Aquel luminoso 24 de marzo de 1816

El domingo 24 de marzo de 1816, en la casa cedida por doña Francisca Bazán de Laguna, se iniciaron las sesiones del Congreso de Tucumán. Veintiún diputados estuvieron presentes. Una salva de cañonazos y una misa en el templo de San Francisco fueron los actos celebrados en esa jornada que dio inicio al Congreso que habría de tomar la decisión más atrevida del proceso revolucionario iniciado el 25 de mayo de 1810.

El Congreso celebró sus sesiones en Tucumán hasta febrero de 1817, luego se trasladó a Buenos Aires, asediado por la ofensiva de las lanzas federales del Litoral. Antes del estallido de la crisis del 20, el Congreso sancionó la Constitución de 1819. Después llegó el fin, con algo de pena y mucho de gloria, porque más allá de las invectivas proferidas con buena y mala fe contra este Congreso, de los errores que no faltaron, de las intrigas que abundaron y de las disidencias que no llegaron a disimularse, este Congreso convocado «desde la debilidad» produjo la Declaración de la Independencia. Joaquín V. González lo expresó con su proverbial elocuencia: «Fue la asamblea más nacional, más argentina y más representativa que haya existido jamás en nuestra historia». Cayetano Rodríguez, el periodista del Congreso, escribió en El Redactor que aquel 24 de marzo el clima y el paisaje tucumano parecían estar en sintonía con la trascendencia de la reunión. Las impasibles nieves del Aconquija, la insolente exuberancia de colores de la quebrada de Lules, el cielo azul sobre las casas coloniales se suponía que eran como un anticipo de la armonía que nos aguardaba. Licencias periodísticas al margen, Bartolomé Mitre habría de advertir, años después, que fue un Congreso convocado en medio de la tempestad. No exageraba: en medio de la tempestad y de la furia. Para marzo de 1816 las malas noticias parecían ser la constante. Derrotado Napoleón, se constituye la Santa Alianza y Fernando VII regresa al trono. El tiempo de las revoluciones llegaba a su fin y se inicia el ciclo de las restauraciones. El rey de España deroga la Constitución liberal de Cádiz y pide la cabeza de todos los cabecillas de los movimientos emancipadores de América. Una flota de más de veinte mil hombres dirigida por el general Morillo avanza decidida a poner las cosas en su lugar. El clima en América era desolador. Desde México hasta Chile los movimientos revolucionarios se derrumbaban con más pena que gloria. En esta región, que todavía no se llama Argentina, la revolución se sostenía jaqueada por las guerras civiles, las acechanzas de los ejércitos portugueses y la ofensiva de las tropas realistas luego de la derrota de las tropas criollas en Sipe Sipe. Una sola lucecita se sostiene a lo largo de América como un testimonio y una esperanza: el ejército que San Martín organizaba en Cuyo. Después, la congoja, el miedo, la incertidumbre. Artigas controla el Litoral y justamente para esos meses el ejército portugués dirigido por el general Lecor avanza sobre la Banda Oriental, una invasión que se perpetra con la mirada complaciente o impotente de Buenos Aires. Las peripecias de las guerras civiles reproducían sus propias tensiones internas. En abril de 1815 el general Álvarez Thomas se rebeló en Fontezuelas contra el régimen directorial. Más de un historiador estima que esta rebelión de carácter federal fue la causa inmediata de la convocatoria al Congreso que declaró la Independencia. Como consecuencia, se abrió un proceso político desprolijo, caótico y se intentó organizar un nuevo principio de legitimidad. El poder retornó al Cabildo controlado por los sectores más conservadores. Curioso. Los enemigos de los supuestos excesos de la Asamblea del año XIII convocaron a la constitución de un Congreso que habrá de declarar la independencia. Es raro. Los conservadores concretaron aquello que los progresistas no pudieron hacer. No es la primera ni la última vez que en los torbellinos de la historia se precipitan estas aparentes contradicciones. Tucumán no es una casualidad. Después de la derrota de Sipe Sipe, elegir esta provincia fue un acto de coraje. Había que probar que la revolución no se rendía. Desde diciembre de 1815 los diputados comenzaron a llegar. Eran sacerdotes y abogados. Egresados de las universidades de Charcas, Córdoba y Santiago de Chile. Llegaban en galeras o a caballo. Los civiles se alojaban en casas de familia; los sacerdotes, en los conventos de los franciscanos, los jesuitas y los dominicos. Cien pesos por mes cobraba cada diputado. Un solo funcionario era rentado. Por lo pronto, el 24 de marzo se inician los preparativos. Pedro Medrano fue elegido presidente y Mariano Serrano y Juan José Paso, secretarios. Esa presidencia se renovaría todos los meses. Como un signo del talante del Congreso, se decidió perdonar la vida de once desertores condenados a muerte. «Piedad, piedad y viva la patria», exclamó el diputado Pueyrredón, el mismo que en las sesiones del 3 de mayo fue elegido director supremo, para satisfacción de San Martín y Belgrano. por Rogelio Alaniz, periodista y docente de Historia (UNL) Fuente: 

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Diario La Nación 23/3/2016

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