Biografías de la inestabilidad política

En su libro El final. Cómo dejan el gobierno los presidentes argentinos (Ediciones B), el periodista Pablo Mendelevich revisa, desde Rivadavia en adelante, el modo en que se fueron de la Casa Rosada los distintos mandatarios y cómo se fue dando ese proceso que es la erosión del poder. Aquí un fragmento

Si gobernar la Argentina es difícil, dejar el gobierno lo es más aún. A lo largo de la historia, menos de un tercio de los presidentes logró ajustar la duración del mandato a lo establecido en la Constitución (cuatro o seis años, según el momento histórico), lo que equivale a decir que muy pocos consiguieron, hasta hoy, dejar el poder de manera no traumática.

No sólo la mayoría de los presidentes se fue mal -o fuera de hora- sino que, literalmente, salieron de la Casa Rosada de las formas más estrafalarias.

Hubo uno que pidió un taxi (Illia), otro salió caminando sin que nadie lo advirtiera (Farrell), dos lo hicieron en helicóptero, aunque por razones diversas (Isabel Perón y De la Rúa), uno voló en avión a la isla Martín García (Frondizi) y otros dos salieron embarcados (Yrigoyen y Perón), aunque no en plan de descanso: los obligaron a permanecer flotando en sendos barcos de guerra (Yrigoyen al final navegó hasta Martín García, donde lo tuvieron preso un año y medio, y a Perón lo despacharon a Paraguay en hidroavión).

Sobre un total de cincuenta y dos presidentes, cuatro se enfermaron cuando gobernaban, y murieron (Quintana, Roque Sáenz Peña, Ortíz y Perón). Muchos otros conservaron la salud, pero se les gastó el poder y terminaron renunciando o fueron depuestos. Los que dejaron de gobernar antes de lo que estaba programado fueron nada menos que diecinueve. Siete no se pudieron sostener. Cayeron arrastrados por crisis políticas de raíz económica (Rivadavia, Derqui, Juárez Celman, Luis Sáenz Peña, Alfonsín, De la Rúa y Rodríguez Saá). Seis fueron depuestos por golpes de estado (Yrigoyen, Castillo, Perón, Frondizi, Illia e Isabel Perón). Los seis restantes -sin contar a Rawson, que no llegó a jurar- son presidentes militares depuestos por sus pares (Ramírez, Lonardi, Onganía, Levingston, Viola y Galtieri).

Juárez Celman fue el que alteró la regularidad en 1890, apenas restaurada hacia los años 20. Nunca más se recuperó mediante alternancias de ritmo sostenido. Eso explica que en la memoria genética de la nación o, podría decirse, en el inconsciente colectivo, la agitada inestabilidad sea mucho más esperable que la parsimoniosa rutina.

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Lo raro en la Argentina no es la perspectiva de que alguien no llegue bien al final de su mandato sino lo contrario, que un presidente se vaya el día que corresponde, por la puerta grande y sin demasiado rechazo popular. Esperar que se produzca una caída presidencial, es verdad, muchas veces fue lo mismo que desearlo, porque a menudo los golpes fueron patrocinados no sólo con conspiraciones sino, fuera de palacio, mediante un planificado desgaste de la figura del Presidente (quien a veces contribuía con generosos aportes propios a la causa). Como reacción, quizás, de tanto denostarse a los que acariciaban la idea de «alterar el orden» aunque sólo hubieran mencionado la hipótesis de un mandato abortado sin pretenderlo, la democracia empezó a fingir que la anormalidad era normal. La estadística decía otra cosa.

Quizás haya llegado la hora de prestar atención a la historia real: pese a la inexistencia de golpes de Estado militares, la anormalidad institucional no pudo ser quebrada. La mayor serie de presidentes titulares sucedidos en orden (sin renuncias ni muertes ni derrocamientos ni caídas) fue de apenas cuatro y ocurrió hace más de ciento veinte años: eran Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Roca.

Aunque comúnmente se atribuye la inestabilidad institucional a los golpes militares, en la nueva democracia, que es el mayor lapso desde 1930 sin gobiernos de facto, apenas un presidente logró completar un período ajustado al mandato estándar dispuesto por la Constitución. Fue Menem en el primer mandato. Su segundo mandato, igual que el de Kirchner, resultó irregular. Se trató de mandatos «excepcionales». Tanto Menem como Kirchner gobernaron cuatro años y medio porque se ofrecieron a emparchar desajustes previos.

