El día que echaron a Rattin en Wembley, una expulsión que ya es mito

Iban 39 minutos del primer tiempo. Inglaterra tenía el control mayoritario de la pelota, pero no inquietaba a una Argentina afirmada en su línea de cuatro. Antonio Ubaldo Rattin, erguido en el círculo central, cuestionaba todos los fallos arbitrales. Cerca suyo, el incansable Alberto González, Gonzalito, le daba aire. Por algo le decían el Ventilador… El Rata venía de hacerle sentir el rigor a la estrella local, Bobby Charlton, mediante un quite desde atrás que acabó con el balón en los pies de un entonces joven Roberto Perfumo, en vías de graduarse de Mariscal, y el inglés revolcándose en el césped prolijamente cuadriculado de Wembley.

Silvio Marzolini, consagrado en ese mismo torneo como el mejor lateral izquierdo del mundo, controló un pase y se aprestaba a salir jugando cuando observó que, al otro lado de la cancha, el Rata discutía con Rudolf Kreitlein, árbitro alemán (una anomalía en aquellos cuartos de final: árbitro alemán dirigió a Inglaterra y árbitro inglés a Alemania con Uruguay…). Aquel fue el último Mundial sin tarjetas. Los jueces señalizaban las expulsiones -una rareza- con el dedo índice. Kreitlein le mostró a Rattin el camino del vestuario. “¡Off, off!”, repelían desde las tribunas al gigantesco centre half argentino. El capitán de nuestra Selección miraba desafiante. ¡”Off, off!”, le gritaban cada vez más fuerte. Antonio golpeaba con los nudillos sobre la palma izquierda: ¿cuánto le pagaron?. “¡Off, off!”, lo mandaban a las duchas. Hasta los 47 minutos continuaron las discusiones. Increpaba el técnico Juan Carlos Lorenzo, el Toto, siempre mascando chicle; pedía explicaciones el talentoso Ermindo Onega, el Ronco, con las medias bajas como era habitual; se metía el suplente José Omar Pastoriza, el Pato, todavía joven pero ya un caudillo… Rattin se fue dando una vuelta olímpica al campo y su imagen dio la vuelta al mundo. No se privó de apretar el banderín del córner -de colores británicos- e interactuar con los exaltados plateístas. Ese primer tiempo duró casi hasta los 55. Los visitantes le pasaron diez veces la pelota al Tano Roma, quien desprovisto de guantes, con sus manos tarzanescas, intentaba sacarla lo más lejos posible para que no le volviera tan rápido. No había caso: los ingleses la recuperaban pronto y se le venían encima. Fue así hasta 12 minutos antes del final, cuando un cabezazo de Geoffrey Hurst decretó el 1-0. Hubo una chance nítida para Argentina, con el parcial aún en cero, pero Oscar Más (el Mono, Pinino) la tiró afuera cuando solo le quedaba enfrente el arquero Banks. Aquella Selección, integrada por mayoría de Boca y River, regresó con fama de equipo bravo, peleador y con recursos humanos para llegar más arriba, de no haber sido injustamente eliminado por la conspiración anglo-germana. “Cuando nos fuimos a Europa el presidente era (Arturo Umberto) Illia y cuando volvimos ya estaba (Juan Carlos) Onganía, que nos recibió en la Casa de Gobierno”, suele contar el Rata, poniendo en perspectiva una frustración futbolera que nutre el libro gordo de las anécdotas mundialistas. por Marcelo Guerrero Fuente: 

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Diario Clarín 24/7/2016

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