Cómo una mujer engañó a la Junta con el apoyo de EEUU en la guerra

El conflicto de Malvinas puso en crisis la churchilliana “relación especial” entre Gran Bretaña y Estados Unidos. Se produjo al hacerlos entrar en contradicción a la administración Reagan y sus funcionarios con el apoyo que la dictadura argentina estaba dando a los norteamericanos en Honduras para el entrenamiento de la guerrilla “Contra”, que combatía a los sandinistas en Nicaragua. Así queda demostrado en su último despacho como diplomático por el embajador británico en Washington, Nicholas Henderson, que ha sido liberado por los archivos oficiales británicos entre los 3.500 documentos secretos de la guerra en el Atlántico Sur.

 En él, el legendario y experimentado “Nicko” Henderson escribe finalmente lo que piensa de la actitud norteamericana en la guerra. Sugiere que Argentina podría haber sido alentada “a invadir” las Malvinas por dos funcionarios de la administración Reagan. Y los menciona: Jeane Kirkpatrick, embajadora de EE.UU. en la ONU y feroz anticomunista, amiga del general Leopoldo Galtieri y el brigadier Basilio Lami Dozo, dos ex miembros de la Junta Militar, y Thomas Enders, secretario asistente para América Latina y con un rol esencial en el secreto bombardeo a Camboya durante la Guerra de Vietnam, y que paradójicamente auspicio un diálogo con los sandinistas, pero apoyo al régimen salvadoreño en los días de los escuadrones de la muerte. Kirkpatrick y Enders se detestaban.

 “Es relevante que el señor William Casey, el jefe de la CIA, que estaba extremadamente preocupado en las discusiones del Gabinete sobre esta cuestión ha sugerido a nosotros privadamente que él piensa que los argentinos fueron llevados al camino equivocado: es que ellos creyeron que su apoyo a EE.UU. en las operaciones encubiertas en América Central eran más importantes para EE.UU. que lo que en realidad eran y que podrían ganar la aceptación norteamericana en otra política en otra parte”, escribió Henderson. La misma interpretación hicieron a esta corresponsal el general Mario Benjamin Menéndez y el general Jofre después de la guerra, ambos comandantes argentinos en las islas. Ellos creían que la Junta Militar podría haber mal interpretado a los estadounidenses. Las menciones de Kirkpatrick y Enders no son casuales. Ellos eran los que lidiaban con los militares argentinos y la Junta, a quien miraban con simpatía con la convicción que podían llevar a una democracia autoritaria que sería mejor que el comunismo. La Guerra Fría y el anticomunismo de la administración Reagan j ustificaba el apoyo a los dictadores argentinos y su colaboración en la guerra contra los sandinistas en Nicaragua. Al menos 40 “consejeros argentinos”, encabezados por el coronel José Osvaldo “Balita” Riveiro, de la G2 de Inteligencia del Ejército y del Batallón 601, estaban en Honduras colaborando con el militar norteamericano Oliver North y entrenando a los 9000 efectivos de la “Contra” en acciones antiguerrillas, dentro del marco del apoyo de EE.UU. en su combate a Moscú. Enders había viajando unos días antes del conflicto a la Argentina y este desplazamiento despertó las sospechas de Henderson. El diplomático, casado con una ex corresponsal de guerra, descubrió las simpatías pro argentinas de Enders cuando fue a informar a Alexander Haig, entonces Secretario de Estado, sobre los movimientos de la flota argentina en el Atlántico Sur. “El hizo lo mejor para tratar de minimizar lo que me había llamado la atención. Dijo que el gobierno norteamericano tenía el reaseguro del canciller argentino que su gobierno no contemplaba una confrontación con nosotros. Es más: ellos tenían este reaseguro confirmado. Yo señalé que los movimientos de la flota argentina refutaban lo que él estaba diciendo”. Con un cinismo que caracterizó su distinguida carrera diplomática, Henderson intentó hacer un paralelo entre Kirkpatrick y Enders. “Al comparar a Kirkpatrick con Enders, es difícil