El 1 de abril se cumplen 74 años de la guerra civil española

 

 

El artículo «El maestro, el herrero y el ebanista», escrito por Jorge Fernández Díaz sobre la guerra civil española encabeza el informe especial elaborado por Días de Historia sobre este conflicto que marcó a fuego a España.

EL MAESTRO, EL HERRERO Y EL EBANISTA – por Jorge Fernández Díaz

José era carpintero y farrista, y abandonó a su familia en la pequeña aldea de Asturias con la excusa de progresar en Madrid y luchar por sus ideales. No era comunista, pero se consideraba un republicano. Se afilió al sindicato de la madera, participó de ardientes asambleas gremiales, donde se pedía de viva voz que se le entregaran armas al pueblo para sofocar el golpe de Estado, y el 20 de julio de 1936 entró a sangre y fuego en el Cuartel de la Montaña, que había tomado el general Fanjul.

Aquel general había ganado batallas en Marruecos y en Cuba, pero ya era casi un político cuando ingresó de civil y de incógnito en ese cuartel estratégico de Madrid. Sublevada la tropa contra el gobierno legal, cometió un error histórico: no distribuyó a sus hombres en distintos puntos de la ciudad, sino que los situó en el interior a la espera de varios helicópteros que le enviarían los rebeldes de Burgos y Valladolid.

Los leales los cañonearon y los bombardearon, y hubo combate cuerpo a cuerpo, y al final las milicias populares irrumpieron en el cuartel matando y muriendo, y pidiendo armas y cerrojos de fusiles. José iba en la turba, y cuando los disparos se acallaron, alcanzó el reducto de los oficiales y descubrió que muchos de ellos se habían suicidado para no ser atrapados con vida. Había una pila de oficiales en la Sala Bandera -contaba-; se habían levantado la tapa de los sesos con sus propias pistolas.

Fanjul fue juzgado por rebelión militar y fue fusilado en septiembre de ese mismo año. Y José Díaz siguió luchando en distintos campos y montes, y con irregular suerte. Nunca supimos bien: las hazañas no se contaban. Había que ser muy poco hombre para contarlas, creía el ebanista, y rara vez aludía a aquellos tres años de estruendos, pólvora y miedo. Una tarde, porque venía al caso, contó, sin embargo, que en una refriega había corrido a esconderse tras un muro y había visto que le hacía compañía medio hombre. Una granada le había volado la espalda y la nuca, y yacía espectralmente parado a su lado, con los ojos abiertos y muertos, como si le hubieran arrancado el cuerpo a mitad de un bostezo.

A pesar de todo, Díaz sobrevivió a la Guerra Civil Española, y luego emigró a la Argentina. Durante aquellos tiempos hubo cruentas escaramuzas en las calles, en los bosques y en las llanuras de Asturias, hasta que los fascistas finalmente se impusieron con las armas, y los republicanos notorios fueron cazados y fusilados.

Antes de eso, en otra aldea asturiana pero ubicada sobre el Cantábrico, un herrero con diez hijos y una fuerza de toro se enroló en la misma causa. Se llamaba Nicasio Fernández y en su taller fabricaba hoces, guadañas y cuchillas. Era el jefe de un comité que ayudaba a los pobres y sabía que los enemigos vendrían a degollarlo. El hijo mayor no vivía con él y fue convencido de lo contrario: se alistó como voluntario de las fuerzas falangistas. Y por una bendita casualidad padre e hijo no se encontraron frente a frente en la famosa y sangrienta batalla de Teruel. En aquellos terrenos, al hijo lo volaron literalmente en pedazos: su familia no pudo siquiera darle cristiana sepultura.

En la aldea, mientras tanto, los otros hijos de Nicasio eran hostigados por los fascistas y se peleaban a puñetazos cuando intentaban injuriarlos diciéndoles «rojos». Eran multitudinarias peleas de adolescentes libradas como duelos al sol en los prados asturianos. Y los hermanos regresaban a casa con las bocas y las narices sangrando, mientras entonaban con hidalguía la canción del fracaso: «Ellos eran cuatro y nosotros ocho. Qué paliza les dimos. Qué paliza les dimos? ellos a nosotros».

Fernández cruzó España combatiendo contra el ejército rebelde hasta que todo terminó y debió escapar a Francia con algunos compañeros. Se refugió luego en una granja y allí lo sorprendió la Segunda Guerra Mundial. Lo mataron en Normandía durante aquellos días de desembarco y fieras resistencias.

Se cumplen en estos días 71 años del final de la guerra entre españoles. Después de tantos muertos sobrevendrían la hambruna y el exilio económico y político de miles, y una siniestra dictadura de treinta y cinco años que hundió a la Madre Patria en el atraso y la ignorancia.

El herrero y el ebanista, Fernández y Díaz, eran mis abuelos. Y yo crecí rodeado por aquellos relatos heroicos y tristes. Pero había cierto glamour en la derrota: habíamos sido vencidos y aniquilados por defender causas nobles. Nos habían vencido los malos, los despiadados, los violentos, los injustos.

Durante la escuela primaria conocí en un aula salesiana al maestro Vicente Vázquez, otro español que narraba una tragedia de la guerra civil. En 1936, un grupo de violentos amenazaba con tomar un convento salesiano. Vicente y su hermano Esteban Vázquez estaban haciendo el seminario: querían ser curas y consagrar su vida a Dios. Junto con algunos compañeros, huyeron al bosque, pero los atraparon. Casi todos quedaron confinados en calidad de prisioneros, pero seis seminaristas fueron enviados a una cárcel. Vicente se quedó y Esteban marchó a prisión. La separación fue un azar y un desgarro de lágrimas.

Unos meses después, comenzaron los fusilamientos. Esteban fue ejecutado junto con otros trescientos, y arrojado a una fosa común. Mi maestro había sobrevivido por milagro, y a partir de entonces había decidido entregar su existencia en cuerpo y alma a la tarea evangelizadora y a la Virgen, y a lograr lo que finalmente hizo el Vaticano: beatificar a Esteban Vázquez, el mártir de aquellas jornadas infames.

