Dos grandes damas de la alta sociedad

Las biografías de Amalia Lacroze de Fortabat y de las Blaquier retratan cómo era la vida de una joven en la aristocracia porteña a comienzos del siglo XX.

Es una práctica social que ha caído en desuso, pero hace algún tiempo era la puerta de entrada al mundo adulto. Poco después de ser presentadas en sociedad, las mujeres jóvenes y en edad de merecer acabarían con un anillo en la mano. Al menos, eso era lo que esperaban de su baile de debutantes las chicas de la alta sociedad porteña, a comienzos del siglo XX. Por estos días se han editado dos libros que retratan cómo era la vida de una joven casadera en la alta sociedad porteña, a comienzos del siglo XX. Amalita, la biografía, de Marina Abiuso y Soledad Vallejos, y Las Blaquier, de Soledad Ferrari, ambos de editorial Sudamericana. Hasta 1993, los bailes de beneficencia con debutantes fueron una tradición en COAS. «De hecho, la nieta de Amalita compartió su presentación en sociedad con Marcela, la hija de Ernestina Herrera de Noble», cuenta Vallejos. Esta tradición, que parece sacada de los cuentos clásicos, tenía plena vigencia en Buenos Aires a comienzos del siglo XX. «En realidad, en los bailes de debutantes nadie elegía a nadie. Eran las familias las que decidían quién se casaba con quién, en función de los intereses. Tampoco era una presentación en sociedad. Era la crema rebatida de Barrio Norte, que estaba conformada por no más de 100 familias. Todos se conocían -explica Eugenia de Chikoff, hija del conde ruso-. La aristocracia porteña luchaba por mantener su fortuna, tejiendo alianzas que los vincularan con los nuevos ricos, sin resignar apellido.» «Se esperaba que la niña encontrara esposo los primeros seis meses luego de su debut, un año máximo. Si eso no ocurría comenzaban los rumores», sostiene la escritora uruguaya de novelas históricas Camila Winter. Se refiere a los bailes de debutantes de Londres y París en el siglo XIX. Algo de esa idea perduraba en Buenos Aires a mediados de los 30. La dama del cemento «El debut fue brillante. Como se esperaba, esa noche de fines de primavera de 1939 resultó uno de los eventos más trascendentes de la temporada porteña: los destellos se debieron a la presentación en sociedad de Amalia Lacroze Reyes y sus amigas -relata el libro-. Todas las chicas se habían preparado con esmero; todas fueron agasajadas como lo que eran: jóvenes de buenas familias que empezaban a buscar marido. En el petit hotel de avenida Alvear, una cena fría precedió al baile. Las niñas deslumbraban.»Entre las debutantes estaban María Rosa Green Devoto hija de los anfitriones, Ana Helena Martínez de Hoz, Martha Bilbao Bullrich, Adela White Lynch, Angélica Mitre de Campillo. Amalita llevaba un vestido de crêpe en fresa y verde sobre fondo blanco. «Las presentaciones en sociedad eran un must de cada temporada. Las jovencitas solían conocerse desde pequeñas con otras de su misma edad en un círculo social. Al promediar el año, al llegar a la mayoría de edad, en grupos pequeños solían acordar una fecha y un hogar anfitrión. Para una familia, convertirse en sede de una fiesta era un honor», se lee en la biografía. La crónica del mundo elegante recuerda que ese viernes 27 de octubre de 1939 hacía calor. Que el sarao se extendió hasta el alba y alternaron los programas musicales de dos orquestas. «María Amalia Sara estaba lejos de ser un gran partido. Sin ser una beauty, tenía la delgadez de las distinguidas, también apellidos; pero dote, no. Al menos, no en comparación con otras herederas de su generación. Pero había cumplido 18 años y ostentaba algún linaje», dicen Abiuso y Vallejos. Había varios elementos que no podían faltar en una familia de la aristocracia porteña. «Las mujeres debían aprender a hacer lo que la sociedad esperaba de ellas: tocar un instrumento, saber idiomas y sobre todo, manejar bien el apellido del marido», cuenta De Chikoff. Cerca de cumplir 18, la joven Amalia se largó a