Conexiones argentinas en los archivos de la CIA

Durante los años de la guerra fría, Afganistán y Chile fueron el eje de misiones clandestinas en las que hubo curiosas referencias a nuestro país.

La Agencia Central de Inteligencia de EE.UU., más conocida como la CIA, tiene la imagen de ser un servicio secreto omnisciente, que alcanza sus objetivos con eficiencia y precisión en cualquier parte del mundo operando tras los telones del poder. Esta imagen ha sido reforzada en innumerables películas y thrillers. En países donde las teorías conspirativas son la explicación preferida de cualquier evento de importancia (como es el caso de la Argentina), la CIA además siempre es sospechada de estar involucrada en las situaciones más inverosímiles. En Legado de Cenizas: La historia secreta de la CIA , Tim Weiner, un periodista de The New York Times , demuestra que esta visión es bastante inexacta y que la historia de la CIA está plagada de fracasos rotundos, algunos de ellos muy bien camuflados. Este libro, junto con otros dos sobre el tema publicados en los últimos años, nos permite ver cómo, con el paso de los años, los éxitos más resonantes de la CIA tuvieron consecuencias muy negativas y no previstas para Estados Unidos. Su lectura es imprescindible para comprender muchos aspectos de la política exterior norteamericana de los últimos 50 años.

Cuando fue publicado, Legado de Cenizas… mereció dos artículos en LA NACION, uno de ellos de Tomás Eloy Martínez. Ambos comentaron favorablemente el libro, agregando interesantes anécdotas sobre la CIA y algunas de sus múltiples operaciones clandestinas durante la Guerra Fría. Sin embargo, ninguno mencionó la existencia de una conexión argentina poco conocida en tres de sus operaciones más importantes, que en su momento fueron consideradas entre las más exitosas de la agencia.

La primera de ellas fue en Irán, en 1953, para derrocar al primer ministro Mohamed Mossadegh. El pecado de Mossadegh había sido la nacionalización de la Anglo-Iranian Oil Company, una compañía inglesa que tenía el monopolio de la explotación del petróleo en Irán en condiciones muy favorables. La decisión de Mossadegh puso a Inglaterra al borde del colapso, ya que su economía dependía críticamente del petróleo iraní. Inmediatamente, los ingleses comenzaron a planear cómo deshacerse de Mossadegh y revertir la nacionalización. Pero en medio de la Guerra Fría no podían provocar la caída del líder iraní sin la anuencia de los norteamericanos. Para gran frustración de Churchill, entonces primer ministro británico, el presidente Truman se oponía a cualquier intervención extranjera en Irán. La llegada de Eisenhower a la Casa Blanca en enero de 1953 cambió las cosas. A través de su embajador en Washington, Churchill logró convencer al nuevo presidente de la necesidad de derrocar a Mossadegh y revertir la nacionalización del petróleo iraní. Fue entonces cuando se le encomendó a la CIA la misión de orquestar un golpe de estado en Teherán.

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El detalle curioso es que el agente de la CIA responsable de esta operación (conocida como «Operation Ajax») había nacido en Buenos Aires, en 1916. Su nombre era Kermit Roosevelt. Su padre era gerente de la sucursal argentina del National City Bank, precursor de Citigroup, que había iniciado sus operaciones en Buenos Aires dos años antes. Y su abuelo era nada menos que el presidente Teddy Roosevelt. A los pocos años, la familia Roosevelt regresó a Estados Unidos y Kermit comenzó el cursus honorum típico de la elite de la costa Este. De Harvard pasó a la CIA, donde se especializó en una región muy lejana a la tierra de su nacimiento: Medio Oriente. Así es que un porteño fue el responsable de orquestar un golpe de estado cuyas reverberaciones aún se sienten y que es la raíz histórica del conflicto que hoy enfrenta a Estados Unidos e Irán. Todos los entretelones de la «Operation Ajax» son el tema de un excelente libro de Stephen Kinzer titulado » All the Shah´s Men: An American Coup and the Roots of Middle East Terror «.