A Vicente yo lo daba por muerto, muchísimos años después, cuando novelé la historia de mi familia. Sin embargo, el maestro Vázquez vivía en el Colegio Santa Isabel, de San Isidro: tiene ahora 92 años y una lucidez sobrenatural. Me llamó porque había leído el libro y quería dos cosas: agradecerme el recuerdo y pedirme con humildad que subsanara en una próxima edición una pequeña errata. «Los que fusilaron a mi hermano no eran soldados del franquismo -me dijo-. Eran milicianos del otro bando.»

Me quedé frío al descubrir que había cometido un error tan grueso, una vergonzosa injusticia. El inconsciente me había traicionado. Nunca, desde la infancia hasta la madurez, yo había sospechado siquiera por un minuto que los impiadosos fusiladores del inofensivo hermano de mi maestro podían ser los «nuestros».

Esa falla en la corteza de la memoria es producto de viejas categorías y recalcitrantes prejuicios, y de las simplificaciones que el ser humano busca siempre para dividir en buenos y malos, calmar su conciencia y exorcizar su propensión a la crueldad. Esa ceguera puede ser excusable en la niñez, pero no puede serlo en la madurez plena, cuando hemos vivido lo suficiente para reconocer los matices inquietantes e incómodos de la historia y para no caer en las trampas del blanco y negro.

Toda una corriente revisionista, en libros y películas, intenta mostrar ahora precisamente los grises de las guerras europeas de izquierdas y de derechas. Empezando por la española, sobre la cual varios escritores tratan desde hace años de sacudir a la cristalizada opinión pública con relatos veraces e incómodos, en los que no hay solamente víctimas impolutas y monstruos apocalípticos. También hay idealistas siniestros, libertarios corrompidos, derechistas honrosos o abyectos, izquierdistas maravillosos o criminales. Canallas heroicos y héroes imperfectos.

Esta visión no borra, sin embargo, la línea entre culpables e inocentes, ni relativiza dictaduras ni crímenes de lesa humanidad. Pero ayuda a comprender la verdadera naturaleza de la tragedia humana y a liquidar demagogias mediáticas, y usos y manipulaciones de políticos falsamente épicos.

La gran lección que surgió de aquella lucha fratricida entre las dos Españas fue la convicción de que el fragor de los ideales y posicionamientos no debía nunca más vulnerar los límites del respeto hacia una democracia seria e integral. Aquellas dos Españas abandonaron el uniforme y el fusil, y vistieron el traje moderno de las repúblicas y el bipartidismo, con acuerdos permanentes de fondo y debates encarnizados en la superficie, con diferencias inocultables, pero a la vez con una paciencia infinita para cuidar la división de poderes, el progreso, la tolerancia y las reglas de juego. Los argentinos no envidiamos la guerra civil ni aquella interminable y absurda tiranía. Pero envidiamos la calidad política e institucional de España. Algo pequeño que cuesta muchísimo. Algo imperfecto. Pero también algo que hoy nos suena tan lejano y exótico como una utopía del género fantástico.

Tal vez no otra cosa añoraban el maestro, el herrero y el ebanista, que no eran hombres de sofisticaciones ideológicas. Sólo eran hombres simples luchando contra el descreimiento, la indolencia y la injusticia. Un apotegma asturiano aseguraba que para no sufrir desilusiones había que carecer de esperanzas. Pero ¿qué somos sin ellas?

 

EL MARTIRIO DE GUERNICA, LA CIUDAD SANTA DE L OS VASCOS ARRASADA POR LOS NAZIS

Diario Clarín 26/4/2006

La ciudad de Guernica, después de los bombardeos – Foto Diario Clarín

El 26 de abril de 1937, hace 69 años, habían pasado pocos minutos de las 4.30 de la tarde cuando el monaguillo de la Iglesia de Santa María, que alzaba su mole en el centro de Guernica, vio la llamada de alarma que le realizaban «gudaris» (soldados vascos) agitando banderas desde el monte de Aixerroa. El chico subió corriendo a la torre y, con algún amigo, hizo redoblar furiosamente las campanas. Venían aviones enemigos.

«No teníamos alarmas ni armas antiaéreas, tampoco teléfono, así que siempre había un grupo de militares en el monte controlando el horizonte. Vieron llegar la primera oleada de aviones e hicieron flamear las banderas. Ni nos imaginamos que los bombardeos y ametrallamientos iban a ser devastadores durante tres horas». La emoción traiciona a Pablo Izaguirre Ormaechea cuando evocó aquellas horas terribles ante Clarín.

Guernica es la ciudad santa de los vascos, que alberga la Casa de Juntas y sus derechos históricos y sobre todo el famoso Arbol de Guernica, el roble tradicional donde se reunían los señores de Vizcaya, y el rey de España juraba respetar sus fueros.

Los vascos con su Iglesia Católica y sacerdotes acompañándolos, estuvieron con los republicanos en la guerra civil, que había comenzado en julio de 1936, porque respetaban las libertades vascas. Pero eran católicos, y el bando fascista de Francisco Franco ardía de furia ante la «traición» de los vascos.

Cuando llegó la ofensiva del norte, los vascos resistieron el avance de los franquistas que avanzaban apoyados por las tropas y la aviación enviadas por Adolf Hitler y Benito Mussolini. Y los mercenarios de Marruecos de una inaudita crueldad.

«En la guerra de España mis aviadores tuvieron oportunidad de conseguir mucha experiencia para la Segunda Guerra Mundial», afirmó Herman Goering, mientras era juzgado en Nüremberg. Guernica era todo un símbolo para los vascos que no se rendían, y Franco decidió un escarmiento. El jefe de la Legión Cóndor alemana, Wolfram von Richtofen, les aseguró que con sus aviones Heinkel He 111, Dorniers, Junkers y Messerschmitt la ciudad sería arrasada con un bombardeo masivo de bombas incendiarias y explosivas.

La aviación italiana, un dato que muchas veces no se tiene en cuenta, se incorporó a la experiencia de la destrucción total de la ciudad y su población civil. Guernica y la guerra civil española fueron un prólogo de las destrucción que siguió en la Segun da Guerra. Alemanes e italianos sufrieron en carne propia, los efectos de bombardeos tremendos cuyas técnicas de destrucción se divulgaron gracias al martirio de Guernica.

