El debate sobre la creación del Instituto de Revisionismo Histórico

Como lector, a uno también le interesa la historia como relato y los propios accidentes con que se traza el camino. Convencer entonces sobre un destino nacional que tiene sus precedentes en los propios acontecimientos históricos no deja de ser un desafío profesional que incluye estados políticos e ideológicos. Quizá lo que más se aproxime a esa historia sea la relación de los héroes reales con los sujetos reales que conformaron esa historia y que les dieron sentido justamente a esos héroes. Pero lo que también resulta atractivo para convencernos a nosotros mismos de la historia son las relecturas que ofrece la nueva situación política nacional, lo que implica necesariamente evitar que a una historia oficial se le oponga otra nueva historia también oficial.

Por eso, las confrontaciones binarias resultan siempre limitantes porque clausuran los accidentes del camino. Y para hablar de caminantes y accidentes resulta interesante reconocer la descripción que hace Ezequiel Martínez Estrada en Radiografía de la Pampa, en donde considera la dimensión de algunos hombres como “el baqueano o el rastreador, cuyos avatares últimos puedan verse en los conductores de multitudes y en los improvisadores del saber”. Aquellos oficios terrestres de ciertos caminantes de la huella se proyectarán también en los liderazgos políticos y en las disputas por el saber. Más allá de que sea criticable cierta limitante de lo que fue una telúrica nacional porque supuestamente permitía en un sentido ocultar las extensiones de los grandes latifundios, la búsqueda existencialista daba también identidad a un ser nacional que se constituía a sí mismo dentro de las extensiones solitarias de nuestras llanuras. Un revisionismo entonces que necesita de un nuevo revisionismo que contemple la problemática sobre la propiedad de la tierra y a la vez permita pensar en una ontología nacional que nos explique nuestro ser y nuestro estar con un sentido crítico.

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Por eso entiendo que el debate que ha suscitado el reciente decreto presidencial que permite la creación del Instituto de Revisionismo Histórico no deja de ser interesante. Un debate que quizá no deba cristalizarse entre académicos “científicos” y divulgadores “plebeyos”, o entre representantes del país central y del país periférico, o entre unitarios y federales.

La definición unilateral de los personajes históricos tiene sus limitaciones. La generación del ’37 no puede sólo verse como la expresión de dos sujetos contrapuestos, como muchas veces se reconoce a Alberdi y Esteban Echeverría, el primero un “nacional y popular”, y el otro un “afectuoso reaccionario”, como lo definió José Hernández Arregui un su ensayo “¿Qué es el ser nacional?”. Tampoco el jacobinismo criollo necesariamente debería interpretarse como un liberalismo europeizante, más allá de su desarrollo precario en nuestras latitudes. Como el término “nacional y popular” no sólo representa una ideología fundante en intelectuales como Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche y Jorge Abelardo Ramos, se trata de un término también acuñado por Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel. El propio Héctor P. Agosti define al autor de La cautiva como “nacional y popular” dentro de la tradición romántica, en su ensayo titulado “Echeverría”.

Tampoco resultaría oportuno desconocer la historia de la Vuelta de Obligado como ejemplo de soberanía nacional porque Juan Manuel de Rosas terminó viviendo sus últimos días en Inglaterra. Incluso la figura de Sarmiento no puede recordarse únicamente por la frase con que intenta definir la historia de los habitantes de Nuestra América como la de “toldos de razas abyectas, un gran continente abandonado a los salvajes incapaces de progreso”. El propio José Martí le responderá al autor de Facundo con una frase ya histórica: “No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”. Para darle un sentido contemporáneo al pensamiento martiano, podríamos agregar “y la naturaleza de las cosas”. Falsa erudición, entonces, de un mundo académico que pretende clausurar la historia como una cosa o propiedad privada, como intenta cierta historiografía mitrista-liberal, frente a una naturaleza que busca expandirse sin cosificaciones o estados alienantes.

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Estamos viviendo nuevas condiciones políticas en el país y en América latina. El kirchnerismo representa, como se ha dicho, una fractura en la historia. Los desafíos implican para todos salir de las zonas de clausura. Para ello hay que ampliar en términos reales e históricos la propia galería de una genealogía de líderes y masas que no quede recortada por un revisionismo maniqueo. Las transformaciones que se han conquistado y las que faltan realizar requieren de más historia, de la suma de pluralidades revolucionarias, de un nuevo revisionismo del revisionismo y tan nacional y popular como de izquierda.

por Juano Villafañe, Director artístico del Centro Cultural de la Cooperación.
 

Fuente: 

Diario Página/12 14/12/2011

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