Antisemitismo en la Guerra de Malvinas

Humillaciones, golpes y violencia psicológica son algunos de los padecimientos «extras» que debieron sufrir muchos soldados judíos, víctimas del antisemitismo de sus superiores. Enfoques reunió a diez de esos veteranos de guerra que hoy, a 30 años del conflicto, dan testimonio del trato recibido cuando, como todos, arriesgaban la vida en defensa de la patria.

 Silvio Katz llegó a las Malvinas junto con sus compañeros del Regimiento de Infantería Mecanizada 3 (RIMec 3), de La Tablada, en la mañana soleada del 11 de abril de 1982. Hacía pocos días se había enterado, como los demás, que la Argentina había recuperado las islas, pero ni imaginaba que lo llevarían allí cuando lo subieron en un avión sin asientos en la Base Aérea de El Palomar, con ropa de verano y un fusil que apenas funcionaba. Ni siquiera había logrado acostumbrarse al frío helado del otoño austral y a la humedad del pozo de zorro en el que vivía, a la espera de que los ingleses desembarcaran, cuando el subteniente Eduardo Flores Ardoino lo devolvió de golpe a la realidad. «Me castigó todos los días de mi vida por ser judío. Me congelaba las manos en el agua, me tiraba la comida adentro de la mierda y la tenía que buscar con la boca. Me trataba de puto, que todos los judíos éramos cagones y miles de bajezas más. El tipo se regodeaba con lo que me hacía, era feliz viéndome sufrir. Les decía a los demás que les hubiera pasado lo mismo si hubieran sido judíos como yo», recuerda hoy, a casi 30 años del conflicto. Ni siquiera el comienzo de los bombardeos ingleses, el 1° de mayo, logró que Flores Ardoino dejara de tratarlo a él como a un enemigo. Todo lo contrario, intensificó el maltrato con el correr de los días como si ésa fuera su manera descargar tensiones, pese a que, como todos, Katz pasaba noches enteras sin dormir por los estruendos de las bombas, y además, acumulaba días sin comer porque su superior le impedía que le dieran alimentos. «Cuando parecía que íbamos a entrar en combate, sacaba una botella de whisky, nos ponía a todos en fila y nos daba un trago, algo para tener calor. Cuando llegaba a mí, decía: ‘Usted no porque lo van a matar’. Llegué a pensar que realmente era mejor morir, que ojalá ése fuera el día», recuerda el soldado, quien denunció a su superior ante la Justicia. Hitler en  las islas Por terrible que fuera, la de Katz no es la única historia que testimonia el ensañamiento de muchos oficiales con soldados judíos mientras defendían la patria durante el conflicto del Atlántico Sur. Sus relatos y las denuncias que plantean forman parte de la investigación realizada para mi libro Los rabinos de Malvinas: La comunidad judía argentina, la guerra del Atlántico Sur y el antisemitismo, que Enfoques adelanta en forma exclusiva. Si bien es imposible saber la cantidad real de conscriptos israelitas que estuvieron combatiendo en las islas, ya que ni las Fuerzas Armadas ni las instituciones de la colectividad llevaron un registro, este autor logró encontrar a veinticinco de ellos, de los cuales diez se prestaron a participar de esta nota. En medio de los bombardeos, mientras los ingleses trataban de destruir las defensas antiaéreas argentinas en las islas, un suboficial se sorprendió de que Pablo Macharowski, del Grupo de Artillería Aerotransportado 4, luchara hasta caer herido pese a su condición de judío. «‘Qué raro que vos que sos judío estés combatiendo acá’, me dijo. Soy argentino, no tiene nada que ver que sea judío o no. Al tipo le maravillaba, como si fuese algo ajeno», resalta. A algunos kilómetros de distancia, Claudio Szpin, del RIMec 3, vivió una situación similar mientras montaba guardia cerca de su pozo de zorro, junto a su amigo Sergio Vainroj. «Había una cosa de si uno era argentino o no. Era como que por el hecho de ser judío no se terminaba de ser del todo argentino», recuerda hoy. Mientras tanto, en el continente, grupos de soldados esperaban que les llegara el momento de cruzar a las Malvinas para combatir. Algunos de ellos lograron viajar en medio de la noche, volando a ras del mar, para evitar que los captaran los radares ingleses y que los derribaran. El 3 de junio, Marcelo Eddi, del Regimiento de Infantería 1 Patricios (RI 