Había una fábrica de armas y un puente en los alrededores de Guernica, y esas circunstancias se utilizaron después para justificar el genocidio. Pero, cuando terminó el ataque, el puente y la fábrica seguían intactos. Ante la ola de escándalo internacional que provocó la destrucción de la ciudad, los franquistas y sus aliados nazis y fascistas se inventaron la patraña de que la ciudad había sido destruida… por los propios vascos en retirada ayudados por dinamiteros asturianos.

Pero había testigos de quienes eran responsables de la espantosa tragedia entre otros el periodista británico George Steer, del periódico conservador The Times. Relató la verdad de la devastación de Guernica.

Un héroe de guerra alemán, que vivió mucho tiempo en Argentina, el general Adolf Galland, tuvo la valentía en la postguerra de reconocer que la destrucción de Guernica fue obra de la aviación alemana.

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Todo se precipitó a partir del 20 de abril de 1937 cuando los franquistas lanzaron una poderosa ofensiva. Guernica que tenía unos cuatro mil habitantes se colmó de refugiados y «gudaris» que se retiraban peleando sin esperanzas. Guernica quedó a solo quince kilómetros del frente.

Pese a todo, los vascos seguían luchando y el general Emilio Mola, les prometió por radio que para castigarlos arrasaría con las ciudades vascas. Cumplió su palabra. Mikele tenía 14 años cuando empezó el ataque. «No teníamos nada para defendernos. Los aviones volaban muy bajo. Recuerdo, con odio, que los cazas disparaban contra todo lo que se movía. La gente corría a refugiarse y los aviones los destrozaban».

En la Iglesia de Santa María, Pablo Isaguirre se refugió en la torre con su madre. «Estaba llena de gente. Pensamos que íbamos a morir. Nos llegaban oleadas de un calor asfixiante. El ruido de las explosiones nos mantenía pegados al suelo. La gente rezaba y lloraba. Tres horas así. Cuando salimos había incendios por todos lados. La gente caminaba como fantasmas».

Cuando los bombardeos terminaron, siguieron explotando las bombas que no habían detonado. Los depósitos de agua estaban destruidos. Los franquistas le echaron después la culpa de la destrucción ¡a los bomberos vascos! «Los incendios lo iluminaban todo. Recuerdo que en la oscuridad iluminada por el fuego se escuchaban gritos espantosos de gente que llamaba a sus familiares: ¡Madree, Padreee, Iñakiii, Mikeeele! Había mujeres enloquecidas buscando a sus hijos», relata Izaguirre. Los incendios continuaron hasta que se apagaron solos. Guernica estaba destruida y más de dos mil personas habían muerto. Había muchos heridos y una devastación que no se borrará de la memoria histórica.

 

LA HUELLA DE LA VIOLENCIA ANTICLERICAL – 22/10/2007

Tras la sublevación militar de 1936 hubo una auténtica matanza de elcesiásticos. Pero la conmoción por ese anticlericalismo tapó el exterminio en nombre de la religión católica, algo que la Iglesia nunca ha condenado.

Diario El País

La religión católica y el anticlericalismo se sumaron con ardor a la gran batalla que se libró en España desde julio de 1936 hasta abril de 1939. Mientras que la religión fue desde el principio un elemento útil y positivo, el vínculo perfecto para todos los que lucharon en el bando franquista, el anticlericalismo violento que estalló con la sublevación militar no aportó beneficio alguno a la causa republicana. El incendio de iglesias y el asesinato del clero fueron narrados y difundidos, en España y en el extranjero, con todo lujo de detalles, constituyendo el símbolo por excelencia del «terror rojo».

El pasado seguirá abierto mientras dure el desequilibrio de recuerdos
La Guerra Civil española adquirió así una dimensión religiosa que condenó al anticlericalismo a pasar a la historia como una ideología y práctica negativas y no como un importante fenómeno de la historia cultural, con su visión particular de la verdad, de la sociedad y de la libertad humanas. Todos los partidarios de la República derrotada se vieron obligados a ponerse a la defensiva en el tema religioso, aunque sabían lo importante que había sido la batalla por la enseñanza, por la separación de la Iglesia y del Estado, y por someter a las órdenes religiosas a la legislación de asociaciones civiles. Todo se lo tragó el saldo mortal que la violencia anticlerical había dejado.

A la República se la señaló, y todavía se la señala, como la principal causante e instigadora de esa violencia. Los historiadores liberales y de izquierdas encontraron siempre muchos problemas en explicarla. La sombra de esa persecución se alarga hasta hoy, en las discusiones acerca de la Ley de Memoria Histórica, en el culto a los «mártires de la fe» y en las ceremonias de beatificación. ¿Qué ocurrió? ¿Por qué, en el verano de 1936, se pasó de la agresividad verbal y de las actitudes ofensivas, muy presentes en el anticlericalismo español, al asesinato, una barrera que antes del golpe militar sólo había sido franqueada en la revolución de octubre de 1934 en Asturias? ¿Por qué, más de setenta años después, sigue tan presente en el debate político?

Quemar iglesias o matar eclesiásticos es lo primero que se hizo en muchos pueblos y ciudades donde la sublevación militar fracasó. Al clero se le asesinaba sin necesidad de pasar por juicios o tribunales. El castigo fue de dimensiones ingentes, devastador, y no hay que dar muchas vueltas para hacer balance: 6.832 eclesiásticos fueron asesinados; una buena parte de las iglesias, ermitas y santuarios fueron incendiados o sufrieron saqueos y profanaciones, con sus objetos de arte y culto destruidos total o parcialmente. Tampoco se libraron de la acción anticlerical los cementerios y lugares de enterramiento, donde abundaron la profanación de tumbas de sacerdotes y de exhumación de restos óseos de frailes y monjas.

Es verdad que sin la sublevación militar de julio de 1936, que atacó la legitimidad republicana y privó al Estado del control de los mecanismos de orden, esa explosión de violencia nunca hubiera podido producirse. Es verdad también que muchos eclesiásticos, y entre ellos algunos obispos, pudieron salvar sus vidas, sobre todo en Cataluña, por la intervención de algunas autoridades republicanas. Pero, por muy tranquilizador que eso resulte, no cambia la historia. Lo que se hizo con el clero en el verano de 1936 era, por fin, y de eso no había duda, lo que muchos decían que iban a hacer desde comienzos de siglo, cuando intelectuales de izquierda, políticos republicanos y militantes obreros, anarquistas y socialistas situaron a la Iglesia y a sus representantes como máximos enemigos de la libertad, del pueblo y del progreso, un honor que en la retórica revolucionaria obrera estaba reservado hasta ese momento al capital y al Estado. Todos prometieron que la revolución traería consigo, entre otras muchas cosas, «la tea purificadora» para los edificios religiosos y los «parásitos» de sotana. Y cuando llegó la hora de la verdad, lo pusieron en práctica.

