El cadáver centenario que sigue dando que hablar

Julia Hope Stearns murió de fiebre tifoidea, cuando tenía 22 años y menos de dos de residencia en Paraná. Llegó de Estados Unidos, acompañando a su esposo, George Stearns, quien ocupó el cargo de primer director de la Escuela Normal.

Retrato de Julia Hope Stearns. Y arriba, el croquis que hizo su esposo con la ubicación de su tumba – Ilustración El Diario

Corría el año 1872 y las exequias de sus restos despertaron el celo de la Iglesia Católica, porque la mujer profesaba el culto protestante. A casi 140 años de su muerte, la historia del destino del cadáver sigue despertando controversias. Testimonios de un episodio truculento y un dibujo revelador se suman a esta historia de tumba desconocida.

La vida no le fue fácil y la muerte menos. Julia Hope Stearns murió hace 138 años y sin embargo parece que no le ha tocado en suerte, aún, descansar en paz: por estos días su historia ha despertado una controversia, acaso como un eco de una añosa discordia que encendió entre sus deudos y las autoridades civiles-eclesiásticas el destino de su cuerpo.
Una nota publicada en “Entre Ríos secreta” motivó la realización, reciente, de un homenaje a su memoria –y a través de ella a los 64 docentes norteamericanos que iniciaron la tarea educadora de las escuelas normales– con la colocación de una placa en la pared de ingreso al cementerio de Paraná.
“En memoria de la joven docente, esposa de George A. Stearns (primer director de la Escuela Normal de Paraná), quien fuera sepultada en este lugar, fuera del cementerio municipal, cerca de los muros del sagrado recinto, solamente por profesar la fe evangélica”. El texto de la placa, firmada por el intendente José Carlos Halle, y descubierta el 11 de septiembre de 2010, alude a la dramática peripecia que debió atravesar el cuerpo.
En los libros Sesenta y cinco valientes, de Alice Houston Luiggi; Las maestras de Sarmiento, de Julio Crespo; y Ciudad Infinita, de quien esto escribe, se refiere al episodio aquel –ya traído también a estas páginas de EL DIARIO– en el que el primer director de la Escuela Normal de Paraná debió retener por tres días el cadáver de su esposa, porque no lograba la aceptación de su sepultura en la necrópolis –o camposanto, para los católicos– de la capital entrerriana tras su repentina muerte.
Esa versión de la historia fue negada recientemente y en forma oficial por la Iglesia Católica, a través de un parte de prensa del Arzobispado de Paraná, cuando la Municipalidad resolvió llevar adelante el descubrimiento de la placa. Unas semanas antes de la decisión del gobierno paranaense, esta página recordó el hecho, a partir de lo cual el subdirector de Cultos, Ramón Sales, motorizó la reivindicación a la docente. La iniciativa tuvo buena acogida por parte del Intendente.
En un artículo de esta Hoja, el periodista Ricardo Leguizamón transcribió el fragmento de Ciudad Infinita que ahora la Iglesia ha salido a negar. “Esa aseveración fue aceptada por un funcionario del gabinete del intendente Halle. El titular de Cultos señaló que Hope quedó sepultada extramuros por aquella decisión de la Iglesia Católica. Pero el responsable de la Oficina de Prensa del Arzobispado de Paraná, el sacerdote Luis Patat, presentó públicamente una versión distinta en la que afirma que basándose en ‘información documental y bibliográfica’ quedaría probado que a la muerte de la docente, ocurrida en 1871, los cementerios habían salido de la órbita de la Iglesia para pasar a ser administrados por las autoridades civiles”.
En otras palabras, se ha librado una confrontación de documentos y bibliografía.
DE LA IGLESIA. En su buen artículo del viernes 10 de septiembre de 2010, Leguizamón sostiene que “para reforzar el espinoso tema de la sepultura del cuerpo de una mujer, la Iglesia local recurrió al Archivo Arquidiocesano, que elaboró un extenso texto en el que traza una historia rápida sobre la administración de los cementerios locales”. A partir de ahí comienza Patat a desplegar citas y nombres de gobernantes. Pero el punto neurálgico de la posición clerical está dado en el párrafo donde se indica que el 9 de junio de 1864 “el Gobernador de la provincia envía una carta al vicario capitular de la Diócesis, presbítero doctor Miguel Vidal, participándole que por el artículo 2º de la ley del 18 de abril de 1864, se dispone que mientras no estén establecidas las municipalidades, queda a cargo del Poder Ejecutivo la administración y gobierno de los cementerios de la provincia”.
En medio de la profusión de fechas y citas se incluye un pasaje que da cuenta que la carta del Gobernador al vicario llegó con una copia de la ley donde se puede inferir el poder gravitante que aún conservaban las parroquias sobre los campos para las sepulturas. Por ejemplo, aquel donde dice que “los encargados de cementerios no darán sepulturas a ningún cadáver sin que se presente el boleto o recibo del cura y el de la Jefatura Política”.
Otro pasaje interesante de la respuesta del vocero local de la bimilenaria institución sostiene que hubo sí una disposición de 1863 que ordenaba que “en cada uno de los cementerios se establezca un sector cercado y con puerta separada para los que no profesan la fe católica”, aunque la Curia señala que se trató de una orden de la autoridad civil y no eclesiástica.