1), estaba en Comodoro Rivadavia cuando su superior le ordenó que, junto a sus compañeros, formara frente al galpón sin paredes donde dormían. Allí les anunciaron que la sección Morteros, de la que formaba parte, saldría rumbo a las islas ese mismo día. Cuando estaban a punto de partir, el jefe de su unidad lo separó del grupo y le dijo que no iría porque era judío. Muchos hubieran aprovechado la oportunidad, pero Eddi hizo todo lo posible para viajar y le cambió el lugar a un soldado que temblaba de miedo. El 6 de junio llegó al cerro Dos Hermanas, en la primera línea de fuego. «El teniente primero que nos acompañaba era el hijo de Adolfo Hitler, porque era nazi, se vestía igual y se peinaba con gomina para atrás -relata-. A mí me sacaron a un costado. Entonces, se paró al lado mío y me dijo: ‘Voy a llevar todos soldados criollos, no un judío’. Le respondí: «No hay problema. Lo que pasa es que acá son todos valientes, como usted». ‘A mí no me conteste, soldado’. ¿Qué va hacer? ¿Me va a pegar, a meter preso? Quédese tranquilo que cuando le tenga que dar la espalda, veremos, le dije y me gritó: ‘Judío de mierda'». Una situación parecida tuvo que vivir Sigrid Kogan, también del RI 1., unas semanas antes, tras la recuperación de las islas cuando su unidad aún estaba formada en Palermo y los oficiales pasaban con la lista seleccionando quiénes irían a Malvinas. Una vez más, el ser judío fue la razón para que sus superiores se ensañaran con él. «Hicieron pasar a todos los soldados en el playón, empezaron a armar una lista y preguntaron: ‘¿Los judíos no van a ir? ¿Quiénes son los judíos? Ertel, Kogan, un paso para acá’ -rememora. Me dijeron: ‘Cuando nombre a Fernández, diga presente’. Entonces, yo judío, tuve que dar el apellido de un soldado que no había venido. No estaba en la lista original y terminé yendo a Malvinas por ser judío, sino, no me tocaba.» Su suerte no cambió demasiado cuando llegó a las islas y, menos aún, después de que comenzaron los bombardeos. Cuando se sentía mal prefería quedarse en su trinchera en lugar de consultar a un médico para evitar los maltratos de sus superiores. «Aún en dolorosos momentos evité ir a la enfermería para eludir la repetida respuesta de mi jefe: ‘Judío de.'», escribió en su diario personal. A veces las agresiones rayaban en el absurdo. Un buen ejemplo lo cuenta Adrián Haase, del Regimiento de Infantería Mecanizada 6, de Mercedes. En medio de los bombardeos ingleses sobre el Monte Goat Ridge, lo llamó su superior. «Un día me llamó el subteniente Frinko y me dijo: ‘¿Sabe una cosa? Yo odio a los judíos’. Yo me quedé duro, ya que me tomó por sorpresa. ¿Por qué?, le pregunté. ‘No sé, pero los odio'», recuerda. Otras veces las razones del antisemitismo no eran tan inasibles y, en todo caso, la forma en que se manifestaba era bien concreta en su violencia y su desprecio. Vainroj padeció el odio de su superior desde que llegó a las islas, cuando nadie preveía que los ingleses iban a animarse a atacarlos. «Cada tanto, me decían judío de mierda, y cuando no, me daban una sobrecarga de trabajo, por ejemplo, empezar a hacer un pozo de zorro y, después, taparlo y hacer otro. A los demás no se lo hacían», señala. Sin embargo, esa situación se fue intensificando con el correr de los días y se acentuó cuando comenzaron los bombardeos, al punto de que, en una oportunidad, terminó en una agresión que incluyó a su compañero Szpin, que había salido a defenderlo. «Cuando los ataques estaban ya avanzados, en junio, recibí una encomienda y el sargento me ordenó: ‘Traiga para acá’. Se la quedó para él y me decía: ‘Judío de mierda, te traen encomiendas ¿cómo puede ser que el sargento no reciba nada?’ -recuerda-. Se ensañó conmigo y me gritó: ‘Venga acá, chúpeme la pija’. Se bajó la bragueta y me quería obligar, y yo me hice para un costado. En eso, entró Szpin, vio la escena e intentó defenderme: le pisó el pie, lo empujó y se pegaron. Entonces, se lo llevó con el capitán a decirle que se había insubordinado y que solicitaba que lo mandaran al frente, a la primera línea del combate». Finalmente, un superior intercedió y lo dejó en su posición. Aunque parezca difícil de creer, algunos de los soldados que recibieron estos maltratos en Malvinas no se sorprendieron demasiado de esa violencia, del abuso de poder y la intolerancia porque ya lo habían padecido mientras realizaban la colimba. la discriminiación contra los judíos no fue una rareza que sólo padecieron las clases 62 y 63, sino que se trataba de un comportamiento habitual en muchos miembros de las Fuerzas Armadas en las décadas anteriores a la derogación del Servicio Militar Obligatorio, en 1995. No era una práctica institucional pero sí algo que sucedía dentro de la institución con demasiada frecuencia. Las prácticas incluían desde insultos, en su gran mayoría, hasta el maltrato físico, pasando por la sobrecarga especial de trabajos o la realización de tareas insalubres que a otros no les daban. Jorge Carlos Sztaynberg, de la Compañía de Ingenieros Mecanizada 10, de Pablo Podestá, provincia de Buenos Aires, recuerda que los suboficiales sometían a «algunos con maltrato físico. Venía la patada y atrás el ‘judío de mierda'». A su vez, eran sometidos a sesiones de «baile» extra o especiales, muchas veces en terrenos llenos de piedras o a temperaturas extremas. «Eramos cinco soldados judíos y sufríamos una ‘persecuta’ de aquellas. A las dos de la mañana, nos agarraban y nos sacaban a ‘bailar’ sólo a nosotros en calzoncillos largos y remera. Era en lugares inhóspitos, en el campo, y nos hacían aplaudir cardos y arrastrarnos entre el barro y el granito. Terminábamos con los codos y los pies sangrando», recuerda Gustavo Guinsburg, de la Jefatura de la Brigada de Infantería Mecanizada 11, de Río Gallegos. Katz concuerda: «Durante la colimba, nos ‘bailaban’ a todos los judíos como correspondía, una vez o dos por semana», destaca. Algunos de los castigos buscaban explicarse en razones religiosas vinculadas con la acusación de que los israelitas habían matado a Cristo. «Nos maltrataban, nos decían judío de mierda, que había que matarnos a todos. El oficial Kuffmann decía que nosotros habíamos matado a Jesús, y que teníamos toda la culpa de por vida, que éramos traidores, y que él a mí me iba a hacer cristiano. Me mandaba a misa. Yo me quedaba siempre afuera de la capilla y escuchaba. En un momento, me dice: ‘Usted va a hacer de monaguillo’. Acepté y se sorprendió. Me puso la sotana y fui al lado del capellán. ‘Muy bien, a usted lo voy a hacer un buen cristiano’, me dijo y le respondí: ‘Lo único que hice fue ayudar a un cura, pero sigo siendo judío'», afirma Szpin. «El antisemitismo que había adentro era muy intenso, muy pesado, con amenazas de muerte permanente, con recuerdos del nazismo. Me llegaron a decir: ‘No entiendo cómo ustedes están acá, si ya los tendrían que haber matado a todos'», destaca Marcelo Laufer, del RI 1. Pablo Kreimer, del mismo regimiento, recibió un discurso similar. «Había un cabo que, cuando hicimos la instrucción, se paseaba canturreando: ‘Ahí viene Hitler por el paredón, matando judíos para hacer jabón’. Un día me dijo: ‘¿Sabe que Hitler también fue cabo?’ Y le respondí: No me extraña. No le daría para más, como a usted», recuerda. Incluso, el cabo segundo Fernando Grunblatt, sufrió ese mismo trato en la Armada, a pesar de ser un suboficial. En Malvinas, en cambio, donde estaba al mando de una unidad, no tuvo que sufrir episodios como esos. El retorno El general Mario Benjamín Menéndez firmó la rendición argentina el 14 de junio de 1982. Entre los soldados el clima era una mezcla de odio, dolor por la muerte de sus compañeros y amigos, frustración y alivio por el final de casi tres meses de sufrimientos. Sin embargo, pocos se imaginaban que los padecimientos recién comenzaban y que sus propios compatriotas los tratarían como locos y les darían la espalda cuando intentaron reinsertarse en la vida cotidiana. Iban de aquí para allá tratando de rearmar sus vidas, volver a estudiar o conseguir trabajo. Nadie quería tomarlos. Eso los desesperaba y deprimía al tal punto que en estos treinta años se han producido más muertes, por suicidios, de las que hubo en los combates. Las entidades centrales de la comunidad judía fueron consecuentes con la actitud que tuvo la población argentina frente a los veteranos de guerra, ya que no se preocuparon por el estado de los conscriptos israelitas, ni cuando regresaron al continente, ni en los meses