Hay quienes acuden todavía al socorrido tópico de la responsabilidad anarquista, aunque esa violencia anticlerical adquirió buena dosis de desmesura en muchas zonas donde dominaban socialistas, comunistas o republicanos. Los arrebatos contra el clero y las cosas sagradas fueron especialmente intensos en Cataluña, el País Valenciano y en las comarcas orientales de Aragón, pero tampoco se quedaron a la zaga en las provincias de Toledo, Ciudad Real, Cuenca, Málaga o Jaén. Salvo en el País Vasco, donde la violencia anticlerical fue mucho menor y donde también hubo excepcionalmente sacerdotes fusilados por los franquistas, llevar una sotana se convirtió en símbolo de implacable persecución en toda la zona republicana.

Toda esa violencia no representaba tanto un ataque a la religión como a una específica institución religiosa, la Iglesia católica, estrechamente ligada según se suponía a los ricos y poderosos, y enfrentada a la República desde el mismo día de su proclamación. Y no es que la mayoría de esos miles de eclesiásticos asesinados fueran ricos, que no lo eran, y no era eso lo que importaba. De acuerdo con la propaganda republicana y obrera, predicaban la pobreza y ambicionaban la riqueza, hablaban del cielo y en la práctica sólo se preocupaban por los valores mundanos. Era una crítica cargada de simbolismo, ingredientes culturales y reproches éticos. Sin ellos, resulta muy difícil explicar el trasfondo de aquella matanza, por más que el conflicto de clase y la religión fueran desde el principio inseparablemente unidos en aquella guerra de tres años.

La persecución anticlerical convirtió a la Iglesia en víctima, la contagió de ese desprecio a los derechos humanos y del culto a la violencia que desencadenó el golpe de Estado, y malogró cualquier atisbo de entendimiento entre los católicos más moderados y la República. El anticlericalismo sirvió también para que los vencedores ajustaran cuentas con los vencidos, recordándoles durante décadas los efectos devastadores de la matanza del clero y de la destrucción de lo sagrado. Después de la guerra, las iglesias y las tierras españolas se llenaron de memoria de los vencedores, de placas conmemorativas de los «caídos por Dios y la Patria», mientras se pasaba un tupido velo por la represión que en nombre de Dios habían emprendido y seguían llevando a cabo gentes piadosas y de bien. La conmoción dejada por el anticlericalismo tapó el exterminio en nombre de la religión católica y sentó la idea falsa de que la Iglesia sólo apoyó a los militares cuando se vio acosada por esa violencia persecutoria.

No hay en la actualidad ningún historiador riguroso que silencie esa violencia anticlerical y pueda eludir su análisis e interpretación. La jerarquía de la Iglesia católica, sin embargo, nunca ha condenado la sublevación militar que la desató ni tampoco siente la necesidad de pedir perdón por bendecir y apoyar la violencia franquista durante la guerra y en la larga dictadura que la siguió. Prefiere reconocer únicamente a los «mártires de la fe» y rendirles culto. Así las cosas, la Ley de Memoria Histórica fomenta, según los obispos, la división y el enfrentamiento, mientras que las beatificaciones y canonizaciones sólo pretenden «cumplir una deuda» con esos mártires, «ejemplo vigoroso de fortaleza y testimonio». Es la diferencia entre una solemne ceremonia en el Vaticano, con todos los medios de comunicación pendientes y una amplia representación de las autoridades políticas españolas, y la apertura de fosas en busca de los restos de esos miles de asesinados por los franquistas que ni siquiera fueron inscritos en los registros civiles y de los que se ignora todavía el lugar de su muerte. Mientras dure ese desequilibrio de recuerdos y lugares de memoria, el pasado seguirá abierto.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza

 

LOS ENIGMAS DEL MILICIANO – Diario El  País 22/10/2007

Un documental cuestiona a Capa como autor del icono del foto periodismo.

La famosa foto de Rober Capa

Según la versión oficial, Robert Capa fotografió a un miliciano en el momento de su muerte, el 5 de septiembre de 1936. La imagen se convirtió en icono de la Guerra Civil española, los republicanos y el fotoperiodismo. Cuarenta años después se empezó a cuestionar su «autenticidad», cuando un periodista relató que Capa había pedido que se escenificara alguna maniobra debido a la poca actividad real existente en el frente. El soldado fue identificado como Federico Borrell, alias Taino, un alcoyano muerto en el cordobés Cerro Muriano.
La investigación del profesor Hugo Doménech, de la Universidad Jaume I de Castellón, y del periodista Raúl M. Riebenbauer, plasmada en el documental La sombra del iceberg, plantea la posibilidad de que el miliciano no estuviera muerto, de que no fuera Taino e, incluso, de que no fuera Capa quien le fotografió. Y lo hace a través de los testimonios de un forense, un astrofísico, un militar geodesta, expertos en fotografía y estudiosos de Capa y la novia de éste, Gerda Taro. El filme ha ganado el Premio al Mejor Documental Iberoamericano en el Festival de México y concursa en los festivales de la Mostra de València y Roma.

No hay conclusiones en esta película. Sí existe, en cambio, una clara mirada crítica sobre la fotografía, una imagen «secuestrada y blindada», según los investigadores. El recelo con que el albacea de Capa, Richard Whelan -fallecido hace poco-, ha guardado la leyenda del fotoperiodista ha impedido que cineastas interesados en su trabajo hayan podido utilizar sus obras. Han llegado incluso a ser «amenazados» con demandas.

Sobre la mesa queda el análisis de un forense, que no encuentra «una explicación razonable sobre la causa de la muerte». También se recupera el texto de un combatiente alcoyano que en 1937 relató en una revista local la muerte de Taino «parapetado tras un árbol». En la imagen de Capa no aparece. Y aún hay más. El filme recoge las declaraciones de un astrofísico que sostiene que la imagen fue tomada a las nueve de la mañana, cuando las crónicas hablan de la una de la tarde.

