Cómo era la Argentina del primer centenario

Los politólogos Natalio Botana y Rosendo Fraga y el historiador Luis Alberto Romero relatan en Mirando al Bicentenario cómo era el país floreciente que festejó el Centenario y qué pasó luego, hasta llegar a nuestros días. El libro incluye la crónica del médico y político francés Georges Clemenceau, uno de los invitados extranjeros al Centenario, una nómina que incluyó a la infanta Isabel de Borbón, Jean Jaures, Ramón del Valle Inclán y Anatole France. En el prólogo del libro, que aquí presentamos, Botana habla del asombro de Clemenceau por Buenos Aires y el país.
Por Georges Clemenceau, Natalio R. Botana, Rosendo Fraga y Luis Alberto Romero

Panorámica de los festejos – Diario La Nación

Alegria. Una multitud festejó en Plaza de Mayo el cumpleaños de la Revolución; también, los alumnos de un colegio sirio.
El momento en que Georges Clemenceau visitó la Argentina, el año del Centenario, puede ser visto como un paréntesis en una larga trayectoria política. Extensa y, además es casi un lugar común decirlo, sobresaliente. Clemenceau no fue un hombre de Estado de aguas calmas ni tampoco encarnó el retrato del político de trastienda, que cultiva el sigilo y la transacción. Más bien, como se dijo de Carlos Pellegrini, a quien no llegó a tratar en Buenos Aires porque había muerto en 1906, el estilo de Clemenceau evoca la silueta de un “piloto de tormentas”, ubicado por vocación y circunstancia en el corazón de una crisis.

Tal el personaje a quien sus contemporáneos habían apodado “el Tigre” debido, según rezaban entonces los diccionarios más populares, a su esprit aceré et sa masque. De acuerdo con la imagen más difundida, Clemenceau estaba equipado con los atributos de quien embiste en el terreno de un combate supremo, aquel por ejemplo de 1917 cuando, a los 76 años, asumió el cargo de primer ministro del gobierno de “unión sagrada” que, primero, condujo a Francia a la victoria en la Gran Guerra y luego al reparto de Europa y las colonias en la Conferencia de la Paz de 1919.

La Infanta Isabel de Borbón – Foto Diario La Razón

Estos acontecimientos decisivos llegaron en la vida de Clemenceau a la hora de un crepúsculo bien ganado después de tantos torneos. El Clemenceau que en 1910 desembarcó en el puerto de Buenos Aires era pues, según los criterios de la época, un anciano (había nacido en 1841) que, con éxitos y fracasos, estaba transitando ese camino de despedida.

Paradójicamente, para muchos observadores, Clemenceau era el pasado cuando el futuro, que él habría de encarnar siete años después, muy pocos fueron capaces de prever. Error mayúsculo de una belle époque que se juzgaba eterna.

Tal vez ni el propio Clemenceau lo haya previsto. Como quiera que fuese, el personaje arrastraba en su paso enérgico de viejo incansable, de poco dormir y de poco comer, una experiencia multifacética. Médico, viajero precoz en su juventud a los Estados Unidos, como Tocqueville, Clemenceau fue, amén de político, un humanista admirador de la Grecia antigua, un observador meticuloso y un periodista admirable.

La Infanta en el clásico asado con cuero – Foto Diario La Razón

Los diarios que a cada paso fundaba, Le Matin, La Justice, L’Aurore, L’Homme Libre, L’Homme Enchainé, jalonaron esta empresa. Acaso podría aducirse que fueron los títulos diversos de un solo y gran relato; el de un nacionalista republicano de raíz liberal y jacobina que, al cabo, se empinó sobre esos condicionamientos para reunir en torno de sí la adhesión general.

