Descendientes de los próceres de la Primera Junta analizan el Bicentenario

Recuerdan con orgullo la obra de sus antepasados, pero coinciden en que no son valorados y lamentan la falta de fervor patriótico. Anécdotas de los hombres que fundaron la Nación. Llevan en la sangre los valores de los fundadores de la patria, mezcla de orgullo y responsabilidad. Son descendientes de quienes, doscientos años atrás, formaron la Primera Junta de Gobierno, protagonistas de la Revolución de Mayo de 1810.

Reunidos por PERFIL en la tradicional Manzana de las Luces, cuentan anécdotas de sus antepasados, se lamentan por la falta de fervor patriótico y se emocionan al pensar que serán parte de los festejos por el segundo centenario. “Doscientos años es mucho para la historia de un ser humano, pero es poco para la historia de un país, por eso es importante seguir construyendo ciudadanos argentinos”, reflexiona Mario Passo, periodista y chozno, descendiente de quinta generación, de Juan José, secretario de la Junta.

“Un prócer es aquella persona que tiene un patrón de valores, un objetivo y vocación de servicio para cumplir un deber. Es una persona ordinaria, un hombre común que ha hecho cosas extraordinarias, dignas de ser imitadas.” Así, Mario recuerda a su antepasado, que también participó del Primero y del Segundo Triunvirato, y del Congreso de Tucumán.

Diego Saavedra, chozno de Cornelio, quien fue el presidente de la histórica Junta, asiente y recuerda a su antepasado: “Fue la espada de mayo, un pilar de la insurrección. Cuando Cisneros pide apoyo a los militares, Saavedra se para al frente y le dice: ‘Habiendo cesado la autoridad que lo invistió como virrey, no cuente con nuestro apoyo’, y ahí es cuando se convoca al cabildo abierto”, relata este doctor en química de 80 años, mientras bromea por “haber llegado” a los festejos a pesar de su avanzada edad.

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Pero a la vez endurece el rostro a la hora de hablar de la sociedad actual: “Hoy en día se valora más un partido de fútbol que la historia argentina, seguramente el 25 de mayo habrá menos banderas que en junio, cuando se juegue el Mundial”, se lamenta.

También coincide María Cristina Moreno, descendiente de Mariano, secretario de la Junta. “Hay que rescatar los valores que se perdieron, darles importancia a los símbolos patrios y mantener nuestra tradición”, dice.

Moreno murió en alta mar en 1811, a los 33 años y aunque algunos historiadores aseguran que fue el mismo Saavedra quien lo mandó a asesinar debido a sus disidencias, María Cristina recalca que entre ellos sólo había discrepancias de ideas. “Mariano fue el motor de la revolución, sus ideas fueron innovadoras para la época y por eso su figura fue tan estudiada”, dice quien atesora un bastón del prócer y un mini retrato de su esposa, María Guadalupe Cuenca. “Mariano quería ser sacerdote, pero conoció a Mariquita a través de esa miniatura y se enamoró de ella”, cuenta.

Muchos de ellos forman parte de la Asociación Fundadores de la Patria, integrada por descendientes de próceres que buscan difundir y realzar los valores de sus antepasados. Como Luis María Ferreira Prado, sobrino chozno de Manuel Alberti, que está preocupado por su memoria.

“No se conoce el paradero de los restos del presbítero Alberti. Fueron enterrados en la Iglesia San Nicolás, que en 1936 fue demolida para construir el Obelisco y no sabe cuál fue su destino”, relata Ferreira Prado, mientras resalta: “Alberti fue cofundador de La Gaceta de Buenos Aires y se dice que debido a las actividades de Moreno, que le absorbían tanto tiempo, la mayor parte de los artículos publicados eran de su pluma”. Prado agrega que la única revolución que prosperó en 1810 fue la del Virreinato del Río de la plata; “el resto fueron sofocadas por los españoles”.

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María Pía Azcuénaga no conserva tantas anécdotas, pero deja traslucir el orgullo que le inculcó su padre, Ricardo, por ser descendiente del brigadier general Miguel de Azcuénaga, vocal primero. “Creo que no hay que santificar a los próceres, pero sí resaltar que se jugaron la vida por un ideal, buscaron el bien común por sobre el individual, con valores éticos y morales que hoy escasean”, reflexiona la diseñadora gráfica, de 39 años.

Entre nerviosa y emocionada, Noemí Castelli Perkins de Quesada Zapiola confiesa que siente un gran peso por descender de Juan José Castelli, otro de los vocales. “En el Bicentenario quiero estar a la altura de las circunstancias y tener un protagonismo activo y comprometido. Me parece muy importante como argentina y como educadora social que la gente tenga conciencia de sus raíces, sobre todo en tiempos donde hay mucha orfandad, la madre patria es un sostén emocional y necesario”, asegura.

Puntual e impecable llega Roberto González Frattine Matheu, chozno de Domingo Matheu, comerciante y vocal de la Primera Junta. “Su gran accionar en las invasiones inglesas motivó que lo eligieran a pesar de ser vasco, para integrar el primer gobierno criollo. Además, fue el encargado junto con Castelli de decirle a Cisneros que tenía una hora para juntar sus pertenencias y volverse a España”, relata. “En todos los cargos que ocupó, siempre renunció a cobrar su sueldo. Al retirarse de la vida pública, perdió dos tercios de su fortuna y nunca sufrió un cuestionamiento judicial. Era un fanático de la causa.”

Apoyado en su bastón, se acerca Luis María Belgrano, médico de 88 años, para reivindicar al vocal y creador de la Bandera. “Tenía una fe ciega en la independencia, los propios soldados lo llamaban el ‘bomberito de la patria’ porque estaba pendiente de todo y hasta vigilaba de noche los cuarteles”, cuenta. “No noto un fervor muy grande por el segundo centenario. Por mi parte, lo vivo con mucho orgullo y emoción, se siente fuerte lo heredado”, resalta, mientras examina a su antepasado en el cuadro de la Primera Junta, para imitar, sin errores, la postura de su tatarabuelo.

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Juan Larrea, una vida intensa con un final trágico

Juan Larrea fue el único miembro de la Junta que no dejó descendencia en Buenos Aires, donde llegó a principios de 1800 y se instaló como comerciante. Pese a ser español de nacimiento, simpatizó con la causa patriota e hizo grandes contribuciones económicas para el éxito de la Revolución. La Primera Junta lo nombró vocal pero, al igual que varios de sus compañeros morenistas, perdió su cargo en 1811 y fue desterrado a España. Regresó en 1812 y un año más tarde participó de las sesiones de la Asamblea General Constituyente, conocida como Asamblea del Año XIII. Con la caída del Directorio y la Asamblea, en 1815, fue nuevamente desterrado y sus bienes fueron confiscados. Años más tarde, fue designado cónsul general en Francia, donde vivió por varios años. Tras nuevos reveses y desengaños políticos, se suicidó el 29 de junio de 1847.

 

Colaboró: Mariana Sarramea.
 

Fuente: 

Diario Perfil 2/5/2010

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