Capa viajó a España con su novia, también fotógrafa, con quien compartía los envíos de carretes a Francia sin distinguirlos. Pero la primera publicación de la imagen en la revista Vu llevaba el nombre de Capa. En aquel número aparecieron dos fotos, tomadas en el mismo sitio, de dos milicianos muertos. La segunda ha «desaparecido».

La revisión de la tira de negativos o de la serie de fotografías atajaría las dudas. Pero nadie tiene acceso a ellos. El hermano del fotógrafo, Cornell Capa, es ya un anciano, y su hija será quien se quede con la llave para desvelar los enigmas de la más famosa imagen de un miliciano.

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Portada del diario Clarín anunciando la muerte de Francisco Franco

 

ESPAÑA Y LA GUERRA CIVIL: EL ARGENTINO QUE AUN PELEA EN EL NOMBRE DEL PADRE – Diario Clarín

Darío Rivas Cando sigue haciendo historia en el nombre del padre, un alcalde republicano fusilado por el franquismo en 1936. Primero bregó para que una calle en Castro de Rei, el pueblito gallego que alguna vez habitaron, se llame Severino Rivas; luego, tras una sufrida búsqueda, encontró sus restos y los sepultó en el cementerio de Loentia con una placa que no se distinguiría si no tuviese semejante historia detrás. «Papá, descansa en paz», escribió y firmó la lápida con un «Tu niño mimado, Darío».

Hoy, la recuperación de la memoria tendrá otro capitulo con un acto de desagravio público. Darío viajó desde el Partido de Ituzaingó en el Gran Buenos Aires a su España natal para presenciarlo. «A él no le hubiera gustado morir como traidor a la patria, porque él siempre la defendió. Por eso peleé por el desagravio», dijo a Clarín.

Darío, el más chico de los hijos de Severino, llegó a la Argentina en el ’30, cuando apenas tenía 9 años. Su padre -ya viudo- lo había subido a un barco en La Coruña rumbo a Buenos Aires. Aquí lo criaron sus hermanas mayores, que vivían en Martínez. «Varias veces viajé a España y siempre quise averiguar dónde estaba el cuerpo de mi padre», recordó Darío. «Mis hermanos se llevaron el secreto a la tumba porque sabían que si me lo decían yo armaría tal lío que, seguro, nos mataban a todos», contó.

Pero Darío jamás claudicó en lo que se autoimpuso como misión de vida: recuperar los restos de su padre. «Hace 12 años, cuando viajé para inaugurar la calle que llevaría su nombre, una mujer me contó que había visto los cuerpos y que entre ellos había un señor elegante, que vestía un gabán».

Darío estaba seguro, era su papá. La señora lo contactó con un vecino memorioso, de 94 años, que sabía dónde habían enterrado los cuerpos. Severino estaba como un NN escondido tras la capilla de Cortapezas. Darío había encontrado a su padre. «Enseguida llamé a Santiago Macías, de Memoria Histórica (AMRH), para armar el operativo de rescate». (Ver recuadro). Desde agosto de 2005, Severino Rivas Barja, ex alcalde republicano de Castro de Rei, fusilado por el franquismo en Portomarín y enterrado clandestinamente en una cuneta, descansa en el panteón familiar del cementerio de Loentia. Este pueblo de 300 habitantes es parte de Galicia, que en el inicio de la Guerra Civil quedó bajo el mando de los nacionales y sufrió miles de muertes republicanas sólo durante los últimos cinco meses de 1936 (el año del inicio del conflicto).

«Les pegaban un tiro en la sien y los dejaban boca arriba en una cuneta para escarmiento de todos», contó Darío. Su papá Severino, un hombre culto ligado al socialismo, intendente de Castro de Rei sólo por 3 meses, corrió esa suerte. Los militares lo tuvieron detenido por unos días y el 29 octubre de 1936 lo liberaron: ese mismo día apareció muerto en la cuneta de Cortapezas. «En la exhumación constaté que después de fusilarlo le habían dado un tiro de gracia, algo que siempre hacían los falangistas», recordó.

Darío dice que fue con la exhumación que sintió la tranquilidad de la misión cumplida. Sin embargo, sigue. Tiene una causa contra La Falange («los impedimentos legales son muchos, en un país que no quiere juzgar los crímenes del franquismo» y hoy recibe el desagravio. «El proceso judicial habla de traición a la patria y portación de armas siendo que los traidores eran quienes lo procesaban», reivindica Darío.

En su casa de Ituzaingó, antes de partir, tapado de papeles y de escritos que hablan sobre las trabas que la Ley española impone a cualquier intento de juzgar los crímenes del franquismo, Darío mostró a Clarín su última obra por la memoria: el manuscrito de la autobiografía que acaba de publicar en español (Dunken) y en gallego. «Es para repartir entre amigos, está prohibida su venta», dice. Era para escribir un libro, en el nombre del padre.

 

EL TANGUERO FUSILADO POR FRANCO – Diario Página/12 25/7/2006

La olvidada historia de Antonio Seoane, a 70 años de la guerra civil española. Llegó a Buenos Aires a los cinco años. Trabajó en el diario La Prensa, fue directivo de la Federación de Sociedades Gallegas y bailarín de tango. Volvió a su país como jefe de la guerrilla en Galicia. Aquí, la historia del vecino de San Telmo, fusilado por republicano en el ’49. Y el testimonio de su hijo Jorge, ahora de 75 años.

 A las ocho y media de la noche del 10 de julio de 1948, Eduardo Alfonso Cruz, jefe el Servicio de Información de la 140 Comandancia de la Guardia Civil, se sentó como un parroquiano cualquiera en una de las mesas del Barlovento, el bar más concurrido de La Coruña. Tenía la esperanza de ser quien atrapara a “Julián”, el jefe de la guerrilla gallega o, como escribió en el parte, de las “partidas de bandoleros que actúan en esta región”. Al cabo de un rato, una pareja se aproximó al local. El hombre respondía a las características físicas de “Julián”. En un abrir y cerrar de ojos, los efectivos de la “benemérita” que vigilaban en las inmediaciones rodearon a los dos clandestinos. Comenzaba así un proceso absurdo que iba a culminar en las primeras horas del 6 de noviembre, cuando en el Campo de las Dormideras “Julián” fue colocado frente al pelotón de fusilamiento. “Julián” era en realidad Antonio Seoane Sánchez, un español llegado a los cinco años a la Argentina, trabajador del diario La Prensa, directivo de la Federación de Sociedades Gallegas, bailarín de tango, habitué de un café de Defensa y Estados Unidos, vecino de San Telmo. Tenía 43 años. Las firmas, las movilizaciones realizadas en Buenos Aires pidiendo la conmutación de la pena no habían servido de nada.

