El escritor que subió un violinista a un tejado y retrató un mundo

Lo llamaban el Mark Twain judío y fue el antecesor de Woody Allen y de Phillip Roth. Su funeral fue uno de los más populares en la Nueva York de su tiempo. De su genio rebelde y risueño dan cuenta el brillante musical y la famosa película El violinista sobre el tejado, una de las historias judías más populares.

«La paz sea con vosotros» es un saludo. Y eso quiere decir Sholem Aleijem, el nombre que eligió Sholem Rabinovich, el escritor que murió el 13 de mayo de 1916 y había nacido en Pereiaslov, Ucrania, en 1859, en una familia aristócrata venida a menos que soportó vejaciones en tiempos de zares y pogroms antisemitas. Su madre murió cuando era adolescente y el primer texto propio que hizo circular fue la lista alfabética de los epítetos usados por su madrastra. “El chisme es el teléfono de la naturaleza”, había escrito este buceador del alma humana que hizo de Kasrilevke el escenario ficcional de su aldea. Para evocarlo, se acaba de reinaugurar en el Rosedal el busto del escritor -realizado por Israel Hoffmman- que había sido emplazado allí en 2001 y robado en 2015. Justamente en estos días se relanza la Biblioteca Popular Judía digitalizada. Los Cuentos Escogidos de Sholem Aleijem pueden encontrarse en librerías en la versión de Ediciones del Zorzal, que seleccionó y tradujo del idish Eliahu Toker. También está su novela epistolar Menájem Mendl de la Editorial ICUF. Los libros de Sholem Aleijem, escritos en el melódico idish, suelen ocupar un lugar destacado en las bibliotecas de las familias judías con sus historias de aldeanos. «Su magia aflora desde la adversidad, el malestar y lo insoportable. Allí surge la chispa que rompe con el lugar común y sale a contar historias desde la herida de una época», dice Gustavo Efron, director de la revista Nueva Sion. «Nos da una lección para afrontar nuevas incertidumbres, exclusiones y racismos”. Rabino, escritor, recitador, financista fracasado, padre de seis hijos, exiliado múltiple, Sholem Aleijem es “el” escritor judío por antonomasia. «La vida es un sueño para los sabios, un juego para los tontos, una comedia para los ricos y una tragedia para los pobres», escribió). En 2013, el director de cine Joseph Dorman filmó un retrato suyo: Riendo en la oscuridad, un tributo lleno de ternura para quien ayudó a delinear la identidad judía moderna. ¿Qué escribió Aleijem? Cuentos, novelas, obras de teatro, ensayos, folletines en ruso y hebreo (antes de la creación del Estado de Israel, el idioma de la liturgia), pero sobre todo en idish, la lengua de la diáspora judía. Con ella que buceó en las raíces para hacerse preguntas sobre la identidad como una construcción colectiva. Sus personajes ilusos, llenos de desvaríos, que braman al cielo y se ríen de sus tragedias le hablan al lector porque al autor le importa, sobre todo, ser comprendido. «Es el mejor ejemplo de que el humor judio ha sido históricamente una forma de resistencia a la opresión”, sostiene el humorista Roberto Moldavsky. “Desarrolló un estilo pícaro, en medio de pogroms, basado en el principio de que siempre es bueno burlarnos de nosotros mismos. Sus cuentos plantean en forma graciosa, la desigualdad entre los ricos, como los Rostchildy los carentes de casi todo como Tevie el lechero, cuya gran riqueza es su ingenio. Sholem decía que los médicos recomendaban la risa y que si fuera Rotschild terminaría las guerras dándole dinero a quien no lo tiene. ¿Quién puede decir que hoy no sigue vigente?» Para la especialista Rosa Rapoport hay que resaltar el humor y “la pintura social y política de sus textos, que transcurren cuando los judíos arrinconados, masacrados, expulsados y empobrecidos se incorporan al incipiente proletariado que busca reconocimiento como ciudadanos”. Sus personajes han quedado enraizados en el imaginario colectivo: Tevie el lechero, encarnación de la paciencia y la esperanza; Menajem-Mendl, el judío volador, chagalliano, fraguando fantasías de riqueza para escapar de la miseria y Motl, el niño vivaz e inteligente que tamiza la crueldad a través de una candorosa crítica hacia la conducta adulta absurda y con el que asoma el futuro. Según Alejandro Dujovne, autor de Una historia del libro judío en la Argentina, “las maneras de leer e interpretar van cambiando según el momento histórico. Un lector de 1930, 40 ó 50 debe haber disfrutado de sus cuentos tanto como lo hacemos hoy, pero las resonancias de su nombre, las imágenes que describe, la idiosincracia que retrata o la borrosa geografía que le sirve de escenario no deben ser iguales. ¿Qué sentidos habrá tenido el mundo de sus cuentos para un hijo de inmigrantes judíos? ¿Qué conexiones y sentimientos habrá despertado en su idioma original? ¿Qué significados habrá producido tras la destrucción que llevó adelante el nazismo de las pequeñas aldeas que están en el centro de sus narraciones? La importación de sus obras en la primera mitad del siglo veinte y sus múltiples ediciones locales muestran que sus libros eran vehículos privilegiados para recrear y sostener la cultura judía. Leerlo es algo más que encontrarse con buena literatura. Es, porqué no, un modo de leer la propia historia judía argentina”. por Laura Haimovichi  Fuente: 

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Diario Clarín 24/5/2016

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