No en vano entró en las lides políticas de la mano de Léon Gambetta, el prototipo del republicano anticlerical, para convertirse, ya en su madurez, en uno de los mayores protagonistas de la polémica que, hacia 1897, dividió ideológicamente a Francia con motivo de la injusta condena que sufriera Alfred Dreyfus. Fue su amigo Emile Zola, quien le entregó en la redacción de L’Aurore la Carta Abierta que él había dirigido al presidente Félix Faure para denunciar esa injusticia. Clemenceau la publicó con un título que venció la erosión del tiempo: “J’accuse”. Además, con ese talento periodístico para encontrar la palabra justa, se dio el lujo en aquellos días de poner en circulación la palabra “intelectual”, en tanto expresión sintética del compromiso de la gente de pensamiento que se congregaba en torno a esa causa. Fue una invención lingüística duradera.

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Semejantes logros no impidieron que (o quizá por ellos mismos) la figura de Clemenceau adquiriese, desde el vamos, aristas polémicas, como si el racionalismo que pregonaba estuviese envuelto por la pasión propia y ajena. Así registró Léon Blum este temperamento mediante un cuadro inmisericorde: “Ese jacobino era, en primer lugar, la encarnación de la razón de Estado, del hecho del príncipe, del orden colectivo prevaleciendo sobre la justicia […] Era un personaje extraño, que llevaba la misantropía al extremo de un cinismo cruel, que no creía en la pureza ni en la eficacia de ninguna acción humana y, sin embargo, la acción era, para él, una exigencia imperiosa, una necesidad vital”.

Escena de un desfile cívico-militar – Foto Diario La Razón

Años más tarde, el presidente Raymond Poincaré disparaba hacia su primer ministro críticas aún más devastadoras en las páginas de su diario personal (a la distancia, un curioso paralelismo con los epítetos de que se valían los enemigos de Sarmiento): Clemenceau era en efecto “un loco […] un hombre viejo, imbécil, vanidoso, […] atolondrado, violento, engreído, intimidador, despectivo, terriblemente superficial, física e intelectualmente sordo, incapaz de razonar, de reflexionar, de seguir una conversación”. La mirada, mucho más inclemente que la de Blum, no admitía matiz alguno, quizá porque Clemenceau hacía de la dureza, en determinadas ocasiones, su virtud principal. “Por favor, no me interprete mal, le dijo en 1919 al presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson, también nosotros vinimos al mundo con los nobles instintos y las elevadas aspiraciones que usted expresa tan a menudo y con tanta elocuencia. Nos hemos convertido en lo que somos, porque nos ha moldeado la mano brutal del mundo en el que tenemos que vivir y hemos sobrevivido sólo porque somos gente dura”. Todo parecía concurrir a forjar este perfil de coraje.

Como ministro del Interior en 1905, tuvo que aplicar la ley de separación de la Iglesia y el Estado que despertó enconadas resistencias; cuando le tocó enfrentar huelgas obreras, lo hizo recurriendo a la intervención del ejército; cuando asumió por vez primera las funciones de primer ministro, entre 1906 y 1909, poco antes de su viaje a la Argentina, Brasil y Uruguay, tuvo que enfrentar a Alemania en el asunto del reparto colonial. Siempre Alemania hacía las veces de enemigo principal, infundiendo en Clemenceau un “odio perpetuo” que estallaría en la gran contienda. Tan blindado estaba en el contexto agonal de la política y la guerra que, cuando una bala atravesó su torso en el atentado de febrero de 1919, exclamó: “¡Me han disparado por la espalda sin atreverse a dispararme de frente!”. (…)

Clemenceau no desembarcó en Buenos Aires a la manera de un hombre político en acción sino como un observador que, si bien se complace en deslizarse sobre la superficie, en ciertos momentos abre con aire magistral el cerrojo para entender los problemas políticos y sociales de nuestro tiempo del Centenario. Munida de esos atributos, esta narración, junto con las de Adolfo Posada, Enrico Ferri, James Bryce y José Ortega y Gasset, entre otros, se inscribe con peso propio en el conjunto de fuentes historiográficas que proporcionan los viajeros llegados a nuestro país entre 1910 y 1916.