No fue la única condena a muerte: con él murió José Gómez Gayoso, alias “López”, ex comisario político de los ejércitos republicanos y regresado para asumir la secretaría general del ilegalizado Partido Comunista de Galicia, dirección política de la guerrilla. La joven apresada con “Julián” en el Barlovento era su nuevo amor, Josefina González Cudeiro, Fina para sus familiares. Ella permaneció quince años detenida en las cárceles de Alcalá de Henares, Burgos y Segovia. Antes, igual que su amante, había sido brutalmente torturada, colgada de las manos y quemada con ácido en los genitales, quizá porque así castigaba la España de la cruz y la espada a la muchacha de izquierdas que acababa de hacerse un aborto con una comadrona de Madrid y practicaba el amor libre.

Fue la hermana de Fina la que a su pedido mandó una carta a la madre de Antonio, a Buenos Aires, avisándole de su detención. También le recomendaba que golpeara todas las puertas, que movilizara todo lo movilizable porque el final del proceso se avecinaba y quedaban pocas esperanzas. Asunción, la madre de Antonio, una gallega que se había afincado en San Telmo y alquilaba habitaciones para ayudar a los escuálidos ingresos del marido, carpintero y dueño de una carbonería que estaba frente al cine Cecil, siguió al pie de la letra las indicaciones que le llegaron del otro lado del mar. “Pidió incluso una audiencia con Eva Perón para rogarle que intercediera, pero la señora no la recibió –recuerda ahora Jorge, el hijo de Antonio–. Mi abuela era una vieja heroica, que a pesar de su pobreza les dio de comer a muchos compañeros que llegaban de España muertos de hambre.”

Jorge cree que la única depositaria del secreto que rodeó el viaje de Antonio a España fue su abuela Anunciación. De él, en cambio, se despidió un día que no alcanza a determinar, con un abrazo y la promesa de mandarlo a buscar muy pronto; tal vez no fuera una mentira, puede que Antonio Seoane pensara, como muchos republicanos entonces, que el final de la Segunda Guerra iba a ser también el fin de la dictadura franquista.

Lo cierto es que Jorge no imaginó que ése sería el último contacto entre ambos. Tenía ideas imprecisas acerca de la causa que impulsaba a su padre y a los hombres y mujeres con quienes Antonio se reunía en el local de la Federación de Sociedades Gallegas. Y le llevaría un tiempo descubrir que había sido recién en 1939 cuando resolvió afiliarse al Partido Comunista de España, una decisión tardía pero no inesperada: estaba inscripta en la atmósfera familiar y en el contacto con los exiliados republicanos.

El expediente que hace unos años le enviaron desde Galicia le permitió reconstruir un tramo de aquel viaje: tras fallarles los contactos establecidos en Pamplona y en Barcelona, Antonio pidió instrucciones a Buenos Aires y le ordenaron dirigirse a Madrid. Desde entonces utilizó un documento extendido a nombre de Aureliano Barral, ciudadano argentino; su seudónimo en el Ejército Guerrillero de Galicia, adonde arribó en el ’45, fue “Julián”. La comunicación con la familia se cortó. El silencio estaba impuesto por la cerrada clandestinidad y por los aires políticos gubernamentales que, en la Argentina de los ’30, los ’40 y los ’50 no soplaban en favor de la República. La prosa fascista del atestado instruido por la Guardia Civil describiría el periplo de manera diferente: “El procesado, que vivía en la Argentina, se afilió al Partido Comunista Español al llegar a la Nación hermana los refugiados huidos de la zona roja”.

Cuestión de honor

Hoy, Jorge admite que el matrimonio de sus padres estaba roto desde hacía mucho, pero que pese a todo Saladina Cruz, su madre, comprendía y apoyaba el sacrificio del marido. Era una obrera esclarecida, delegada de la Fábrica Argentina de Alpargatas, “en la época en que iban a trabajar con sombrero”. Y gallega. Fue a ella a quien Antonio le dirigió las cartas fechadas en la “Prisión Provincial, Primera Galería, Celda 6”. En una de ellas, le advirtió: “Fui detenido el 10 de julio, acusado de ser el jefe guerillero de Galicia. Ya te puedes imaginar lo que esto supone en un Consejo de Guerra sumarísimo. Tenía noticias de que este Consejo se llevaría a cabo el 7 del corriente, pero hace unos días nos enteramos de que había sido aplazado para mediados de este mes. No sé a qué obedece este aplazamiento. De todas formas, para mí esto significa unos días más de vida. Aunque sobre esto no tengo seguridad ninguna. Perdóname la crudeza, pero es que debemos ser realistas. En cuanto a mi estado de ánimo, es perfectamente normal, porque esto no me ha tomado de sorpresa y en los últimos momentos, no te quepa duda alguna, sabré comportarme como lo que siempre creo haber sido. No digo más…”.

En la siguiente, casi en capilla, Antonio explicaba a su mujer: “Los tres (él, Gómez Gayoso y un tercer combatiente, José Bartrina) estamos ya aislados, en régimen de condenados a muerte, salimos una hora al patio, bajo la vigilancia de un oficial; no permiten que nos envíen comida de la calle y nos han retirado el papel, pluma, lápiz, etc. El desenlace no es posible preverlo, ya que pudieran existir determinados factores que modifiquen la sentencia. No nos hacemos ilusiones y sin infundados pesimismos prevemos que habrá ejecuciones. ¿Cuántas? Lo que está claro es que los altos jefes de la Guardia Civil presionan ferozmente y que han hecho de nuestra ejecución cuestión de honor. La presión del exterior puede decidir el desenlace de una forma u otra. Sobre esto no creo necesario insistiros. La Argentina, por las relaciones que mantiene con el régimen de Franco, puede decidir muchísimo. Tenemos confianza absoluta en lo que nuestro P. (partido) y los P. hermanos hagan para movilizar a la opinión democrática mundial en nuestro favor. Aunque aislados, conocemos el volumen de la campaña de solidaridad”.