mejorar el apotegma que circula en el Departamento de Estado donde el último es más fascista que loco, Kirpatrick es más loca que fascista. Ella parece ser una de las más seguras para cometer goles en contra: sin tacto, cabeza dura, ineficaz y un dudoso tributo a la profesión de académica a la que ella expresa su fidelidad”, escribió con acidez británica. Las presunciones de Henderson con respecto a Kirkpatrick no eran erradas. Durante la guerra de Malvinas, tres militares argentinos cercaron al canciller Nicanor Costa Méndez durante todas sus negociaciones diplomáticas y las boicotearon o acicatearon, con tiempos diferentes en Nueva York, Washington, Lima y hasta en La Habana. Ellos eran el general Héctor Iglesias, representando a Galtieri; el vicealmirante Benito Moya, jefe de la Casa Militar como enviado del inflexible almirante Anaya y el brigadier José “Pepe” Miret como delegado del “Balo” Lami Dozo, el otro integrante de la Junta Militar y proclive desde el inicio a una salida negociada del conflicto. Lami Dozo había sido el último en enterarse el 6 de enero de 1982 de las intenciones de ocupar las islas Malvinas por boca de Galtieri y Anaya, inspirador inicial. Su enviado, “Pepe” Miret almorzaba, desayunaba y cenaba con Kirkpatrick en EE.UU. para tratar de encontrar una solución negociada a la guerra, especialmente después del hundimiento del crucero Belgrano. Tenía dos feroces fuerzas que lo detenían: Moya, en representación de Anaya, y el embajador Henderson, que cada noche aparecía en la televisión norteamericana para demoler las posiciones argentinas representadas por Costa Méndez, que había quedado aislado ante la Junta, especialmente por presión de Anaya y Moya. L a doctrina Kirkpatrick justificaba las atrocidades cometidas por los dictadores argentinos en nombre de la Guerra Fría . La diplomática y académica consideraba que eran regímenes autoritarios estables cuando los comunistas buscaban controlar los pensamientos de la gente. Con denuncias de desapariciones y brutalidades, Galtieri y la Junta encontraban en Kirkpatrick una interlocutora comprensiva, que ellos confundían con la administración Reagan. Fue ella quien le pidió al presidente de EE.UU. que consiguiera un diálogo con los británicos en medio de la guerra . Churchill había establecido la “relación especial” anglo-norteamericana que incluía colaboración tecnológica, política y en la guerra. Malvinas puso una seria fricción en esta histórica alianza e instaló una indeseada rispidez entre Reagan y Margaret Thatcher, que rechazó tres veces su llamada a una negociación y su pedido de no humillar a los argentinos. Una vez más, los estadounidense usaban el pragmatismo y así enfurecían a los británicos. En una carta enviada por Reagan el 29 de abril del 1982 a Thatcher le dice que “puede contar con nuestro apoyo en cada forum en que esta cuestión sea debatida (..) Vamos a anunciar que el rechazo argentino a retirar las fuerzas de la invasión y negociar en buena fe ha hecho necesario para EE.UU.adoptar una nueva postura hacia Buenos Aires”. Dos días antes del hundimiento del Belgrano, Reagan le recordaba que ella “había dejado claro” que nada más que el “mínimo esencial de fuerza” sería utilizado. La ambigüedad norteamericana también fue remarcada por Sir Anthony Parsons, el representante permanente británico en la ONU. Cuando se fue de su cargo, envío un despacho que alivió al canciller británico Francis Pym. Dijo que EE.UU. era mirado con una mezcla de “exasperación, frustración y desprecio” y que “los delegados del Tercer Mundo estaban shockeados, alarmados y furiosos por la incompetencia, el amateurismo y la paralizante falta de coordinación de la misión norteamericana, el Departamento de Estado y la Casa Blanca”. por María Laura Avignolo. Cubrió la guerra diplomática durante el conflicto de Malvinas  Malvinas: la negociación, los planes militares y Astiz, según los archivos británicos
