Construían su casa y hallaron restos humanos precolombinos

Fue en Huaco, a 50 km de la ciudad capital. Tendrían mil años de antigüedad y se cree que pertenecerían a un bebé diaguita.

 

Los Romero, ayer, junto a la tinaja que contenía los restos humanos – Foto Diario Clarín

El domingo pasado, la familia Romero en pleno se puso a cavar un pozo para colocar un portón, en la localidad de Huaco, a unos 50 kilómetros de la ciudad de La Rioja. A poca profundidad se encontraron con una sorpresa: una urna funeraria, con los restos de un niño pequeño. Desde la Dirección de Patrimonio Cultural y Museos de la provincia les dijeron que podrían tener entre 600 y 1.000 años de antigüedad.

Los Romero viven en la capital riojana, en el barrio Santa Justina. Se compraron un terreno en Huaco –un hermoso pueblo situado entre las serranías de Velasco–, y emprendieron el proyecto de construirse una casita. Huaco está muy cerca de la localidad de Sanagasta, la primera comunidad originaria que encontró el conquistador Juan Ramírez de Velasco cuando llegó en 1491 a lo que es hoy territorio riojano. Entonces, los sana –los habitantes originarios, que formaban parte de los pueblos diaguitas– eran numerosos y estaban dispersos por todo el valle de Huaco y Sanagasta.

El domingo, los nuevos vecinos se pusieron a hacer un pozo para instalar el portón de acceso. Junto a Eduardo Romero (55) estaban su esposa Elba Olivera (50), su hijo Matías (25), y su yerno, Alfredo Fajardo, profesor de geografía. Habían cavado 40 centímetros cuando las palas dieron contra algo duro, que se rompió. Con todo cuidado, a mano, retiraron el resto de la tierra, hasta que apareció la urna, con dibujos y dos agujeros. Contenía los restos de un niño pequeño, probablemente un bebé.

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“Una de las formas más comunes de entierros de niños muy pequeños –recién nacidos, de muy pocas veces o por abortos espontáneos– era preservarlos en vasijas decoradas, hechas para ese fin, y tapadas con un plato de cerámica. Así se han conservado, porque en contacto con la tierra ya no existirían”, explicó a Clarín la doctora Myriam Tarragó, directora del Museo Etnográfico Juan B. Ambrosetti de Buenos Aires, que depende de la UBA.

Los Romero contaron que llamaron varias veces a Patrimonio Cultural de la provincia, área encargada de la custodia de estos hallazgos, pero no lograron que fuera nadie. Matías quiso seguir cavando, pero su padre se lo impidió; aunque al revolver un poco más la tierra, notaron que “hay algo ahí”. Quienes los atendieron en Patrimonio les dijeron que posiblemente haya otros enseres con los que los pueblos originarios solían acompañar los enterramientos. Romero contó que hace un tiempo, también en Huaco, haciendo una excavación por otro motivo encontró otra urna, de mayor tamaño, pero “por respeto la tapé nuevamente y la dejé allí”.

Por mayoría, la familia decidió poner tierra a la urna y llevarla a su casa de la capital, por lo que, si se interesaran, los arqueólogos ya no podrían estudiar el enterramiento completo. Los Romero pidieron que desde Patrimonio “se respete a los ancestros y se los trate cuidadosamente”. “Nosotros hicimos una oración para que el alma de esta persona no se sienta ofendida por esto”, contó la señora.

El vestigio de una práctica religiosa
Los pueblos diaguitas precolombinos solían utilizar urnas funerarias sólo para los niños pequeños y nonatos, contó la doctora Myriam Tarragó. Los enterraban bajo las propias viviendas, o bien en cámaras sepulcrales subterráneas de pirca, junto con los adultos. “Esas cámaras eran verdaderos panteones, donde había entierros múltiples –señaló a Clarín –. Era una práctica religiosa muy compleja. Esos recintos eran abiertos en varias oportunidades para colocar a nuevos difuntos, que debieron estar claramente relacionados con los anteriores”.

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Un pueblo de grandes pastores y agricultores
“Los diaguitas –nombre que se les puso en la época colonial– se desarrollaron en varias provincias del noroeste: Catamarca, La Rioja, parte de San Juan y extremo sur de Salta. Estaban conformados por varias unidades sociopolíticas diferentes”, recordó la directora del Museo Etnográfico Ambrosetti, Myriam Tarragó.

Esos pueblos sedentarios vivieron desde los años 900-1000 de nuestra era, hasta el contacto europeo. Sufrieron la dominación inca y luego la española. Fueron grandes agricultores y pastores. “En esas provincias hay restos de canchones de cultivos, mucho más extensos de los que se ven hoy, y por regadío. Los manejos actuales por acequias y con pirca son descendientes de las prácticas prehispánicas”, apunta Tarragó.

Se conservan además valiosos bienes culturales, como piezas de bronce destinadas a uso ceremonial. Quedó además su herencia de extraordinarias tejedoras en telar. En la actualidad, varias familias se reconocen como descendientes de diaguitas. Hay además comunidades diaguita-calchaquíes en Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero.

por Jorge Aiub Morales

Fuente: 

Diario Clarín 18/6/2010

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