Efemérides de una tragedia

Cuarenta y un años atrás, el 12 de junio de 1974, el presidente Juan Domingo Perón pronunció dos discursos; el primero a las once y media, desde la Presidencia y a través de la cadena nacional. Se dirigió a la ciudadanía para advertirle que en el país estaba “sucediendo algo anormal a lo que debe ser la marcha pacífica y serena de la tranquilidad”. Se lo veía fatigado y disconforme frente a los acontecimientos. Su estrategia de reconstrucción nacional basada en el diálogo político, el pacto social y la convivencia con todos los sectores -radicales, socialistas, conservadores y, por supuesto, líderes de la guerrilla- estaba fracasando ostensiblemente y el desencanto se advertía en su rostro; el Pacto Social aceptado por sindicatos y empresarios estaba haciendo agua porque los responsables de firmar el acta violaban reiteradamente los compromisos.

Como un castillo de naipes que se desmoronaba, Perón advertía que su propósito de afianzar una democracia estable y un país competitivo, encontraba obstáculos también entre sus propias fuerzas: “Los hombres de nuestro propio movimiento, en la función gubernamental, tienen la grave falla de sus enfrentamientos ocasionados unas veces por bastardos intereses personales y otras por sectarismos incomprensibles”.  Al desaliento se sumaba la irritación. Continuaba: “Existen, sin duda, factores negativos que provocan consecuencias a cuyas causas hay que ponerle remedio; pero ocurren también hechos que sólo obedecen a causas provocadas e invocadas al servicio de una campaña psicológica, con fines inconfesables (…) Ya pasaron los días de exclamar ‘la vida por Perón’, vivimos momentos en que es indispensable demostrar en hechos sinceros y fehacientes que estamos dispuestos a servir al objetivo común de todos los argentinos, realizado en paz”. Pero ¿cómo vivir en paz con jefes policiales como Villar y Margaride cuya filosofía estaba basada en el crimen y no en la acción judicial? ¿Cómo hacerlo con los oficiales Morales y Almirón, delincuentes que usaban el uniforme policial para matar indiscriminadamente? ¿Y cómo con José López Rega, recién ascendido a comisario mayor y siempre sentado a la diestra del presidente? Todos ellos, los cinco jefes que manejaban los escuadrones de la muerte, habían sido nombrados o ascendidos mediante decretos firmados por el líder del justicialismo. Sin embargo, los asesinatos, secuestros y atentados producidos por el CdeO, la Triple A, el CNU y las bandas armadas que salían de los sindicatos -todos protegidos y financiados desde el Estado a través de su hombre de confianza, el ministro de Bienestar Social- apenas habían sido mencionadas en escasas oportunidades. El segundo discurso lo pronunció el mismo día por la tarde frente a una multitud reunida en la Plaza de Mayo. Este ha sido recordado por una emotiva frase que finalmente se transformó en la despedida de Perón con su pueblo: “Llevaré grabado en mi retina este maravilloso espectáculo, en que el pueblo trabajador de la ciudad y de la provincia de Buenos Aires, me trae el mensaje que yo necesito”. En el imaginario social esas fueron sus últimas palabras. Sin embargo, pocos saben que cinco días más tarde, el 17 de junio, dos semanas antes de su muerte, el presidente convocó a la última reunión política. Y fue con los dirigentes de la CGT. A sabiendas que desde los locales sindicales partían las bandas armadas para eliminar opositores, el Presidente dijo lo que nunca debe decir un Jefe de Estado en democracia: [al enemigo] “tenemos que erradicarlo de una o de otra manera. Intentamos hacerlo pacíficamente con la ley. Pero si eso no fuera suficiente, tendríamos que emplear una represión un poco más fuerte y más violenta también”. Ese fue su último mensaje. Los sindicalistas obedecieron la orden y la represión de una o de otra manera, se multiplicó en las calles a sangre y fuego. Si desde su llegada a Ezeiza las acciones ilegales se habían cobrado cientos de víctimas, a partir de ese momento, y con la ausencia del líder, las calles de la Argentina se convirtieron en campos de batalla. Con la policía actuando fuera de la ley y los matones que partían a la luz del día hacia violentas incursiones, el clima de muerte imperó hasta que se produjo el golpe de estado de 1976 y los militares decidieron copiar un sistema que les parecía muy eficiente. ¿Había otras alternativas? ¿Podía elegir otro camino? La respuesta está en la Constitución Nacional. El sistema dispone de procedimientos legales para enfrentar a quienes usan las armas contra un gobierno elegido democráticamente. Con todos los recursos constitucionales disponibles el General no privilegió la ley, legitimó el uso privado de la violencia paraestatal y designó y mantuvo en puestos clave a cinco malhechores. Obturó así toda posibilidad de avanzar en la reconstrucción nacional basada en el diálogo, los compromisos y las alianzas que proponía desde su llegada al país un 20 de junio de 1973. por Sergio Bufano y Lucrecia Teixido, autores de «Perón y la Triple A. Las veinte advertencia a Montoneros» (Editorial Sudamericana) Fuente: 

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Diario La Nación 18/6/2015

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