Fueron liberados a 30 años del conflicto. Las actas del comité de crisis de Thatcher. Gran Bretaña estuvo a punto de atacar a la flota argentina que se había retirado de la zona de combate y ubicado dentro de las 12 millas de la plataforma continental. La propuesta fue aprobada por Margaret Thatcher, primer ministra del Reino Unido, pero quedó a criterio de los comandantes británicos si advertían que sus barcos corrían peligro. Las actas de las reuniones en Downing 10, sede del gobierno británico, durante la guerra por las islas Malvinas son muy detalladas y, salvo algunos párrafos que fueron testados y se mantienen en secreto, son muy elocuentes sobre las alternativas del choque armado. La documentación puede ser consultada libremente y fue liberada del secreto al cumplirse treinta años de aquellos acontecimientos. La documentación argentina se fue conociendo por retazos hasta que el llamado Informe Rattembach, redactado por el general que encabezó la investigación militar, fue liberado por la presidenta Cristina Kirchner este año. Los documentos británicos están divididos en capítulos en los que se tratan cuestiones diplomáticas, políticas y militares, e n un comité que se reunía casi diariamente y que estaba presidido por Margaret Thatcher y del que participaban el ministro de Defensa, John Nott; el ministro de Relaciones Exteriores, Francis Pym; el ministro de Asuntos Internos, William Whitelaw y los responsables de las fuerzas armadas, especialmente el primer almirante, sir Terence Lewin. En esas reuniones, se mezclaron temas como las negociaciones diplomáticas con Argentina, a través del secretario de Estado de EE.UU., Alexander Haig; los planes militares para recapturar las Georgias del Sur, primero, y las islas Malvinas, después; qué hacer con el teniente Alfredo Astiz, reclamado por Francia y Suecia por crímenes de lesa humanidad por el secuestro y desaparición de las monjas francesas y de una ciudadana sueca que desapareció en la ESMA; las conflictivas relaciones con la BBC, que se negaba a someterse a una estrategia que afectase la calidad e independencia de su periodismo; y la permanente preocupación del gobierno británico por no afectar las relaciones con Ronald Reagan. Respecto a este último punto, por ejemplo, los británicos estaban interesados en que, si se llegaba a un acuerdo con la Argentina, los Estados Unidos desplegaran tropas y equipamiento para defender el aeropuerto de Puerto Argentino y disuadir una “segunda invasión” argentina, si las negociaciones finalmente fracasaban. Las negociaciones sobre el status final de las islas estuvieron muy presentes en esos días. Había fórmulas de una administración interina y luego una definición sobre la soberanía sobre la que nunca hubo acuerdo porque los británicos insistían con que se debían contemplar los deseos de los isleños, es decir los deseos de pertenecer o no a la comunidad británica, y los argentinos se mantuvieron firmes en que la opinión de los pobladores de las Malvinas no sea fundamental. Según la documentación que ahora es pública, el fantasma de la “segunda invasión” estuvo siempre presente. Una cuestión importante fue la discusión en principios de abril si la fuerza expedicionaria británica debía o no llevar armamento nuclear. Se convino en ese comité que las “rules of engagement” para el conflicto en el Atlántico Su r excluían ese armamento, pero nadie puede asegurar a ciencia cierta si algunos buques lo portaban. En cambio, las reglas para los submarinos de propulsión nuclear no se modificaron y éstos participaron del ataque. Otra cuestión fue la discusión sobre el desembarco en las islas. Finalmente ocurrió en el estrecho de San Carlos, que separa a ambas islas, el 20 de mayo de 1982. En la planificación previa, el almirantazgo británico planteó la existencia de cuatro amenazas: Los barcos argentinos de superficie, que se habían retirado luego del hundimiento del crucero General Belgrano y se mantenían navegando dentro de las 12 millas de