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LA OTRA. En dos libros de ensayos y uno de reseña histórica, entre otros, se recrea, en cambio, el conmovedor episodio.
“Entretanto, las tribulaciones privadas de la familia Stearns eran aún peores que las profesionales. En febrero de 1872, apenas iniciado el segundo año escolar, la encantadora y fiel esposa de Stearns falleció inesperadamente de tifoidea, dejando a su atribulado marido con el angustioso problema de atender a un niño de tres meses y a otro, retardado, de dos años. Según parece, la señora Stearns fue la primera persona de religión protestante que murió en Paraná, y mientras las autoridades debatían en qué lugar debía ser enterrada una disidente, el joven esposo permaneció sentado sobre el ataúd, en las afueras del cementerio, durante tres tórridos días con sus noches, con un revólver en cada mano para proteger el cadáver contra los grandes felinos de las selvas ribereñas, que el olor atraía. Por fin llegó la autorización para enterrarla cerca de los muros del sagrado recinto, pero fuera de él. No pasó mucho tiempo sin que su hijito enfermo la siguiera; el único vestigio que queda del lugar donde fueron enterrados, es un solícito dibujo hecho por su marido”. Las comillas encierran el testimonio que al respecto dio Luiggi en Sesenta y cinco valientes, libro editado en Estados Unidos en 1959 y en Argentina, por Editorial Agora, en 1965, y que relata la llegada de docentes y pedagogos contratados por el presidente Domingo Faustino Sarmiento para participar en la fundación de la Escuela Normal de Paraná y las que le sucedieron.
Julio Crespo, en Las maestras de Sarmiento, despliega un relato parecido y agrega que “al dolor de la pérdida [de Stearns] se sumó la consternación por no poder dar inmediata sepultura a la esposa fallecida”. Y continúa: “El problema tuvo que ser debatido por la autoridad civil con la jerarquía eclesiástica. Mientras tanto, durante tres días y tres noches, el ataúd quedó depositado afuera del camposanto. Armado con dos revólveres, el viudo montaba guardia para proteger el cadáver de posibles ataques de las fieras”.
También Ciudad Infinita y su posterior alusión en esta sección de EL DIARIO volvió sobre el caso y, de ahí, este nuevo intercambio de posiciones históricas. Pero también este libro, editado por la Municipalidad de Paraná, bajo la coordinación del arquitecto Carlos Menu-Marque y con fotografías de Analía Jaroslavsky, cuenta que un caso similar ocurrió con Edward Young Haslam, el bisabuelo de Jorge Luis Borges, cuya tumba quedó también afuera de la pertenencia del cementerio.
El croquis que hizo el maestro Stearns, a mano alzada, no deja lugar a dudas sobre el destino del cuerpo de Julia: allí se ven las cúpulas de los principales panteones, el muro bajo que delimita el cementerio y, fuera de los confines, la tumba de tierra de la docente. Una tumba solitaria, perdida y discutida, tras casi 140 años de su brumoso destino.

Rumbo a Paraná

EL NOMBRE DE GEORGE ALBERT STEARNS llegó a Sarmiento por recomendación de Mary Mann. Éste último nombre es esencial en la tarea de convocatoria de docentes norteamericanos para la empresa educadora del presidente argentino.
Mary Mann envió una carta a Sarmiento el 2 de enero de 1869, en la que le anticipa el nombre de quien luego se convertiría en el primer director de la pionera Escuela Normal de Paraná. Pero también en la misiva habla de la esposa del maestro. La mujer cuyo nombre significa –vaya paradoja– Esperanza, en inglés.
“Si puede organizar un departamento para mujeres en la Escuela Normal, la señora Stearnes (sic) será capaz de preparar a maestras del lugar según el plan de nuestras escuelas normales”. Así la familia Stearns llegó a Paraná, como parte del contingente total de 65 norteamericanos que iniciaron la tarea normalista en la Argentina.

por Jorge Riani.

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Fuente: 

El Diario 19/9/2010

Informacion Adicional: 

La historia de las maestras norteamericanas que trajo Sarmiento
 
 

Llegaron a la Argentina sin saber el idioma y con una idea sólo aproximada de lo que era este país. Eran docentes norteamericanos, la mayoría mujeres, y venían a formar docentes en este país. La idea fue de Sarmiento, quien después de mucho esfuerzo logró que diez de ellos aceptaran venir a San Juan. Esta es su historia.

