Cuando los trenes llegaban al Bajo

A fines del siglo XIX, hasta que empezó la obra de Puerto Madero, las líneas del ferrocarril tenían una estación central frente al río.

En mayo último el Gobierno porteño anunció que proyecta la construcción de una megaestación subterránea que una a trenes, subtes, combis y colectivos en un solo lugar. La idea es que esté en el corazón del Centro de la Ciudad. Es decir: debajo del Obelisco y su área de influencia. De todas maneras, si se concreta, no será la primera vez que Buenos Aires tenga un complejo ferroviario en el Microcentro. Hace 143 años, cinco líneas ferroviarias convergían en el actual cruce de Leandro N. Alem y Bartolomé Mitre, a metros de la Casa La vieja estación del ferrocarril, en el bajo – Fotografía Diario Clarìn Rosada. Y durante 25 años aquella estación central fue el punto de partida y llegada de los trenes que cruzaban el país. La inauguraron el 12 de agosto de 1872, después que las empresas ferroviarias que había entonces acordaron su construcción para unificar la partida y llegadas de sus formaciones. Ese día a la ceremonia asistió el presidente Domingo Faustino Sarmiento. El edificio era de madera y lo habían importado desde Gran Bretaña. Tenía el techo recubierto con pizarra y una torre con un gran reloj. Lo curioso de la construcción, que había sido encargada por el estadounidense William Weelwrigth (un empresario que participó en el desarrollo de los trenes en Argentina y Chile), es que tenía un diseño poco usual por estas tierras. Fue porque su primer destino era una ciudad de la India (entonces parte del Imperio Británico) pero, por esas cosas de la vida, terminó en Buenos Aires. En el cruce del Paseo de Julio (hoy Alem) y Piedad (hoy Mitre) convergían los trenes del Ferrocarril Buenos Aires a Rosario; del Ferrocarril Central Argentino y del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico. También llegaban los trenes del Ferrocarril del Oeste que bajaban por la avenida Pueyrredón hasta empalmar en el Bajo con las otras vías. El primer ferrocarril que usó esa estación, que tenía una plataforma principal y otras dos que terminaban en vías muertas, fue el Ferrocarril Buenos Aires al Puerto de Ensenada, que ingresaba desde el Sur por un viaducto con columnas de hierro construido casi sobre el río. Empezaba en la zona de Casa Amarilla y llegaba hasta la calle Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen). Casi al final de la década de 1880 se inició la construcción de Puerto Madero y la Estación Central quedaba infiltrada dentro del proyecto. Por eso empezaron algunas gestiones para ver cuál sería el destino de esas vías instaladas en el viejo Paseo de Julio, aquel recorrido al que el virrey Juan José de Vértiz y Salcedo llamó “De la Alameda”; que también se conoció como “Paseo del Bajo” y al que Juan Manuel de Rosas le quitó el de “Encarnación” (lo habían puesto en homenaje a su esposa), y, en 1848, le dio esa mención que aludía al mes de la Independencia. Lo cierto fue que el 14 de febrero de 1897, la estación de madera se incendió. Dicen que el fuego comenzó alrededor de las 19.30 y dos horas después, de aquella estructura, sólo quedaban cenizas. Las empresas que llegaban desde la zona Norte replegaron sus terminales hacia Retiro. La del Oeste volvió hacia la zona de Once y la del Sur primero estableció su cabecera a la altura de la calle Venezuela y luego se corrió hacia Casa Amarilla, en La Boca. El 19 de marzo del mismo año el Gobierno Nacional ordenó levantar las vías y la Estación Central que estaba a metros de la Casa Rosada se convirtió en pasado. En la zona también existió otra construcción a la que también afectó la obra de Puerto Madero. Era la llamada Aduana Nueva o Aduana Taylor, un monumental edificio que empezó a construirse en 1855 y se inauguró en 1857. Fue la primera gran edificación erigida sobre terrenos ganados al Río de la Plata. Su muelle de pasajeros (tenía hasta un par de rieles para llevar los equipajes de la gente) estaba junto a la Estación Central. Lo demolieron en 1894 y sus cimientos, recuperados en los últimos años, ahora son parte del Museo del Bicentenario. Pero esa es otra historia. por Eduardo Parise Fuente: 

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Diario Clarín 6/7/2015

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