plataforma exclusiva, cerca de la costa. Allí se examinó seriamente atacar a la flota argentina , aun dentro de esta zona, si constituía un peligro para los británicos. Sin embargo, en la discusión también se dijo que el peligro que significaba la flota de superficie estaba neutralizado. El ministro de Defensa, John Nott, sostuvo en ese comité de guerra que la Armada británica había perdido ya cuatro barcos (luego perdería varios más) y que no se podía permitir que barcos armados con exocets o aviones lanzados desde el continente o desde el portaviones Independencia siguieran operando desde un “santuario” que no se podía atacar por razones políticas. Allí fue cuando se señaló que el hundimiento del portaviones argentino podría tener consecuencias muy negativas en la opinión pública mundial que, en general, apoyaba a Londres. La fuerza submarina argentina fue considerada como de algún peligro y con capacidad de hacer daño si es que la lanzaban al ataque a cualquier costo. Se adoptaron, según dicen los documentos, muchas medidas antisubmarinas para contrarrestar esa potencial amenaza. La aviación, un arma letal para los británicos a la que temían con razón, les habían inflingido ya pérdidas grandes. Se analizó cómo neutralizar al único portaaviones argentino, que también se había retirado de la zona de combate, y algunas bases aéreas en el sur, lo que significaba atacar el continente. Se reconoció que no se tenía la total supremacía aérea en la zona de combate. Se advirtió que habría muchas víctimas y que había que preparar a la opinión pública británica sobre el elevado costo de la operación. Otro de los capítulos de los documentos se refieren a la situación del entonces teniente Alfredo Astiz, apresado sin luchar en las islas Georgías del Sur, a pesar de que la abundante propaganda argentina sostenía que sus hombres combatirían a morir. Astiz fue llevado a la isla de Ascensión, junto con los otros prisioneros, y se lo retuvo allí para que Francia y Suecia lo interrogasen acerca de su participación en la represión ilegal en la Argentina. Thatcher dijo que Astiz debía ser interrogado pero que estaba en su derecho no responder a las preguntas francesas y suecas. En ese caso, manifestó la premier deberá ser liberado porque Londres no violará la Convención de Ginebra, que establece el trato de los prisioneros durante la guerra. Varias veces se trató el tema Astiz y se trató con delicadeza porque querían que Francia se mantuviera al lado de Londres y que bloqueara la venta de misiles exocet a la Argentina. Astiz fue llevado al Reino Unido. Francia entregó diez preguntas para que se le formulasen sobre la desaparición de dos monjas francesas (Astiz fue finalmente condenado en la Argentina por esos crímenes) y Suecia hizo lo propio sobre la desaparición de Dagmar Hagelin. El marino, que está siendo nuevamente enjuiciado por su particición en el campo de concentración de la ESMA, no respondió a las preguntas, como Thatcher predijo. Y volvió de regreso a la Argentina. por Ricardo Kirchsbaum, editor general de Clarin y co autor de “Malvinas, la trama secreta”

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Haig: «Hay que asustarlos,  no enojarlos»

Los archivos de la guerra desclasificados por Gran Bretaña recrean los contactos de Alexander Haig con el gobierno de Thatcher, que confirman que no fue un mediador imparcial durante el conflicto. Los archivos que acaban de ser desclasificados en Londres confirman lo que muchos sospechaban: el secretario de Estado norteamericano, Alexander «Al» Haig nunca operó como un interlocutor imparcial durante la Guerra de Malvinas sino que actuó como informante y asesor del gobierno británico durante todo el período de su mediación. Tantos eran los detalles que ofrecía a los británicos que la primera ministra Margaret Thatcher llegó incluso a desconfiar, temerosa de que Haig se mostrara igualmente locuaz en Buenos Aires con respecto a los planes de su gobierno.