Sus nombres debieron sonar extraños en aquel San Juan de fines del siglo XIX. Tal vez también despertaron curiosidad sus ropas, sus costumbres o la manera a la vez estricta pero liberal como se desenvolvían. Mary Graham, Florence y Sarah Atkinson, Clara Gillies, Sarah Harrison, Cora Hill, Amy Wade, Martha Graham, Charles Dudley y Clara Armstrong eran docentes. Todos ellos eran norteamericanos y vivieron entre uno y ocho años en San Juan, en distintos periodos entre 1879 y 1893.

Eran los maestros de Sarmiento. Su destino era ser maestras de maestras y fundar el normalismo en la Argentina Viajaron dos meses en barco –desde Estados Unidos a Inglaterra y desde allí al puerto de Buenos Aires- y entre diez y quince días en diligencia para venir a formar parte en San Juan del plantel de la Escuela Normal de Maestros. Y así como llegaron a San Juan, también lo hicieron a Catamarca, Jujuy, Tucumán, Paraná, Córdoba y otros destinos.

La historia de este “disparate grande y sublime”, al estilo de Sarmiento, comienza en 1845. Ese año Domingo Faustino Sarmiento, exiliado en Chile, viajó –enviado por el gobierno chileno- a Europa y Estados Unidos para indagar sobre los últimos métodos de enseñanza. Quedó impresionado por la calidad educativa de algunos países europeos, pero fue en Estados Unidos donde encontró lo que buscaba: un sistema que, con fuerte hincapié en la formación de docentes, permitía pensar en la posibilidad de educar a toda la población.

En Estados Unidos Sarmiento encontró además otra fuente inspiradora: el educador Horacio Mann, quien más tarde sería reconocido como el “padre de la educación norteamericana” y su esposa Mary, con quienes rápidamente compartió ideales y objetivos. Fue con ellos con quienes maduró, ya en 1865, la idea de traer a la Argentina algunas maestras norteamericanas. Sarmiento era entonces Ministro Plenipotenciario de Argentina en ese país. El proyecto llevó tiempo y fue solo a partir de 1868, ya con Sarmiento como Presidente en este país, cuando la idea comenzaría a concretarse.

Sarmiento había soñado traer mil maestras norteamericanas a la Argentina. Lo cierto es que entre 1869 y 1898 llegaron a este país sesenta y cinco docentes. De ellos, sesenta y uno eran mujeres y cuatro eran hombres. Diez llegaron a San Juan en distintos momentos, aunque casi diez años después de que las primeras tocaran el puerto de Buenos Aires.

Las “hijas de Sarmiento”, como se los empezó a llamar, venían de Nueva York, Pennsylvania, Maryland, Virginia, Ohio, Nueva Inglaterra, entre otros puntos de norteamérica; no llegaron todos juntos y no sólo lo hicieron durante la presidencia de Sarmiento. Habían respondido por diferentes razones a la convocatoria del gobierno argentino que no sólo difundió personalmente Mary Mann sino que incluso se publicó en los principales diarios de Estados Unidos.

Los salarios –que en un principio eran altos-, la falta de trabajo en algunos estados norteamericanos, la expectativa de encontrar marido o el afán de aventura se combinaron con la verdadera vocación que estas maestras y maestros tenían por la educación popular.

El gobierno argentino les ofrecía un contrato por tres años, que comenzaba  correr en el momento en que se embarcaban hacia este país. Una vez aquí tenían cuatro meses para aprender el idioma y ambientarse, lo cual se hacía en Paraná, lugar donde se había creado la primera Escuela Normal argentina. Después de esa preparación, eran destinadas a distintos puntos del país donde se estaban creando estas escuelas. Así fue como llegaron maestros norteamericanos a San Juan.

No hay relatos históricos sobre cómo o dónde vivieron. El edificio de la Escuela Normal de San Juan incluye una casa para el director, pero recién fue terminado en 1910, cuando ya no quedaba en San Juan ninguna maestra norteamericana. Para ese entonces, ya habían cumplido su misión: formar maestras normales que continuaran su tarea. Quienes fueron sus alumnas y las alumnas de sus alumnas ya no viven, pero todavía se transmite, en la formación de maestras en San Juan, la impronta que dejara Miss Mary Graham, que fue quien más tiempo estuvo en esta tierra.

Números de una experiencia
De los 65 docentes que llegaron a la Argentina, 5 murieron en los primeros años, principalmente de fiebre amarilla y cólera. Sólo 16 regresaron a su país una vez terminado el contrato. 36 enseñaron durante 13 años en Argentina, y 20 se radicaron y murieron en nuestras tierras. Al menos cinco se casaron en Argentina, pero no con argentinos.

