El día que Hebe renunció

Ulises Gorini narra en uno de los dos volúmenes de su documentada y exhaustiva historia de las Madres de Plaza de Mayo, uno de los episodios más dramáticos del organismo: cuando Bonafini presentó su renuncia indeclinable, en 1980, agobiada por las discusiones internas que había causado una propuesta de la dictadura que buscaba dividirlas. Finalmente, Hebe fue convencida por sus pares de seguir.

Una sola vez, muchos años antes –quizá muchísimos años si el tiempo se midiera no por el calendario sino por los cambios producidos en las Madres–, habían estado a punto de dividirse tras una crisis que, según algunas de ellas, pudo haber significado la liquidación temprana del grupo. Fue a comienzos de 1980, todavía bajo la dictadura, y cuando aún no se avizoraba el fin del terror.

Aquel momento quedaría grabado en muchas madres como la crisis más profunda padecida por el movimiento, y algunas volverían a recordarlo en esta instancia, como antecedente de las nuevas vicisitudes y conflictos. El hecho, sin embargo, fue celosamente silenciado por casi todas las protagonistas, e incluso, aún hoy, hay quienes preferirían que no se recordara.

Aquella crisis puso en juego todo lo que habían logrado construir durante los años más terribles de la represión, cuando ya eran un referente interno y externo fundamental de la resistencia, a punto de ser nominadas al Premio Nobel de la Paz, que ese mismo año, sin embargo, recibiría Adolfo Pérez Esquivel.

Nunca se supo con certeza quién se acercó a María Adela de Antokoletz, la vicepresidenta de la Asociación, para hacerle la oferta. Algunas madres dicen que fue un abogado vinculado a los organismos de derechos humanos, quien transmitía a su vez un mensaje de los militares. Otras afirman que fue directamente un alto oficial del Ejército.

Lo cierto es que alguien le propuso a María Adela que le entregara una lista con veinte nombres de desaparecidos para que fueran liberados. El mensajero no había dicho ni cómo ni por qué. Sólo así. Pero, ¿qué significaba esa propuesta? Para la vicepresidenta de las Madres, en ese momento en que los militares eran todavía los señores de la vida y de la muerte, significaba –más allá de otras connotaciones y sentimientos– la oportunidad o quizá solamente la ilusión de salvar a algunos hijos.

No era la primera vez que una madre recibía un ofrecimiento similar. Al principio, sobre todo en la etapa de búsqueda individual de cada familiar, ofertas parecidas eran frecuentes aunque, casi siempre, terminaban en estafa o en mera extorsión. A cambio de dinero por lo general, algún militar o policía prometía a veces información, otras transmitía un mensaje, incluso esperanzas de liberación. Marta de Vázquez fue víctima de esa clase siniestra de extorsión, entre centenares de casos análogos. Recuerda cuando Azucena Villaflor le advertía que no entrara en esa clase de tratos. Eran los primeros años y todavía no tenían la experiencia que fueron adquiriendo a fuerza de trágicas frustraciones. Entonces, desesperadas o aferradas a la más mínima posibilidad, aceptaban negociar con el diablo.

Ya había pasado mucho tiempo desde aquella primera época. Ya conocían demasiadas historias semejantes que terminaban lisa y llanamente en estafa. Sin embargo, la sola posibilidad, de nuevo la más mínima posibilidad…

Esta nueva propuesta de negociación presentaba algunas diferencias sustanciales con las del pasado. En primer lugar, María Adela era una de las dos dirigentes más importantes de la Asociación, y en segundo lugar, una circunstancia resultaba más que sugestiva: le pedían una lista de veinte nombres, y la Comisión Fundadora de Madres estaba integrada por veinte mujeres (…)

María Adela quedó conmocionada con el ofrecimiento. Casi inmediatamente después de recibir la propuesta convocó a varias integrantes de la Comisión Directiva, las más cercanas, a una reunión en su departamento de la calle Oro, en Palermo. Allí compartió con el pequeño grupo la oferta por primera vez, aunque no reveló quién se la había transmitido. No cabía duda sin embargo de que se trataba de una persona con vínculos directos con el poder, y que a la vicepresidenta de Madres le merecía cierta credibilidad, al menos para considerar seriamente la propuesta.

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Ya en esa primera reunión había surgido la polémica. A pesar de que se trataba de las más cercanas a María Adela –entre otras Chela de Mignone y Elida de Galletti–, no todas, ni mucho menos, estuvieron de acuerdo en aceptar el trato. Quizá por eso una de las primeras conclusiones que la vicepresidenta de Madres sacó de aquel encuentro fue que debía comunicar el caso a la Comisión Directiva en pleno. Fue entonces cuando se desató la crisis más profunda que sufriera hasta entonces el movimiento.

