El fiasco más grande en la historia de la TV

Hace 30 años, «Los misterios de la bóveda de Al Capone» se convertía en el especial en vivo más visto de la televisión estadounidense. Pero entró a la historia también por otros motivos. Hacer TV en vivo puede ser un salto al vacío. Y algunos vacíos son más notorios que otros. Hace hoy 30 años, la televisión estadounidense ofreció uno de sus fiascos más memorables, probablemente la mayor caída desde las alturas de las expectativas hasta el subsuelo de la decepción. Y en vivo, para una audiencia que se contaba en millones.

Ocurrió en Chicago, la capital de la lujuria y el delito estadounidenses hace décadas. En esa ciudad, el hotel Lexington fue orgullo arquitectónico e ignominia en los años 20. Su quinto piso fue el cuartel general de Al Capone, la figura histórica más reconocida de la mafia y uno de sus exponentes más despiadados. Desde ese edificio, mientras duró su reinado, Capone manejó los hilos del contrabando de alcohol, la prostitución y el juego. Hasta su detención, en 1931. Medio siglo después de los crímenes de Capone, con el Lexington en la decadencia del abandono, una constructora, Sunbow, encaró un proyecto para transformar al hotel en un complejo de museo, oficinas y viviendas. Y en su trabajo diario los obreros comenzaron a encontrar huellas del paso del capo mafioso por el lugar: escaleras escondidas, un pequeño espacio de práctica de tiro y una red de túneles que conectaba al hotel con bares y burdeles. Y lo mejor de todo: una bóveda. Era grande: unos 4 metros de largo, tres de ancho y más de dos de alto. La hallaron por casualidad y estaba protegida –sellada- por concreto y ladrillo en una obra que los peritos atribuyeron a albañiles improvisados. También dataron su construcción en algún momento entre 1927 y 1932, justo el momento culminante de la carrera delictiva de Capone. Cuando se divulgó el hallazgo, la fiebre nació y creció. Era sin dudas una bóveda de Al Capone y disparó la imaginación de miles. Una productora californiana, Westgate Group, olió el filón y rápidamente llegó a un arreglo con Sunbow para generar un especial televisivo con el operativo de apertura de la mole blindada. Westgate le pagó a la constructora 50 mil dólares y prometió un porcentaje de las ganancias de ese especial. Los preparativos demandaron casi un año, que la productora aprovechó para producir materiales grabados sobre Al Capone con el que llenar minutos. Y para generar un hype inusual para la época, anunciando pequeños y grandes avances, peritajes, detalles de los operativos y demás filigranas. La expectativa no hizo más que crecer y generó una moda por la mafia de los años 20 que iba a conducir, por ejemplo, a la película Los Intocables, de Brian de Palma. Para conducir el especial, apareció la figura del histriónico periodista Geraldo Rivera, un conductor estrella que había sido echado de la cadena ABC unos meses antes. Con su bigote característico, Rivera le puso el cuerpo a la transmisión. El 21 de abril de 1986 fue la fecha señalada. En la Argentina, el canal que transmitió “Los misterios de la bóveda de Al Capone” fue el viejo canal 11, por entonces estatal. Geraldo, pura excitación. encabezó una cuadrilla pertrechada con equipos perforadores modernísimos, cortadores, punzones eléctricos y mazas, dispuestos a encontrar el secreto escondido en la bóveda. Las conjeturas sobre el contenido iban desde una porción de los 20 millones de dólares de 1930 que Capone había acumulado hasta armamento y restos de los cuerpos de algunos enemigos del capo mafioso. Por eso, el día del especial, a las ruinas del Lexington llevaron a peritos para examinar posibles restos humanos. Y también se acercaron inspectores del Fisco estadounidense dispuestos a cobrarse los 800 mil dólares que Capone había quedado debiendo por evasor medio siglo antes. Con filmes de época intercalados, así como entrevistas grabadas a testigos o familiares de víctimas de la mafia, Rivera montó su show. Probó una ametralladora de la época, recorrió escaleras secretas y pasadizos con aire enigmático y él mismo accionó un detonador pasado de moda, como el que solía usar el Coyote en su persecución del Correcaminos, para hacer volar los cartuchos de dinamita que iban a permitir acceder a los fabulosos tesoros escondidos. Cuando se estaba disipando el humo de las explosiones, promediando el programa especial, Rivera mandó a una pausa para ordenar la transmisión y generar más expectativa. Tras la pausa se lo volvió a ver brevemente y luego se emitió un tape documental. Finalmente, la transmisión no tuvo más remedio que aceptar la cruel evidencia. No había cadáveres, ni dinero, ni lingotes de oro ni barriles con alcohol. Había pilas de tierra, sobre todo. Mucha mugre. Y una botella.  “Ahí dentro está lleno de suciedad que se remonta a los años 20”, dijo un Rivera exaltado que ya intuía el desastre que se avecinaba. Luego se aferró a la botella. “Esta botella contuvo alcohol ilegal en los años 20”, dijo, al borde de la desesperación. Mientras se ganaba más tiempo con entrevistas grabadas, la cuadrilla de operarios se esforzaba en sacar la tierra que ocupaba la bóveda, con la esperanza de encontrar algo abajo o atrás. Pero la esperanza se terminó cuando todo lo que se halló fue otra pared. Ahí sí, Rivera se entregó al destino. Admitió que estaba decepcionado, comparó el proceso con la búsqueda de oro al final del arco iris, se abrazó con su equipo de obreros y cantó “Chicago, Chicago”, sin ganas, mientras escapaba -literalmente- de la cámara. Años más tarde, el conductor confesó que lo primero que hizo cuando se apagaron las cámaras fue cruzar hasta un bar mexicano frente al Lexington con la idea fija de emborracharse de tequila. Así lo hizo, pero al despertar de su borrachera no se encontró con una carrera terminada sino con más de 20 ofertas de trabajo. La valentía suele premiarse, aunque sea para saltar al vacío. El especial de dos horas se convirtió por entonces en el más visto de la historia de la TV de Estados Unidos y de otros 12 países. En la Argentina no fue para tanto, pero canal 11 tuvo un buen rating con el especial de la bóveda, finalmente, vacía. Esa misma noche, en la Cámara de Diputados, un joven José Luis Manzano se quejaba de que mientras la TV estatal quería mostrar los secretos de Al Capone se negaba a hacerlo con “la mafia local que endeudó al país en 50 mil millones de dólares”. Fue en el debate por un proyecto de ley para crear una comisión investigadora de la deuda externa. Bóvedas, deuda externa y Al Capone. El furor por el capo mafioso puede haber pasado de moda, 30 años después, pero otras cosas parece que jamás pasarán de moda. por Guillermo dos Santos Coelho Fuente: 

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clarin.com 21/4/2016

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