De Afganistán a Chile

La otra operación de la CIA que nos ocupa fue aquella lanzada contra la Unión Soviética en Afganistán a principios de los 80. Sus detalles han sido brillantemente relatados en otro libro interesantísimo: Ghost Wars: The Secret History of the CIA, Afghanistan, and Bin Laden, from the Soviet Invasion to September 10, 2001 , de Steve Coll, quien también fue periodista de The New York Times y de The Washington Post . Coll relata cómo los esfuerzos de la CIA en Afganistán fueron coronados por lo que entonces pareció un gran éxito, ya que la derrota de los soviéticos en ese país provocó el derrumbe de su imperio. Su libro también muestra cómo funciona la ley de las consecuencias no previstas. En este caso, cómo los esfuerzos de la CIA para derrotar a los soviéticos en Afganistán fueron en gran medida responsables de la creación de Al-Qaeda y los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York.

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En el trasfondo de la turbulenta historia de las relaciones entre Estados Unidos y Afganistán también hubo una conexión argentina. Luego de la caída del régimen prosoviético en Kabul, los norteamericanos básicamente se olvidaron de Afganistán. Su interés sólo se reanimó años más tarde, a mediados de los años 90. La razón, al igual que en el caso anterior, fue el control sobre enormes reservas de petróleo y gas. Afganistán era un país pobre en estos recursos pero estaba ubicado en una posición estratégica, ya que se encontraba rodeado de ex repúblicas soviéticas ricas en hidrocarburos, entre ellas Turkmenistán. Quien tenía la llave del negocio en este país era el empresario argentino Carlos Bulgheroni. A principios de 1993, Bulgheroni había obtenido para su compañía Bridas los derechos de explotación de un enorme yacimiento. Pero para sacar el gas de Turkmenistán era necesario construir un gasoducto hasta Pakistán pasando por territorio afgano. Bulgheroni propuso construirlo e inicialmente consiguió el apoyo de Turkmenistán, Afganistán y Paquistán, pero tuvo que enfrentar a la compañía norteamericana Unocal, que tenía un proyecto alternativo. Para el gobierno de Estados Unidos, lograr que Unocal se quedara con el negocio se convirtió en una prioridad estratégica. Tanto la CIA como personajes de la talla de Henry Kissinger y Dick Cheney intervinieron para frustrar los planes de Bulgheroni. Coll le dedica varios capítulos de su libro a esta intriga y tres páginas al empresario argentino. Todavía no se escribió la versión definitiva de esta increíble historia (que quedó inconclusa, ya que el gasoducto sigue sin construirse).

General Agustín Lanusse, quien protagonizó una curiosa historia.

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La tercera operación de la CIA con una conexión argentina fue la ordenada por Nixon para derrocar a Salvador Allende. En Legado de Cenizas… , Weiner le dedica todo un capítulo. En este caso, el detalle curioso es la mención que hace de una reunión que tuvo lugar en la sede de la CIA en Langley, el 15 de septiembre de 1970, entre Richard Helms, su titular, y el general Alejandro Agustín Lanusse, comandante en jefe del Ejército argentino. Según relata Weiner, en ese momento Helms se encontraba bajo enorme presión ya que Nixon le había ordenado perentoriamente que orquestara un golpe militar en Santiago. Durante la reunión, el jefe de la CIA le sugirió a Lanusse que el Ejército argentino interviniera para provocar la caída de Allende. Atónito, el general argentino respondió: «Señor Helms, usted ya tiene su Vietnam. No me haga tener el mío.»

Lamentablemente, Weiner sólo dedicó algunos párrafos a este episodio. Los archivos de la CIA seguramente guardan otros detalles, menos anecdóticos pero seguramente más interesantes, sobre la historia de nuestro país durante la segunda mitad del siglo XX. Habrá que esperar que un investigador diligente los haga conocer.

© LA NACION

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Fuente: 

Diario La Nación 7/3/2010

Informacion Adicional: 

Bibliografía:
Tim Weiner – Legado de cenizas. La historia de la CIA – Editorial Debate, 2008.

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