siguientes, a pesar de que unas semanas antes habían estado gestionando el envío de los rabinos para prestarles asistencia espiritual (ver recuadro). Esto provocó un dolor aún mayor entre los ex combatientes, que todavía perdura. Ante esta situación, este autor le planteó al presidente de la DAIA, Aldo Donzis, en dos oportunidades las necesidades que tenían los veteranos de Malvinas judíos, para que realizara un acto en el que les reconocieran lo hecho durante el conflicto e, incluso, le entregó el listado con todos los datos de cada uno de ellos. Nunca obtuvo respuesta. Pasaron casi tres años desde el último contacto y, hasta el momento, jamás los llamaron. Sólo se pusieron en campaña cuando Szpin, Vainroj y Katz fueron el 17 de noviembre de 2011 a pedirles que por favor les hicieran un homenaje y les permitieran contar su historia en las escuelas de la colectividad. Aún siguen esperando una respuesta. por Hernán Dobry  Los orígenes de una cosmovisión discriminatoriaPor Daniel Lvovich   Como en muchos otros ámbitos de la vida nacional, a lo largo de la década de 1930 se completó la transformación de un ejército profesionalista y mayoritariamente apegado a la Constitución a otro basado en una concepción antipluralista y crecientemente antidemocrática de la Nación. Muchos han sido los intentos de explicar esta marcada transformación. Por un lado, a través de factores como la creciente influencia de un catolicismo fuertemente antiliberal en una institución armada que ahora abrazaba, en palabras de Zanatta, el «mito de la nación católica». Por otro, apelando al impacto de las transformaciones internacionales ocurridas al calor de la llegada al poder de distintos regímenes de derecha conservadora autoritaria o fascista en Europa. Una de las consecuencias de estas transformaciones en el Ejército fue el despliegue de prácticas discriminatorias hacia los judíos, y la difusión en su seno de ideologías marcadamente antisemitas. Por supuesto, las Fuerzas Armadas distaban de ser el único ámbito en que los pensamientos judeófobos se difuminaban en la década de 1930, ya que procesos similares ocurrían en diversos ámbitos de la sociedad civil y el Estado, pero el carácter verticalista de la institución daba a este fenómeno características singulares. En las Fuerzas Armadas una situación como la del capitán Bernardo Weinstein, oficial judío que en la década de 1920 había formado parte de la comisión directiva del Círculo Militar se había tornado impensable en el decenio siguiente. No obstante, y como estudiaron Cristián Buchrucker, Fabián Brown y Gladys Jozami, a lo largo de la década de 1930 se registró el ingreso de algunos judíos al Ejército, aunque hacia fines de la década el ingreso de israelitas parece haberse tornado mucho más problemático, ya que no se registraron postulantes que se hayan manifestado abiertamente como judíos. En 1939 se produjo un cambio fundamental en la información requerida para ingresar al Colegio Militar de la Nación, al incorporarse una pregunta sobre la religión que practicaban el aspirante y sus padres, lo que implicaba la intención de restringir o impedir la incorporación a la oficialidad del Ejército de toda persona no perteneciente al catolicismo. Aunque existieron oficiales de origen judío que alcanzaron altos puestos de mando -incluyendo al general Abraham Schweizer, de padre judío aunque bautizado, que se desempeñó como Jefe de la Casa Militar de la Presidencia bajo el gobierno de Justo- aquellos que mantuvieron una identidad judía más visible no lograron aprobar la Escuela de Guerra, lo que permite establecer -como señalan los autores arriba citados- una sugestiva correlación entre el mayor éxito profesional y una menor nitidez en el perfil judío del oficial. De tal modo, la conquista del Ejército por las ideologías centradas en el mito de la Nación católica impidieron o dificultaron la presencia de judíos entre los cuadros militares. En el seno del Círculo Militar, en particular en el período en que el general Juan B. Molina ejerció la presidencia de la institución, encontraron expresión las posiciones de un antisemitismo motivado por la simpatía por el nazismo. Ello es perceptible en las conferencias sobre la situación alemana pronunciadas en