarecer que las violentas precipitaciones se habían debido a la potencia de la fórmula química ocasional: un concentrado 300 por ciento más denso que el utilizado en el lago Hemet. Podía haber muchos equívocos en la cuestión, pero el contrato lo comprometía a hacer llover y él había cumplido. Con creces. Como la ciudad no respondió a la solicitud de pago, Charles Hatfield presentó una demanda el 2 de diciembre de 1916. No le dieron bola. Seis meses más tarde, con tal de conseguir algo, propuso saldar el litigio conformándose con 4000 dólares, una suma inferior –dijo– a los gastos que le había demandado la instalación de su campamento. La ciudad –con suprema y acomodaticia ironía– se ofreció a pagárselos si él, por su parte, asumía los daños y perjuicios de la catástrofe: unos tres millones y medio de dólares. No hubo acuerdo, claro. Posteriormente, llevado el caso a tribunales, la Justicia dictaminó –famosamente– que las lluvias torrenciales habían sido un “acto divino” –la Providencia es gratis–, eximiendo al ayuntamiento de San Diego de los pagos acordados y dejando a Hatfield con el único consuelo de una inmensa publicidad. La fama lo llevó después a Italia, a Honduras –hay maravillosas historias en todos lados–; pero tras la Depresión se retiró del negocio de hacer llover. Se estableció en Eagle Rock, un suburbio de Los Angeles, donde volvió a vender máquinas de coser. El 12 de enero de 1958, a los 82, murió en Pearblossom, California. Dicen que en el lago Morena hay un pequeño monumento de granito que lo recuerda con una placa que dice, simplemente: Hatfield. The Rainmaker. por Juan Sasturain Fuente: 

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Diario Página/12 27/1/2014

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