Cuatro balas contra Juan Pablo II y un ataque aún inexplicado

Los disparos de la Browning automática calibre nueve milímetros empuñada por el turco Mehmet Alí Agca, de 23 años, espantaron a las siempre inquietas palomas de la Plaza San Pedro. Y espantaron también al resto de la humanidad. El primer balazo dio de lleno en el abdomen del papa Juan Pablo II y por milagro –nunca mejor empleada la metáfora– no afectó ningún órgano vital. El segundo le dio en la mano izquierda cuando el Papa, con un gesto de dolor, se doblada en dos para caer casi sentado en el “papamóvil” con el que recorría la Plaza, ovacionado por una multitud, en el paseo previo a la gigantesca audiencia pública del miércoles 13 de mayo de 1981. Si el Papa parecía no entender qué ocurría, su asistente personal y mano derecha en El Vaticano, monseñor Stanislaw Dziwisz, se había dado cuenta de todo en el acto: atentaban contra Juan Pablo. Lo que parecía imposible era real.

El tercer balazo hirió en el pecho a una turista americana, Ann Odre, de 58 años, que había viajado a Roma desde su ciudad natal, Búfalo y que, días más tarde, ya recuperada, recibiría la bendición en persona de Juan Pablo. El cuarto balazo rozó el brazo de la jamaiquina Rose Hill, de 21 años. Para entonces, Agca, que había intentado fugar, ya estaba detenido y era llevado fuera del Estado vaticano, a la comisaría romana vecina a la puerta de Santa Ana, y Juan Pablo viajaba a toda velocidad rumbo al Policlínico Gemelli, que se haría famoso en todo el mundo. Cinco horas duró la operación que salvó la vida del Papa, que quedó en terapia intensiva bajo un hermético diagnóstico, apto para todos los presagios: “en estado crítico, pero estable”. Roma era ese día la capital de un mundo paralizado por el horror, que todavía no había digerido el atentado de cuarenta y cuatro días antes, cuando John Hinckley intentó asesinar en Washington al presidente Ronald Reagan. Juan Pablo II dirigía, con mano firme y una asombrosa habilidad para comprender y valerse del naciente mundo mediático, a casi setecientos millones de católicos. Polaco de nacimiento, con una vocación de actor que sesgó la Segunda Guerra, sacerdote casi sin remedio y obispo de Cracovia, Karol Wojtyla se había convertido en 1978 en el primer papa no italiano en 456 años de historia; hablaba con fluidez siete idiomas y tenía un alma incorregible de viajero impenitente que extendió la presencia e influencia de la Iglesia. Cuatro días después de ser herido, desde su lecho de enfermo y en pijama, nunca antes el mundo había visto así a un Papa, perdonó a su atacante. Tres semanas después, regresó sonriente a San Pedro. El enigma era Agca. Los motivos de su ataque fueron una incógnita y lo son aún hoy. A inicios de los 70 Agca integraba un grupo terrorista turco de extrema derecha conocido como “Los Lobos Grises”, responsable de decenas de atentados y asesinatos contra funcionarios, sindicalistas, periodistas y militantes turcos de izquierda. En febrero de 1979 Agca fue detenido por el asesinato en Estambul del periodista Abdi Ipecki. Nueve meses después, mientras esperaba el juicio, escapó de una prisión militar supuestamente inexpugnable. En su celda encontraron una carta, a falta del preso, en la que acusaba al “imperialismo occidental” de temer por “la unidad política, militar y económica de Turquía y de los hermanos países islámicos”. Tomaba el entonces inminente viaje de Juan Pablo II a Turquía como un intento de destruir esa unidad y anunciaba: “Voy a matar al Papa”. No lo hizo, pero el 9 de mayo de 1981 tomó un avión de Mallorca a Milán, entró en Italia con nombre falso y cuatro días después baleó a Juan Pablo. Su vida después fue un carnaval de declaraciones políticas disparatadas que no ocultaban su deseo de ser tomado por un insano. Juan Pablo II lo visitó en su celda el 27 de diciembre de 1983 y volvió a perdonarlo, un sacramento que no contemplaba la conmutación de la pena. Pero en 2000, año del Jubileo, el Papa expresó su deseo de que el gobierno italiano perdonara a su atacante. El presidente italiano Carlo Ciampi lo hizo el 14 de junio de ese año y Agca fue extraditado a Turquía donde cumplió el resto de su condena por el asesinato de Ipecki . Juan Pablo II murió el 2 de abril de 2005. Agca tiene hoy 58 años y sigue con sus andadas. En noviembre de 2014 pidió una audiencia con el papa Francisco para cuando viajara a Turquía entre el 28 y el 30 de noviembre de ese año, solicitud que la Santa Sede rechazó con elegancia. Entonces, el 27 de diciembre, Agca volvió al Vaticano para depositar un ramo de rosas en la tumba de Juan Pablo II, en el 31° aniversario del encuentro entre ambos en la cárcel. El mundo siguió andando tras el atentado de Agca. Pero ya no fue el mismo. Lo supo mejor que nadie un joven sacerdote romano que lloraba casi a gritos y entre convulsiones la noche del 14 de mayo, en plena misa en San Pedro por la salud del Papa y ante un par de periodistas argentinos que apenas podían contenerlo. “No lloro por el Santo Padre: –dijo desgarrado el joven cura– Dios lo va a ayudar. Lloro por un mundo que terminó para siempre”. por Alberto Amato Fuente: 

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Diario Clarín 13/5/2016

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