 Haig comenzó su gestión mediadora el 6 de abril de 1982. Dos días más tarde, durante una charla con Thatcher en su despacho de Downing Street, el hombre conocido como el «general político» rindió cuenta detallada de los contactos norteamericanos con el líder de la junta militar argentina. El 2 de abril, Leopoldo Galtieri había dejado al presidente Ronald Reagan esperando dos horas y media antes de atender su llamada telefónica. El canciller Nicanor Costa Méndez atribuyó la demora a que el presidente argentino quería ver si podía dar marcha atrás en la operación militar. «Haig dijo que esa explicación era hogwash (bazofia)», señalan las minutas de la reunión contenidas en el expediente CAB 164/1617/2. Según él, los argentinos estaban convencidos de que el uso de la fuerza no sería respondido y estaban, por lo tanto, en estado de shock por la reacción británica. Por más que lo negaran, habían pedido, sin éxito, ayuda a la Unión Soviética dentro del Consejo de Seguridad de la ONU. Aún así, Haig aconsejó a los británicos mantenerse cuidadosos de la influencia soviética. «La posición de Galtieri está en peligro. Es claro que las dudas están creciendo en Buenos Aires y, si él cae, su sucesor será más intransigente», advirtió. El ex comandante supremo de la OTAN dijo conocer a Galtieri «muy bien». El retrato que pintó fue de «un hombre muy religioso, que va a misa todos los días. También bebía, quizás demasiado y muy temprano. Era duro y se veía a sí mismo como un hombre de principios y entereza. Era también un jugador de póquer que doblaba la apuesta cuando perdía. Incrementaría la ofensiva si decidiera que ir por la fuerza era inevitable». Durante una cena a la que asistió todo el gabinete de guerra británico, Haig dijo que un motivo detrás de la invasión argentina había sido «desviar la atención de los argentinos de sus presentes problemas domésticos». En la primera de una serie de reuniones mantenidas con Thatcher el 12 de abril, poco después de haber estado en Buenos Aires, Haig completó el panorama de la interna argentina. El había detectado claras diferencias de opinión entre las tres fuerzas militares. «La Armada está buscando pelea. La Fuerza Aérea no quiere ir a la guerra. El Ejército está en algún lado en el medio», indicó Haig. En el curso de la charla mantenida con Galtieri, éste le había dado «cierta información sorprendente». El embajador cubano había retornado a Buenos Aires tras un año de ausencia, junto con altos funcionarios cubanos. Galtieri aseguró que Cuba le ofrecía todo lo que necesitaba y que habían presentado esa oferta como avalada completamente por la Unión Soviética. «El presidente Galtieri dijo que no quería romper los vínculos de la Argentina con Occidente. Pero si se veía aislado, él pediría la ayuda de la Unión Soviética. Aseguró que la USSR (sigla en inglés de la ex Unión Soviética) le había ofrecido hundir naves británicas», señala la transcripción. Haig le dijo que no lo creía porque, «de ser cierto, sería la causa de un conflicto mundial». Galtieri replicó que «de tener que remover la bandera argentina de las islas Falklands (Malvinas), él perdería su puesto en cuestión de una semana». El secretario de Estado norteamericano advirtió a los británicos que los argentinos estaban muy tensos. «Su consejo es que Gran Bretaña continué dura, pero que no use lenguaje peyorativo acerca de ellos en forma innecesaria. El objetivo debería ser asustarlos, no enojarlos», subrayó. Thatcher agradeció sus sugerencias, pero discretamente ordenó a sus funcionarios chequear su información con otras fuentes e incluso traducir la versión en español de sus planes de paz para asegurarse de que no hubieran «ambigüedades o imprecisiones» en lo que referente a la posición británica, tal como figura en varios documentos contenidos en el expediente PREM 19/646. La mediación de Haig terminó en un rotundo fracaso el 30 de abril. El mismo día, el embajador británico en Washington, Nicholas Henderson, envió un telegrama a Londres (PREM 19/623) diciendo que el secretario de Estado le acababa de advertir que, de organizarse otro esfuerzo mediatorio, «tendríamos que decir que no aceptaremos la transferencia de la soberanía. Sería muy incómodo para los norteamericanos que habiendo rechazado la transferencia de soberanía en las charlas con ellos, luego la aceptáramos con un mediador de la ONU». Henderson continuó recibiendo llamadas de Haig. El 8 de mayo reportó uno recibido desde su hogar, en West Virginia. «En la línea abierta fue más críptico de lo usual, pero yo le entendí decir que había clara evidencia de que elementos moderados en Buenos Aires que pujaban por ascender estaban esperando que Gran Bretaña infligiera unos cuantos golpes militares más, de modo de asegurar la caída de los extremistas. Le pregunté a Haig si le había entendido correctamente, si nos estaba diciendo que quería que los golpeáramos más. Sí, dijo él categóricamente». La descripción del gobierno de Galtieri como «extremista» contradecía el reporte dado al principio de su mediación. En Londres, estos comentarios fueron recibidos con escepticismo porque, se estimó, «el escenario de argentinos moderados alentando una acción punitiva militar británica es altamente improbable». Henderson recibió instrucciones de no llamar a Haig, pero que «si la oportunidad llegaba a presentarse» le preguntara «quiénes son exactamente esos moderados». Por los documentos oficiales disponibles actualmente, la ocasión parece que nunca se presentó.

