Autobiografía pespunteada del legendario modisto de Eva Perón

Publicada en 1975 por Editorial de la Flor y ya casi imposible de conseguir, el libro fue reeditado por Caballo Negro. En él habla una voz personal que, sin habérselo propuesto el autor, es también un testimonio histórico.

La escena empieza con un niño fascinado por el circo que cada tanto llegaba a Mamaguita, su pueblo natal en la provincia de Buenos Aires. Además de animales, acróbatas y payasos, había representaciones teatrales. Ahí descubrió a un tal Giordano, a quien describe como «el hombre más buen mozo del mundo». «Se vestía a lo cafisho –después supe qué era un cafisho–, con pantalón a rayas y zapatos con taquitos», dice, trazando con apenas una línea, una descripción exacta, completa. Y agrega: «Creo que el comienzo de mi homosexualidad fue mi admiración por Giordano.» El relato sigue, vertiginoso como si ocurriera en tiempo real. Y se detiene durante una discusión familiar donde Celina, una de las hermanas de su madre, resulta ser hija natural; es decir, una hermanastra o media hermana. El niño descubre esa mentira y protesta. Grita apretando la cabeza contra el suelo, como reacción a las buenas costumbres, al no decir, a esa bronca visceral que se le escapaba del cuerpo. «Creo que fue la primera vez que mi padre se dio cuenta de que en mi vida nada me detendría en mis gustos y en mis deseos; que el bien y el mal sólo corresponderían a mi propia apreciación», escribe Paco Jamandreu. Y bajo esta luz se comprende que sus memorias se llamen, justamente, La cabeza contra el suelo.  La mítica autobiografía de este vanguardista que fue diseñador de modas pero también vestuarista de cine, crítico de modas, actor, empresario –y que muchos conocen por haber vestido a Eva Perón antes y durante la presidencia de su marido– fue publicada por primera vez por Ediciones de la Flor a fines de 1975. El libro no siempre fue fácil de conseguir y sólo con el tiempo comenzó a ser valorizado como lo que realmente es: un relato histórico y documental pero a la vez, la voz de un personaje que tensa la palabra poética, que escribe con una libertad asombrosa (ni siquiera le importa contradecirse de tanto en tanto y afirmar en una página que «el amor es privado» y luego «nunca entendí la palabra ‘privado’. Cuando quiero, quiero en público. Por eso soy verdad»). Y sobre todo, un hombre que implanta su voz marica sin falsos pudores. La cabeza contra el suelo acaba de ser reeditado por el sello cordobés Caballo Negro. Tiene además un imperdible prólogo de Mariano López Seoane, que permite poner en perspectiva todos estos aspectos. «Paco Jamandreu se revela en estas páginas como un escritor, más aun, como cultor de un barroco embarrado en el que oímos a Lamborghini, a Perlongher, a Noy, incluso a Marosa di Giorgio. El texto comienza con un rapto lírico que no desentonaría en una antología de poesía neobarrosa: desesperando entre el oro y el lodo, Jamandreu parece reclamar un derecho que toda loca intuye desde su nacimiento, el derecho al delirio», apunta López Seoane.  Ahí, en ese comienzo, está su padre dueño de un diario («era hijo de una de las familias más ricas y aristocráticas de Barcelona. Su padre era héroe del Brucht. Su madre descendía de la Baronesa de Cuadras»). También, la «casaabuela» (así llamaban los hermanos Jamandreu; o sea, Paco, Jorge y Herminia, a la casa de la abuela materna). «Ella se sentaba sobre un ancho tronco sobre el que los tíos ponían un colorido almohadón redondo, rodeado de altísimas ramas que hacían de respaldo. Todos, grandes y chicos, lo llamábamos ‘El trono de las ramas'», escribe. Y la llegada a los 16 años a Buenos Aires, de pensión en pensión, mientras bailaba para conseguir dinero, dormía abrazado a muchachos hermosos («lindo ese que parecía tu primo», comentaban las dueñas de las pensiones), dibujaba sus figurines, abandonaba un puesto fugaz como maestro en José C. Paz. Casi en paralelo comienzan los artículos de moda en publicaciones como Mundo Argentino y El Hogar. También, los programas radiales en Radio Belgrano, El Mundo y en Splendid. Así, a partir de la década del cuarenta y antes de cumplir 20 años, Jamandreu se convirtió en el modisto de la burguesía porteña y de las estrellas de moda. De hecho, se podría decir que inventó la moda en nuestro país si en eso consiste crear una nueva tendencia, darle forma, aportarle un cierto color local. Él mismo lo explica: «Al no llegar a Buenos Aires ningún medio de información sobre la moda, dada la guerra que había sumido a Europa en un caos, mis dibujos y mis creaciones eran seguidos y aceptados por todas las porteñas elegantes.» Con él se vistieron Marlene Dietrich, Joan Crawford, Zully