Aquel hueco de las cabecitas

El paisaje que se ve ahora, con algunos retoques, es casi el mismo que pensó Carlos Thays, ese paisajista francés que se encargó de ponerle verde a Buenos Aires. De allí, las tipas, los jacarandás y hasta algún ombú.

La plaza Vicente López, en la década del ochenta – Foto Diario Clarín 

Pero la plaza Vicente López, que de ella se trata, supo ser uno de los sitios más marginales de la vieja ciudad que poco tienen que ver con ese marco actual y tan elegante de las calles Paraná, Juncal, Montevideo y Arenales.

Hacia 1770, ese lugar era el terreno de donde la gente del vecino “horno de Britos” sacaba la tierra para fabricar ladrillos. Por eso, la zona solía ser un lodazal, algo que se agravaba cuando alguna lluvia castigaba el paisaje lleno de quintas. Había poco de bucólico: a unas cuadras (en lo que hoy es Las Heras y Pueyrredón) estaban los corrales y mataderos del Norte, donde se faenaban ovejas y carneros que las tropas traían hacia Buenos Aires.

Cuando las carretas con el ganado faenado, después tomaban “el camino de Chavango” (actual Las Heras) hacia el centro, solían usar lo que hoy es la plaza para descargar las cabezas de los animales. Así, aquel espacio comenzó a ser conocido como “el hueco de las cabecitas”, una hondonada poco agradable de transitar.

El entorno tampoco eran un lujo: reñideros de gallos, casas de juego y pulperías (la más famosa era “la del Pobre Diablo”) eran comunes en esa zona de cuchilleros, que tenían filo para faenar y, caña o vino mediante, no sólo ganado.

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Inclusive, la historia recuerda que en “el hueco de las cabecitas” supo haber algunos duelos famosos, a pesar de que desde 1814 esos lances estaban prohibidos. Dicen que uno de los más mentados fue el que alguna vez enfrentó al Negro Segismundo Alvear (un criado y ladero del general Carlos María de Alvear) con Eulalio Masculino (criado de otra familia de raigambre en la sociedad porteña). El combate fue a sable y cada moreno tuvo sus padrinos y hasta hubo un director para verificar que se respetaran las reglas. El combate era a muerte pero terminó cuando Segismundo hirió gravemente a Eulalio, quien sobrevivió pero quedó tuerto. Cuentan que esa vez, a Masculino lo salvó la oscuridad.

También se recuerda que, en ese lugar y en otro duelo, el mismo Segismundo Alvear terminó matando a un cochero de la familia Gamboa. Esa vez el enfrentamiento fue con estacas con punta de hierro. ¿El origen de la pelea? La disputa de los amores de una morena que luego Segismundo no pudo disfrutar porque tuvo que esconderse para no terminar juzgado y fusilado.

A fines de 1852, la zona de la actual plaza también fue escenario de otra batalla entre tropas del coronel Hilario Lagos contra las que lideraba el general Manuel Hornos, resabios de lo que había sido el derrocamiento de Juan Manuel de Rosas. Aquel pleito sangriento, tras duro combate, se definió a favor de Hornos.

La plaza Vicente López hace mucho que dejó atrás esos malos recuerdos y es un verdadero pulmón de buena brisa para el muy poblado Barrio Norte. Y cuando evoca alguna referencia del lugar, algunos prefieren traer a aquellos muchachos de la Escudería 05 que, en los 60, paraban en el bar que estaba sobre Paraná, casi Arenales. En aquel sitio tuerca se volantes como Eduardo Casá, Juan Manuel Bordeu, Gastón Perkins, Federico Urruti, Atilio Viale o Carmelo Galbato: referencia obligada para amantes de los fierros. Pero esa es otra historia.

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por Eduardo Parise

 

Fuente: 

Diario Clarín 17/1/2011

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