El día que quisieron asesinar a Alfonsín

Hace veinticinco años, un milagro evitó que asesinaran de un balazo al ex presidente, en la ciudad bonaerense de San Nicolás.

– Doctor Alfonsín: ¿qué es lo que pasó ayer por la noche en San Nicolás? – Ha venido a preguntarle al que menos sabe – ¿Qué vio? – Me pegaron un empujón, me tiraron al piso y me tuvieron allí un rato. Luego seguimos el acto, desde luego. Desde luego. Hace hoy 25 años, Raúl Alfonsín sufría el tercer atentado contra su vida, el que más cerca estuvo de concretarse. Para fines de febrero de 1991, el ex presidente había iniciado una gira proselitista por núcleos radicales de la provincia de Buenos Aires, en un intento por sostener un partido que se descoyuntaba después del final anticipado de su mandato. Eran mitines catárticos que apuntaban a las legislativas de ese año, ante un menemismo que recién estrenaba la Convertibilidad. Había arrancado un viernes por la noche en San Pedro y al día siguiente, 23 de febrero, le tocaba hablar en San Nicolás. A Alfonsín le armaron un palco en la puerta del comité nicoleño de la UCR, en la calle Mitre, y allí se juntaron unos 5 mil correligionarios para escucharlo. Poco antes de su discurso, había visitado el diario Norte, a media cuadra. Después, el plan era cenar en el hotel El Acuerdo. Ese día, recibieron amenazas de bomba el hotel y el comité, algo de rutina para el ex presidente.   Lo que siguió no fue rutina. A las 22.20, Alfonsín inicia su discurso. Inexpresivo, un joven parado a un costado del palco, a un puñado de metros del ex mandatario, saca un revolver, apunta y dispara. Se escucha el estallido. En el palco, el referente de la UCR local Roberto Lapuyade señala ese brazo que termina en un arma y sigue levantado. El histórico custodio de Alfonsín, Daniel Tardivo, se abalanza sobre el ex presidente, lo tira al piso y lo cubre. Enseguida son tres, cuatro cuerpos más, todos tratando de tapar cada centímetro de Alfonsín. Abajo del palco, la amenaza parece multiplicarse. Mientras algunos someten al tirador, un anciano levanta el arma. Otros militantes lo confunden con el agresor, o piensan que busca terminar la tarea, y lo atacan. Hacia ese caos se abre paso un hombre corpulento. Grita fuera de control y también lleva un revólver. A duras penas logran contenerlo. En el tumulto, algunos notan que dos jóvenes corren hacia un Renault 18 azul y salen arando. Custodios y dirigentes radicales se llevan caminando al tirador. Otros hacen lo mismo con el hombre corpulento, que sigue desbocado. A una cuadra, son interceptados por un Fiat 128 del que bajan tres hombres. Dicen ser de la Bonaerense y piden la entrega del detenido. Los radicales sospechan y empiezan a los gritos: «¡Lo quieren chupar! ¡Lo quieren chupar!». Cuando la situación empieza a desmadrarse otra vez, los tres presuntos policías se suben a su auto y se hacen humo. Finalmente aparece un patrullero y suben al tirador hacia la comisaría. Atrás, en medio de corridas aisladas, la pirámide humana sobre Alfonsín se va desgajando. El ex presidente no sabe bien qué ocurrió pero cruza una mirada con Tardivo y lo entiende. Toma el micrófono, pide calma, retoma su discurso. Habla y recompone. Finalmente, lo despide una ovación. Fue el tercer atentado contra Alfonsín. En mayo de 1986, en la sede cordobesa del Tercer Cuerpo del Ejército, la Policía había hallado una poderosa bomba bajo una alcantarilla. Por ahí iba a pasar, horas después, el auto presidencial. En octubre del 89, ya en el llano, un explosivo voló varios ambientes del departamento de Ayacucho al 100, a metros del Congreso, que un correligionario le había prestado al entonces titular de la UCR. El tercero, el de San Nicolás, mereció el calificativo de «milagroso». Lo explicó por esos días el juez Alberto Moreno, a cargo de la investigación. «La pistola estaba percutada, el plomo se hallaba salido de su vaina y se detuvo al inicio de su recorrido. Esto es absolutamente infrecuente porque, además, al quedar así, trabó el tambor impidiendo que este girara y se continuara la secuencia». El propio Moreno fue ordenando a los actores del caos que siguió al disparo. El anciano que había levantado el arma del tirador había sido Vicente Massini, un viejo militante radical de la zona, de 75 años. Al pobre Massini lo golpearon en la confusión y fue luego consolado por el propio Alfonsín. El hombre corpulento que había avanzado hacia al tumulto amenazando con un arma era Luis Moisés Gómez, otro militante radical y personal de seguridad de Somisa. En la locura del atentado, su intención había sido convertirse en el Ruby de ese Oswald nicoleño. Estuvo detenido por tentativa de homicidio y luego liberado. Los dos jóvenes que salieron a toda velocidad en el Renault 18 eran policías de civil que formaban el «grupo de apoyo» del esquema de seguridad del acto. Y los tres del Fiat 128 efectivamente eran miembros del servicio de inteligencia de la Bonaerense. Lo suficientemente inteligentes como para dejar su lugar, en la susceptibilidad del momento, al patrullero y sus efectivos uniformados. ¿Y el tirador? ¿Quién era el hombre que estuvo a punto de matar a Alfonsín? Su nombre era Ismael Edgardo Darío Abdalá y tenía 29 años. Había trabajado en Somisa y había tenido un breve paso por Gendarmería. En 1984 había dejado todo para incursionar en la iglesia mormona y predicar el evangelio en Buenos Aires. Le había escrito una carta a Juan Pablo II para explicarle que se había vuelto «incapacitado por seguir la palabra de Dios». Otros destinatarios de sus cartas fueron Gorbachov, Bush y Miterrand.   Abdalá había estado internado por meses en el Hospital Británico. Su madre, poco sorprendida, le decía a Clarín: «Necesita cinco medicamentos para controlarse. Duerme de a ratos, pero ahora de día va de la depresión a la agresividad. Yo estaba preparada para todo con Darío. Se había comprado un arma y estaba con ella todo el día. Pensé que era para suicidarse, porque una de las veces que estuvo internado intentó matarse». «Delirio sistemático», fue la concisa descripción que la psiquiatra que trataba a Abdalá le dio al juez Moreno. La causa se diluyó en la insanía mental y Abdalá fue internado. Dos años después, se quitó la vida. Y después Alfonsín sobrevivió al atentado en San Nicolás y, años después, a un gravísimo accidente en una ruta patagónica. Siguió gravitando en la política nacional: el Pacto de Olivos para la reforma constitucional del 94, la gestación de la Alianza y su implosión, o el precario sostén político del gobierno de Duhalde lo tuvieron como protagonista. El episodio en San Nicolás abre todo un menú para los amantes de la historia contrafáctica, el What if al que los anglosajones son tan adeptos. Murió en 2009, y fue despedido por una multitud acongojada. por Guillermo dos Santos Coelho Fuente: 

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clarin.com 23/2/2016

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