El ambiente social y cultural, político y económico, era, qué duda cabe, hospitalario. En la Argentina de aquel entonces comenzaba a cobrar cuerpo la costumbre de mostrarse, en especial a los extranjeros ilustres que nos visitaban. Latía en estos gestos la actitud compartida por una élite dirigente dispuesta a probar el éxito de un proyecto iniciado medio siglo antes de que, en esa fecha simbólica de los cien años de Independencia, alcanzara su plena consumación. Se decía que la Argentina progresaba porque producía riqueza, atraía grandes contingentes de inmigrantes europeos y estaba dispuesta a reformar, mediante nuevas leyes electorales, unas prácticas políticas viciadas por el fraude y la escasa participación de la ciudadanía en los comicios.

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La riqueza, propia de un país abundante en recursos naturales, se volcaba gracias al desarrollo de la infraestructura en el comercio exterior, derivando de ello consecuencias positivas a pesar de la ineptitud de los gobiernos o de las gruesas fallas que se advertían en la estructura social. Tan fuertes eran esas realidades e imágenes del progreso espontáneo que, según alguna expresión de Clemenceau no registrada en estas páginas, la Argentina era para él tan rica que progresaba de noche mientras el gobierno dormía.

Semejantes concepciones del progreso, típicas de la vertiente del liberalismo clásico de los siglos XVIII y XIX, se traducían, a ojos del viajero, en la gran ciudad porteña que se extendía a la vera de un río con el “agua de un ocre sucio”. Las metáforas del “río color de león”, que de la mano de Victoria Ocampo tendrían después un succès d’estime, están aquí de más.

Pero esa suciedad la proporcionaba una naturaleza que aquella “gran ciudad de Europa”, argentina “hasta la médula de sus huesos”, estaba decididamente dispuesta a superar. (…) Buenos Aires, “la ciudad a la que no se podía ver el fin”, era pues una creación urbana que, a la vez que miraba al exterior, asimilaba y argentinizaba a los inmigrantes con una velocidad pasmosa. Esta amalgama impactó a Clemenceau y asimismo lo inquietó como nacionalista que era. Cuando preguntó a un hijo de inmigrante si en su casa hablaban italiano o español, el niño “respondió orgullosamente: en casa todos hablamos argentino”.(…) Tras la opinión acerca de la facilidad con que se integraban los inmigrantes en una “aglomeración latina” ya se columbraban los efectos de unas leyes que, en algunos casos, tenían cerca de treinta años de vigencia. Hasta los propios franceses, reconocía Clemenceau, “marchaban en la delantera del contagio argentino con una sorprendente facilidad”.

Esta asimilación en nada empalidecía el brillo de que hacía gala la colectividad de sus compatriotas a través de Paul Groussac, director de una Biblioteca Nacional “sin rival en América del Sur”, a quien, como al suegro de Tácito, “le gustaba más ofender que odiar”, y del paisajista Carlos Thays, cuya mano “genial” había dado a luz jardines botánicos, parques y paseos. El contrapunto entre los paisajes a la europea y las grandes extensiones de la pampa productiva, sin árbol alguno que recordar, salvo “el inútil ombú”, es un tema recurrente en estas páginas. Otra versión del desierto, con esos bosques salvajemente explotados para instalar los durmientes de los ferrocarriles que transportaban productos agrícola-ganaderos y brazos humanos. Estos últimos, criollos e inmigrantes sin “protección alguna” en el mundo rural, se radicaban en una ciudad que, holgadamente, se empinaba sobre el millón de habitantes.

Las consecuencias de esta falta de arraigo rural eran los “miserables conventillos” urbanos en donde “reina en toda su fealdad la miseria europea”. La pampa fértil que había dado forma “al hombre y al país” no tenía un poder de atracción suficiente para arrancar a los inmigrantes del hacinamiento urbano. Mientras tanto, para unos y otros, el mundo exterior era la meca en la cual inspirarse hasta el punto de que, salvo alguna mención a Enrique Larreta, nadie entre la gente culta le decía una palabra a Clemenceau sobre literatura argentina. He aquí un paralelismo sugestivo: en aquel Buenos Aires de 1910 se “argentinizaba” hacia abajo, con la atención puesta en los hijos de los inmigrantes, al paso que la élite se “europeizaba”.