El asunto era demasiado delicado como para anticipar pormenores o comentarios incompletos, así que María Adela esperó, como cada martes desde hacía más de dos años, la siguiente reunión de la Comisión Directiva. Allí, el segundo martes de marzo de 1980, María Adela relató a sus compañeras de la dirección del movimiento lo que había ocurrido, desde la formulación de la oferta hasta el intercambio previo con algunas madres. Agregó algo más. Dijo que ella ya había tomado una decisión personal irrevocable: iba a incluir el nombre de su hijo Daniel en la lista. Dijo que entendía que debía compartir su determinación con todas las integrantes de la Comisión, e incluso se preguntaba si tal decisión obstaba su permanencia en el movimiento (…)

¿Debían las Madres aceptar esa propuesta? ¿Debían negociar con los militares una lista de veinte liberados? ¿Esa negociación no contradecía su lucha por los miles de desaparecidos? Las Madres que aceptaran la propuesta, ¿no estarían aprovechando en beneficio propio el privilegio de pertenecer a la Comisión Directiva? ¿Debía predominar en cada mujer su condición de madre, o su carácter de dirigente y representante del conjunto de madres y desaparecidos?

Una tormenta de preguntas, dudas y cuestionamientos mutuos conmovió a las Madres. Ninguna se guardó argumentos, a favor o en contra. La discusión fue intensa, por momentos vehemente, ya que esa oferta inevitablemente las enfrentaba en opciones no sólo antagónicas, sino inconciliables. No obstante nunca perdieron el respeto mutuo, ni las que querían aceptar la propuesta ni las que la rechazaban. Todas las razones eran atendibles, y en última instancia unas y otras comprendían que eran víctimas por igual de la más terrible de las extorsiones.

Finalmente, sólo unas pocas estuvieron de acuerdo con la determinación de la vicepresidenta. La mayoría se manifestó en contra. Pese a ese resultado, María Adela reiteró que presentaría la lista con las que compartieran su decisión. Era lo que había dicho al comienzo de la reunión, y lo mantenía.

Así lo hizo. Uno o dos días después, María Adela y otras madres entregaron aquella lista de nombres. Entonces, las madres que habían contradicho la posición de la vicepresidenta sintieron que entre unas y otras se había abierto un abismo.

Secreto y confesión

Bonafini rechazó la propuesta desde el primer momento. No sólo no estaba de acuerdo en sumar el nombre de sus hijos a aquella lista, sino que instó a que ninguna madre aceptara la extorsión. Si lo hacían, la condición moral de cada dirigente quedaría gravemente afectada, y pondría al movimiento, que tantos esfuerzos les había costado forjar, en la más seria de sus crisis, quizá terminal. Para la presidenta de las Madres la situación creada luego de la presentación de la lista por parte de María Adela era de tal gravedad, que pensó en renunciar. Así lo expresó en una carta fechada el 31 de marzo de 1980, dirigida al “reverendo Padre Frank”, a quien le dice que “con mucho secreto y sin que trascienda” le quería contar, “como si fuera mi confesor”, un problema.

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“Hace unos días se presentaron dos hombres en la casa de nuestra vicepresidente y le pidieron que nos comunicara que diéramos una lista con veinte nombres de desaparecidos para sacarlos al exterior siempre que no estuvieran muertos o fueran personas muy comprometidas, quedando las personas que aceptaran como rehenes morales del gobierno para que ellos dijeran lo que quieran de nuestros hijos y de nosotras.”
Que por entregar aquella lista esas madres quedaban en condición de rehenes morales era, por supuesto, una conclusión de Hebe.

Bonafini narra en su carta que “desgraciadamente” seis madres de la Comisión Directiva de la Asociación “aceptaron y pusieron los nombres de sus hijos”.

“Yo me opuse terminantemente, pues siempre luché por todos”, aclara, pero una pregunta final, a modo de posdata, revela cierta vacilación que se torna intensamente dramática. Hebe le cuenta a su interlocutor que las últimas noticias sobre su hijo Jorge eran de fines de 1978, y de 1979 las de su hijo Raúl. Entonces le pregunta: “¿Le parece que hice mal? ¿Habrá sido la única oportunidad?”. “Por favor, contésteme”, ruega.

Por primera vez, la carta de Bonafini considera la posibilidad de renunciar a presidir el movimiento. “Si las cosas no caminan pienso renunciar, pues las madres se van a enterar y van a pensar que hicimos uso de un privilegio que no nos corresponde, estoy muy afligida.”

