El autocine celebra sus 80 años y en Mendoza resiste el único de Sudamérica

En 1933 se inauguró en EE.UU. el primero del mundo. La chance de ver películas desde el coche hizo furor hasta los ‘70, cuando empezó a decaer. Al pie de la Cordillera todavía se puede vivir la experiencia.

Los preparativos para ir al autocine se asemejan a los de un picnic. Llevar una canasta con latas de gaseosas, sándwiches, alfajores, frutas para el postre y servilletas de papel. No hay que olvidar un abrigo de refuerzo por si se pone frío, y para los más remolones una manta y una almohada. Los mayores de 40 reviven la experiencia de ver cine al aire libre o recostados en los asientos de un auto, casi siempre apiñados. Para los chicos de hoy, que no se desprenden del celular, es toda una incógnita qué puede sorprenderlos de una salida familiar al cine pero sin bajarse del auto. El 6 de junio de 1933, hace 80 años, se inauguró el primer autocine del mundo en Camden, New Jersey. “Toda la familia es bienvenida, no importa que los niños griten”, rezaba el eslogan publicitario de entonces. La posibilidad de ver una película desde el auto tuvo su auge en Estados Unidos hasta fines de la década del setenta: entre Nueva York y Los Angeles había más de 3 mil de estos cines al aire libre, de los que hoy apenas quedan unos 350. En Buenos Aires también tuvo su tiempo de gloria (ver Una salida…) En Mendoza este paseo es aún posible en el autocine El Cerro, con una ubicación privilegiada: en la zona alta del Gran Mendoza, en la localidad turística de El Challao, al pie de los cerros y con una vista panorámica de las luces de la ciudad. Este autocine es el único que sobrevive en Argentina y, según aseguran sus dueños, en Sudamérica. El formato, que fue un furor entre las décadas del sesenta y ochenta, fue reemplazado por las salas en centros comerciales. Sólo ha evolucionado en Miami, con espacios abiertos que tienen hasta 15 pantallas en un mismo predio. El autocine es una opción económica, ideal para familias numerosas. No se paga por persona ni por función sino por auto y se pueden ver dos películas. La entrada cuesta 50 pesos por vehículo y hay quienes van en minibús o en casillas rodantes. El sonido se sintoniza por el estéreo, en frecuencia modulada (FM), y si alguien no tiene estéreo hay sonido ambiente. En el verano, las familias y grupos de amigos llevan mesas y reposeras para sentarse junto al auto y ver cine bajo las estrellas. Se puede ir en short, ojotas o pijama; nadie se fija en la vestimenta. El administrador del predio es Horacio Campos, un cinéfilo que comenzó vendiendo caramelos en el cine Roxy de la ciudad de Mendoza, donde ahora funciona una playa de estacionamiento. Decidió darle continuidad al autocine El Cerro, creado por Oscar “Tito” Paoletti, porque su jefe había decidido cerrarlo por baja rentabilidad. El autocine estuvo cerrado durante 12 años y en 2002, en plena crisis económica, volvió a abrir. Campos era el proyectista, luego se quedó con el quiosco y a los dos años pasó a ser programador y administrador del lugar. Mejoró el sistema de sonido con nuevos equipos y refaccionó el predio con el apoyo de la municipalidad de Las Heras. Una inquietud que se repite es si no hay riesgo de asaltos al encontrarse en un descampado. Campos asegura que no han tenido robos y que el predio, que está alambrado, es seguro porque está rodeado de barrios privados que tienen vigilancia. Cuando hay películas de terror o suspenso, el autocine se llena de jóvenes. Los estudiantes de la Universidad de Cuyo tienen un descuento de 10 pesos. “A veces, los jóvenes dejan un auto afuera y suben varios en un solo vehículo para ahorrarse una entrada ”, cuenta el administrador. Y revela que muchas veces les sugiere que pasen igual con el otro auto, sin pagar, para que no corran riesgo de robo. La pantalla mide 25 metros de ancho y 16 metros de alto. Los autos se ubican en fila horizontal y sobre el terreno hay una pequeña loma para que los que están en el asiento de atrás puedan mirar mejor la película. El último estreno que le dieron las distribuidoras fue en 2007, con El hombre araña 3. “Había colas de hasta dos kilómetros para entrar”, recuerda Cristina Arellano, la esposa del administrador, que es la boletera del autocine. Como las películas llegan tres o cuatro semanas después de estrenadas, la primera película es algún infantil para atraer a la familia. Los tiempos cambiaron. Ahora el público del autocine es sobre todo familiar. Ya no es un lugar para parejas que buscan intimidad. “Acá se portan bien, sólo un par de veces tuvimos que llamarle la atención a una pareja”, dice Cristina. Una ventaja es el servicio de comida en el auto. Basta con encender las luces bajas para que un mozo se acerque y ofrezca el menú, también a precios populares: dos pizzas y una cerveza a 70 pesos, o una caja de pochoclo y una gaseosa a 25 pesos. Los turistas son los más sorprendidos con la existencia del autocine. “Estoy alucinado”, dice el visitante chileno Fernando, de 36 años, que el sábado fue con dos amigas a ver Iron Man 3. El Cerro sólo está abierto de jueves a domingo, porque no tienen mayor demanda. “Estamos peleándola, queremos que esto siga”, dice Juan Carlos Montenegro, el proyectista que lleva 40 años trabajando en el autocine. Las películas todavía se pasan en 35 milímetros. “Estamos tramitando en el INCAA y el BICE para poder acceder a un crédito y pasarnos a digital y darle mayor proyección”, cuenta Campos. Ojalá el autocine puede prenderse al cambio tecnológico y mantener la experiencia de ver cine desde el asiento del auto. por Roxana Badaloni Fuente: 

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Diario Clarín 10/6/2013

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