la entidad en 1937 por el coronel Juan Carlos Sanguinetti, en la reproducción en la revista del Círculo Militar de informaciones provenientes de medios argentinos próximos al nazismo -como el Deutsche La Plata Zeitung- y de discursos de explícito contenido antisemita de jerarcas del régimen alemán. Aunque los archivos militares continúan siendo de difícil acceso, el informe confidencial sobre la situación política y social de Entre Ríos enviado por el general Costa al presidente Justo en 1936, conservado en el Archivo General de la Nación, constituye un excepcional documento que ilumina la mirada de al menos una parte del Ejército sobre la población israelita. Identificando a judíos y comunistas, el militar proponía que se prohibiera el uso del idioma idisch. El general Costa no difería en sus perspectivas de uno de los elementos más difundidos de la demonología antisemita de entonces y de hoy: la creencia en una enorme conspiración en la que los judíos aparecen siempre como impulsores ocultos del mal contra la patria, contra la religión, contra la humanidad. Hemos hablado de exclusiones y de ideologías discriminatorias, pero desde muy temprano a esto se sumó una práctica que se tornaría habitual hasta la derogación del servicio militar obligatorio: en el marco de un maltrato generalizado hacia los conscriptos se destacaban particularmente los atropellos contra los reclutas judíos. Entre otras muchas fuentes, en Memorias de un médico de Alberto Kaplan existen referencias a la discriminación y especiales maltratos hacia los conscriptos judíos en 1944, y al caso de un suboficial de origen sefardí que deformaba su apellido para evitar ser víctima de los prejuicios antisemitas de sus camaradas de armas. Por supuesto, el modo en que las ideas, las tradiciones y las prácticas se transmiten y se reproducen siempre escapa a la simplificación de considerar los hechos en la pura dimensión de una continuidad lineal, aunque ello no impide considerar la persistencia de las tendencias antisemitas en el seno de las Fuerzas Armadas a lo largo de décadas. En dicho camino -jalonado incluso por la curiosa combinación de la admiración del poderío militar israelí desde la década de 1960 con el desprecio y el maltrato a los conscriptos judíos- resulta muy difícil no reconocer los elementos en común que vinculan en un compartido antisemitismo a los militares de la extrema derecha de la década de 1930, a los ideólogos fuertemente influyentes en el mundo militar como Jordán Bruno Genta en las décadas siguientes, a los torturadores de las mazmorras de la dictadura militar instaurada en 1976 y a sus coetáneos que estaqueaban -entre otros, pero por motivos particularmente definidos- a los soldados judíos en Malvinas. El autor es historiador, director del Instituto del Desarrollo Humano de la Universidad Nacional de General Sarmiento e investigador del Conicet. Testimonios CLAUDIO SZPIN «Había una cosa de si uno era argentino o no. Era como que por el hecho de ser judío no se terminaba de ser argentino»SERGIO VAINROJ «Cada tanto, me decían judío de mierda, y cuando no, me daban una sobrecarga de trabajo, como hacer un pozo de zorro y, después, taparlo y hacer otro. A los demás no les hacían eso»MARCELO EDDI «El teniente primero que nos acompañaba era el hijo de Adolfo Hitler, porque era nazi y se vestía igual. Se paró al lado mío y me dijo: ‘Voy a llevar todos soldados criollos, no un judío’PABLO MACHAROWSKI «Un sargento me decía: ‘Qué raro que vos que sos judío estés combatiendo acá’. Soy argentino, no tiene nada que ver que sea judío o no.»SIGRID KOGAN «No estaba en la lista original para ir a las Malvinas y terminé yendo por ser judío, sino, no me tocaba»JORGE CARLOS SZTAYNBERG «Me sacaba los borceguíes y tenía las piernas dormidas. Debía sentarme sobre ellas y estar en esa posición durante media hora hasta que empezaba a sentirlas»SILVIO KATZ «Flores Ardoino me castigó todos los días de mi vida en Malvinas por ser judío. El tipo se regodeaba de lo que me hacía, era feliz viéndome sufrir»MARCELO LAPAJUFKER «No coincido con los veteranos de Malvinas de la colectividad que dicen que la comunidad nunca se ocupó de homenajearnos; tampoco ningún gobierno lo hizo»MARCELO WOLF «La comunidad