Aquel 17 de noviembre que volvió Perón

Fue un 17 de Noviembre de hace casi cuarenta años. Y habían pasado 17 años, desde 1955 a 1972, se pasaron esos años en la resistencia, en lucha por la democracia. Con el golpe ellos imaginaron que nacía una política definitiva; que derrocaban a una dictadura. Denunciaban violencias que ellos mismos habrían de convertir con sus actos en inocentes exageraciones. Con el asesinato del General Valle, con los basurales de León Suárez y sus muertos, con el golpe a Frondizi y luego a Illia, el poder desnudaba la ideología de los intereses contra los pueblos. Y así y todo nos faltaba que volviera otro golpe para develarnos lo peor.

Aquel 17 de noviembre de 1972 era, con atraso, el aniversario de la Plaza del 17 de octubre, el aniversario soñado con las glorias del retorno.

Desfilábamos por Avenida del Trabajo, una llovizna mojaba la solemnidad de nuestros pasos, era un pueblo en la calle, con todos los rostros y todas las edades, una marcha tumultuosa con un rumbo más metido en el alma que en el mapa.

Todos sabíamos que no nos iban a dejar llegar. A nadie le molestaba ese detalle. Son esos días que se sale tan solo para ser testigos de la historia  . Y nada menos.

Los militantes fueron tragados por la gente, a nadie se le ocurría diferenciarse con otra cosa que una bandera azul y blanca.

Caminé un trecho junto a un anciano que apoyaba su bastón en cada paso, repitiendo como un mantra el nombre de Perón. A su lado, su hija lo ayudaba con el otro brazo.

Una mujer joven, enarbolando una bandera, gritaba como poseída un “adelante muchachos”, caminando firme hacia la policía que cortaba el camino. Sólo unos pocos la seguimos para que su convocatoria a las masas no sufriera la frustración de la soledad.

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Y un militante sindical de mi barrio que se abría la camisa y desafiaba a las armas policiales mostrando su pecho: “tiren, ¿qué están esperando?”, ante la desazón de los uniformados.

Los cuerpos empapados se fueron dispersando frente a los cerrojos policiales.

Primero fue una marcha colectiva. Luego de la represión, las ropas mojadas se volvían un testimonio, un uniforme de un ejercito en retirada, pero eso sí, en todos los rostros se notaba la alegría del vencedor.

Y a ver en la televisión, obsesionados, el juego de las valijas del General en el pavimento , con esa dictadura de fondo que no podía encontrar el camino de la retirada con dignidad.

Decidimos que entrara en la memoria como el día del militante.

Sería acertado si a todo un pueblo lo hacemos cargo de ese nombre.

De aquella tensión enorme que le devolvía a los humildes su protagonismo, pasamos a un amanecer en Gaspar Campos, inolvidable por su ternura.

Centenares de jóvenes durmiendo en la calle vieron al amanecer el humo de la chimenea salir de la casa custodiada por sus sueños.

Jamás olvidaré la melodía dulzona que acompañó ese despertar y entonamos, como multitud, un “Buenos días mi General, su custodia personal”. Y al rato, el Viejo se asomó a la ventana a saludar .

por Julio Bárbaro

Fuente: 

Diario Clarín 18/11/2011

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