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El gobierno de Gran Bretaña desclasificó 3500 documentos oficiales elaborados en 1982 vinculados con el conflicto bélico en las islas Malvinas; se revelan allí los temores de Margaret Thatcher, las fallidas gestiones para una reunión con Galtieri y los planes que evaluó Londres para ceder la administración del archipiélago a las Naciones Unidas

Unos 3500 documentos acaban de ser desclasificados, entre los que se incluyen inéditos testimonios de la ex primera ministra británica Margaret Thatcher, documentos de su oficina privada en Downing Street, del «gabinete de guerra», comunicaciones del Foreign Office, del Ministerio de Defensa, del Almirantazgo y todo el material que resultó en el Reporte Frank (Frank’s Report), el equivalente británico del Informe Rattenbach que se elaboró en la Argentina sobre la actuación militar en la guerra. También se dan a conocer comunicaciones privadas de Thatcher con el ex presidente norteamericano Ronald Reagan, su entonces par francés François Mitterrand y otros mandatarios extranjeros. LA NACION formó parte de un pequeño grupo de periodistas e historiadores a los cuales el Archivo Nacional británico (National Archives) les permitió consultar por adelantado los documentos que preserva en su monumental sede, cercana al jardín botánico londinense de Kew. La desclasificación responde a las normas que establecen aquí que papeles oficiales no pueden permanecer en secreto por más de 30 años, a menos que pongan en peligro la seguridad de inviduos o del Estado. Con ese criterio, muchos de los documentos que hoy se ponen a disposición del público contienen párrafos censurados. También hay unas cuantas sugestivas omisiones en el listado de desclasificación. Los libros de a bordo y correspondencia de 35 naves, incluidos cinco submarinos de propulsión nuclear, de la Task Force fueron desclasificados. Pero no ocurrió lo mismo, sin embargo, con los del HMS Conqueror, el submarino que el 2 de mayo de 1982 hundió al crucero ARA General Belgrano fuera de la zona total de exclusión establecida por el gobierno británico. Algunos documentos que echan cierta luz sobre la forma en la que se tomó la decisión política de autorizar ese controvertido ataque se encuentran ahora disponibles. En lo que parece reflejar el enfriamiento de las relaciones anglo-argentinas de los últimos años, muchos documentos que durante la década del 90 habían sido categorizados como pasibles de ser desclasificados durante las próximas dos décadas vieron durante 2012 ese plazo extendido a cuatro décadas y en algunos casos a un período indefinido. La reciente actualización de las restricciones abarca, incluso, carpetas que figuran hoy mismo en el listado de desclasificación. Entre ellas, las CAB 163/371 y 372 que contienen documentos «políticos» sobre la Argentina y las islas Falkland (Malvinas) y que LA NACION no pudo consultar porque, se indicó, «continúan retenidas por la Oficina del Gabinete». En general, los documentos dados a conocer tienden a confirmar la historia oficial británica de la guerra, tal como fue detallada por el historiador sir Lawrence Freedman, en 2005. Pero de ellos emergen una gran cantidad de datos curiosos y de testimonios que permiten pintar un panorama más amplio del conflicto. Uno de los más elocuentes surge de la transcripción de la evidencia oral suministrada a puertas cerradas por Thatcher el 25 de octubre de 1982 al Falkland Islands Review Committee (Comité de Revisión de las Islas Falkland-Malvinas), que resultó en el reporte Franks. La entonces primera ministra dio cuenta de los sucesos en los días preliminares a la ocupación argentina, un momento que calificó como «el peor, creo, de mi vida». Ante el panel presidido por Lord Oliver Shewell Franks, Thatcher admitió que la invasión argentina la tomó de sorpresa. La idea no le había cruzado la cabeza porque, dijo, era algo «estúpido