judía estuvo en falta con nosotros en estos treinta años. Me hubiera encantado que nos hicieran algún homenaje, algo»FERNANDO GRUNBLATT «En la época que entré en la Marina, no nos hacían ningún problema con el tema de la religión, pero después, eso cambió y me decían judío de mierda y los oficiales me puteaban»  Una historia atravesada por la desconfianza y el prejuicioPor Raanan Rein La historiografía sobre los latinoamericanos judíos es casi uniforme en sugerir que el antisemitismo en América latina en general, y en la Argentina en particular, es más fuerte que en otras regiones del mundo. Uno podría tener la impresión de que la vida para los judíos en Sudamérica ha sido insoportable, una pesadilla continua. Sin embargo, las nuevas corrientes historiográficas vienen a desafiar esta imagen de la Argentina e insisten en la «sobredimensionada energía que las investigaciones ponen en tratar el problema del antisemitismo». Al analizar los discursos antisemitas, incluso cuando emergen de centros políticos poderosos, hay que tener en cuenta que no siempre se traducen en formas de opresión absoluta. Además, los estereotipos a menudo funcionan por sus presuposiciones positivas y existe una distinción entre judeófobos (aquellos que odian a todos los judíos) y antisemitas (quienes albergan algunos o muchos estereotipos o nociones negativas acerca de los judíos). Asimismo, los que expresan estereotipos negativos acerca de los judíos (o algún otro grupo étnico), al mismo tiempo podrían albergar estereotipos positivos acerca de ellos. Formas de la intolerancia Si bien es cierto que la presencia judía en la Argentina siempre estuvo acompañada de manifestaciones de antisemitismo, es importante diferenciar los distintos tipos, en lo que probablemente es uno de los campos más estudiados de la vida de los judíos en América del Sur. Varios investigadores han señalado tres niveles de antisemitismo en la Argentina: popular, organizado y promovido por el Estado. El antisemitismo popular es difícil de medir. Profundamente arraigado en las enseñanzas católicas, se ha visto alimentado con frecuencia por propaganda nazi (en la década de 1930 y los años de la Segunda Guerra Mundial) o por la propaganda árabe (a partir de la década del 60). Sin embargo, encuestas publicadas en la última década indican que los judíos no son más odiados que otros grupos étnicos o sociales, mientras que muchos consideran a corporaciones multinacionales, la Iglesia Católica, bancos, políticos o las fuerzas armadas como detentores de «demasiado poder», más que el de los judíos. Los primeros grupos antisemitas organizados aparecieron en 1910, el año de los festejos ceremoniosos del centenario del inicio del proceso de independencia. En 1919, aprovecharon una huelga obrera para atacar judíos («rusos»), sobre todo en los barrios de Once y Villa Crespo, a los que consideraban como concentraciones de fermentación revolucionaria. Más tarde explotaron el secuestro del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann en Buenos Aires por parte de agentes del Mossad (mayo de 1960) para acusar a los judíos del país de doble lealtad y llevar a cabo una serie de ataques antisemitas violentos, liderados por grupos tales como Tacuara y la Guardia Restauradora Nacionalista. Estos incidentes no se repitieron, pero en las décadas subsiguientes hubo organizaciones que, con frecuencia, distribuyeron propaganda antisemita y hasta realizaron algunos ataques aislados contra instituciones judías. Generalmente reducidos en número de activistas, estos grupos ganaron en algunas ocasiones cierta influencia en círculos militares, eclesiásticos o políticos. Desde los 60, parte de la propaganda antisemita se arropó con un discurso antiisraelí o antisionista. El antisemitismo fomentado por el Estado fue raro en el caso argentino. Se manifestó en las limitaciones impuestas a la inmigración judía en las décadas de 1930 y 1940 y también pudo notarse en los años de la brutal dictadura militar que gobernó el país entre 1976 y 1983. Durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional, la comunidad judía sufrió en forma desproporcionada los efectos del terrorismo impuesto por las Fuerzas Armadas: si bien los judíos conformaban el 1% de