De la colonia al libre mercado

La idea predominante entre los historiadores es que la revolución aconteció por la crisis de la monarquía. Sin negar esto, los analistas introducen otras causas, como la intensa presión fiscal y la posibilidad de vincularse abiertamente con los mercados europeos.

El fin del monopolio

Por Jorge Gelman *

En un tiempo la economía estaba en el corazón de las explicaciones sobre la Revolución de Mayo. Hoy no está más. La idea predominante entre los historiadores es que la revolución acontece por la crisis de la monarquía que crea un problema irresoluble de legitimidad, ante el cual el poder revierte a los pueblos que componen ese gobierno. Y que esta cuestión política inicia un camino que se torna luego irreversible. Sin negar esto, debería volver a discutirse si la economía no está para nada en ese proceso, si el fin del monopolio y la posibilidad de vincularse abiertamente con los mercados europeos no motorizaron algunas voluntades en esas jornadas. O si la intensidad de la presión fiscal del último período colonial no influyó en el ánimo de las elites locales. Todo esto puede ser discutido. Pero lo que no puede ser eludido son las profundas consecuencias que la revolución trae a las economías rioplatenses.

Durante el período colonial prácticamente todas las regiones de lo que luego sería la Argentina, estuvieron orientadas a abastecer de mercancías a los grandes mercados internos, especialmente a los centros mineros del Alto Perú que demandaban ingentes cantidades de bienes de consumo y de producción, que no venían de Europa sino de un enorme espacio americano que incluía a estas tierras. Incluso un territorio tan lejano de Potosí como Buenos Aires destinaba parte de su producción agraria a abastecer esos mercados, produciendo mulas que constituían el principal medio de transporte en el territorio andino.

Esta orientación económica tenía muchas consecuencias. Buenos Aires jugaba un rol central como intermediario con la economía atlántica, pero su crecimiento no cuestionó durante largo tiempo el del territorio interior. Aun cuando se crea el virreinato en 1776 con capital en Buenos Aires, es visible que se mantiene un cierto equilibrio interregional y, por ejemplo, hacia 1810 todavía la población de Córdoba es comparable a la porteña.

Esto va a cambiar radicalmente luego de la revolución. La crisis de la minería andina y la ruptura del espacio colonial van a tener severas consecuencias en las economías interiores del todo el continente. Por el otro lado, el auge de la economía atlántica estimulado por la revolución industrial y la mejora en los transportes marítimos van a desplazar el motor de los mercados interiores hacia los exteriores. La creciente demanda de alimentos y materias primas para la población y las fábricas del atlántico norte mejora de manera duradera los términos de intercambio para las economías periféricas en condiciones de producirlos.

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Esto se convierte en un fuerte estímulo para lo que se llamó la “expansión ganadera” en la provincia de Buenos Aires, que algo más tarde emprenden varias provincias del litoral. Pero la peor dotación de recursos de la mayoría de las provincias interiores, así como sobre todo las enormes distancias terrestres hasta el puerto, impidieron que este poderoso motor las incluyera.

Así, la mayoría del territorio interior no logra insertarse en este nuevo circuito y a la vez está perdiendo en gran medida el de los mercados interiores en decadencia. Se inicia un camino que lleva a una fuerte divergencia en el desarrollo de las distintas regiones argentinas, con un litoral en expansión, sobre todo una Buenos Aires que crece de manera robusta y sostenida y un interior mayormente estancado por largas décadas.

Este desarrollo desigual no es sólo obra de la naturaleza, sino que a ello contribuyó el control de la aduana por las elites porteñas, que se convierte en clave para conseguir una sólida recaudación fiscal, que la mayoría de las provincias no alcanza. Esos recursos aduaneros colaboran al crecimiento desproporcionado de Buenos Aires, ya que fue una pieza central para entender la expansión de su frontera, sin la cual la expansión ganadera era impensable. Todo esto favorece una creciente migración desde el interior hacia el litoral y genera así un fuerte desbalance demográfico, a favor de esta última región, que cada vez más concentra los recursos humanos y económicos de todo el territorio.

El desarrollo del ferrocarril en la segunda mitad del siglo XIX permite que otras regiones se incorporen al desarrollo agroexportador de manera exitosa, así como los acuerdos políticos con algunas elites del interior van a favorecer el establecimiento de políticas proteccionistas que reserven el mercado nacional para sus productos (el azúcar, los vinos, etc.). Ello permitirá a algunas regiones recuperar algo de la distancia perdida en las décadas previas. Sin embargo esa distancia era demasiado grande y sería desde allí un rasgo definitivo de la Argentina contemporánea. Buenos Aires se había convertido ya, y lo sería cada vez más, en una cabeza demasiado grande para un país bastante delgado.