Alfonsín tampoco dejó el poder en la fecha indicada, en su caso porque renunció medio año antes, después de que la oposición ganara las elecciones presidenciales que habían sido adelantadas para paliar la debilidad del gobierno radical.

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El debilitamiento progresivo de la mayoría de los presidentes fue uno de los principales argumentos utilizados para reducir el mandato de seis a cuatro años, lo que, sin embargo, no parece haber resuelto el problema. En los últimos tiempos, sólo Duhalde y Kirchner lograron dejar el poder bajo condiciones de cierto aprecio público. Pero Duhalde es un caso aparte, porque aunque lo puso el Congreso para gobernar por dos años, él se acortó solo el mandato y decidió irse al año y medio, cosa que ocasionó otro desbarajuste institucional.

Los presidentes salen de muchas maneras. ¿Se van ricos o pobres? Ya se sabe que los segundos cónyuges que gobiernan el país mediante una sucesión matrimonial, los Kirchner, van a tener el récord de haber sido -según sus declaraciones juradas oficiales- los presidentes que más se enriquecieron durante su paso por el poder. En el otro extremo -dinerario y cronológico- quedaron Rivadavia y Derqui. Rivadavia cayó en la miseria; vivió en el exilio en una pieza, entre escombros y goteras. Y, cuando Derqui murió en 1867, su familia no tenía plata para enterrarlo. Entre los dos extremos hubo aristócratas que parecían estar más allá de las fortunas personales, como Alvear, y hombres austeros que murieron en su departamento de siempre, como Alfonsín. Nuevos ricos, amantes de las corbatas importadas, como Lastiri, y millonarios perseguidos hasta el día de hoy por la justicia, con cuentas secretas en Suiza, como Menem, el primer ex presidente que marchó preso por orden judicial sin que mediara orden castrense.

Mucho después de Rivadavia, como Europa subyugaba a la clase alta, vino una época, por cierto breve, en la que los presidentes salían de la Casa Rosada y viajaban para ensanchar su prestigio o, incluso, recibir agasajos. Roca terminó y se hizo rendir honores en la Alemania de Bismarck, la Italia de Humberto I y la Inglaterra victoriana. A Figueroa Alcorta lo mandó a España el presidente Roque Sáenz Peña para que representara al país.

Figueroa Alcorta sin duda pertenecía a los tiempos en que se salía bien de la Casa Rosada, porque a él eso le valió ser nombrado miembro de la Corte Suprema de Justicia, la cual -único caso- llegaría a presidir.

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Lo que sigue vigente es la regla que hace que los ex presidentes no se jubilen de la política, regla confirmada con la ampulosa excepción de Isabel Perón, una militante del retiro.

Ostracismo cuyo récord detentaba Farrell, quien al morir, en 1980, había completado casi cuatro décadas como ex presidente sin que nadie se acordara de él. O sea, de quien gobernaba la Argentina cuando nació el peronismo. En longevidad postpresidencial ahora Levingston los superó a todos.

Pellegrini, de quien rara vez se recuerda que fue un vicepresidente que reemplazó al presidente (como si hoy Cobos tuviera que asumir) y sólo gobernó dos años, se convirtió, como ex presidente, en un hombre de consulta. Función que Roca, se sabe, nunca dejó de cumplir. Roca volvió al poder más tarde, igual que Yrigoyen y Perón, los tres únicos presidentes, por eso, que venían de ser ex presidentes. Lo mismo anhelaron en algún momento Mitre, Alvear, Frondizi (que sólo fue precandidato), Justo y Alfonsín (que no llegaron a postularse) y Menem, sin conseguirlo.

Si se recuerda que Luder fue presidente provisional en 1975 se lo puede añadir a esta corta lista de ex presidentes derrotados en las urnas, completada en el campo militar por Aramburu, que en 1963 fue contra Illia y salió tercero.

Este libro cuenta cómo se fueron los presidentes y a dónde. Cómo dejaron el poder y por qué. Desde Rivadavia hasta Kirchner.

Tanto en los aspectos visibles -su último día- como en los que se relacionan con lo que verdaderamente importa, ese proceso que es la erosión del poder, antesala de los finales precipitados o los epílogos sin gloria. El desgaste, una curva demasiado repetida en la historia argentina como para no atenderla e indagar por su perseverancia, lo que lleva a preguntarse, también, por su vigencia.

 

Fuente: 

Diario La Nación 16/5/2010

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