tan sólo de contemplar». Los documentos, sin embargo, revelan que desde 1980 quien fue el titular del Foreign Office entre 1979 y 1982, lord Peter Carrington, había encargado una serie de «planes de contingencia» con respecto a la situación en el Atlántico Sur. Y éstos incluían la hipótesis de una invasión militar argentina. En el Ministerio de Defensa, sin embargo, se había considerado que, de producirse esta situación, sería «demasiado costoso» y logísticamente «sumamente difícil» recuperar las islas. Carrington también había criticado el anuncio del retiro del buque HMS Endurance, que realizaba patrullas en torno de las islas durante seis meses al año, por cuanto consideraba que esto podría alentar una agresión argentina. «Ni una sola persona estaba de mi lado en el gabinete», aseguró ante el comité Franks, lo cual no impidió que el panel, integrado por seis funcionarios y parlamentarios británicos, lo convirtiera en el chivo expiatorio de la crisis. A pesar de sus previsiones, el desprestigiado jefe de la diplomacia británica reiteró que no había recibido «ninguna evidencia» concreta de la invasión argentina y que fue ese incidente lo que lo llevó a entregar su renuncia. Thatcher consideró su dimisión «un golpe devastador para Gran Bretaña». Los archivos desclasificados ofrecen detalles de los esfuerzos de mediación del ex secretario de Estado norteamericano, Alexander «Al» Haig, y del entonces secretario general de la ONU, Javier Pérez de Cuellar, así como de muchos otros que no llegaron a concretarse. Entre ellos, los del ex presidente de México, José López Portillo, quien a mediados de mayo del 82 vio frustrado esfuerzos para organizar una cumbre «Galtieri-Thatcher», que hubiese tenido lugar en Cancún. También se confirma ahora que en los días que siguieron a la presencia argentina en Malvinas, Thatcher contempló la posibilidad de dejar las islas bajo administración de las Naciones Unidas y, más tarde, otorgarles la independencia. Esta última posibilidad fue mencionada por ella misma en diálogo con el secretario de Estado del Vaticano, cardenal Agostino Casaroli, durante la visita del papa Juan Pablo II a Londres el 28 de mayo de 1982. Los documentos agregan más datos sobre las estratagemas de los servicios secretos británicos que lograron impedir el suministro de misiles Exocet franceses a la Argentina y sobre medidas preparadas para desmoralizar a las fuerzas argentinas en las islas, pero que no llegaron a ponerse en práctica. Entre ellas, la distribución por vía aérea de panfletos en los que se instaba a los soldados argentinos a desertar, anunciando la rendición del capitán Astiz en las islas Georgias, y un plan para establecer una «Radio Atlántico del Sur» independiente de la BBC. Entre el material más curioso figura un torrente de correspondencia sobre el impacto de la guerra en la organización de la Copa Mundial de Fútbol de 1982 y una propuesta realizada a Thathcer por Frederick Forsyth, el famoso autor de novelas de espionaje, para escribir una historia del conflicto que ignoraría la versión argentina de los hechos. El hundimiento del Belgrano, un ataque decidido en un almuerzo
Los documentos desclasificados revelan cómo decidió Margaret Thatcher una de las operaciones más polémicas de la guerra El dramático momento en que el Crucero General Belgrano se hunde en el Atlántico después de ser torpedeado. Los archivos que acaban de ser desclasificados en Londres revelan la confusión imperante entre los funcionarios británicos en torno a cómo y cuando se tomó la decisión política de autorizar el hundimiento del crucero General Belgrano, que se encontraba fuera de la zona total de exclusión. Un paso fatídico que parece haber sido adoptado sobre la base de una decisión tomada días antes por el «gabinete de guerra» presidido por la primera ministra Margaret Thatcher, de atacar a «cualquier buque, submarino y nave auxiliar de la armada argentina» que