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Con respecto al mandato de impartir las primeras letras a los vástagos de los recién llegados en las escuelas públicas, Clemenceau emitió un juicio ambivalente. (…) Estaba en condiciones de mostrar los claroscuros del desarrollo urbano en contraposición con un sector rural rico en recursos materiales y pobre en recursos humanos.

Entre ellos, en el nivel más bajo de la escala social, las “aglomeraciones de indígenas que el gobierno trata sin consideración” aguardaban una necesaria reparación. Clemenceau estaba muy lejos de esgrimir los criterios racistas que entonces postulaban la superioridad natural de las poblaciones de los países centrales. Más bien, se inclinaba a poner de manifiesto la “sencillez, nobleza y dignidad de la población indígena”.

Si las escuelas no despertaron en Clemenceau la admiración que los funcionarios esperaban, los hospitales públicos satisfacían holgadamente los más avanzados criterios de excelencia. (…) Admirado al contemplar cómo “tanta paz amable” ha sucedido a “tantos furores”, Clemenceau comprobaba en los hechos lo que le decía un político: “La riqueza nos ha calmado”. La trayectoria del senador Benito Villanueva, grato anfitrión en las visitas al hipódromo de Palermo y a las islas del Delta del Paraná, le revelaba cómo el mundo de los negocios se entrelazaba estrechamente con el mundo político.

Aun así, sobre este terreno aparentemente apacible, se agitaba la opinión orientada por una prensa escrita de excelente calidad: La Prensa, La Nación, El Diario, las revistas ilustradas P.B.T. y Caras y Caretas, toda esa producción abigarrada a la cual debían sumarse los periódicos partidarios, iba formando círculos concéntricos sobre un régimen político aquejado por el predominio excesivo del Poder Ejecutivo sobre el resto de los poderes. (…)

Vale la pena reproducir este párrafo: “Se os dirá seguramente […] que el presidente de la República, por su acción sobre las legislaturas del Estado elige, de hecho, su sucesor, y esta aserción no deja de tener cierta dosis de verdad. Sin embargo, si fuera rigurosamente así, el mismo partido se perpetuaría indefinidamente en el poder, lo cual no ocurre ni mucho menos. Es que la opinión pública, cuando está suficientemente firme en su propósito, llega a romper muy bien, con la ayuda del temor de una revuelta, todas las resistencias para hacer triunfar a su candidato. Así se encuentra contrabalanceado, salga lo que salga, el abuso del poder personal, como ha sucedido precisamente en el caso de la elección de Sáenz Peña”.

En realidad, las cosas no acontecieron de ese modo porque Figueroa Alcorta impuso a su sucesor en unas elecciones, las de 1910, que, como tantas otras, recibieron el mote de “canónicas”. No obstante, Clemenceau no estaba en espíritu “de arrojar una piedra” a la Argentina política sin antes “hacer una limpieza en nuestro propio jardín”. La limpieza en jardines propios y ajenos quedaba en manos de la opinión pública, el principal agente, según Clemenceau, de la reforma en ciernes.

Clemenceau ganó la guerra, contribuyó a instaurar una paz inestable y revanchista, perdió la elección presidencial de 1919, escribió libros y memorias, siguió viajando y, fiel a una moda depredadora que hacía honor a su apodo, cazó tigres en la India cuando culminaba su robusta ancianidad. Murió en noviembre de 1929, un año después de que Hipólito Yrigoyen ascendiese a desempeñar su segunda presidencia y diez meses antes de que un golpe de Estado hiciera trizas en la Argentina aquel designio reformista que le tocó analizar con juicio benevolente.
 

Fuente: 

Diario Perfil 3/1/2010

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