La muerte, sin embargo, no conseguía hegemonizar el texto; el condenado la ponía a raya con una vuelta sistemática a la vida cotidiana: “Y ahora algo de lo nuestro –escribía–. Estoy asombrado con las fotos que me mandáis. Francamente te confieso que al verlas me sentí viejo y hasta ahora presumía de no serlo. ¿Pero es posible que ya tenga nuera? ¡Vamos, esto sí que es para caerse de espaldas! ¡Y qué guapa Elsita! Cuando me contestes dime de qué barrio es y cuál es su apellido”. La correspondencia, el único vínculo del reo Antonio Seoane con el mundo exterior, era el producto de un balance solitario. Lo dice de manera explícita en la nota que le dirige a Roberto Gastelú, su jefe en la sección distribución de La Prensa: “Usted sabe que aunque me he criado en la Argentina, a la que amo como mi segunda patria, en la que reposan los restos de mi padre y residen mi anciana madre, mi esposa y mi hijo, yo he nacido en España (…). Al hacer mentalmente un recuento de los seres por quienes he tenido siempre gran cariño y respeto no podía olvidarme de usted, que me ha conocido siendo casi un pibe”.

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A fines de octubre, el Consejo de Guerra presidido por el teniente coronel de Ingenieros Ramón Rivas Martínez dictó para Seoane y Gómez Gayoso (a) “López” la pena capital por el delito de “actividades comunistas”. El defensor militar, más piadoso o más realista, no había solicitado el sobreseimiento sino 30 años de prisión mayor. El 5 de noviembre, el ministro de Ejército confirmó las sentencias; el 6 se dispuso el envío de un médico que constatara las muertes, dos ataúdes, los permisos del cementerio para el entierro, requiriéndose, además, la presencia del defensor militar, capitán de artillería José Lago Vizoso. Se ordenó, asimismo, que los condenados fuesen entregados a la Guardia Civil, que se haría cargo de ejecutar la sentencia. A las cuatro de la mañana, luego de leérseles la resolución, “Julián” y “López” fueron colocados en capilla. Ambos se habían negado a firmar la notificación. Una nueva cédula dejó constancia de que “a las ocho del día de hoy ha sido ejecutada por fusilamiento la pena de muerte en las personas de los reos José Gómez Gayoso y Antonio Seoane Sánchez en el Campo de Dormideras de esta Plaza”.

El 8 de febrero de 1949, el defensor militar hizo entrega de las pertenencias de Antonio Seoane que, por todo concepto, consistían en una pluma estilográfica “Parker”, un mechero de metal blanco, un reloj de caballero “Omega” con su pulsera, un alfiler de corbata de oro con tres perlas y un sujetador de cuello dorado. Como se ve, ni las medidas excepcionales ni la pena capital estaban reñidas con la burocracia.

El ejército había dejado un registro formalmente perfecto de cada uno de los pasos cumplidos, incluso de las parcelas del camposanto en que serían depositados los cuerpos. Un pequeño olvido les hizo omitir que Seoane tenía los pies y las manos destrozados y había adelgazado veinte kilos; que a Gómez Gayoso le habían vaciado un ojo y su cuerpo había sufrido innumerables ultrajes. Fina le comunicó a Asunción la muerte de su hijo, Antonio Seoane. En la breve esquela y con enorme dignidad le pedía que la perdonara si la confesión de la “intimidad” que la había unido al jefe guerrillero la molestaba y le aseguraba que a través de “Julián” había aprendido a quererlos a todos. Con los años, Fina le entregaría en propia mano a Jorge la estilográfica y el encendedor que habían pertenecido a su padre. También le legó el retrato que, a lápiz, le había dibujado uno de sus camaradas en la prisión. “Ella y los suyos son nuestra familia ahora”, dice Jorge Seoane a Página/12.

La figura del tanguero Antonio Seoane, jefe máximo del Ejército Guerrillero Gallego, quintaesencia del sacrificio militante, fue olvidada por los argentinos. No se mencionan siquiera los versos que le dedicó Rafael Alberti: “¿A quién nombraré primero?/Nadie es segundo en mi lengua/ cuando es de acero el acero/ Si uno es glorioso, en glorioso/ al otro no hay quien le gane/ Si digo Gómez Gayoso,/ya estoy diciendo Seoane (…) ¡Sangre de Gómez Gayoso/ sangre pura, sangre brava/ sangre de Antonio Seoane (…)/¡Mar de sangre derramada!”. Y si se prefiere un homenaje más porteño, están los versos de Raúl González Tuñón: “Le prendieron al alba de la lucha/junto a Seoane, el frente de su pueblo,/hijos de la esperanza, honor de España/camaradas del día. Guerrilleros (…) Si cae Gayoso, si Seoane cae,/sus compañeros y sus compañeras,/no doblarán a muerte las campañas/ni le pondremos luto a la bandera”. En su departamento de Almagro, Jorge Seoane, el hijo que hoy tiene 75 años, no reclama homenajes. Su deseo es tan modesto como incumplible: “No me perdono no haber estado con él durante el Consejo de Guerra”. Quizá, por esas cosas, no haya reparado en que Antonio Seoane, además de “Julián” y “Aureliano Barral”, se había rebautizado con un tercer nombre, “Jorge”, el suyo.
  
 

CUANDO ANA MIRO DENTRO DE LA FOSA – El País 24/9/2007

Dos mujeres recuerdan cómo marcó su niñez el fusilamiento en la Guerra Civil de sus familiares, exhumados ahora.