se juzgara un peligro para la Task Force (Fuerza de Operaciones) «no importa dónde se hallara». La ampliación de las llamadas Reglas de Enfrentamiento (Rules of Engagement) no fue motivada por el crucero Belgrano sino por el portaaviones 25 de Mayo, que había sido identificado como un eslabón crucial en la ofensiva argentina. La decisión de aplicar las nuevas reglas al Belgrano parece haber sido tomada por Thatcher y un pequeño grupo de funcionarios y políticos -cuyo número exacto e identidad precisa aún se desconoce- reunidos el 2 de mayo, a la hora del almuerzo, en Chequers, la residencia de fin de semana de la primera ministra del gobierno británico. Un expediente del Foreign Office titulado «El hundimiento del crucero argentino General Belgrano» (FCO 7/4572) comienza con un telegrama del titular de la cartera diplomática, Francis Pym, al jefe de la delegación británica ante la ONU en Nueva York, transmitiéndole la noticia del ataque realizado por el submarino HMS Conqueror el 2 de mayo. Pym defendió la acción bajo la premisa de que estaba «de acuerdo con las Reglas de Enfrentamiento acordadas el 2 de mayo», el mismo día del ataque. El dossier también incluye notas de una discusión que tuvo lugar durante una cena del Eurogrupo ministerial de la OTAN en Bruselas el 5 de mayo durante la cual Kevin Tebbit, secretario británico del Eurogrupo, comentó que la decisión política había sido «tomada por un grupo del gabinete de ministros, presidido por la primera ministra, de atacar al General Belgrano, que se estaba acercando a la Task Force». Pero John Weston, jefe del Departamento de Defensa del Foreign Office, cuestionó esa versión. «No he logrado encontrar ningún registro en las minutas del gabinete de guerra para tal decisión», advirtió en una nota a sus superiores. «El hundimiento del Belgrano -reveló el funcionario- siguió a una decisión tomada por los ministros durante el fin de semana, en cuanto a que las Reglas de Enfrentamiento debían ser flexibilizadas de tal manera de permitirles a nuestros submarinos de propulsión nuclear atacar buques de guerra argentinos, estuvieran o no dentro de la zona total de exclusión, pero sin hacer referencia al crucero argentino.» «El Belgrano no había entrado en la zona total de exclusión y estaba moviéndose en dirección sudoeste cuando el ataque tuvo lugar», subrayó el alto funcionario del Foreign Office, según los documentos ahora desclasificados. El almuerzo decisivo De acuerdo con la versión oficial británica, redactada por el historiador sir Lawrence Freedman (The Official History of the Falklands Campaign), la luz verde para hundir el Belgrano no fue dada durante una reunión regular del gabinete de guerra, sino por «algunos miembros de ese grupo más otros políticos y funcionarios presentes durante un almuerzo presidido por Thatcher en Chequers». Esa versión coincide con la suministrada por Thatcher y por el entonces ministro de Defensa, John Nott, en sendas autobiografías. Las minutas de la reunión regular del gabinete de guerra del 2 de mayo no hacen alusión al Belgrano, pero en ellas Thatcher figura haciendo mención al cambio de las reglas «tal como se había decidido en el caso del portaaviones 25 de Mayo» (expediente CAB 148/211). El tema fue también aludido en una nota de Downing Street al ministro de Defensa, que da cuenta de un «comité ad hoc en Chequers a las 12.45, del 2 de mayo», que «acordó que las fuerzas británicas deberían de inmediato ser autorizadas a atacar la nave argentina», sobre la misma base que «en el caso del portaaviones argentino». Otros documentos que podrían confirmar ese orden cronológico en la toma de decisiones, como el libro de a bordo del HMS Conqueror, no han sido desclasificados. por Graciela Iglesias Fuente: 

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Diario La Nación 28/12/2012 Y 29/12/2012
Diario Clarín 30/12/2012

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