Moreno, la Coca Sarli y todo un rosario de divas de aquí y de allá. También Eva Perón. Cuando aún era actriz, lo citó en su departamento de Arenales y Billinghurst. «Me impresionó su piel desde el primer día: blanca, transparente, increíble. (…) Era rubia, de pasos muy largos y muy decididos. Usaba unos pantalones de satén gris plata, un chemisier celeste y zapatos blancos con grandes plataformas de corcho. ¡Qué cache!, pensé para mis adentros», escribe tras ese primer encuentro. Ella le encargó ropa para su trabajo en cine y radio. Y también, «ropa sport, más sencilla» (…) «para su trabajo junto al coronel». Perón estaba también en la casa y pidió verlo. «Recostado en la cama, comía sándwiches de chorizo y tomaba vino. Confieso que de entrada me deslumbró su gran simpatía, con su enorme sonrisa», continúa. Él le dijo: «¿Así que vos sos el famoso Paco? Pero sos un pibe y hacés moda para las mujeres. Mirá que te elegiste una muy difícil, ¿eh? ¿Qué te parece? ¿Qué te parece Eva? Con ella podrás lucirte.» Jamandreu confiesa: «Yo me creía un genio capaz de poder decir cualquier cosa» así que opinó que sí, que Eva era hermosa pero que tenía «un poco de pancita». En la visita siguiente la encontró enfundada en un enorme pijama de Perón, haciendo gimnasia con un alemán y diciéndole a Paco: «usted es un mequetrefe que me metió en esto y para colmo a este alemán que no le entiendo ni mu en español».  «Me encargaba vestidos a granel. A esos días pertenece un tailleur a cuadros ‘Príncipe de Gales’ con un pequeño cuello de terciopelo con el que posó para su foto que más tarde sería la más difundida a través de años y años. (…) Yo la consideré siempre una mujer extraordinariamente buena y fuimos amigos, en la medida en que se podía serlo con ella, que si bien era cordial y amable, cuando se enojaba empleaba un vocabulario muy duro e inspiraba un muy especial respeto. Se divertía conmigo. Me preguntaba dónde iba, si salía de noche. ‘En qué puteríos andarás vos’, me decía cuando me veía cansado a la mañana. Yo me deschavaba mucho. Un día me dijo muy suelta de cuerpo: ‘Te espero a las ocho. Pero a las ocho. A ver si te encontrás con un chongo y llegás pasado mañana'».  Jamandreu dice que Eva era «sensacionalmente auténtica», y que le daba enorme valor afectivo a los objetos que le regalaba la gente. Así, en sus vitrinas, entre porcelanas de Sévres y Limoges, tenía por ejemplo, una cotorra embalsamada con anteojos de alambre y un pedacito de diario bajo el ala. Ella se lo dejó muy en claro: «Es una cotorra sabia. Y dejate de reír porque no tiene nada que ver con la decoración. Me gusta y se acabó.»  Con el tiempo, Eva comenzó a vestirse con diseñadores de París. Pero una noche Perón lo llamó, cuando su esposa estaba muy enferma. «Eva se muere. Tengo que apelar a tus sentimientos. Quiero hacerle creer que preparamos un largo viaje y que vos le estás diseñando ya la ropa. Si vos me hicieras enseguida, para hoy mismo (eran las dos de la mañana) unos dibujos en colores yo haría que abrieran sederías para que puedas elegir telas. Aunque no será fácil hacérselo creer. Pero trataremos de levantarle el ánimo», dijo el general. Jamandreu lo hizo. A los cuatro días, Eva moría. «Poco después recibí los diseños de vuelta con una tarjeta que decía ‘Juan Perón muy agradecido’ y a la vuelta: ‘A tus órdenes'». Jamandreu se paseó por las pasarelas del mundo y también por los bajos fondos. «Entre quedarme cuatro horas mirando a La Gioconda y cuatro horas en un prostíbulo de Cali, ahora no vacilaría», escribió. Con los años terminó en Villa Devoto por una riña. Cuando salió, presentó sus nuevos modelos en una audición televisiva con los nombres de sus compañeros de prisión: «Modelo Cabrera», «modelo Solar». «Los de la televisión ponen el grito en el cielo pero a mí me importa tres pepinos. Había prometido nombrarlos y los nombré», dice. Sobre el final del libro él, que siempre prefirió usar peluca, evoca ese «montón de rulos negros» que volaban sobre sus hombros a los 16 años. Y escribe en un tramo, casi inocente, muy adorable: «Cuando yo me retire, me iré a vivir una vida apacible con animalitos y jardines (…) Mi otro yo, el que no piensa en pieles ni en lentejuelas, ni en vida de locuras, se aferra a la tierra terriblemente. Pero yo no me retiraría sin tener un amante. Con gallinitas, con pollitos, sí. Pero también con amante. Porque si no, ¿qué clase de retiro sería ese?» Por azar o premonición, Jamandreu había nacido el 17 de octubre de 1925. Falleció en Buenos Aires, en 1995.  por Ivana Romero Fuente: 

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Diario Tiempo Argentino 18/2/2015

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