Ana González y Josefa Ortiz

San Valentín es desde hace 70 años una fecha de infausto recuerdo en Villanueva del Rosario (Málaga). La madrugada del 14 de febrero de 1937, en una cuneta, un hombre llamado José, o Lucas, tal vez Antonio, recibió al menos cuatro impactos de bala. Uno le fracturó el fémur; otro la tibia. Dos se quedaron alojados en la espalda. Su cuerpo rodó desde una altura de tres metros hasta que cayó en una fosa. Apenas había espacio para tres personas, pero los verdugos depositaron allí 11 cadáveres. La exhumación de sus restos, que se inició el pasado día 15 y se ha completado este fin de semana, ha mostrado el ensañamiento de aquellos falangistas que ametrallaron a diez militantes de UGT y al dueño de una cooperativa del pueblo vecino.
«Vi un montón de piedras de las que sobresalían brazos, piernas…», recuerda Ana
La aparición de huesos en posiciones imposibles hizo pensar a los arqueólogos, a mitad de la semana pasada, que había más de 11 cuerpos. «Creemos que después de que cayesen los empujaron hasta que cupiesen todos en la fosa; hay huesos con síntomas de haber sido aplastados», explica uno de los arqueólogos del equipo de la Federación Estatal de Foros por la Memoria, que ha trabajado en la exhumación. Todos coinciden en que de la exhumación se puede deducir la actitud de desprecio hacia aquellas personas: «Lo importante era meterlos, daba igual cómo».

Imaginar esta sangrienta escena es duro. Pero más lo es recordarla. Ana González, de 78 años, pasó a la mañana siguiente por el camino que separa su pueblo de la localidad de Villanueva del Trabuco. Sabía que algo malo se iba a encontrar pues había oído cómo su madre advertía a su abuela: «Ni se te ocurra llevar por el puente a la niña». Pero algo le decía a la anciana que en aquella fosa estaba su hijo Francisco, que, como los otros diez muertos, llevaban una semana encerrados en el Ayuntamiento a la espera de un supuesto juicio.

Cuando llegaron al viejo puente, la abuela se quedó parada. Necesitaba la confirmación de su presagio pero tenía miedo a que alguien del pueblo la viese husmeando. Así que se vio obligada a echar mano de su nieta.

-«Anda, hija, acércate y mira a ver qué hay ahí».

-«No quiero, tengo miedo», recuerda Ana que le respondió.

La abuela le prometió que al llegar al Trabuco le compraría unas alpargatas. Lo que para muchos puede ser un detalle insignificante para Ana fue un estímulo. «Iba a ser mi primer calzado», rememora con una sonrisa entrañable de oreja a oreja. Su gesto cambia cuando se le pregunta por lo que vio al asomarse a la cuneta. Agacha la cabeza y con voz baja, relata: «Un montón de piedras puestas de cualquier manera de la que sobresalían brazos, piernas, un cinturón…, algo terrible para cualquier persona, pero más para una niña».

Ana, aturdida por la escena, se apartó y empezó a vomitar. «Vente, vente que nos vamos», recuerda que le gritó su abuela. Al volver, por la tarde, a Villanueva del Rosario, la abuela llevó a Ana a distintas casas para que contase lo que había visto. «Con el tiempo me he dado cuenta de que me utilizó para que confirmase los peores presagios porque ella tenía miedo; no la guardo rencor, ella sabía que a una niña no la iban a hacer nada».

Ana repitió la cantinela en unas cuantas casas hasta que en una dio en el clavo. «¿Dices que has visto una camisa azul? Ay, tiene que ser la de mi hijo José». Es lo único que le pudo decir aquella vecina antes de romper a llorar.

Aquella señora a la que Ana había desvelado la fatal noticia era la abuela de Josefa Ortiz, una mujer que rebosa energía a sus 73 años. Su padre, el hombre de la camisa azul, y su tío, yacen en la fosa de Villanueva del Rosario. Josefa sólo tenía dos años cuando empezó a palpar el dolor en su casa. Habían pasado pocos días del fusilamiento cuando empezó una triste rutina nocturna: «Le pedía a mi familia que no cerrasen la puerta de la casa ni del corral porque mi padre tenía que volver y yo quería verlo». La confusión le acompañó toda su niñez, especialmente aquel año 1937. Su padre no volvía y a ella le cambiaban los hábitos. Los vestidos floridos, que tanto le gustaban a su padre, se los tiñeron de negro. Hasta que cayó enferma y el médico exigió que volviesen a su colorido original.

Como si fuese posible orillar la muerte por un tiempo, a Josefa le cuesta asimilar que su padre, al que apenas llegó a conocer, falleció hace 70 años. «Hasta que no me entreguen sus huesos, hasta que no pueda enterrarlo en un lugar a donde pueda llevarle flores no me haré a la idea por completo». Hay otro elemento además que mantiene viva esa utopía. Hace sólo tres años que Josefa aprendió a leer y a escribir. Desde entonces, cuenta con lágrimas en los ojos, no para de mandar cartas a su padre, «cartas al aire».

No contenta con eso, pretende escribir un libro sobre su niñez en la posguerra para regalárselo a sus nietos. Lo tiene bastante avanzado. Uno de sus profesores al leer alguno de los relatos, le regaló un piropo: «Nunca me imaginaba los sentimientos que un niño podía tener dentro».

El pasado sábado, por primera vez, Josefa y Ana no pudieron acudir a la supervisión de los trabajos desde que empezó la exhumación. Había llovido intensamente durante la madrugada y el terreno donde está la fosa era un auténtico barrizal. Sentadas en el porche del hostal donde se aloja Josefa, charlaban, aunque se notaba que les faltaba algo. Cuando alguna de las dos trataba de hablar de un tema que no tuviese relación con la fosa, la otra rápidamente le cortaba con una anécdota.

En una de estas historias, Ana explicaba cómo iba por el pueblo pidiendo algo de comer y dependiendo de con quién se topara, recibía una respuesta: «Eso que te lo den los fascistas; eso que te lo den los rojos». Ella volvía siempre a casa con la misma pregunta: «¿Qué son los fascistas? ¿Qué son los rojos?». Nadie se lo explicaba. «¿Pero no se daban cuenta de que un niño era incapaz de entender lo que estaba pasando?», se pregunta Ana, 70 años después.

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Comunicado final de la guerra 1 de abril 1939 – Archivo Días de Historia

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Canción del soldado – Archivo Días de Historia

Fuente: 

Diario La Nación 20/3/2010
Diario Clarín 26/4/2006
Diario El País 22/10/2007
Diario Clarín 20/11/1975
Diario Clarín 29/11/2008
Diario Página/12 25/7/2006
Diario El País 24/9/2007

 

El 1 de abril se cumplen 74 años de la guerra civil española
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