jugar un papel de chica de alta sociedad. Entre fines de los 30 y los 40, la revista El Hogar dedicaba páginas enteras al guardarropa de las damas de sociedad y Amalita logró la suya: «La juvenil personalidad de Amalia Lacroze Reyes imprime a su colección una gracia extraordinaria, destacándose en sus modelos la sobriedad que realza su esbeltez», decía la crónica. Finalmente, a los 21, se casó con Hernán de Lafuente Sáenz Valiente. «No era un galán, nunca fue uno de los caballeros de la agitada vida de salones. Era hijo de una familia amiga», detalla Vallejos. Antes de casarse, Amalia y su prometido asistieron a una función en el Colón, organizada por Adela Leloir Unzué de Rodríguez Larreta, abuela del actual jefe de gabinete porteño. El empresario Alfredo Fortabat y su esposa, Elisa, también fueron. «Amalita llevaba un vestido dorado, tapado de piel marrón. Alfredo, con curiosidad, miraba a la jovencita morena que no le desviaba la vista. Amalita siempre dijo que, en el intervalo, él le hizo llegar o le llevó -la historia no se contó igual dos veces- una caja de cerisettes», dice el libro. Ese fue el primer acercamiento de Amalita al mundo del cemento. La reina del azúcar Nelly Arrieta, ex esposa de Carlos Pedro Blaquier, es la dueña de Ledesma, el ingenio azucarero más importante del país, que factura anualmente 2500 millones de pesos. «Detrás de esa mujer dura y autoritaria hay mucho dolor, un dolor antiguo que siempre le resultaba difícil de poner en palabras. Había sido criada para reemplazar al varón y no quiso defraudar a sus padres. Fue una niña sobreadaptada y sumisa que cumplió todos los mandatos», escribe Soledad Ferrari. Como muchas de las niñas de su clase social, asistió al Northlands, en Vicente López. «Voy a ser la reina del azúcar», les decía a sus compañeras de colegio. «En esta institución compartía las clases con hijas de familias que tenían tanto dinero como sus padres. Pero había algo que a los Arrieta les faltaba y que nunca podrían comprar: un apellido de origen patricio o anglosajón, como sus compañeras. Nelly soñaba con portar un apellido que sonara más elegante», describe el libro. Cuando Carlos Pedro Tadeo Blaquier Estrugamou apareció en su vida, supo que era el hombre que tanto había esperado, el que aprobaría su padre. «El flechazo se produjo en uno de los eventos más exclusivos de Buenos Aires. Un amigo en común había organizado una cena y Nelly era una de las invitadas especiales. Carlos Pedro la había visto a lo lejos en una gala y se propuso conocerla. No le importó que le advirtieran que era caprichosa y que tenía mal carácter. , le aseguró a un amigo. Le parecía una bella mujer, pero algo más lo atraía. Sabía que detrás de Nelly había una gran empresa y un padre muy severo al que tendría que agradar. Conquistarlos se transformó en un desafío», plantea Ferrari. «Nelly no tardó en fascinarse con el flamante abogado. , les aseguraba a sus amigas. De novios, la acompañaba a los eventos donde debía asistir en calidad de heredera de Ledesma -dicen las páginas de Las Blaquier-. A los seis meses, Carlos Pedro ya soñaba con casarse. Al menos como novio, tenía la aprobación de su suegro. En poco tiempo se había convertido en el hombre de confianza. , le reclamaba Nelly.» Finalmente se casaron, tuvieron hijos y él se convirtió en uno de los principales empresarios del país. Años más tarde encontró el amor en otros brazos, una mujer mucho más joven que torció su destino. «Aun así, Nelly siguió aferrada al apellido que tanto había deseado cuando era chica», concluye Ferrari. Para saber más de ellas Autor: Soledad FerrariEditorial: SudamericanaAutor: Soledad Vallejos y Marina AbiusoEditorial: Sudamericana por Evangelina Himitian Fuente: 

Leer también >>  Si las cariátides y los atlantes hablaran...

Diario La Naciòn 2/3/2013

Dos grandes damas de la alta sociedad
4.6 (91.54%) 293 voto[s]

Por favor, apóyanos compartiendo en tus redes sociales.

Deja un comentario

Cerrar menú