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* Instituto Ravignani-UBA-Conicet.

Belgrano, el economista

Por Rodrigo López *

Se ha impuesto la imagen de un Manuel Belgrano militar que francamente no alcanza para el bronce. En dicho campo tiene los dudosos méritos como por ejemplo un éxodo, la represión contra los sublevados de Arequito y la dantesca batalla de Tucumán, la cual pensó que había perdido pero cuando llega a la ciudad le avisan que había ganado, más posiblemente por la invasión de langostas gigantes en el campo de batalla que asustaron a los españoles o el robo de las municiones realistas por parte de tucumanos que por la destreza militar.

Pero Belgrano tiene aún mucho para dar. Fue ante todo un gran economista que supo pensar de manera original los problemas de la incipiente patria. Su formación universitaria la obtuvo en España, donde leyó a los pensadores mercantilistas, fisiócratas y también a Adam Smith, quien comenzaba a poner la mesa de la economía clásica. Sin embargo, no cayó en ser un mero repetidor acrítico de tales doctrinas, sino que tomó lo que le servía de cada una y desechó el resto. De manera pragmática entendió la necesidad de asegurar la autosuficiencia alimentaria y la posibilidad de aumentar la productividad en el agro. Ello no quita que haya descuidado la manufactura local, la cual consideraba que estaba “en la cuna”, por lo que merecía protección y no exponerla a que la sopapee la mano del mercado. En tal sentido, nos aclara en sus escritos en favor de la intervención del Estado en la economía: “Las restricciones que el interés político trae al comercio no pueden llamarse dañosas. Esta libertad tan continuamente citada, y tan raramente entendida, consiste sólo en hacer fácilmente el comercio que permite el interés general de la sociedad bien entendida. Lo demás es una licencia destructiva del mismo comercio”.

En relación a la vinculación con el mundo, aconsejaba un superávit comercial, ganado a costa de la política proteccionista, exportando con valor agregado y no ser los zonzos que compramos del extranjero los productos manufacturados con nuestras propias materias primas. Igual de importancia daba al endeudamiento, el cual debía ser evitado a toda costa. Belgrano estudió las leyes de granos en Inglaterra, las mismas que desvelarían al economista David Ricardo como miembro del Parlamento británico. Pero Belgrano llegó a conclusiones diferentes, tal vez por mirar desde la periferia. En vez de adscribir a las ventajas comparativas por medio de la especialización productiva, advertía que el país con déficit comercial sería una víctima crónica del país superavitario, ya que la falta de dinero por los pagos y el subsiguiente endeudamiento elevarían las tasas de interés locales mientras que las reducirían en el país superavitario. Ello haría más difícil la inversión en el país deficitario, la cual tendría más posibilidades en el extranjero.

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Esto generaba un círculo vicioso que condenaba a un país al déficit recurrente y endeudamiento creciente, imposibilitando a su vez el desarrollo de las manufacturas. La comparación inmediata del Estado con un individuo, tan propia de la enseñanza neoclásica actual la consideraba improcedente: “Estos cálculos apurados hasta el exceso por algunos escritores ingleses, no son propios sino para entretener las imaginaciones ociosas y pueden introducir principios viciosos en una nación”.

Belgrano hizo referencias a lo que llamaba la “demanda efectiva” y avizoró la grandeza de China como potencia del orbe, no por su comercio exterior sino por su consumo interno. Siguiendo este curioso discurso “keynesiano” advirtió sobre el peligro de que el dinero, al contar con las ventajas que hoy diríamos de liquidez frente a las mercancías, sea usado para atesorar en vez de facilitar el intercambio, llevando a la crisis.

Seguramente estas ideas notables a favor de un Estado interventor, proteccionista de las manufacturas locales, atento al rol del dinero y la tasa de interés, y desconfiado del endeudamiento externo no podía ser admitido por la historia oficial que nos presenta un Belgrano fisiócrata y liberal. Pero en el Bicentenario podemos festejar que nuestro pensamiento económico no nació cipayo.

* Cátedra Jauretche y Cemop.
 

Producción: Tomás Lukin

Fuente: 

Diario Página/12 24/5/2010

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