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Los obstáculos
Una de las primeras dificultades que los docentes extranjeros tuvieron que afrontar fue la actitud recelosa de las maestras locales que recibían una remuneración mucho menor.
Aprender un idioma que les resultaba sumamente difícil, vivir en casas con pisos de ladrillos en el mejor de los casos, sin vidrios en las ventanas y en ciudades cuyas condiciones de higiene no eran las mejores, fueron problemas menores al lado de otro: la intolerancia religiosa. Con excepción de cinco maestras, el resto era protestante y en algunas ciudades como Catamarca y Córdoba tuvieron que lidiar contra los prejuicios de familias que no querían mandar a sus hijos a educarse con herejes, actitud que en muchos casos estaba avalada por obispos y sacerdotes.
No hay registros de que en San Juan las docentes fueran rechazadas. Los textos históricos mencionan la presencia de las maestras, pero no hablan de su vida en la sociedad sanjuanina. Es de suponer que la fuerte influencia de Sarmiento en su provincia protegió a las extranjeras que habían sido recomendadas por Sarmiento tanto a las autoridades locales como a sus hermanas y sobrinas.

Buen estado físico
Mary Mann y Kate Dogget, una activista en pro del sufragio femenino en Chicago, seleccionaron a las maestras que venían a la Argentina. Según lo exigía Sarmiento, en lo posible debían ser jóvenes con experiencia, de buena familia, excelentes modales y aspecto agradable. Debían tener muy buen estado físico, según Sarmiento “para dar ejemplo a nuestras criollas, tan acostumbradas a estar inmóviles, asistidas por sus servidumbres”.

Un aporte cuestionado
Considerado por el revisionismo como el más irritante ejemplo del afán extranjerizante y antinacional de Sarmiento, estos docentes forjaron las bases del sistema educativo argentino Introdujeron cuestiones antes inexistentes en las escuelas de este país: el desarrollo artístico, el sentido de la responsabilidad, la puntualidad, la asistencia a pesar de las inclemencias del tiempo, el aseo personal y el orden, el trabajo manual, la gimnasia, cuadernos de trabajos, deberes escritos, bibliotecas escolares, exposiciones de historia natural y excursiones educativas. Suprimieron los exámenes públicos, a la vez que desalentaron el aprendizaje de memoria. También contribuyeron a jerarquizar el rol del docente y permitieron que  muchas mujeres argentinas tuvieran una profesión.
 
Mary Gorman fue la primera en llegar al país. Su destino era San Juan, pero no quiso venir por temor. 
Nadie quería venir a San Juan. Tenía 25 años y se llamaba Mary Elizabeth Gorman. Fue la primera docente norteamericana en llegar al país y, según los planes de Sarmiento, su destino era San Juan. Para su provincia Sarmiento había pensado la primera escuela normal del país, para la que mandó libros, muebles e incluso los planos cuando todavía estaba en Estados Unidos. Sin embargo el sueño sarmientino recién se iba a concretar cuando el sanjuanino ya no fuera Presidente de la Nación.

La colectividad norteamericana que vivía en Buenos Aires impidió que Mary Gorman viajara a San Juan. Los motivos no eran menores: en 1869 San Juan era una provincia pobre, atrasada y revoltosa, donde era común el asesinato de gobernadores o el ataque de montoneras. A San Juan se llegaba después de un viaje de más de diez días en diligencia, atravesando medio país deshabitado, con el peligro de ataques de indios o caudillos. No había ferrocarril, ni agua corriente en las casas, ni luz eléctrica.

En abril de 1870 llegaron a Buenos Aires tres docentes mas. Desembarcaron en el peor momento, en la Semana Santa de 1870, cuando el asesinato de Urquiza y el levantamiento de López Jordán convulsionó todo el litoral. Sarmiento en persona fue a esperarlas al puerto de Buenos Aires. También quería convencerlas de venir a San Juan y para eso había dispuesto que una de sus sobrinas las acompañara. Eran Serena Frances Wood y las hermanas Isabel y Anna Dudley, que luego de escuchar los consejos de sus compatriotas en este país, tampoco aceptaron a San Juan como destino. Serena Wood moriría un año después, víctima de la epidemia de fiebre amarilla. Sus compañeras de viaje volvieron a norteamérica con un pasaje que sus compatriotas les regalaron.
Ya para ese entonces, con el arribo de otros docentes, se organizó la Escuela Normal de Paraná, Entre Ríos. 
 
por Cecilia Yornet. www.fundacionbataller.org.ar 
 
 
 
 

El cadáver centenario que sigue dando que hablar
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