la población, fueron alrededor del 10% de los desaparecidos. Conforme a numerosos testimonios, aquellos judíos arrestados por los militares sufrieron más que los no judíos; no obstante ello, las instituciones comunitarias continuaron con sus actividades normales, no se promulgaron leyes antisemitas en ninguna etapa y las relaciones de las autoridades nacionales con el Estado de Israel fueron excelentes. En su testimonio ante los miembros de la Conadep, comisión nacional constituida tras el colapso de la dictadura y cuyas conclusiones serían publicadas más tarde, Jacobo Timerman contó los detalles de su captura en su domicilio porteño, en 1977. El periodista declaró también que sus interrogadores eran fanáticos antisemitas y antimarxistas, que recalcaban que «tres son los enemigos principales de la Argentina. Karl Marx, porque trató de destruir la idea cristiana de la sociedad; Sigmund Freud, porque trató de destruir la idea cristiana de la familia, y Albert Einstein, porque trató de destruir la idea cristiana del espacio y el tiempo». Timerman enfatizó que la cuestión de su judaísmo surgió una y otra vez en todos los interrogatorios, e incluía preguntas sobre las intenciones israelíes de enviar fuerzas militares a la Argentina para concretar el «Plan Andinia», según el cual supuestamente los sionistas ocuparían un amplio sector de la Patagonia en el sur del país para establecer allí otro Estado judío. Otro detenido, Juan Ramón Nazar, confirmó que sus captores tenían sólidas posturas antisemitas y que permanentemente exigían detalles sobre el «Plan Andinia». Lo manifestado por Timerman se refuerza con el telegrama enviado en mayo de 1978 por el embajador de Israel en la Argentina Ram Nirgad a sus superiores en Jerusalén, en el que escribe: «La lucha contra los grupos subversivos clandestinos se combatió y se combate en forma drástica y los medios adoptados son brutales y cruentos? Parte de los judíos que fueron víctimas de las acciones contra las bandas clandestinas sufrieron extra por ser judíos (sic). También se manifiestan tendencias antisemitas en las investigaciones que fueron orientadas hacia organizaciones judías y sionistas». El nuevo libro de Hernán Dobry, Los rabinos de Malvinas: La comunidad judía argentina, la guerra del Atlántico Sur y el antisemitismo , revela con detalle cuán profundamente arraigado estaba en las Fuerzas Armadas el concepto acerca de la supuesta «doble identidad» de los argentinos judíos. La transición a la democracia en los 80 y 90 vio la adopción de políticas tolerantes hacia las minorías étnicas y una conciencia creciente de la naturaleza multicultural de la sociedad argentina. Esto, sin embargo, no marcó la desaparición por completo del antisemitismo o incluso de sus eventuales manifestaciones violentas. De hecho, los dos atentados cometidos con potentes artefactos explosivos contra la embajada de Israel (marzo de 1992) y el edificio de la AMIA (julio de 1994) representaron un tipo distinto de peligro para los judíos en la Argentina: terrorismo transnacional con apoyo local. Estas bombas lograron activar una movilización de las bases y generar una polémica constante entre los judíos argentinos acerca de sus identidades individuales y colectivas, su lugar dentro de la sociedad argentina y sus relaciones con su patria imaginada, el Estado de Israel. Así y todo, la historia de los judíos en la Argentina es una historia de éxito. Cualquier observador extranjero no puede sino quedar asombrado por la diversidad y la riqueza cultural en que viven los argentinos judíos. Contrariamente a la imagen que retratan muchos estudios sobre el antisemitismo en el país, los judíos se han integrado muy bien a la sociedad, la economía y la cultura argentinas, muchas veces mejor que en cualquier otro país y a menudo sin rechazar el componente judío de su identidad individual o colectiva. El autor es profesor de historia española y latinoamericana y vicepresidente de la Universidad de Tel Aviv. Su libro más reciente es ¿Judíos argentinos o argentinos judíos? Identidad, etnicidad y diáspora.                 Fuente: 

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 Diario La Nación 11/3/2012

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