El día más oscuro de Fito Páez y sus pobres corazones

Hace 30 años, el horror sacudía al músico, con el crimen de su abuela y su tía, sus dos «madres postizas». Un caso que parecía destinado a la impunidad y se saldó con un misterioso vuelco del azar. El marido de Fermina Godoy, una empleada doméstica de 33 años, fue a buscar a su esposa a la casa en la que trabajaba, un viejo caserón de Rosario habitado por dos ancianas desde hacía más de 50 años. Cuando llegó, hace hoy 30 años, se extrañó de que nadie le respondiera a pesar de que se escuchaba una radio. Así que forzó la entrada, para encontrarse con una escena de horror: su mujer tendida en una cama, aferrada aún a un trapo de limpieza, muerta. Las dos ancianas también. Eran Josefa Páez y Belia Zulema Ramírez de Páez, las dos “mamás postizas” de Fito Páez. Fue el día más oscuro del músico, el que marcó a fuego su vida y su música.

La abuela de Fito, de 76 años, y su prima Josefa, de 80, tenían heridas profundas en el cuerpo, provocadas por un estilete. La empleada doméstica también había sufrido un disparo en la cabeza. Fito estaba en Río de Janeiro, de gira, cuando se enteró del drama. Y el impacto fue profundo. La madre del músico había fallecido cuando él tenía apenas ocho meses, y su abuela y su tía habían llenado ese vacío. Un cuarto de hotel destrozado, whisky y Lexotanil fueron las primeras reacciones a lo Fito Páez junto a Luis Alberto Spinetta – Foto Diario Clarín impensable. Además de la radio encendida, en la vieja casona de Balcarce 681 había otros elementos que daban cuenta de la sorpresa y el vértigo con el que había actuado el asesino. Un bolso tejido con compras desparramado a los pies de Josefa, una alfombra a medio retirar, la enceradora enchufada. Todo había ocurrido a 100 metros de la Jefatura de Policía de la Regional 2. “Adoraba a la abuelita”, repetían algunos vecinos, conmocionados, sobre el músico. La identidad del asesino era un misterio absoluto. No había huellas ni objetos de valor robados, salvo algunas chucherías. La Policía detuvo al marido de Fermina, así como a una pareja allegada a los Páez, pero todos fueron liberados a las pocas horas. Entonces Fito volvió de Brasil y se presentó en la comisaría tercera, en medio de un revuelo de cámaras, periodistas y curiosos. Habló con el comisario sobre la rutina de las mujeres y sus vínculos y al salir se mostró predispuesto a hablar, aunque de entrada mostró las uñas de animal herido: “Ojo, loco, al primer zarpe me voy. En mis recitales no aparece nadie y ahora están todos”, le apuntó a un camarógrafo especialmente excitado. Al recordar a sus “madres”, se soltó: “Mi abuela y mi tía eran las personas que más quise. Para mí eran como dos madres. No puedo creer esta cosa loca que ha ocurrido. No la entiendo. Es muy poco lo que puedo decir, con todo el lío que tengo en el mate. Vine a contar cómo vivía mi familia en su casa, porque puede servir a la investigación; a contar cómo vivían esas maravillosas mujeres”. A Fito lo escudaban el abogado Albino Stefanuolo y su entonces representante, Fernando Moya. Ya entrado diciembre se pudo determinar que dos de las mujeres habían sido asesinadas antes del mediodía, y que a Josefa la habían atacado cuando regresaba de hacer unas compras. Pero poco más. Mientras tanto, Fito debió hacer frente a su agenda: nada menos que la presentación de La, la, La, junto a Luis Alberto Spinetta. Fue a mediados de diciembre, en Obras, en un concierto que al Flaco también le sirvió para tocar por primera vez Privé, su disco de ese año que no había sido estrenado en vivo. La crónica de Clarín habla como al pasar de que en los 30 temas del recital “se sumaron varios de repertorio de Páez, incluso uno nuevo”. Ese nuevo, “novísimo” según la crónica, apareció en la media hora final sin mayores preámbulos, con la urgencia del caso, y se llamaba “Ciudad de pobres corazones”. Después de la presentación, Fito voló hacia Tahití. Y a su vuelta, a comienzos de febrero, le dio una entrevista a Clarín en un almuerzo en La Falda amenizado por Charly García y Cachorro López. Ya tenía en la cabeza su próximo disco, a modo de terapia. “Después del horror me empecé a dar manija y compuse, que era lo único que podía hacer”, soltaba entonces. Mientras terminaba de presentar La, La La junto a Spinetta en Mar del Plata, Fito tenía todo el disco en su cabeza, incluyendo el orden de las canciones. Antes de viajar a grabar a Brasil contaba: “Empieza con una pompa fúnebre y termina con un tema en el que me propongo hacer algo -bailar, pero es una metáfora- hasta que se pase la noche. Este disco es un bajón, pero loco sería que no fuese así. Es un disco urgente, como el dolor, me lo quiero sacar de encima lo antes posible”. Finalmente, “Bailando hasta que se pase la noche” no iba a cerrar el disco, pero la pompa fúnebre (“Pompa bye bye”) se mantuvo como apertura y marca indeleble del espanto. Aquella entrevista con Clarín cerraba con una idea que marcaba el espíritu del músico en esos meses: “Soy un animal herido, que se relame las heridas y a lo mejor no quiere que lo vean. Como decía Borges, lo que me une a la vida no es el amor, sino el espanto”. Parecía que el caso quedaba en la nada, hasta que en agosto de 1987 dio un vuelco por los misterios del azar. Una travesti de Rosario, Paola, fue detenida por la policía rosarina y se le hallaron joyas que habían pertenecido a la abuela del músico. Paola señaló a su amante, Walter De Giusti, de 24 años. El joven fue detenido junto a su hermano Carlos, de 19. Y confesó los crímenes. El mayor de los De Giusti no sólo había asesinado a las tres mujeres en el caserón de la calle Balcarce sino que, un mes antes, había matado a otras dos mujeres en una casa de la zona sur, en Garay al 1.000. Allí, se había ensañado a golpes y puñaladas contra Angela Cristofanetti de Barroso, de 80 años, y su hija Noemí, de 31. Lo increíble de la historia fue que, apenas semanas después de los cinco asesinatos, De Giusti había ingresado a la Policía, en diciembre de 1986. Cuando lo detuvieron, era un agente más en la subseccional 15 de la localidad de Esther. En su casa fue encontrado un grabador que Fito le había regalado a su abuela Belia. “No puedo calificarlos. Son locos, pero todos estamos locos. Yo tengo mis rollos y ellos los suyos. Los conocía desde hace muchos años, eran vecinos”, fue la reflexión de Fito a fines de agosto, con el caso esclarecido, y haciendo una venia para la foto junto al jefe de la Policía de Rosario, Deolindo Pérez. De Giusti fue condenado a reclusión perpetua, aunque más tarde se le bajó la condena a 24 años y siete meses de prisión. En 1998, con informes médicos que confirmaban que había contraído HIV en la cárcel y hablaban de ceguera, le concedieron la prisión domiciliaria. En junio de ese año la prensa descubrió que la violaba constantemente y volvió a la cárcel. Allí murió unos días después. Fito grabó un disco más para EMI, consiguió un contrato con Warner para publicar Tercer Mundo en un país al borde del desastre y, casi sin dinero y envuelto en una nebulosa, partió a España para encontrar el amor después del amor. por guillermo dos Santos Coelho Fuente: 

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clarin.com 7/11/2016

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