Berlín 1936: el día que humillaron a Hitler

Es una película muy breve, en blanco y negro, capturada por el equipo de camarógrafos comandado por Leni Refienstahl, encargado de registrar los fastos de los Juegos Olímpicos celebrados en Berlín, en 1936. Durante los meses anteriores a la ceremonia inaugural, Joseph Goebbels, ministro de propaganda del régimen nazi, dio instrucciones precisas para que desapareciese de las calles de la ciudad cualquier indicio de antisemitismo. Las imágenes muestran la final de remo en la modalidad ocho con timonel. Hitler está en el palco reservado a las autoridades. Cuando se da la señal de largada, unas setenta y cinco mil personas, situadas a los costados del circuito de remo de Grünau, en el lago Langer See, braman en las gradas. Las cámaras se concentran en capturar el esfuerzo del equipo alemán; cuando está por concluir la prueba, un plano cerrado registra el instante en que el timonel, mirando a uno de los costados, observa con contenida desesperación el avance de los norteamericanos, que terminarán venciendo con un tiempo de 6’25», a un segundo de los alemanes y a décimas de los italianos. Fue una de las peores derrotas deportivas del régimen; la otra, célebre, fue la que le propinó el atleta negro Jesse Owens.

El cuento está muy bien contado en Remando como un solo hombre. La historia del equipo de remo que humilló a Hitler, un libro del periodista Daniel James Brown cuya publicación en España acaba de celebrar Alberto Manguel. El escritor argentino subraya la precisión con que el autor retrata el momento histórico en que se desarrollaron los hechos (la consolidación del régimen nazi y la Depresión que pesó sobre los Estados Unidos) y la manera en que da cuenta de los valores de un deporte que se construye sobre el esfuerzo colectivo, la cohesión, la camaradería y el sacrificio personal. Brown contó con el testimonio de John Krantz, uno de los atletas de esa epopeya. Crecido en un mundo de privaciones e inestabilidad emocional, y estudiante en la Universidad de Washington, Rantz era un extranjero en el seno de un deporte de elite al que accedían mayormente los estudiantes de Princeton, Harvard o Yale. Brown visitó a John Rantz en una sencilla casa de madera cuando éste ya era un hombre nonagenario. Los detalles de ese encuentro están en el prólogo de su libro excepcional. Rantz lo recibió junto a su hija, tendido en un sillón reclinable; llevaba pantalón y chaqueta deportivos y unas zapatillas rojas; tenía la barba blanca muy corta y la piel cetrina. Pese a su imponente metro ochenta y seis de estatura, su aspecto ya era el de un anciano enfermo; en una esquina de la sala había una bomba de oxígeno. Hablaba pausadamente; la voz, aflautada y frágil, se quebró sólo en unos pocos momentos de esa larga evocación de la gesta que cambió su vida para siempre. Estaba cansado, pero con energías suficientes para ir al encuentro de ese pasado entre brumas. Rememoró su infancia en los días de la Gran Depresión y los esfuerzos que había hecho durante los entrenamientos en condiciones de frío extremo. Ninguno de esos recuerdos le arrancó una lágrima. Sin embargo, cuando se refirió a lo que llamó «el bote», su voz empezó a entrecortarse y los ojos se le llenaron de lágrimas. El periodista que había llegado hasta la madriguera del héroe de Berlín pensó que se refería al Husky Clipper, la embarcación de cedro con la que el ocho con timonel norteamericano había infligido una de sus peores derrotas a Hitler. Durante el resto de la conversación, mientras su interlocutor reconstruía los hechos, fue comprendiendo que «el bote» era más que eso; lo rodeaba un misterio que no conseguía terminar de desentrañar. Cuando estaba a punto de retirarse, después de estrechar la mano extraordinariamente larga y delgada de su entrevistado, la hija de Joe Rantz extrajo de una vitrina la medalla de oro olímpica y la puso en sus manos. Le contó entonces la pequeña historia de esa presea dorada, durante años perdida en la casa y recobrada mucho después en un desván, adonde pudo haberla llevado una ardilla. Brown sonrió, saludó otra vez a su anfitrión y le dijo que tal vez pudiese regresar alguna vez para que le contase otros detalles de su apasionante aventura personal, la historia de un hombre que creció en las calles de Seattle tras haber perdido tempranamente a su madre, solo y sin mayores oportunidades. Quizá, dijo, podía escribir un libro. El viejo esbozó una sonrisa, tomó una de sus manos y respondió que le parecía bien. «Pero no tiene que ser sólo sobre mí -añadió en un susurro; la voz volvió a entrecortársele-. Tiene que ser sobre «el bote».» por Víctor Hugo Ghitta Fuente: 

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Diario La Nación 25/10/2015

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