No se sabe con certeza qué madres decidieron incluir el nombre de sus hijos en la lista. Sin duda, la primera fue María Adela. Según Bonafini, se habrían sumado Carmen de Lapacó, Elida de Galletti, Hilda de Ninicucci y Marta de Vázquez. Sin embargo, esta última lo niega. Rechazaron la iniciativa Hebe de Bonafini, María del Rosario de Cerruti, Nora de Cortiñas, María Eugenia Cassinelli, Beatriz Ketty de Neuhaus, Juana Meller de Pargamente y Laura Rivelli (…)

El debate no quedaba saldado, en realidad no lo estaría nunca. Bonafini sintió que no estaba en condiciones de seguir al frente de las Madres y presentó su renuncia indeclinable y por escrito el 28 de abril de 1980. Aunque no refiere explícitamente el episodio de la lista, el texto expresa una a una las causas de su desasosiego. Dice que renuncia “por no haber podido conseguir que dicha Comisión lograra la suficiente amplitud para permitir la participación de las madres que pudieran aportar su colaboración, porque en estos últimos meses se ha perdido mucho tiempo estimable en discusiones estériles que afectan al movimiento; porque quiere dedicarse plenamente, en este momento tan difícil, a reunir a todas las madres y familiares de desaparecidos que la requieran en apoyo del movimiento, y que perteneciendo a esa Comisión no puede realizar”.

Finalmente agrega que un factor de orden económico “le impide viajar a la Capital Federal con la frecuencia necesaria”.

Aunque Bonafini había adelantado su determinación a algunas Madres –a María del Rosario y algunas madres de La Plata muy cercanas a Hebe–, la mayoría se enteró a través de la carta. El impacto de la novedad fue enorme. La Comisión Directiva se reunió en ausencia de su presidenta y por unanimidad resolvió, a pesar del carácter indeclinable de la renuncia, solicitarle que reconsiderara su decisión. Designaron además una delegación que viajaría a la casa de Bonafini en City Bell para entregarle una carta suscrita por todas sus integrantes.

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La carta, fechada el mismo 28 de abril, decía que “con mucha pena hemos leído la nota por la que elevas tu renuncia como Presidenta y miembro de la Institución que ayudaste en tal grado a crear, Madres de Plaza de Mayo.

”Razones muy profundas de carácter afectivo, como también la estima que sentimos por tu capacidad, por tu voluntad de trabajo y desprendimiento, nos mueven ahora a pedirte que retires tu renuncia.

”Entendemos que una discusión sana y sin perjuicios por los temas que te preocupan y que habrían motivado la presentación de tu renuncia podría conducir quizás a una mejor evaluación de los mismos y, por qué no, al logro de una convergencia de criterios que permitirían superar cualquier brecha de opiniones y continuar todas juntas y unidas trabajando en la dura y dolorosa tarea que nos hemos impuesto.”

La carta concluía solicitándole que reflexionara y que accediera a mantener una reunión para “analizar cordialmente las cuestiones por vos planteadas en busca de esa solución adecuada que deseamos”.

Hebe retiró su renuncia.

A propósito: ningún desaparecido fue liberado como consecuencia de la presentación de la lista.

Cinco años después de esa trágica historia que las Madres silenciaron ante la mayoría de las integrantes del movimiento y mantuvieron en absoluto secreto para la opinión pública, las heridas seguían abiertas. Algunas madres que habían rechazado involucrarse en la lista pensaban que aquel episodio había expuesto profundas contradicciones que las distanciaban, y que las nuevas tensiones, de alguna manera, tenían el mismo origen: individualismo, dispar grado de conciencia sobre la importancia de la lucha colectiva por todos los desaparecidos, diferencias culturales y sociales. ¿No eran esos mismos factores los que gravitaban ahora, cuando algunas iban detrás de la recuperación de los cadáveres de sus propios hijos sin evaluar el perjuicio que podía causar a la lucha colectiva? ¿No era la salida “individual” en vez de la lucha política? En cualquier caso, María del Rosario, Hebe y otras madres de la Comisión Directiva estaban convencidas de que aquel episodio había trazado una línea, para muchas invisible, que las dividiría para siempre.

No todas las madres llegaron a la misma conclusión, incluidas algunas como Nora de Cortiñas, que también había rechazado la lista. Para ella las cosas no eran tan sencillas: ¿qué madre estaba en condiciones ciertas de poder determinar el límite de lo que se podía o debía hacer para recuperar a los hijos perdidos? ¿Quién podía juzgar las decisiones ajenas, desde qué paradigma, con qué sistema de valores? La perversidad del chantaje –aun cuando no estuviera claro que lo fuera– radicaba justamente en que se aprovechaba de esa situación trágica.

Desde otra perspectiva, muchos años después María Adela haría una relectura de aquellos hechos. Recordando la carta de renuncia de Bonafini, la vicepresidenta de Madres le confiaría a Marta de Vázquez que se arrepentía de no haber aceptado la dimisión. Pero en 1985 las circunstancias ya habían cambiado, y mucho: Hebe no sólo no pensaba renunciar, sino que estaba dispuesta a dar pelea por la plena hegemonía de sus posiciones.

por Ulises Gorini
 

Fuente: 

Diario Perfil 26/6/2011

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